InicioArte50 años de Rayuela


Cuando Rayuela fue publicada en Buenos Aires en 1963, Julio Cortázar tenía entonces 50 años, con lo que podemos decir que la novela más experimental, novedosa y provocadora que se escribió en los tiempos del boom fue la obra de alguien que a los ojos adolescentes de mi generación era ya mayor, pero según la fama nunca dejaba de crecer y tampoco envejecía, un gigante de siete leguas que iba botando años por el camino hasta volverse un adolescente que se va haciendo niño, como aquel Isaac McCaslin, el personaje de William Faulkner en Desciende, Moisés.

Lo experimental, lo que parece desmedido porque rompe las reglas o se burla de ellas, se vuelve corriente un día porque ya es clásico, y viene a convertirse en un modelo que se cuela de manera imperceptible en la escritura del futuro. Esa es mi sensación al abrir otra vez las tapas negras de mi vieja edición de Rayuela. Apagado el ruido de la novedad de los capítulos intercambiables, o suprimibles, el léala como quiera y pueda, lo que permanece es la majestad de la prosa, única capaz de hacer sobrevivir un libro a través de las edades.


Julio Cortázar, en un retrato de 1966


“¿Encontraría a la Maga…?”. De los libros inolvidables uno aprende de memoria al menos el primer párrafo, o esa lectura nunca existió, se la llevó el agua del tiempo en su fluir incesante. Y la entrada de Rayuela puede leerse ya, pasado medio siglo, créanme, como el de cualquier otro de los clásicos que vuelven siempre a la memoria envueltos en su propio resplandor, esas felices epifanías de la lectura que nos reencuentran con el milagro.

Podíamos, podemos, leerla como mejor nos viniera, nos venga, en gana. Como una elegía porque desde la primera página la Maga es evocada de manera tan doliente igual que Neruda evoca a la Maligna en el Tango del viudo; como la saga épica de un viaje urbano incesante, Horacio Oliveira perdido en los meandros de París como Leopoldo Bloom en los de Dublín; oírla correr como un río metafísico que arrastra aforismos filosóficos vueltos al revés; un tratado de jazz con lo que también es una novela de fantasmas impenitentes; o la desaforada roman comique de partirse de risa que propone Morelli, uno de los alter ego de Cortázar porque allí en ese mundo peripatético todos los personajes son alter ego suyos, novela de mamadera de gallo, catálogo crítico de esperpentos y cursilerías, antinovela, desnovela, contranovela, metanovela, paranovela, quién no iba a sentirse entonces seducido al ver las piezas del juguete dispersas por el suelo y al niño cejijunto aquel tan grande con las manos llenas de grasa tratando de colocar bielas y manivelas en el sitio que no era, igual que una vez lo había hecho muerto de risa aquel viejo clérigo Laurence Sterne en las páginas de Tristram Shandy.



Para los nostálgicos que aprendimos en las páginas de Rayuela a despreciar el orden establecido y a cuidarnos de la trasgresión de escribir en papel rayado y apretar el tubo de pasta dentífrica desde abajo, cabe una pregunta: ¿habrá envejecido Rayuela junto con todos nosotros? Es una pregunta generacional y hay que tomarla así.

He indagado entre los escritores jóvenes que se abren camino en este siglo veintiuno de tan pocas certezas y demasiadas incertidumbres, si reconocen en ella su atrevido sentido de ruptura, la narración siempre al borde del abismo, el lector que atraviesa la cuerda floja en persecución del novelista que va por delante balanceando la pértiga en busca de esa alternancia perturbadora entre lo cómico, la inefable Berthe Trépat, y lo trágico, la muerte del niño Rocamadour en el sórdido amanecer de París mientras sesiona en el Club de la Serpiente.

