EVANESCENCIA Una tristeza honda y un cruento dolor se han apoderado de mí. ¡Ay malvados, que han hurtado mi beldad! Ahora soy un mórbido, un enfermo lunático, un declive inminente. ¡Mi alma leprosa es, en esta hora inclemente! ¡Cómo se entenebrece el orbe ante mi mirar! ¡Cómo se desangra el éter y profana el zafiro con escarlata mortal! ¡Ay malvados, que han hurtado mi sublimidad! Ahora mi alma se desvanece de a poco… ¡Cómo caen mis pasiones otrora hojas y vorágines de un oro divino! Veo una lumbre de fuegos extraños, como mirasoles encendidos, como gladiolos de un sol lejano… Y me acerco, casi exangüe, casi ausente, casi silente. Y dejo abatir aquellas piltrafas de divinidad sobre la lumbre abandonada en el ensueño de la Parca cruel: …Y veo, veo una bandada de aves negras formando un vórtice en el cielo gris; veo unas hienas con su risa agobiante, esperando mi inapelable devenir; veo una jauría de fieros lobos de algún inframundo, que aúllan vilmente, como guiando la senda de la Muerte. Y allá, en una colina púrpura y solitaria, con su beldad sombría, con sus modos de un trasmundo perfecto: ¡La Musa! ¡La Divina! Cómo me observa con un halo luctuoso; sus cabellos de un color sobrehumano ondeados por un aura olímpica; su cuerpo desnudo de lindes de Diana es lo último que advierto… ¡Adiós, amor mío! Y así me desvanezco para siempre. …Ya exangüe, ya ausente, ya silente. L. ESTEBAN TORRES