CAVILACIONES
¡AY, ATLANTE, ATLANTE!
¿POR QUÉ NOS DEJASTE TU HEREDAD?
“¿Será que el hombre es muy lento y la vida muy rauda? O ¿el hombre muy raudo y la vida muy tarda?”
Me pregunto esto y mucho más, mientras observo jugar a unos chiquillos en este pasto fértil. Y me extravío en el susurro gárrulo y melodioso del riachuelo…
“Todo esto parece irreal, todo esto parece menos que un sueño. ¿Y, en dónde este gran esfuerzo se pierda como un leve suspiro?”
El viento apacible y melifluo ante el alma, acaricia mis mejillas y se mete por entre mis cabellos, como peinándolos, como invitándome a volar…
“El viento es como la vida, como todo este orbe; y esas mariposas lánguidas atrapadas o aferradas a él son aquellos chiquillos juguetones. ¡Ah, cómo danzan a merced de lo supremo! ¿Pero, y el loco? ¿El supuesto contumaz? ¿El osado?
Más alto que el céfiro está lo eternamente cerúleo, y más alto… más alto, más allá de la vida… ¡Lo infinito! ¡Las estrellas! ¡La gloria! ¡El sueño profundo del loco, del rayo bermejo!”
Cómo cantan los azulejos en esta tarde rubia, rubia y hermosa como aquellas doncellas que se bañan en el riachuelo. ¡Cómo exornan las aguas, que ciertamente ya bellas son! ¡Cómo exornan mi corazón al permitir contemplar su eximia beldad!
“¡Ah, la belleza! La belleza sublime no posee género, no concibe vulgaridad alguna, como aquel arte sagrado y egregio de la antigua Grecia… como el mar con su torso descubierto, como el desierto con sus senos ígneos y misteriosos, como el éter ruborizado, ¡ah, como el beso inexorable de la muerte!”
Y cavilo, cavilo mientras se encrespan sentimientos acerbos en mi corazón.
“¿Qué amarán esas personas tan afables? Se deleitan con lo simple, con lo banal; se llenan y se rebosan con lo parvo del céfiro. Sus risas tan límpidas, tan auténticas, tan luciferinas. ¿Cómo podría ser todo esto irreal? ¿Cómo podría ser esto menos que un sueño? ¡Cómo sonríen aquellas doncellas! ¡Cómo carcajean aquellos infantes! ¿Cuál será el origen de su felicidad? ¿Será la nada? ¿Será ciertamente una especie de nihilidad? Sus hombros parecen livianos, parecen cargar nada más con lo necesario… ¡Ay, Atlante, Atlante! ¿Por qué nos has dejado tu heredad?”
La tarde empieza a perder su brillo, como cuando se mustia un fruto; aún así es hermosa, aún así es una amada…
“Este ocaso me hace reflexionar sobre el declive del ser: tema perenne, tema nunca superado, tema nunca concluyente. El día es como el hombre, como su transitar en la vida: La tierna mañana es su niñez, el cénit de espigas de oro es su juventud fulgurante, el atardecer es cuando la pasión empieza a menguar en su alma y la noche: recuerdos, rosas marchitas, piélagos de amargos sollozos, un ensueño, un ensueño final…
Y algunas veces el día entero es centelleante y altivo, desde el alba hasta el ocaso. En otras ocasiones, la mañana empieza gris, turbia, melancólica como un adagio; luego, puede tornarse brillante y esplendorosa en el medio día para después, retornar a las sombras en el preludio de la noche. En otros casos, todo es lluvioso, borrascoso, nefasto, desde la aurora hasta la noche; incluso hasta parece, en estas vidas, que no existe el sol, la luz, una razón, una esperanza…”
Doncellas, infantes, los secretos ocultos en el musitar del agua, las aves canoras, la belleza andrógina del Todo, y aquellas montañas de Antioquia la Grande, ni tan altas ni tan bajas, todo como mi ser….
“¿Cómo podría ser todo esto irreal? ¿Cómo podría ser este venturoso céfiro menos que un sueño?”
