InicioArteIntentando salvar a Cristian



_Ya estoy muerto –pensaba el pobre Cristian.
Luego de un prolongado juicio, se estimó que las pruebas eran suficientes para llevarlo a la horca; sobre todo por una dudosa carta que leyó el juez, en donde Cristian confiesa haber degollado al oficinista.
En mi desgraciada calidad de narrador omnisciente, puedo asegurar que él no fue el asesino. Lo sé porque conozco todo; desde los datos domiciliarios de los personajes hasta las fantasías eróticas más escondidas de cada uno. No diré la asquerosa fantasía de Cristian, pues este cuento es policial.
Llevaron al desdichado a la plaza pública, donde sería procesado. Un familiar del oficinista le gritó: “¡Asesino, hijo de puta!” y le tiró una piedra. Ahí sí que me dio bronca. Porque es asquerosamente injusto que se le apedree y se le saque la madre a un inocente.
Decidí convertirme en narrador personaje.

Llegué agitadísimo al lugar, en un momento crítico: Los perversos militares empujaban con lanzas hirviendo a Cris, invitándolo a lanzarse al vacío. Tomé aire y grité:
_ ¡Detengan esto!
Hubo un silencio general. Empuñé la mano, y continué con la eufórica defensa de mi personaje:
_ ¡Él no mató a nadie! ¡El juez es el culpable! ¡El juez mató al oficinista!
_ ¿Y quién eres tú? – me preguntó un tipo de la multitud.
_El escritor de este cuento -le respondí ya más tranquilo.
Todos quedaron paralizados. Las buenas madres cubrieron los ojos y los oídos de sus criaturas. Hubo un par de risas escépticas y unos carraspeos en la muchedumbre.
_ ¡No hagan caso! ¡Está re fumado! –gritó el juez apuntándome, y continuó -¡Cristian debe ser procesado! ¡Apuren soldados!
Al ver frustrados mis esfuerzos, opté por volver a la tercera persona.

Regresé a mi escritorio cuando el inocente ya estaba suspendido en el aire, con la cara morada y el cuello medio quebrado. Su mirada reflejaba el desvanecimiento final, pero uno de los soldados cortó abruptamente la cuerda que lo sostenía, y éste por fin pudo sentir el alivio de respirar, mientras caía desde treinta dos metros de altura directamente al cemento.
El soldado estaba al tanto de que el juez era el asesino. Luego de su acción, en sus ojos se reflejó el gran orgullo que sentía por sus inquebrantables convicciones morales.
Por otro lado, Cristian se quebró por completo en la caída. Sentí empatía por su fatalidad, y quise extender este sentimiento noble que me nace cada tanto, convirtiéndome en narrador protagonista.

Ha pasado un mes desde el traumático suceso de la horca. Me duelen hasta las uñas. Ahora, mientras salgo del hospital -en mi silla de ruedas- pienso en lo fatal que es el destino. Cuando todo parece mejorar... ¡plam!... ¡plum!... ¡zaz!... ¡punch!, se va todo al carajo de nuevo. A veces creo que un dios medio boludo tiene poder sobre mí. He llegado a pensar estas semanas, que no soy una persona, sino un personaje de un cuento escrito por un saco de pelotas importante. Pero basta de pensar por hoy. Intentaré dormir y soñar que el dolor no existe, un rato.

Me parece que al convertirme en narrador protagonista, ejercí influencia en el pensamiento de Cristian. Ahora él está sospechando que es un personaje; y si se entera, se podría desplomar todo. Volver a su cuerpo es claramente un riesgo. Me limitaré a la tercera persona, y lo sanaré de a poco. Un hombre que ha vivido lo que vivió Cris, seguramente lo que más desea para su futuro es una vida estable, normal, sin mayores aventuras. Sentencio por lo tanto aquí, que Cristian mejoró paulatinamente; recobró su salud y vivió muchos años más. No fueron años felices. Tampoco tristes.


Alexis González

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