Un escrito propio. El título es en verdad "Un día en mi vida acompañado por el gigante de los recuerdos dolorosos" sólo que lo acorté en el título del post para que se pudiese ver entero.
Hace un tiempo empecé a salir con una chica como nunca antes conocí yo, y que me dejó varias marcas, pero se terminó todo hace unos días, y así me descargo un poco hoy.
Un día en mi vida acompañado por el gigante de los recuerdos dolorosos
Me siento un náufrago tendido en la arena, en una noche fría y sin abrigo en un mundo hostil y extraño. Doy vueltas y vueltas, en la cama tratando de hallar comodidad, tratando de abrazar algo que no existe. Mi sueño se entrecorta, y ya es muy tarde; el despertador suena y me arrastra por completo fuera del mundo onírico. Abro pesadamente un ojo, el mismo con el que ayer sentí dolor sólo de mirar las figuras cotidianas. Y lo veo sentado ahí, esperando con ansias a que yo despierte. Es un gigante que me atormenta desde el primer al último rayo de luz de día. Se yergue imponente y me ataca con su maso pesado, que tiene la dureza de todas las derrotas y empieza a destruir mi mente con imágenes que golpean como rayos en la oscuridad. Ya es su costumbre ser mi verdugo diario. No conozco su motivación, si lo hace por disfrute, o está simplemente en su naturaleza castigarme con ideas y pensamientos, de todo lo que dejé atrás.
Me levanto macilento, siento mi espalda partida, y mis piernas se hunden en la cerámica fría del piso. El Sol asoma tímidamente en la ventana y cierro la cortina para refugiarme de su luz. Es extraño, pero ya me acostumbré al gigante. Sus golpes no provocan dolor físico. Son pequeñas tormentas de risas y de llantos. Es temprano, y me espera todo un día por delante. Imagino que en muchos lados hay gente despertando con pensamientos rotos y sensaciones semejantes a las que hoy padezco. Quién sabe el motivo exacto de todos sus pesares. Pero me compadezco de ellos. Bajo las escaleras hasta el baño. Lavo mi cara una y otra vez, deseando que el agua arrase con éste, mi rostro carente de expresiones optimistas. Hago un esfuerzo por recordar la última vez que vi mi propia sonrisa en el espejo ¿Realmente fue hace tanto? ¿Cuántas canciones tristes pasaron desde ese día?
Mi aliento se desangra con gusto a cenizas a través de mi garganta. Otra noche de falsa auto-convicción quedó atrás. Si bien es verano, qué frías se sienten las mañanas. Y qué frías se sienten mis manos. No comprendo mucho, porqué hace un tiempo atrás el aire a mí alrededor era tan puro como si la felicidad habitara en la cima de una montaña, y hoy en este abismo mi espíritu está tan viciado de dolor. El gigante camina detrás de mí, clavando pequeñas tachuelas en mi mente.
Preparo el desayuno, que sé que dejaré a medias, prendo el televisor, sintonizo el noticiero, pero no presto atención a las noticias. Sólo quiero sentir que no estoy solo, aunque más no sea escuchando una voz a través de un aparato. Ahora recuerdo y pienso. En verdad siempre fui un hombre solitario. Pero hay una leve diferencia entre un hombre solitario, y un hombre que está solo. Uno puede ser un solitario por elección, o lo pueden llevar a tal situación una serie de eventos de la más variada naturaleza, pero rara vez uno elige quedarse solo.
En la mesa del comedor se acumulan los libros de música sin leer, las boletas sin pagar y las tazas aún con borra de café de noches anteriores. En un rincón, apoyada en una silla de madera, la guitarra insonora desde hace días se sigue llenando de polvo. Una extraña sensación corre por mí cuando la observo, la sensación de haber abandonado una parte esencial de mi ser, y de tener que pedirle disculpas por tal abandono la próxima vez que decida tocarla. Pero esta sensación colisiona con otra muy distinta y se vuelve polvo rápidamente. La sensación de querer resguardarme en el interior de una piedra, o como un caracol, arrastrar mi propio refugio del mundo para ocultarme en él cuando desee hacerlo.
