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Del otro lado del río. (cuento)

Arte1/29/2014
A vos, mi "che, me gustás" de siempre.

Había una vez, un chico normal. Vivía cerca de un río normal, en un pueblo normal. Le gustaba la música, como a cualquier persona normal. Estudiaba una carrera normal (difícil, pero normal). Estudiaba cuanto podía, a veces era suficiente, a veces no. Lo normal. Salía a correr para mantener una salud normal. Los fines de semana salía con sus amigos, como cualquier persona normal. La pasaba bien, disfrutaba el hoy, se negaba a planear. Confiaba en el destino y en lo inexorable. A veces, buscaba el amor. A veces, prefería evitarlo. El amor le suponía un riesgo. Ya le había salido caro una vez. Pero, en el fondo, esperaba que llegara una chica normal que supiera quererlo. Su vida normal transcurría tranquilamente, ligada a un día a día normal y, de alguna forma, estable.

Del otro lado del río, vivía una chica rara. Su vida se había convertido hacía tiempo en una serie de eventos impredecibles. Para ella, todo era raro, desde el color del cielo al amanecer hasta la forma en que el tiempo decidía transcurrir. Escuchaba música rara y hablaba un acento raro. Hasta su cultura era una fusión rara de todas las que había conocido. Tomaba cada situación que se presentaba como un reto y luchaba por sus más profundos deseos. Creía en la magia y los sueños hechos realidad. En sentimientos infinitos. Y no creía en imposibles. Cada mañana le resultaba una nueva aventura. No le temía al amor, ni a los obstáculos. Sentía una inmensa curiosidad por los sentimientos. En ella, eran intensos y puros. Raros. Dinámicos.

Una mañana, la chica rara decidió salir a andar en bicicleta, con sus auriculares raros y su intrigada forma de ver el nuevo día. Había muy pocas casas como la suya, eran casas raras, un barrio raro. Recorrió lo que ya conocía casi de memoria. Odiaba volver una y otra vez a pasar por los mismos lugares. Se perdió en sus pensamientos e imaginaciones raros, hasta que llegó al río. Entonces, se sentó en la arena, con la bici a su lado. Y se detuvo a observar. Lo raro del caudal de ese río, era que era sumamente agitado hasta la mitad, y, luego, sumamente sereno. No lo había notado hasta entonces, pero estaba tan acostumbrada al movimiento que, de pronto, esa otra parte del río le transmitió algo que no conocía: tranquilidad, silencio, calma. Su vida había sido siempre tan agitada que la estabilidad le resultaba extraña, como si de pronto su mundo se acostara a dormir la siesta. Se sintió relajada, pero a la vez intrigada por lo curioso del río. Tendría alguna causa natural? Sería magia? Algo que la vida le quisiera enseñar? Se arremolinaron mil preguntas en su mente. La curiosidad le generaba entusiasmo. Lo desconocido no la asustaba, más bien le generaba interés. La agilidad del río y su tumultuoso caudal, al cual estaba acostumbradísima, de pronto se había convertido en algo usual, en comparación con esa otra mitad tan diferente. Notó que la corriente de ese otro lado también se movía en sentido inverso. Era más raro de lo que había visto jamás.
Entonces, se fijó en la otra orilla. Observó al gran ciudad del otro lado, con mucha gente y autos, que transitaban lentamente por su rutina, sin sobresaltos ni movimientos exagerados. Siguió con la vista la orilla del río, y vió a un chico sentado. Estaba mirando el río, como ella, pero solamente por mirarlo. Parecía entristecido, aunque no estaba segura. En su interior, sintió un impulso intenso por comunicarse con él. Sería tranquila su vida, como el correr del río a su lado? Algo dentro de ella le exigía hacer algo. Un no sé qué le había generado curiosidad y una extraña sensación de que no podía dejarlo ir.