Algunos coinciden plenamente conmigo, otros me han dicho que lo que pasa es que Rayuela fue a mi generación lo que Los detectives salvajes de Bolaño es a las nuevas, una biblia laica de enseñanzas acerca de cómo romper todos los platos de la alacena con el mayor escándalo posible, pero a fin de cuentas se trata de dos generaciones distintas. Puede ser, aunque en la literatura que no perece hay necesariamente bastante más. Hay literatura, querido paremiológico y apodíctico Perogrullo.



No eran tiempos de sosiego cuando apareció Rayuela, y tampoco era una novela tranquila para leer en un fin de semana y luego ponerla en su lugar del estante y olvidarla. Era, en cambio, un animal extraño que se quedaba rondando por los libreros, meneaba inquieto la cola y te enseñaba los dientes, se masturbaba delante de las visitas y se meaba en la vajilla. Un libro poco inocente que a manera de epígrafe anuncia máximas, consejos y preceptos particularmente útiles a la juventud en busca de contribuir a la reforma de las costumbres en general, te ponía necesariamente en guardia, ojo que aquí hay gato encerrado de esos que solo tienen tres pies.

Desde Erasmo y Cervantes la locura es un arma moral de carácter letal, y Cortázar la empleaba a fondo. La locura, hermana siamesa de la risa que por su parte es un remedio infalible, ya lo advertía Selecciones del Reader’s Digest. Hay que entrar a Rayuela por la puerta de la risa, suelo decir a mis jóvenes amigos, y nadie se perderá en el camino. Es, en verdad, toda una epopeya cómica.



Rayuela es una novela del escritor argentino Julio Cortázar publicada en 1963. «De alguna manera es la experiencia de toda una vida y la tentativa de llevarla a la escritura», respondió Cortázar cuando le preguntaron qué significaba para él. Rayuela es una de las obras centrales del boom latinoamericano. El estilo que se mantiene a lo largo de toda la obra es muy variado, llegando incluso al surrealismo en determinadas partes (algo bastante extraño en ese tiempo, debido a que el surrealismo literario no se había masificado todavía). Rayuela es una de las primeras obras surrealistas de la literatura argentina. Fue incluida en la lista de las 100 mejores novelas en español del siglo XX del periódico español «El Mundo»


Rayuela, nuestra biblia de tapas negras, que yo recuerde no contenía propuestas políticas ni redentoras en aquellos dorados años sesenta cuando lo que abundaba eran llaves ideológicas maestras, y también ganzúas, para abrir todas las puertas del futuro socialista. Los ácratas del Club de la Serpiente, Oliveira a la cabeza, en cambio, se paseaban despreocupados por un paisaje ontológico en el que las preguntas, a veces poco cuerdas, exigían más preguntas y no respuestas. Y el mismo Cortázar está conforme en que Rayuela es “el agujero negro de un enorme embudo”, de esos por el que se van preguntas y respuestas.



Rayuela tuvo su sitial en medio de la humareda y de los ruidos que aún no se apagan del concierto de Woodstock, los gritos de histeria que recibían a los Beatles en los escenarios, las protestas por la guerra de Vietnam, las marchas por la igualdad racial en Estados Unidos, el fin de los regímenes coloniales, los movimientos de liberación en Argelia y el Congo, las calles de París en mayo y la plaza de Tlatelolco en octubre de 1968. Franz Fanon y el Che, Janis Joplin y Martin Luther King, los Beatles y Ben Bella, Bob Dylan y Patricio Lumumba, los Rolling Stones y Malcolm X. Háganle un lugar a Cortázar.



Sin los sesenta nada de lo que estaba por venir en mi vida hubiera sido posible, ni lo que me tocó vivir ni lo que me ha tocado escribir. Aprendí la más lúcida de las compatibilidades, que se podía ser escritor y revolucionario, convertirse desde el principio en alguien que piensa y que a la vez hace, y encuentra que su sensibilidad para escribir es la misma que le sirve para pensar que otro mundo es posible, en la realidad y en la narración. Tierra y cielo, el yin y el yang, para eso estaban las ciencias esotéricas orientales y los mantras de Rayuela.