El teléfono suena una, dos, tres veces, pero siempre es una voz equivocada la que habla del otro lado del tubo. Entre el resumen deportivo, y las noticias acerca de robos y asesinatos, el conductor del noticiero anuncia la hora exacta. Es tiempo de partir a cumplir con mis obligaciones laborales, así que me termino de vestir deprisa, dejo el café a medio terminar sobre la mesa, y cargo mi morral de cuerina negro con todas mis cosas. Salgo al patio y el Sol es tan claro que lastima mis ojos cansinos. Arrastro los pies cual niño que va de mala gana a la Iglesia un domingo hasta el viejo portón de calle. Paso completamente estéril al aroma del jardín que otrora inflamara mis pulmones, rejuveneciendo mi pecho. Su aroma pertenece a un mundo lejano, claro y puro, y lleno de vida. Yo, en cambio, atravieso ese mundo como un barco derruido atraviesa el río, sin prestar atención al maravilloso paisaje que me rodea. El gigante va atornillando ideas retorcidas en mi cabeza, pensamientos quebrados, rostros difusos. Algunos alegres, otros tristes. Pero todos fueron alguna vez reales.
Cruzo la calle hasta la parada del colectivo. Por suerte no tengo que esperar mucho, puedo divisar la bestia humeante y grasienta a unas cuadras. Le hago la seña habitual, y se detiene ante mí, abriendo su puerta chirriante. Tengo un nudo tan grande en la garganta que tengo que repetir dos veces mi destino ya que la primera vez el chofer no logra interpretar mi ronco balbuceo para marcar en la máquina el monto correspondiente a abonar. Me acomodo en uno de los últimos asientos, pegado a la ventana y saco del morral un estuche, el cual contiene mi antifaz. Los RayBan cumplen la función de proteger mis ojos del Sol casi tan bien como su otra función primordial que es la de ocultar mi ceño y mis párpados cristalizados. El gigante se sienta detrás de mí, y por algún tiempo logro olvidarlo, hasta que el paisaje familiar del recorrido se torna aburrido, y dejo de prestarle atención. Miro sin ver por el vidrio los autos que rebasan a gran velocidad. Puedo ver los rostros de algunos conductores y sus acompañantes. Algunos parecen tan apacibles. En otros rostros me reconozco a mí mismo con el semblante gris. Todos los rostros son tan iguales. Todos los rostros son tan distintos. Voy acercándome a mi destino. Me pongo de pie y me aseguro de no olvidar nada en el asiento. Miro por sobre el hombro, mientras toco el timbre para anunciar mi parada. Puedo ver al gigante. Sólo yo puedo verlo, pero está ahí. Quizás haya más gigantes, que yo no pueda ver, y que acompañan a otros pasajeros.
Antes de entrar al trabajo debo guardar los lentes y tratar de vestir lo más elegantemente posible el otro antifaz, el del tipo que no tiene preocupaciones, el que no cae, y el que deja sus problemas colgados en el perchero de la recepción para el trato diario con la gente. Saludo a todos mis compañeros y dibujo una sonrisa lo mejor posible “Tenés cara de cansado” “¿Dormiste mal?” “¿Hay algún problema?” (¡Sí, por dentro siento cómo mis sueños se van rompiendo como copas de cristal al caer desde la mesa, cómo todo aquello en lo que confié, creí y amé, se está quebrando como una rama frágil azotada por un huracán, cómo todas mis fuerzas escurren como la lluvia por las alcantarillas!) “Estoy bien, debe ser porque dormí poco, me entusiasmé viendo una película hasta tarde”. Se van acortando las excusas para todos los días. Mañana seguramente me entusiasmaré escuchando música hasta tarde, o leyendo algún libro nuevo hasta tarde, o hablando con un viejo amigo hasta tarde. El día transcurre con normalidad. Teléfonos que suenan inclementes, gente entrando y saliendo de la oficina. Mares de gente entrando y saliendo de la oficina. Una pausa, salir afuera a tomar aire. Otro mar. Otra pausa, salir a fuera a envenenarse con un cigarrillo. Otro mar. El gigante se desvanece un poco. Está guardando energías para cuando termine de cargar los últimos datos al sistema, para cuando cuelgue el teléfono por última vez, y las puertas de la oficina se cierren detrás de mí hasta la mañana siguiente, y para cuando mi mente se desocupe para volver a llenarla de vidrios rotos, de recuerdos que ahora, ahora me causan dolor e intriga ¿Cómo es posible que ciertos momentos hermosos, una vez convertidos en recuerdos, se transformen en martirios? ¿Cómo es posible que el gigante sepa elegirlos uno a uno, de forma tan estratégicamente perfecta?