El chico normal observó el río, con su caudal normalmente tranquilo. Estaba triste, y no sabía si había un motivo en especial, aparte de un corazón cicatrizando que, cada tanto, se quejaba. Entonces, le pasó algo inesperado y sorpresivo; salió de su ensimismamiento cuando un avión de papel le golpeó la frente con suavidad. No tenía idea de dónde había salido. El papel era violeta claro, doblado a la perfección en forma de avión. Sobresaltado, buscó a su alrededor y no encontró a nadie, más que a su propia sombra. Abrió el papel con sumo cuidado, y notó que despedía un aroma fresco. Intrigado, volvió a buscar alguna presencia. Sólo estaba él. Finalmente, leyó el papel, en pleno desconcierto.

"Sonreí mucho, por favor. - ∞"

Si, le robó una sonrisa. Pero quién? Quién interrumpió su día a día normal sin siquiera dar la cara? Volteó, giró y no vio a nadie. Hasta que su vista se detuvo del otro lado del río. Una chica desconocida le sonreía y agitaba las manos en forma de saludo, eufóricamente. La imagen lo divirtió, y comenzó a reir, pero no con burla, sino con ternura. Agitó la mano timidamente. Ella giró, tomó una bicicleta y desapareció. Estaba un poco aturdido, había sido totalmente raro. Pausadamente, las preguntas se le formulaban una a una. Quién era esa chica? Por qué le preocupaba su estado de ánimo? Qué había del otro lado del río, donde la corriente iba al contrario de lo normal? Cómo había conseguido que ese avioncito violeta llegara hasta él, a pesar del viento y los remolinos del río? Por qué firmaba con un símbolo como infinito? Releyó el papel, dejó que le robara otra sonrisa y lo guardó con sumo cuidado.


Para la chica rara, esa noche, como cualquier otra, era diferente a todas. No podía dejar de reir ante su descarada actitud de interferir de tal forma en una realidad ajena. De cualquier manera, ese avión se podía haber perdido, pero la magia ayudó y acompañó sus buenas intenciones. Ese chico le generaba un interés desmedido, era tan diferente a lo que la rodeaba. Observándolo sonreír, sentía que una calma intensa le abrazaba el alma.
Esa magia era potente y desconocida. Era como escuchar el silencio entre tanto ruido que acompañaba a sus pensamientos, hasta ahora, constantemente. Un tiempo indefinido más tarde, consiguió, entre risas, conciliar el sueño. Soñó con la luna llena y un puente que atravesaba el río. Soñó con una estrella fugaz y tres oportunidades. Y el paso relativo del tiempo, su magia.
Amaneció creyendo haber entendido el mensaje del cielo y su extraña forma de manifestarse. Con urgencia y una alegre ansiedad, tomó otro papel violeta, escribió y lo dobló de la misma forma que el anterior. Asomó la vista por la ventana y susurró esperanzada:
- Guialo, por favor. - Cerró los ojos con fuerza, sintió un cosquilleo, sonrió y dejó volar su pequeño avión.


A su vez, el chico normal sentía intriga por alguien tan curioso. No era una persona de las que se ven todos los días, no era una persona normal. En una tarde, le había agitado la rutina de una forma muy misteriosa. Le generó movimiento, percibió dinamismo. Y, a la vez que quería saber de ella, sentía cierta desconfianza. No había tratado nunca con nadie con esa forma de aparecer, de expresarse. De vivir. Durmió normalmente, como en cualquier noche normal, y, a pesar de no haber soñado nada concreto, supo que soñó con la turbulencia de la otra parte del río, mezclado con el aroma de la chica infinito.
Después de haber desayunado, se puso a tocar la guitarra. Una suerte de inspiración lo despertó un poco inquieto esa mañana. Mientras se perdía en los acordes y la armonía, un nuevo avioncito de papel aterrizó en la boca del instrumento. Cómo se maneja esta chica?. Era del mismo color que el anterior y despedía el mismo aroma. Sin molestarse en buscarla esta vez, abrió el papel y leyó:

"Si en una noche de luna llena ves el cielo atravesado por una estrella fugaz, por favor, acercate al río; tengo un buen presentimiento y la fuerte sensación de que un puente une tu mundo y el mio - ∞"

Sonaba realmente al delirio de un loco normal, y no le hubiera dado mayor importancia si no hubiera sido porque se sentía confundido. Creía saber que la palabra "normal" no incluía avioncitos de papel a domicilio o puentes invisibles. Había recorrido el río de punta a punta, jamás había visto un remoto puente. La mezcla de corrientes opuestas impedía la construcción de uno, por fuerte que fuera. Sin embargo, sentía que debía intentarlo, al menos una vez. Podía pasar que valiera la pena salir de lo normal.