Ser joven era una carga pesada y seria, las apariencias engañan si solo nos fijamos en las alpargatas, las melenas largas, las boinas de fieltro con la estrella solitaria y los anteojos a lo John Lennon. Estaban allí las barricadas que cerraban la calle pero abrían el camino, como anunciaban los grafitis en las paredes de La Sorbona. Era necesario explorar sistemáticamente el azar, decían también los grafitis, una frase que parece del repertorio de Morelli alias Cortázar.

Sin los sesentas no habría setentas, otra vez, querido Perogrullo, sin esa explosión de locura y esperanzas no hubiese habido revolución en Nicaragua, todos esos ríos azarosos y revueltos que fueron a dar a la mar, que es el vivir. Los guerrilleros en sus escondites leían Rayuela y leían La ciudad y los perros, el boom extendía su onda expansiva hasta las catacumbas e inflamaba a su modo las hogueras; un primo mío comandante guerrillero se puso por seudónimo Aureliano, por Aureliano Buendía, y otro que era campesino vino a llamarse directamente Macondo porque lo copió del nombre de una cantina, así trabaja la patafísica. A nadie hubiera extrañado ver a un Ixca Cienfuegos con el fusil en la mano porque todos andábamos en busca de la región más transparente del aire.

Entre dictaduras militares y golpes de Estado, mediocridad cultural y Gobiernos corruptos, gastada retórica oficial y malos escritores embalsamados, opresión económica y opresión cultural, Cuba sí yanquis no y alianza para el progreso y cuerpos de paz, Rayuela era el manual de reglas para patear culos, útil para quienes en aquellos años fervorosos empezábamos a la vez el camino de la acción política y el de la acción literaria.

No me pregunten si eso producía de verdad buena literatura perdurable que ese no es el caso, pero hubo poetas muy jóvenes y muy buenos como Leonel Rugama quien murió en Managua combatiendo solitario contra un batallón de soldados desde el balcón de una casa de seguridad, y otros como Otto René Castillo cayeron en las montañas de Guatemala, y aún otro fue asesinado por sus propios compañeros de lucha, tal fue el caso de Roque Dalton en El Salvador, entre otras cosas porque era irreverente y se reía demasiado de las jerarquías.

Cortázar colocó cargas de dinamita en toda aquella armazón fosilizada, aunque, perdonen que insista, Rayuela, nunca fue una novela política, ni tenía una sola línea que examinada aún con lupa pudiera tomarse como un lema o consigna de adoctrinamiento. Era nada más la rebeldía en estado puro, la inconformidad como un nido de ladillas. No aceptar ninguno de los preceptos de lo establecido, y poner al mundo patas arriba sin ninguna clase de escrúpulos o concesiones.

El espíritu de Cortázar flotaba sobre esas aguas revueltas de la historia que los cronopios querían tomar por asalto, porque los seres humanos quedaban implacablemente divididos en cronopios, esperanzas y famas. Se trataba de un cuestionamiento a fondo, no de doble fondo. El mundo anterior no servía, el Occidente había agotado. Sistemas arcaicos, verdades inmutables. Patria, familia, orden, la buena conducta, los buenos modales. Para eso estaba el ideólogo Oliveira.


La novela puede leerse de tres (3) maneras diferentes, tiene un total de 155 capítulos, que pueden ser leídos de las siguientes formas: a la lectura tradicional, es decir, empezando por la primera página y siguiendo el físico del texto hasta llegar al capítulo 56, y además el Tablero de dirección propone una lectura completamente distinta, saltando y alternando capítulos. Ese orden, con varios elementos estilísticos del collage, no sólo es particular sino que comprende textos de otros autores y ámbitos. A esas dos alternativas se suma una lectura en «el orden que el lector desee», una posibilidad asimismo explorada en su 62/modelo para armar.