Se cierra la última carpeta, se guarda la última planilla. Afuera el cielo dejó de ser celeste y es azul oscuro. Las luces artificiales reemplazaron hace unas horas a las naturales. Más bestias grasientas pasan, abarrotadas de gente que retorna a sus hogares. En unos pocos minutos me uniré a ellos. Finaliza el trabajo, emprendo el viaje de vuelta a casa. “Hasta mañana, buen viaje” “Que descanses”. Descuelgo del perchero los problemas, los cargo de nuevo sobre mis hombros, como un saco pesado de plomo. Los RayBan son obsoletos a esta hora, pero no importa; el cansancio disfraza bien los sentimientos. Esta vez el gigante y yo vamos parados, lo cual no impide que él vaya martillando mi cerebro todo el viaje.
De nuevo en casa, cena rápida. El televisor de nuevo prendido. Ducha, café a medio terminar recalentado. La guitarra más empolvada. Los libros de música sin leer, las boletas sin pagar. Subo las escaleras, deshago la cama y me acuesto.
El gigante se sienta, deja su maso a un costado. Lo miro detenidamente. Es tan familiar, y tan desconocido. Puede tomar el rostro y la forma de muchas personas. Puede cambiar el paisaje que nos envuelve. Y ya no me encuentro en mi habitación, ni en la sala o el comedor, estoy caminando por calles y veredas distantes, de lugares que amé, y que ahora odio. Voy rodeado de gente o completamente solo. Y a veces ocurren ambas situaciones al mismo tiempo. A veces copia el rostro de personas sinceras. Otras veces el de falsos personajes. Puede ser por igual un niño inocente, y el ser más grotesco. Y por momentos me parece que es ambos al mismo tiempo.
A veces quisiera hablarle. Preguntarle ¿Por qué a mí? Preguntarle quién lo trajo. Qué lo animó a cruzarse en mi camino. Saber por qué revuelve mis recuerdos. Pedirle que se detenga ¿No ve acaso que son como navajas rebotando en el interior de mi cabeza? ¿No ve que estoy quebrado? ¿Por qué a veces me sonríe con el rostro más hermoso, y otras veces con el mismo rostro me apuñala sin vacilar? Y sin remordimientos se divierte abriendo una y otra vez la misma herida.
Abro el cajón de la mesa de luz, saco una fotografía que alguna vez estuvo sobre el escritorio, y hoy me duele ver. La miro dos segundos y me ahogo durante una eternidad. Ese breve instante me siento un perro callejero persiguiendo un auto muy veloz en el que viaja toda mi ilusión. Es más factible y probable que muera aplastado, antes de que logre alcanzarla alguna vez. El gigante se levanta y da un último golpe. Mis ojos intermitentes se van cerrando. Guardo la foto, y apago el velador. Y comienzo a entrar al mundo onírico nuevamente, el caparazón del caracol donde puedo refugiarme, poner mi mente en blanco unas horas y que el tiempo transcurra deprisa, y descansar. En los sueños el gigante no existe, y yo puedo palpar, y besar el rostro de la fotografía, y abrazar su cuerpo cálido, que es real, y no un reflejo de la soledad, una almohada inerte y fría.
