Zita
Z (burlón). – Pero sospecho que al final no se resolvieron
A (ya en plena mística) – Francamente no recuerdo si esa noche nos suicidamos.
DIÁLOGO SOBRE UN DIÁLOGO_ Jorge Luis Borges
Z (burlón). – Pero sospecho que al final no se resolvieron
A (ya en plena mística) – Francamente no recuerdo si esa noche nos suicidamos.
DIÁLOGO SOBRE UN DIÁLOGO_ Jorge Luis Borges
Zita
Ayer me levante temprano, como siempre. Fue otro domingo de siempre, que fue. Me vestí, como habitualmente hacia un domingo de esos, de los de siempre y decidí ir a comprar el diario, el cual sabía tendría las noticias de siempre. Lo leí casi sin ganas, como siempre. Pero ya lo había comprado, así que si lo dejaba iba a malgastar mi dinero, el cual me había costado tanto ganar en la semana, como siempre hacía. Serví mi desayuno, tal como lo hacia siempre. Leche y unas tostadas. Las dejé para leer el diario, aunque no me encontraba absorto en la lectura, se quemaron las tostadas que deje sobre la plancha en el fuego. Ya lo había supuesto, como siempre, se quemarían. Las comí sin gusto pero con hambre, corrijo, no se si tenía hambre. Sabía que debía comerlas. Hoy hubiese querido un café pero verdaderamente no quería hacer el gasto, me parecía innecesario, aunque sabía que a mitad de semana me rendiría y terminaría comprándolo. No se por que no me doy esos gustos más a menudo.
Decidí caminar por el barrio, en una esquina vi a dos pibes sentados en la puerta de una casa. Un nene y una nena, parecían hermanos, estaban harapientos y miraban el firmamento, sin duda tenían frío pero no temblaban, su mirada iba hacia delante ajena, apoyada la pera en las rodillas gracias a los escalones a la vera de la puerta. Al lado, en una casa donde había un carro y un caballo en la vereda, se oía un tango cantado. No dilucidé cual era, ni el cantante que lo evocaba, a pesar de que yo tenía conocimientos sobre esa materia.
La sombra del rencor que hoy es pecado
Amigo usté oigame, no la he dejado
Me tiembla el corazón, es el tormento
De la noche, su pesar y su lamento.
Eternos son los llantos del pasado
Eterno es el dolor que ha tropezado
En la piedra del lamento cabizbajo
Que te punza muy risueña, por lo bajo.
Esa imagen junto a los niños me sensibilizo, sentí ganas de ser niño o ser tango, o de “ser” algo por lo menos.
Casi mecánicamente pensé en ella, tuve ganas de entrar en un café a cavilar, a mirar las mesas, las gentes, conjeturar historias, pensar mas en ella, pensar un poco más en mí, recordé que en mi barrio no había ningún café cerca. No sentí tantas ganas como para viajar al centro.
Una señora me arrebató de mis pensamientos y me enfrento con su realidad, tenia el cabello enmarañado, la cara destrozada por la crudeza de la pronta vejez, no contaría con mas de 60 años sentí, sus ropas denostaban abandono y esa sensación de los que no tienen nada que perder. Quise quizás sentirme un segundo como ella cuando me pidió fuego para un cigarrillo, que seguramente también había pedido. El cigarrillo estaba tan arrugado y sucio como sus ropas. Lo prendió con dificultad, dio las gracias y se fue. Cuando se fue note que tenia medias negras de esas de lycra, la del lado derecho levantada hasta la altura de la larga pollera y la otra junto a los zapatos casi grotescamente, casi como a propósito para dar lastima por lo descuidado de su estado.
Hoy era feriado, a esta hora en el trabajo solía siempre recordar un tango de Piazzolla que me traía nostalgia y me hacia pensar en un trabajo en el campo que nunca hice. Se me aparecía mas concreta esa imagen cuando retornaba a casa en el tren Sarmiento al volver del trabajo. Me figuraba a mi levantándome a la mañana en una casa en el campo, con una mujer a mi lado de cabellos negros y largos, me hallaba todo el día recogiendo algo de alguna cosecha, creo que era un maizal, una y otra vez los recogía hasta el cansancio acompañado por el ritmo de la música que iba creciendo, luego retornaba a mi casa y comenzaba de nuevo la labor repetidamente y el día se repetía de nuevo, cuando el ritmo bajaba abrazaba a mi mujer a mi llegada, tocaba el rostro de mi hijo con cariño, cortaba el pan y lo repartía en la mesa, miraba con dulzura la cara de mi mujer, la besaba en la frente y volvía a crecer la música. Y yo retornaba nuevamente a mi labor como un autómata enceguecido y triste. Esa melodía me daba ganas de llorar, entonces miraba a todos en el tren y los veía a todos en ese maizal, descansando un instante con la música, sentados en el suelo y mordisqueando cada tanto al pan, luego el sonido de una maquina de vapor, y otra vez, de vuelta al trabajo. En un momento determinado cuando estaba por terminar el tema de Piazzolla yo comenzaba a caminar sin rumbo alguno, mi rostro se ennegrecía por el viento y la tierra, el sol se hacia mas tozudo, caminaba solo y estiraba las piernas caminando lentamente y cansadísimo, luego me arrebataba sobre un llano de tierra sin ninguna vegetación y caía al suelo levantando mucha tierra, quedaba tendido ahí un largo rato. La música terminaba. Era el fin.
Sentí deseos de volver a mi casa en ese momento, a recostarme, como no me había alejado demasiado, lo hice.
Al pasar por uno de los pocos campitos que quedaban vi a unos nenes jugando a la pelota, de repente la pelota llego a mi por azar llegando al costado de mi pie, se recostó un segundo allí, en ese momento supe que debía devolverla, aunque tenía los zapatos lustrados quise pegarle un puntapié para devolverla al sector donde se encontraban los pibes, no pude.
Mire mi pie, mi pierna, mi cintura, ya no me respondían, me quede estático con el balón pegado al zapato. No podía moverlo.
Salí corriendo como un loco en dirección a mi casa, dejando la pelota ahí. Fue entonces que mientras corría surgió en mí la idea de suicidarme. Sería una aventura nueva, una “real” aventura, Esa aventura sería la muerte.
Abrí la puerta y me dirigí inmediatamente al baño, busque precipitadamente una navaja para cortarme el cuello, tirando todo a mi paso. Me detuve un segundo, unas irrefrenables ganas de orinar me invadieron en ese instante.
La tapa del inodoro estaba extrañamente baja, recuerdo nunca haberla bajado, y yo justamente vivía solo.
Al levantar la tapa una aberración me aguardaba, una cabeza perfectamente cortada se hallaba reposando seca, inerte, sobre el agujero del inodoro, no había marca alguna de sangre cerca, ningún rastro, parecía como si esa cabeza no tuviese sangre. Estaba blanca, me atreví a buscar sus ojos con la mirada, estaban vacíos, transparentes, desfigurados.
Quien sabe hacia cuanto estaba esa cabeza ahí en el retrete, tenía la sensación de que la habían lavado infinidad de veces para que haya quedado en ese estado.
Instintivamente y con la navaja en la mano, me mire al espejo.