La chica rara vigilaba cada noche su calendario en busca de una luna llena. No era un calendario normal, sus lunas cambiaban aleatoriamente, así que debía prestar atención y dejarse sorprender. Confiaba en sus sueños y en que la noche de luna llena y estrella fugaz coincidiera a ambos lados del río. Cuando tocaba luna llena, pasaba la noche en vela, buscando la estrella fugaz, hasta que amanecía. A veces, la desilusión le llegaba intensamente y la agitaba hasta las lágrimas. A veces, la esperanza le pintaba ilusiones en el cielo y lograba mantener la calma y la fe.

El chico normal ya no sentía tanta normalidad a su alrededor. Una oleada de encanto lo mareaba de vez en cuando. A pesar de haber decidido creer en la misteriosa chica infinito, no dejaba que eso le quitara el sueño. Sólo ojeaba el cielo cada tanto, en busca de la luna. Esperaba ser capaz de ver la estrella fugaz, por raro que sonara. Y si no la veía, tal vez fuera una señal de que debía volver a su normalidad y olvidarse de toda esa locura.
Una noche normal, ordenando su habitación, se topó sin querer con los pequeños aviones violetas y su perfume. Recordó el mensaje y automaticamente miró al cielo. Lo notó un poco más violáceo de lo normal, y una gran luna llena se veía reflejada en ambas partes del río. Se detuvo, sorprendido ante la belleza del paisaje que había dejado de ser normal. Y, entonces, la vio. Una dorada estrella fugaz apareció y se desvaneció. Atónito, tardó en reaccionar y correr al río con el corazón palpitando a mil por hora ante un giro tan inesperado de su realidad, ya no tan normal. Llegó casi sin aliento, mitad creyente, mitad incrédulo. Para la sorpresa de su normalidad incrédula, efectivamente había un puente, pero para nada normal. Brillaba a la luz de la luna, como si fuera de cristal, rodeado por miles y miles de luciérnagas en movimiento. Parecía hecho por arte de magia, aunque no existiera tal cosa. O al menos eso creía. Recordó la forma en que se había topado con los avioncitos de papel hacía unos minutos, en una misteriosa y dudosa casualidad.
Por si la noche no fuera suficientemente rara, llegó ella, la chica infinito, a la orilla del otro lado del puente. De pronto, sintió miedo de que, ante su peso, desapareciera, ahogándola sin remedio en un río con dos corrientes inversas. Sintió cómo la preocupación se traducía lentamente a sus facciones. Sin embargo, la chica rara parecía asombrada, alucinada, llena de felicidad. Miró al cielo, sonriendo, y, luego, nuevamente a él. Avanzó sin pensar en peligro, más bien al contrario, como si un puente inexistente fuera lo más seguro del mundo.