Desearía que todos los días al sonar el reloj, yo despertase de la realidad, y mi vida comenzase otra vez en uno de mis sueños, pero nunca jamás va a ser así.
Hace un tiempo empecé a salir con una chica como nunca antes conocí yo, y que me dejó varias marcas, pero se terminó todo hace unos días, y así me descargo un poco hoy.
Un día en mi vida acompañado por el gigante de los recuerdos dolorosos
Me siento un náufrago tendido en la arena, en una noche fría y sin abrigo en un mundo hostil y extraño. Doy vueltas y vueltas, en la cama tratando de hallar comodidad, tratando de abrazar algo que no existe. Mi sueño se entrecorta, y ya es muy tarde; el despertador suena y me arrastra por completo fuera del mundo onírico. Abro pesadamente un ojo, el mismo con el que ayer sentí dolor sólo de mirar las figuras cotidianas. Y lo veo sentado ahí, esperando con ansias a que yo despierte. Es un gigante que me atormenta desde el primer al último rayo de luz de día. Se yergue imponente y me ataca con su maso pesado, que tiene la dureza de todas las derrotas y empieza a destruir mi mente con imágenes que golpean como rayos en la oscuridad. Ya es su costumbre ser mi verdugo diario. No conozco su motivación, si lo hace por disfrute, o está simplemente en su naturaleza castigarme con ideas y pensamientos, de todo lo que dejé atrás.
Me levanto macilento, siento mi espalda partida, y mis piernas se hunden en la cerámica fría del piso. El Sol asoma tímidamente en la ventana y cierro la cortina para refugiarme de su luz. Es extraño, pero ya me acostumbré al gigante. Sus golpes no provocan dolor físico. Son pequeñas tormentas de risas y de llantos. Es temprano, y me espera todo un día por delante. Imagino que en muchos lados hay gente despertando con pensamientos rotos y sensaciones semejantes a las que hoy padezco. Quién sabe el motivo exacto de todos sus pesares. Pero me compadezco de ellos. Bajo las escaleras hasta el baño. Lavo mi cara una y otra vez, deseando que el agua arrase con éste, mi rostro carente de expresiones optimistas. Hago un esfuerzo por recordar la última vez que vi mi propia sonrisa en el espejo ¿Realmente fue hace tanto? ¿Cuántas canciones tristes pasaron desde ese día?
Mi aliento se desangra con gusto a cenizas a través de mi garganta. Otra noche de falsa auto-convicción quedó atrás. Si bien es verano, qué frías se sienten las mañanas. Y qué frías se sienten mis manos. No comprendo mucho, porqué hace un tiempo atrás el aire a mí alrededor era tan puro como si la felicidad habitara en la cima de una montaña, y hoy en este abismo mi espíritu está tan viciado de dolor. El gigante camina detrás de mí, clavando pequeñas tachuelas en mi mente.
Preparo el desayuno, que sé que dejaré a medias, prendo el televisor, sintonizo el noticiero, pero no presto atención a las noticias. Sólo quiero sentir que no estoy solo, aunque más no sea escuchando una voz a través de un aparato. Ahora recuerdo y pienso. En verdad siempre fui un hombre solitario. Pero hay una leve diferencia entre un hombre solitario, y un hombre que está solo. Uno puede ser un solitario por elección, o lo pueden llevar a tal situación una serie de eventos de la más variada naturaleza, pero rara vez uno elige quedarse solo.
En la mesa del comedor se acumulan los libros de música sin leer, las boletas sin pagar y las tazas aún con borra de café de noches anteriores. En un rincón, apoyada en una silla de madera, la guitarra insonora desde hace días se sigue llenando de polvo. Una extraña sensación corre por mí cuando la observo, la sensación de haber abandonado una parte esencial de mi ser, y de tener que pedirle disculpas por tal abandono la próxima vez que decida tocarla. Pero esta sensación colisiona con otra muy distinta y se vuelve polvo rápidamente. La sensación de querer resguardarme en el interior de una piedra, o como un caracol, arrastrar mi propio refugio del mundo para ocultarme en él cuando desee hacerlo.
