A Thomas Chatterton
Final De Un Escribiente
Denominarlo asesinato resulta exagerado e imprudente. Decir que lo hice por piedad, sería comulgar con el santo error. Mejor digamos que este infortunado desliz se ubica entre el crimen prosaico y la eutanasia. De cualquier modo, lo curioso es el hecho infausto y el modo inelegante de ejecutarlo. Ok, en el rubro, veintidós puñaladas no es una cifra demoledora, pero tampoco es algo, digamos, baladí.
¿Por qué lo hice? Unos argumentan locura, otros: amor, amor en exceso. Afirmo que fueron las dos cosas al mismo tiempo.
Aquí el escritor se detuvo, y comenzó a elucidar una continuidad más o menos digna. Buscaba una explicación sórdida y convincente, neurótica y a la vez justificada. Pero no, el cuentito estaba jodido. Quizás nació agonizando, pensó. Y el hecho de sentarse a escribir desprovisto de toda idea confirmaba de modo abyecto la sospecha. Era extraño: le había pasado dos veces en una misma semana. Diez inviernos de escritor encima y le empezaban a ocurrir cosas que, convengamos, a ciertas alturas ya son inadmisibles. Pensó en quitar la hoja de la máquina y recomenzar. Pero algo en su fuero interno le impedía deshacerse de aquella página infeliz que insistía en desconcertarlo. Soltó una puteada corta, se levantó de la silla y fue en busca de la botella de whisky sin abrir. Cuatro lunas ayunando lo habían reconstituido y autorizaban el brindis en solitario. Era un whisky español no demasiado malo. Al abrirlo, le gusto ver que el pico de la botella estuviera libre, sin el dispensador de plástico con una bolita adentro, ése que suelen traer todas las botellas de whisky. Bebió del pico uno, dos, tres, cuatro sorbos y luego de unos segundos, otro más. Ya pacifico, se asomó a la ventana y contempló el mediocre obelisco de la plazoleta que daba a su habitación. Más allá, detrás del obelisco-souvenir de la Plaza Cardenal Reig, vio muchas ventanas que daban a otras vidas. Vidas raras, pensó. La gente es rara, pensó. Yo soy bastante normal, pensó. Hizo una mueca parecida a una sonrisa, manoteó un pucho del paquete que estaba encima de la mesita de luz y lo prendió mientras se tiraba de espaldas en la cama de una plaza, de sábanas blancas de algodón. Fumaba triste, sin pensar en el puto cuento. Las volutas de humo subían caprichosas, dulcemente delineadas por el azar, perdiéndose con perfección en el oscuro del techo blanco. Una lamparita quemada colgaba de un cable. Linda metáfora, pensó, con la vista clavada en el techo. Las paredes de la habitación también eran blancas. No había ningún cuadro, ni póster, ni fotos (las fotos queman). Había otras cosas, o mejor dicho: había una sola y variada cosa: Libros, libros que pendían sobre antiguos clavos fijados a la pared. Libros abiertos por la mitad y bien pegaditos al tabique, pendiendo de esos clavos. Así, daban la dudosa impresión de caminar sobre las paredes. También había un libro abierto sobre un vidrio rectangular sostenido por una extraña estructura metálica. Otro libro cerrado en la mesa de luz y muchos otros libros en la biblioteca del cuartito contiguo donde asimismo estaban la máquina de escribir, la silla y el armario. En resumen, era una pieza llena de talismanes y poblada de una ausencia, una ausencia bendita… De modo imprevisto aquí me detuve, inútil. Apagué el cigarrillo sobre la hoja y lleno de incomunicable humillación dejé de escribir. Luego, lo sé, vinieron las pastillas que guardo en el armario. Luego las pastillas y unos cuantos tragos de whisky barato.
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Detalle cursi y romántico: al final no fueron veintidós puñaladas, al final fueron ansiolíticos mezclados con alcohol.