Bloodstained: Prólogo: Me llamo Daniel, y así es como empieza mi historia. Antes de empezar a leer, si crees que hay algo más después de la muerte, si piensas que el alma no se acaba a la vez que nuestra envoltura carnal, lee esto atentamente (si no también, incluso yo soy algo escéptico a que no exista ninguna explicación posible). En la noche de Hallowen de 2010 un grupo de amigos y yo decidimos reírnos un poco invocando a los muertos con una “ouija”, los más escépticos, me incluyo en esta lista, pensaban que no iba a pasar nada, mientras que algunos no podían evitar cagarse en los pantalones. El lugar elegido fue la antigua cárcel de mi ciudad, lugar que prefiero no mencionar, situada en el casco antiguo, en lo alto de un acantilado, un lugar abierto en una época en la que estaba todavía en boga la pena de muerte. Además, en este mismo sitio, a principios del siglo pasado, hubo una epidemia de viruela, en la que murieron cientos de personas, sufriendo, ya sea por el dolor, o por el hecho de notar como cada día tu cara está más deformada y emites un olor nauseabundo. Normal que algunos presos odiasen este sitio, incluso que se extendiese el rumor de que ni siquiera con la muerte se podía escapar de ese infierno. La única salvación de estos desgraciados era creer que solo podían escapar vivos, ya sea fugándose o siendo indultados, algo casi imposible, pero es que ni siquiera la muerte les abría el camino, pensamiento incitado por los gritos a medianoche, de los que era imposible localizar su origen, además de figuras temblorosas a finales de los pasillos que recordaban a antiguos compañeros de celdas. Entramos alrededor de la doce de la noche, después de un pequeño botellón. Antorcha en mano, abrimos una puerta que daba a un vacío con una altura de unos cinco-seis metros de profundidad y uno tres metros de largo. Teníamos la “suerte” de contar con un tablero de madera desvencijada de cuatro metros de largo y treinta centímetros de ancho para salvar esta distancia. Tras algunos lloros, gritos de yo no me muevo más a mitad de camino y nervios a flor de piel conseguimos malamente cruzar todos. Nos esperaba la escalera. Tras introducirnos unos diez metros en las profundidades, hayamos una estancia de aproximadamente cincuenta metros cuadrados, con el techo a cuatro metros de altura. Tan solo había una ventana, que por fuera daba a ras del suelo al final del acantilado, llamada la salida de emergencia, ya que si la puerta de entrada se cerraba, por cualquier motivo, este era el agujero que permitía una salida más segura, pero solo servía para aquellos con poco volumen, ya que era bastante estrecho. También a mano derecha, nada más entrar, continuábamos con otro túnel, en pendiente hacia abajo, lo que nos introducía más aún en las profundidades y en la oscuridad, levemente desgarrada por nuestras luces. Primero a la derecha, unos metros más adelante, a la izquierda, y luego todo recto. El terreno se empinaba levemente hacia arriba y al final del túnel había una abertura pasada una escalera de piedra empinada y muy desgastada, incluso algunos escalones estaban... o mejor dicho, no estaban. La supuesta escalera más bien era una rampa con montículos para facilitar ligeramente la subida. Esta escalera daba al patio principal de la cárcel. Los que conocía la zona se aseguraron de que no teníamos compañía, ya que este emplazamiento también era conocido como comuna de sintechos, yonkis, inmigrantes... a resumir, lo que se suele considerar como los despojos de la sociedad y para lo que íbamos a hacer preferíamos no tener compañía. Después de asegurarnos de que estábamos solo nos metimos por una serie de pasillos, algún tonto (culpable) hizo la típica broma al dejar atrás las duchas de la cárcel, pero por lo demás el resto del camino fue bastante tranquilo, las chicas del grupo no podían evitar quedarse enganchadas a