El teléfono suena una, dos, tres veces, pero siempre es una voz equivocada la que habla del otro lado del tubo. Entre el resumen deportivo, y las noticias acerca de robos y asesinatos, el conductor del noticiero anuncia la hora exacta. Es tiempo de partir a cumplir con mis obligaciones laborales, así que me termino de vestir deprisa, dejo el café a medio terminar sobre la mesa, y cargo mi morral de cuerina negro con todas mis cosas. Salgo al patio y el Sol es tan claro que lastima mis ojos cansinos. Arrastro los pies cual niño que va de mala gana a la Iglesia un domingo hasta el viejo portón de calle. Paso completamente estéril al aroma del jardín que otrora inflamara mis pulmones, rejuveneciendo mi pecho. Su aroma pertenece a un mundo lejano, claro y puro, y lleno de vida. Yo, en cambio, atravieso ese mundo como un barco derruido atraviesa el río, sin prestar atención al maravilloso paisaje que me rodea. El gigante va atornillando ideas retorcidas en mi cabeza, pensamientos quebrados, rostros difusos. Algunos alegres, otros tristes. Pero todos fueron alguna vez reales.
Cruzo la calle hasta la parada del colectivo. Por suerte no tengo que esperar mucho, puedo divisar la bestia humeante y grasienta a unas cuadras. Le hago la seña habitual, y se detiene ante mí, abriendo su puerta chirriante. Tengo un nudo tan grande en la garganta que tengo que repetir dos veces mi destino ya que la primera vez el chofer no logra interpretar mi ronco balbuceo para marcar en la máquina el monto correspondiente a abonar. Me acomodo en uno de los últimos asientos, pegado a la ventana y saco del morral un estuche, el cual contiene mi antifaz. Los RayBan cumplen la función de proteger mis ojos del Sol casi tan bien como su otra función primordial que es la de ocultar mi ceño y mis párpados cristalizados. El gigante se sienta detrás de mí, y por algún tiempo logro olvidarlo, hasta que el paisaje familiar del recorrido se torna aburrido, y dejo de prestarle atención. Miro sin ver por el vidrio los autos que rebasan a gran velocidad. Puedo ver los rostros de algunos conductores y sus acompañantes. Algunos parecen tan apacibles. En otros rostros me reconozco a mí mismo con el semblante gris. Todos los rostros son tan iguales. Todos los rostros son tan distintos. Voy acercándome a mi destino. Me pongo de pie y me aseguro de no olvidar nada en el asiento. Miro por sobre el hombro, mientras toco el timbre para anunciar mi parada. Puedo ver al gigante. Sólo yo puedo verlo, pero está ahí. Quizás haya más gigantes, que yo no pueda ver, y que acompañan a otros pasajeros.
Antes de entrar al trabajo debo guardar los lentes y tratar de vestir lo más elegantemente posible el otro antifaz, el del tipo que no tiene preocupaciones, el que no cae, y el que deja sus problemas colgados en el perchero de la recepción para el trato diario con la gente. Saludo a todos mis compañeros y dibujo una sonrisa lo mejor posible “Tenés cara de cansado” “¿Dormiste mal?” “¿Hay algún problema?” (¡Sí, por dentro siento cómo mis sueños se van rompiendo como copas de cristal al caer desde la mesa, cómo todo aquello en lo que confié, creí y amé, se está quebrando como una rama frágil azotada por un huracán, cómo todas mis fuerzas escurren como la lluvia por las alcantarillas!) “Estoy bien, debe ser porque dormí poco, me entusiasmé viendo una película hasta tarde”. Se van acortando las excusas para todos los días. Mañana seguramente me entusiasmaré escuchando música hasta tarde, o leyendo algún libro nuevo hasta tarde, o hablando con un viejo amigo hasta tarde. El día transcurre con normalidad. Teléfonos que suenan inclementes, gente entrando y saliendo de la oficina. Mares de gente entrando y saliendo de la oficina. Una pausa, salir afuera a tomar aire. Otro mar. Otra pausa, salir a fuera a envenenarse con un cigarrillo. Otro mar. El gigante se desvanece un poco. Está guardando energías para cuando termine de cargar los últimos datos al sistema, para cuando cuelgue el teléfono por última vez, y las puertas de la oficina se cierren detrás de mí hasta la mañana siguiente, y para cuando mi mente se desocupe para volver a llenarla de vidrios rotos, de recuerdos que ahora, ahora me causan dolor e intriga ¿Cómo es posible que ciertos momentos hermosos, una vez convertidos en recuerdos, se transformen en martirios? ¿Cómo es posible que el gigante sepa elegirlos uno a uno, de forma tan estratégicamente perfecta?