CAVILACIONES
L. ESTEBAN TORRES
¡AY, ATLANTE, ATLANTE!
¿POR QUÉ NOS DEJASTE TU HEREDAD?
“¿Será que el hombre es muy lento y la vida muy rauda? O ¿el hombre muy raudo y la vida muy tarda?”
Me pregunto esto y mucho más, mientras observo jugar a unos chiquillos en este pasto fértil. Y me extravío en el susurro gárrulo y melodioso del riachuelo…
“Todo esto parece irreal, todo esto parece menos que un sueño. ¿Y, en dónde este gran esfuerzo se pierda como un leve suspiro?”
El viento apacible y melifluo ante el alma, acaricia mis mejillas y se mete por entre mis cabellos, como peinándolos, como invitándome a volar…
“El viento es como la vida, como todo este orbe; y esas mariposas lánguidas atrapadas o aferradas a él son aquellos chiquillos juguetones. ¡Ah, cómo danzan a merced de lo supremo! ¿Pero, y el loco? ¿El supuesto contumaz? ¿El osado?
Más alto que el céfiro está lo eternamente cerúleo, y más alto… más alto, más allá de la vida… ¡Lo infinito! ¡Las estrellas! ¡La gloria! ¡El sueño profundo del loco, del rayo bermejo!”
Cómo cantan los azulejos en esta tarde rubia, rubia y hermosa como aquellas doncellas que se bañan en el riachuelo. ¡Cómo exornan las aguas, que ciertamente ya bellas son! ¡Cómo exornan mi corazón al permitir contemplar su eximia beldad!
“¡Ah, la belleza! La belleza sublime no posee género, no concibe vulgaridad alguna, como aquel arte sagrado y egregio de la antigua Grecia… como el mar con su torso descubierto, como el desierto con sus senos ígneos y misteriosos, como el éter ruborizado, ¡ah, como el beso inexorable de la muerte!”
Y cavilo, cavilo mientras se encrespan sentimientos acerbos en mi corazón.
“¿Qué amarán esas personas tan afables? Se deleitan con lo simple, con lo banal; se llenan y se rebosan con lo parvo del céfiro. Sus risas tan límpidas, tan auténticas, tan luciferinas. ¿Cómo podría ser todo esto irreal? ¿Cómo podría ser esto menos que un sueño? ¡Cómo sonríen aquellas doncellas! ¡Cómo carcajean aquellos infantes! ¿Cuál será el origen de su felicidad? ¿Será la nada? ¿Será ciertamente una especie de nihilidad? Sus hombros parecen livianos, parecen cargar nada más con lo necesario… ¡Ay, Atlante, Atlante! ¿Por qué nos has dejado tu heredad?”
La tarde empieza a perder su brillo, como cuando se mustia un fruto; aún así es hermosa, aún así es una amada…
“Este ocaso me hace reflexionar sobre el declive del ser: tema perenne, tema nunca superado, tema nunca concluyente. El día es como el hombre, como su transitar en la vida: La tierna mañana es su niñez, el cénit de espigas de oro es su juventud fulgurante, el atardecer es cuando la pasión empieza a menguar en su alma y la noche: recuerdos, rosas marchitas, piélagos de amargos sollozos, un ensueño, un ensueño final…
Y algunas veces el día entero es centelleante y altivo, desde el alba hasta el ocaso. En otras ocasiones, la mañana empieza gris, turbia, melancólica como un adagio; luego, puede tornarse brillante y esplendorosa en el medio día para después, retornar a las sombras en el preludio de la noche. En otros casos, todo es lluvioso, borrascoso, nefasto, desde la aurora hasta la noche; incluso hasta parece, en estas vidas, que no existe el sol, la luz, una razón, una esperanza…”
Doncellas, infantes, los secretos ocultos en el musitar del agua, las aves canoras, la belleza andrógina del Todo, y aquellas montañas de Antioquia la Grande, ni tan altas ni tan bajas, todo como mi ser….
“¿Cómo podría ser todo esto irreal? ¿Cómo podría ser este venturoso céfiro menos que un sueño?”
CAVILACIONES
L. ESTEBAN TORRES