los chicos, mientras que nosotros nos envalentonamos y nos aprovechamos de la situación dejando que nuestras manos se fuesen un poco del sitio políticamente correcto. Llegamos a una sala con baldosas en las paredes, todas ellas pintarrajeadas, se adivinaban algunas calaveras y el dibujo de un ahorcado. Y entonces empezamos... Improvisamos un tablero y usamos una pequeña moneda, proporcionada por mí, que simulaba un sextercio conseguido de manera ilícita del mercadillo medieval celebrado cada año cerca de donde nos encontrábamos. Algunos no se atrevieron a jugar, por lo que les pedimos que saliesen de la estancia. Alumbrados tan solo con unas velas, móviles apagados y un candil improvisado con servilletas, algodón, aceite y un envase de yogur de cristal nos miramos, sintiendo que ya no podíamos echarnos atrás. Llamamos a cualquier espíritu que se dignase a hablarnos, le pedimos que se manifestase moviendo una cadena sujetada por uno de nosotros y bueno... la llamada fue contestada. La cadena se balanceó en movimientos circulares, empezando lentamente, pero luego aumento la velocidad drásticamente, como para que nos asegurásemos de que ciertamente se movía por algún motivo que no podíamos explicar. Colocamos los dedos sobre la moneda y entonces lo sentimos. Era como si algo nos presionase, nos sujetase por la cintura y no quisiese soltarnos. Todos se medio agitaron para liberarse de la presión, todos menos yo. Reconocieron que se había relajado aquello que les oprimía, mientras que yo afirmaba no haber notado nada, cuando en realidad la fuerza que nos rodeaba parecía haber concentrado toda su fuerza en mí. Entonces empezamos a oír el ruido de unas cadenas. Cuando fuimos a levantarnos para huir de aquel lugar noté un pequeño tirón que me empujaba hacia abajo y tropecé, me intente volver a levantar pero seguía notando la misma fuerza, por lo que tuve que hace un mayor esfuerzo. Una vez de pie, ante las preguntas de los que me rodeaban, alegué que probablemente sería culpa de las copas que me había tomado antes. Malamente conseguí salir de aquel lugar, solo cuando cerré las puertas de aquella prisión noté que aquello que me tenía sujetado me había soltado. Capítulo uno: Si la muerte se acerca, ¿sería mejor acortarle el camino? Creo que no. — Sí, sí, ahora mismo vamos hacia allí – y tapando el teléfono me susurra-. Daniel, ¿dónde está la Crisol? — ¿Has quedado allí con Pilar? — Sí, que se iba a quedar a dormir en mi casa y... — No te preocupes, yo te guío. — Vale. Ya voy para allá Pili. La verdad es que el camino fue bastante tranquilo, además tampoco quedaba muy lejos de donde estábamos, un par de metros, alguna tontería de mi cosecha para hacer reír a Elena... y ya estábamos en la Crisol. —Bueno, ya hemos llegado, hasta mañana Elena, adiós Piluca. — Adiós Dani –corearon las dos. Tomamos caminos contrarios, cada uno a su casa, y de repente lo noté, un fuerte dolor que me recorría toda la espalda, rodeaba mi garganta y estallaba en mi cabeza. Caí al suelo, golpeé un coche aparcado, empezó a sonar la alarma y grité. Grité, aún así estas cinco sílabas no eran suficientes para expresar el sonido que salió de mis labios, un tono gutural que desgarró cada una de mis cuerdas vocales, tan fuerte que casi olvido las llamas que rondaban por mi cabeza. — ¡ELENA, VEEEN! Naturalmente se asustó y por un momento se quedó paralizada. Fue su amiga Pilar la primera que acudió a socorrerme, aunque haciéndole justicia a su amiga ella tampoco se retraso mucho. — Llamad a una ambulancia – me había quedado afónico y solo podía susurrar-. Y si, por algún casual muero... — ¡No vas a morir! – me dijo Elena. — Si muero... y si resulta que Dios existe no te preocupes que le escupiré en un ojo, después de preguntarle a cuantos niños ha violado nuestro queridísimo Papa. Hasta aquí es donde recuerdo. Lo último que noté fue algo ascendiendo