Se cierra la última carpeta, se guarda la última planilla. Afuera el cielo dejó de ser celeste y es azul oscuro. Las luces artificiales reemplazaron hace unas horas a las naturales. Más bestias grasientas pasan, abarrotadas de gente que retorna a sus hogares. En unos pocos minutos me uniré a ellos. Finaliza el trabajo, emprendo el viaje de vuelta a casa. “Hasta mañana, buen viaje” “Que descanses”. Descuelgo del perchero los problemas, los cargo de nuevo sobre mis hombros, como un saco pesado de plomo. Los RayBan son obsoletos a esta hora, pero no importa; el cansancio disfraza bien los sentimientos. Esta vez el gigante y yo vamos parados, lo cual no impide que él vaya martillando mi cerebro todo el viaje.
De nuevo en casa, cena rápida. El televisor de nuevo prendido. Ducha, café a medio terminar recalentado. La guitarra más empolvada. Los libros de música sin leer, las boletas sin pagar. Subo las escaleras, deshago la cama y me acuesto.
El gigante se sienta, deja su maso a un costado. Lo miro detenidamente. Es tan familiar, y tan desconocido. Puede tomar el rostro y la forma de muchas personas. Puede cambiar el paisaje que nos envuelve. Y ya no me encuentro en mi habitación, ni en la sala o el comedor, estoy caminando por calles y veredas distantes, de lugares que amé, y que ahora odio. Voy rodeado de gente o completamente solo. Y a veces ocurren ambas situaciones al mismo tiempo. A veces copia el rostro de personas sinceras. Otras veces el de falsos personajes. Puede ser por igual un niño inocente, y el ser más grotesco. Y por momentos me parece que es ambos al mismo tiempo.
A veces quisiera hablarle. Preguntarle ¿Por qué a mí? Preguntarle quién lo trajo. Qué lo animó a cruzarse en mi camino. Saber por qué revuelve mis recuerdos. Pedirle que se detenga ¿No ve acaso que son como navajas rebotando en el interior de mi cabeza? ¿No ve que estoy quebrado? ¿Por qué a veces me sonríe con el rostro más hermoso, y otras veces con el mismo rostro me apuñala sin vacilar? Y sin remordimientos se divierte abriendo una y otra vez la misma herida.
Abro el cajón de la mesa de luz, saco una fotografía que alguna vez estuvo sobre el escritorio, y hoy me duele ver. La miro dos segundos y me ahogo durante una eternidad. Ese breve instante me siento un perro callejero persiguiendo un auto muy veloz en el que viaja toda mi ilusión. Es más factible y probable que muera aplastado, antes de que logre alcanzarla alguna vez. El gigante se levanta y da un último golpe. Mis ojos intermitentes se van cerrando. Guardo la foto, y apago el velador. Y comienzo a entrar al mundo onírico nuevamente, el caparazón del caracol donde puedo refugiarme, poner mi mente en blanco unas horas y que el tiempo transcurra deprisa, y descansar. En los sueños el gigante no existe, y yo puedo palpar, y besar el rostro de la fotografía, y abrazar su cuerpo cálido, que es real, y no un reflejo de la soledad, una almohada inerte y fría.
Desearía que todos los días al sonar el reloj, yo despertase de la realidad, y mi vida comenzase otra vez en uno de mis sueños, pero nunca jamás va a ser así.