Salman Rushdie dice en La sonrisa del jaguar, el libro donde cuenta su viaje a Nicaragua en 1986, que de visita en un mercado de Managua encontró, para su extrañeza, que el nombre de Cortázar era popular entre las gordas mujeres de delantal que cocinaban y servían la comida a su abigarrada clientela. No es que leyeran Rayuela como si fueran personajes de Lezama Lima sacados de Paradiso, o como de verdad lo hacían los guerrilleros en la clandestinidad. El nombre de Cortázar había llegado a sus oídos porque en la radio y la televisión hablaba de la revolución que de alguna manera él había ayudado a detonar con las enseñanzas de rebeldía antiburguesa de aquella novela “endiabladamente esotérica y complicada” como el mismo Rushdie la califica.

Rayuela enseñaba conductas libres y llevaba de la mano a sus lectores juveniles a la inconformidad perpetua. Pero eso es algo con lo que al fin y al cabo no pueden compadecerse las revoluciones una vez en el poder, porque, oh ley inexorable, la rebeldía que dio vida al ideal absoluto de libertad termina no pocas veces en esclerosis y los héroes convertidos en caudillos, y así la salamandra del pasado termina mordiéndose la cola, diría Morelli. Las utopías reglamentadas se vuelven siempre pesadillas. Un viaje, a veces rápido, desde los sueños a los malos sueños, y de allí a los pésimos sueños.

Cortázar nunca envejeció ni tampoco dejó de crecer como no ha dejado de crecer Rayuela, un libro de iniciación que igual que su autor seguirá botando años por el camino. Solo hay que leerlo, o volver a leerlo empezando, eso sí, por el primer capítulo. Allí comienza su eternidad.


Julio Cortázar, en Madrid en 1983



‘Rayuela’, ¿cursi o clásico?

En una carta de 1958, Julio Cortázar cuenta que ha terminado la novela Los premios y que piensa en otra más ambiciosa que será, se teme, “bastante ilegible”, una especie de “resumen de muchos deseos, de muchas nociones, de muchas esperanzas y también, por qué no, de muchos fracasos”. Un año más tarde dice que está escribiendo una antinovela. Más tarde dirá que prefiere el término contranovela. Aun en estado embrionario Rayuela generó un sinfín de definiciones a cargo de su propio autor: libro infinito, gigantesca humorada, bomba atómica, grito de alerta, el agujero negro de un enorme embudo… Luego llegarían esos lectores que el escritor nunca quiso pasivos. .



Julio Cortázar tenía pensado titular al libro Mandala en referencia al símbolo circular que se encuentra desde el comienzo de la humanidad. Las diferentes culturas coinciden en que conduce hacia el camino a la unidad del ser y ese nombre quería hacer referencia a esa búsqueda. Sin embargo, titularlo de esa manera le sonaba pretencioso y decidió llamarlo Rayuela. A la vez se comenta, de forma alegórica, esa facilidad con la que uno alcanza "el Cielo" en el juego de la Rayuela, siendo el Cielo esa quimera autoimpuesta de Oliveira de buscar siempre algo que no está seguro qué es.



Mandala pop. Igual que Julio Denis fue el pseudónimo con el que Cortázar (1914-1984) publicó su primer libro en 1938 -Presencia, un conjunto de sonetos-, Mandala fue el primer título que le puso a Rayuela “hasta casi terminado”. El definitivo le pareció más modesto y comprensible sin necesidad de conocer “el esoterismo búdico o tibetano”. Además, eran lo mismo: “una rayuela es un mandala de-sacralizado”. En algunas cartas la llama La rayuela.

Rayuel-o-matic. Rayuela está formada por 155 fragmentos que el lector puede combinar a su antojo. Además del orden en el que se edita habitualmente, Cortázar -que empezó el libro redactando el actual fragmento 41º- incluyó en las primeras páginas un “tablero de dirección” que arranca en el 73º. Además, en La vuelta al día en ochenta mundos (1967) recogió la descripción del Rayuel-o-matic, una máquina para leer Rayuela inspirada en las máquinas “célibes” de Marcel Duchamp y Raymond Roussel.

