EL REY Y EL LEPROSO ...Otoño naranja de céfiros lánguidos y taciturnos, hojas secas atrapadas en el aire, esperando una hoguera en la cual perecer. El fastuoso carruaje del rey retornaba al castillo; cuando, de in promptu, un hombre andrajoso se paró en la mitad del camino-: ¡Qué sea lo que sea!- dijo éste- Pues exhausto estoy de tanto esperar. ¡Qué es un rey sino un histrión más de esta comedia! Pues ciertamente, en este escenario hay demasiados reyes para tan pocas coronas. La guardia real arremetió contra el hombre; pero al instante, el rey lanzó un grito desde el interior. -¡Ah!- exclamó el mendigo- Por fin ha hablado, su alteza, por fin ha hablado. ¡Abandona tu nube edénica y dame la cara! El rey salió del carruaje, profiriendo insultos y vilipendios-: ¡¿Quién es ese qué me habla con tal insolencia?!- vociferó su alteza. -Soy yo, tan sólo un leproso- el mendigo bajó la mirada. Y el rey retrocedió ante esta confesión tan espantosa- ¡También soy un rey como tú!- continuó el mendigo- Porque cada hombre es uno en su interior. Yo soy el rey del declive, el rey de lo mórbido, el rey desmedrado- sus ojos se mostraron agudos bajo las vendas manchadas que cubrían su rostro-¡Qué sea lo que sea!- levantó los brazos raquíticos- Las Moiras así lo tejieron. Y la enfermedad es un simple ósculo de la inexorable Parca. ¡He esperado por mucho tiempo; pero ciertamente, así debe ser! ¡Oh! Soy rey…- se aproximó- Y veo que en la vida nada es recto; y seguramente todos vivimos varias vidas al tiempo. Usted mismo, ¡alteza entre los más bajos! , podría ser una de mis sombras- rompió en una risa espantosa mientras uno de los guardias le daba de azotes. -¡¿Cómo se atreve?!- exclamó el rey, totalmente iracundo- Pero nada haré, pues ya maldito estás. -¡Maldito!- el mendigo dio un salto- ¡Maldito soy! ¡Maldito y Bendito! Porque quien cruza el desierto y no se pierde entre los falsos oasis, encuentra lo divino. ¡Y algo le advierto, rey Marcus! Yo también podría poseer esbirros como cualquier rey; pero prefiero la soledad…- se tornó taciturno, cuasi luctuoso- Y veo, ¡oh, rey poderoso!, veo que sus ojos son como el reflejo de unos riscos níveos y gloriosos en las agua tímidas y sosegadas de un lago de cristal. Pero es tan sólo un reflejo, no los riscos en sí. Es una ilusión, un falso oasis, una sombra errante…- se lanzó al suelo y se echó polvo en la cabeza-…Y solitario voy con el ala nefasta de la muerte, nadando siempre bajo aquel lago, escrutando lo real, lo esencial; observando lo que oculta el reflejo, descubriendo el engaño tras el antifaz. ¡Soy Maldito! ¡Maldito y solitario! ¡Soy un rey! ¡Soy el rey del dolor! Un rey amargo; pues, ¿qué es más real que el suplicio? El amor es tan bien un reflejo, ¡un disparate! ¡Rey Marcus!- se acercó aún más- ¿Qué misterios, qué lamentos oculta su corazón? Porque el hombre que sobrepasa el dolor se cree fuerte; pero tan sólo es fuerte en la coraza del alma…- observó detenidamente al rey con mirada desafiante- Tan sólo, ¡Sí! Porque bajo el escudo, el brazo del guerrero tiembla ante tanto castigo, ante tanta batalla, ante tanto suplicio. ¡El dolor es más fuerte que el hombre! -¿Pero, qué sabe un leproso sobre asuntos tan versados? -Preguntó el rey. -¡Sé lo que tengo que saber!- contestó el mendigo y prosiguió con sus palabras vesánicas- El desprecio de la gente me era tormentoso en un principio, como agujas calientes clavadas en la piel, como el constante martilleo de un herrero. Pero ahora, todo me resulta incoloro, casi cómico, bufonesco. Y no podría vivir tranquilo sin ese desdén… Una esclavitud por otra… ¡Pero nada hay que creerle a un leproso! Porque en el último acto de la obra, los actores se confunden por el frenesí, y algún delirio extraño impera en sus mentes. ¡Soy maldito! ¡Sí! ¡Un ser desmedrado por este castigo ingente! ¡Soy una sombra imprudente y delirante! Los chacales del desierto valen más que mi locura y mi existir…- prorrumpió en un terrible sollozo- ¡La argucia es mi manto!- se lanzó hacia el rey, pero la guardia lo devolvió al instante con una serie de golpes. Sin embargo, continuó- ¡Ah, rey Marcus! ¡Tengo miedo! Y ciertamente, soy maldito…- retomó su juicio y se incorporó, su mirada se tornó vacía- ¡Soy rey! Pero se hace tarde y cada quien debe regresar a su castillo. La noche y la necesidad son mis padres, mis hermanos y mis hijos. El hálito de la Parca me acompaña por doquier. ¡Y, si así es, así debe ser! Pues así lo tejieron las Moiras. Soy un rey; pero reino sin corona, reino sin joyas, reino son cetro, reino sin trono, reino sin capa… ¡Soy leproso! ¡Soy maldito! ¡Soy mórbido! ¡Ah, rey Marcus! ¡Soy lo que soy!- su cuerpo se volvió vigoroso y sus ojos parecían iluminados- ¡Soy y no soy! Así como usted, ¡alteza entre los más bajos!, reina sobre el oro del pueblo, mas no sobre sus corazones. Y mis carnes se pudren y mi rostro se está cayendo; pero todo esto es efímero, es un rayo, es la mirada displicente de algún dios marchito… ¿Soy un leproso? ¡No! Tan sólo soy un reflejo, una ilusión, un falso oasis en el desierto de los chacales, una sombra errante…-y así se fue alejando del camino, sin decir nada más, como una de esas hojas secas atrapadas en el aire… -¡Adiós, rey Marcus, alteza entre los más bajos!- se escuchó un murmullo en la distancia. L. ESTEBAN TORRES
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