cálidamente desde mis pies, como me embriagaba la sensación de calma y paz. Y simplemente... flotaba. Notaba el vacío a mi alrededor, cada una de las putas partículas de mi pequeño universo, de lo poco que conocía. Estoy totalmente seguro de que me mantuve en este estado durante siglos, algo totalmente imposible, pero mi mente parecía haberse acelerado, el tiempo se movía de forma diferente para mí. No vislumbre retazos de mi pasado, sino que me sentí moviéndome por el presente. Creía conocer todo lo que estaba pasando actualmente en este trozo de roca tirada en el espacio. Vi a María en Lavapiés, una chica de quince años que estaba debatiéndose si abortar o no (intente decirle que lo hiciera, espero que me escuchase), estuve con Pedro en Colombia, un chico de diez años minero, que se preguntaba porqué Evo no cumplía la promesa que les había hecho, pero si gastaba todas sus energías en mantener el consumo de hoja de coca... Vi sin parar, vi todo lo que pude, todo lo que me dio tiempo antes de volver y despertar. Antes de abrir los ojos oí un pitido, bastante arítmico, supuse que sería mi maltratado corazón, al menos una preocupación menos. Después escuché una respiración algo agitada cerca, sonreí contento de que alguien se preocupase por mi persona y abrí los ojos... Estaba solo, al parecer lo que yo supuse como sollozos eran los jadeos de mi vecino de cama intentando aferrarse a la vida (y por su aspecto parecía que llevaba mucho tiempo aferrándose). De repente entró una enfermera, bastante fea... ni siquiera tengo suerte ingresado en un hospital. — Veo que ya te has despertado, la verdad es que hemos estado tan atentos en conseguir estabilizarte que no hemos tenido tiempo de avisar a tus padres, ¿nos puedes dar algún número con el que podamos llamarles? Si es que encima tu móvil está sin batería. — Claro, coja un papel y apunte... 699438575, pregunte por mi madre, Indira. — Y si por no está... ¿cuál es el número de tu padre? — Si lo consigue hágamelo saber, simplemente llame a mi madre. — Vale..., bueno te dejaremos un par de días más en la UCI, aunque estés estable, para asegurarnos. A, fuera tienes una amiga que está deseosa por verte, ¿la dejo entrar? — Por supuesto. En tan solo un par de minuto Elena ya estaba dentro. Tenía los ojos enrojecidos y respiraba entrecortadamente, y eso la hacía aún más guapa. Se acercó e hizo el amago de abrazarme, pero tantos tubitos que me rodeaban la echaron atrás. — Anda, ven y dame un abrazo, no creo que me hagas algo peor de lo que me ha pasado, y si lo haces... bueno, estamos en un hospital, creo que me recuperaré pronto. No seas tonto –me dijo mezclando un sollozo y una risa. --- ¡Hay, con cuidado! – Estúpido Dado ese abrazo de reencuentro le pregunté: — ¿Qué me ha pasado después de desmayarme? Entre la respiración entrecortada y el tartamudeo entendí algo parecido a esto: — Em... empezaste a convulsionar, te metí la pitille... llera en la boca, para que no te mordieses la lengua. De repente paraste, pero luego empezaste a echar sangre por la nariz, la boca e incluso por la cuenca del ojo. La ambula...lancia llegó al poco tiempo y me empeñé en subir. En el camino se t...t...te paró el corazón durante un minuto, pero de repente tu cuerpo empezó a funcionar con normalidad, parecía que estabas dormido... que no había pasado nada, pero al intentar tocarte estabas ardiendo y cubierto de un sudor pegajoso. Llegamos al hospital hace un par de horas. ¿Solo ocurrió eso? ¿Pasé de debatirme entre la vida y la muerte hasta parecer que no había pasado nada? En realidad no me extrañaba tanto, en ese momento me encontraba bastante alegre, no sentía ningún dolor e incluso para demostrarme que me encontraba bien me levanté pese a los intentos de mantenerme tumbado de Elena. Cuando estuve de pie pensé que no me hacían falta
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