Apocalipsis de san Julio. Cuando de publicó en 1963 unos dijeron que era un libro desvergonzado y otros lo acusaron de europeizante; alguien afirmó que era la declaración de independencia de la novela latinoamericana y alguien más que si dentro de ella El siglo de las luces –publicado por Alejo Carpentier un año antes- era el génesis, Rayuela era el apocalipsis.

El libro del 68. Por teléfono, desde su casa de Barcelona, Cristina Peri Rossi (Montevideo, 1941), amiga de Cortázar, explica qué supuso Rayuela para la gente que tenía poco más de 20 años cuando se publicó: “Es la novela emblemática de la gente del 68. La leímos con el telón de fondo de los movimientos revolucionarios en Europa y América Latina. Toda una generación se identificó con el libro. Todas las mujeres querían ser la Maga. Todos querían vivir en Paris y Buenos Aires. Acertó a retratar una sensibilidad. Es cierto, teníamos 20 años, hoy tenemos 70 y muchos han traicionado esos valores. Un amigo pintor argentino me decía hace poco que ya no se identificaba con Rayuela. Yo le respondía: ‘Porque en el 63 tenías 20 años, eras pobre y revolucionario; ahora eres famoso, burgués y te hacen exposiciones retrospectivas’. ¿Que el mundo ya no es así? Tampoco es como la Troya de Virgilio. Si hubiera que dar un libro a los marcianos para explicarles cómo era el mundo en esos años les daría Rayuela”. Y pasa de la sociología a la literatura: “En Rayuela cristalizaron rupturas de la estructura y el lenguaje que venían de antes (de Mallea, de Arlt) pero que habían naufragado. Además, dentro de la vieja polémica latinoamericana entre literatura rural y urbana, Rayuela es la novela urbana por excelencia. En literatura no hay progreso, pero fue un hito. Claro que se puede escribir como antes de Rayuela, pero serán eso, novelas de antes de Rayuela”.

Cataclismo para jóvenes indignados. José María Guelbenzu (Madrid, 1944), que relee estos días Rayuela, cuenta que la leyó en uno de los primeros ejemplares que llegaron a España: “Yo era un joven escritor indignado con el mundo literario español, que era oficial, realista, barroco o social. En ese contexto, Rayuela fue un cataclismo, el encuentro con la libertad de la literatura. En El mercurio (1968) hay un homenaje a Cortázar y otro a Joyce, los dos autores que me abrieron el mundo a algo distinto que la alicorta tradición española. La apertura a un mundo que no tiene confines. Es un acto literario total, una muestra de anarquismo literario en el que se da la unidad entre fondo y forma. Además, desencadena el gran movimiento hacia el lector, le obliga a construir la novela”. Y de la literatura a la sociología: “Hay quien dice que fue un libro de su momento, que no es una novela sino un montón de cosas juntas. No estoy de acuerdo. El hombre contemporáneo pisa el terreno de la inseguridad y Rayuela es la respuesta y la resistencia a esa inseguridad, el relato de una vida a través del desorden y la mitomanía, un viaje sentimental en busca de la lucidez. Por eso gusta tanto a los jóvenes, sigue siendo una obra maestra y hoy sigue siendo rompedora”.

Un juguete sofisticado. A Agustín Fernández Mallo (A Coruña, 1967) le faltaban cuatro años para nacer cuando se publicó Rayuela. No la ha vuelto a leer entera desde la primea vez pero de cuando en cuando hace “catas selectivas”. Conclusión: “funciona muy bien a trozos, tienen una entidad poética al margen de la narrativa”. En su opinión, la novela de Julio Cortázar “abrió una vía al experimentalismo y al uso de la cultura popular sin tapujos, sin esa condescendencia que se usa para quedar bien. En Cortázar era algo vivido, real, no un artefacto montado ad hoc. Su influencia la admite la mayoría de los escritores españoles de mi generación”. ¿Es un libro de su momento, es decir, de hace ya medio siglo? “En los sesenta se leyó en una clave política –sobre el exilio y el desarraigo- que se fue desdibujando con el tiempo, pero en estos tiempos convulsos podría rehacerse perfectamente esa lectura política y funcionaría”.

Mercedes Cebrián (Madrid, 1971) tampoco la ha vuelto a leer desde que lo hizo a los 17 años, por eso insiste en que sus comentarios se refieren a aquella primera impresión. Ahora, dice, está curada de espanto, “vieja” (?), no querría parecer naïf. ¿Y a los 17? “Rayuela es una novela de formación esencial para un escritor en lengua castellana. Aprendes de todo, carpintería, bricolaje. Enseña también que la literatura no es solo seriedad, que puede ser un juego, que en una novela cabe lo que tú quieras. Me da pena pensar que ya no la podría releer con la ilusión del descubrimiento. También un juguete sofisticado muy útil para bajarles los humos a los descubridores permanentes de artefactos que piensan que lo último de lo último es decirle a alguien en la página 10, pase a la página 48”.

Contra Rayuela. Desde la Argentina, por correo electrónico, Damián Tabarovsky (Buenos Aires, 1967) rompe contundentemente la devoción cortazariana: “¿En qué momento Rayuela se convirtió en un libro leído en la adolescencia y nunca jamás en la adultez? O más aún, ¿en qué momento pasó a ser un texto adolescente? No lo sé. Sé, en cambio, que para mí, y para muchos de mi generación Cortázar significa esa época de la vida en que nos pasan cosas vergonzantes: decir que nos gustaba Cortázar es una de esas. De hecho, a mí nunca me pasó, pero sí me ocurrió con Roberto Fontanarrosa, que vendría a ser lo mismo, pero peor. Para mí, y a para muchos de mi generación, Rayuela nació ya cursi, remanida, llena de recursos demagógicos, y, casi me animaría a decir, sociológica: encarna –igual que Sábato en otro extremo- el gusto de una clase media urbana argentina que se imaginaba en ascenso social, que suponía que, vía a Cortázar y otros como él, accedía a la alta cultura, a la divulgación de la vanguardia francesa, al último grito de la moda de la novela moderna. También expresa el último estertor en que París se pensaba a sí misma –y las clases medias argentinas lo creían- como la capital cultural del mundo. Todo eso terminó, y ahora la clase media argentina sueña con ir de compras a Miami. Y la literatura ya no le importa a nadie”.

De cronopio a clásico. Alfaguara acaba de publicar una edición conmemorativa de Rayuela que incluye una selección de cartas de Cortázar en torno a su escritura, publicación y recepción.

En 1991 Julio Ortega y Saúl Yurkievich publicaron una monumental edición crítica en la colección Archivos de la Unesco.

Tres años antes la editorial Cátedra había publicado una edición de la novela en su colección de clásicos Letras Hispánicas a cargo de Andrés Amorós, que recuerda ahora que aquel trabajo fue el fruto de su admiración por un libro del que llegó a saberse fragmentos de memoria. “Apenas él le amalaba el noema, a ella se le agolpaba el clémiso y caían en hidromurias, en salvajes ambonios, en sustalos exasperantes…” recita por teléfono citando el arranque del 68, escrito en gíglico, un lenguaje inventado por Cortázar que lleva al extremo su experimentalismo. Amorós fue uno de sus primeros defensores en España y no se cansa, dice, de leer Rayuela, pero avisa respecto al humor, el juego y la ironía que contienen sus páginas: “No se puede hacer escuela de eso”.

En 1962, en una carta, Julio Cortázar escribió: “Nadie es clásico si no quiere. Los profesores pueden pegarle la etiqueta, pero él (y sus libros) le escupen encima. Yo soy siempre el mismo desconcertado cronopio que anda mirando las babas del diablo en el aire, y que recién a los veinte mil kilómetros descubre que no ha soltado el freno de mano”.



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