Cuando sus zapatos nuevamente tocaron tierra firme, se le llenó el estómago de mariposas de colores que le hacían cosquillas. La chica rara, sin evaluar ni por un momento lo que estaba pasando, corrió a abrazar al chico, que observaba sorprendido. En su tímida respuesta, notó una alegría contenida y nervios, y ella no pudo evitar sonreír con más intensidad. Hablaron con ansiedad, sentados en la arena. El chico recalcaba con insistencia su normalidad. Pero no sabía que, para la chica rara, esa "normalidad" estaba llena de magia. Como las corrientes del río, ellos también eran opuestos en la mayoría de los sentidos. Ella habló de magia y sueños, él habló de estudios y amigos. De todas formas, por diferencias que hubiera, ella percibió cierta química, algo que no había encontrado nunca con tanta facilidad. Se llevaron bien, y la chica rara sintió mucha adrenalina al besarle los labios. Él respondió con suavidad, no tan seguro de nada.
Al amanecer, se despidieron con un beso torpe y dulce, y la niña atravesó el puente con un nudo en la garganta, pero feliz. Pisar ese puente se sentía tan raro como pisar una nube. A su paso, se fue esfumando la construcción. Ella lo observó unos minutos y agitó la mano tristemente. Él le devolvió el gesto y, al mismo tiempo, se dieron la espalda y entraron cada uno a su mundo.
En su rara habitación, agradeció al cielo en silencio y se acostó en su cama rara con una sonrisa de oreja a oreja. Le había resultado todo tan mágico, él era tan mágico que no podía verlo. Había magia entre ellos todo el tiempo. Lo único que le generó una tristeza rara fue saber que sólo quedaban dos encuentros más, dos oportunidades de llegar a su "normal" mágico corazón. Recordó la remota incredulidad con que reaccionó al relato de su sueño y su interpretación. Remota, porque no podía negar que el puente estaba ahí.


Caminó despacio, en silencio, procesando lo que acababa de ocurrir. No lograba encontrar una explicación lógica, pero le había gustado la forma de fluir de las cosas. Tal vez sí había algo de magia del otro lado del río. De todas formas, él era un chico normal, y sus sentimientos y emociones también. Todo en su interior cambiaba con la lentitud del tiempo. Pensó en el extraño sueño y su relación con la realidad. Pensó en los próximos encuentros, y se encendió en su interior una diminuta chispa de esperanza. En el fondo, esperaba que fuera magia verdadera, y no sólo una ilusión óptica. Esperaba que no le causara daño, y que sus ojos pudieran creer, aunque sea un poco, en toda esa magia rara.
El siguiente encuentro llegó tan rápido como la siguiente luna llena del calendario. Esta vez, el chico normal buscó en el cielo con regularidad hasta encontrar, de nuevo, la estrella fugaz. Todo fluyó de igual manera, aunque ella se aferrara mucho a sus brazos, y él no sintiera todavía esa confianza. Así como a él le costaba entender la magia, a ella parecía costarle entender lo más normal del mundo. El chico normal se asustó un poco ante la intensidad de sus emociones cambiantes, y se sorprendió cuando se encontró abrazándola para consolar sus lágrimas. Al amanecer, repitieron el beso con más suavidad y melancolía adelantada. La vio alejarse, arrastrando los pies tristemente. Sintió un dejo de algo raro, al no saber cuándo volvería a verla, y, a la vez, alivio de poder volver a su rutina normal. Sin embargo, ni bien desapreció del horizonte su figura rara, supo que iba a extrañarla.


El estómago de la chica rara se revolvía de pensar que sólo restaba un encuentro con el chico mágico, y, luego, no tenía idea de qué haría el cielo con ella, con él. Con ellos. Todos sus sentidos recordaban cada roce, cada momento de contacto. Por momentos, deseaba que nada de eso hubiera pasado nunca. Pero se estaba mintiendo a sí misma. Amaba cada momento que había pasado con él, aunque fueran de mundos diferentes, de corrientes opuestas, aunque a veces doliera.
La tercera estrella fugaz se hizo esperar bastante, habían pasado varias tormentas fuertes y el río creció, volvió a la normalidad, creció de nuevo, y volvió a la normalidad de nuevo. Normalidad era una palabra que aprendió con el chico mágico, que para ella era tan inexacta como para él era confiar en un sueño cualquiera. Esa tarde, llegó a su ventana un papel de un tono verde claro que había sido arrastrado por una extraña brisa de verano desde el otro lado del río.

" Tengo ganas de verte. Acá te espero."

No tenía firma, ni la necesitaba. Una llama de ternura arrasó con todo dentro suyo, con la típica intensidad de sus emociones. Sabía que al chico mágico le incomodaba hablar de sentimientos. Para sus adentros, ella tenía sus propias teorías sobre qué lo llevaba a ser así. Conocía la sensación, pero había decidido ignorarla. Al menos, el ser del otro lado del río ahora también confiaba sus mensajes al viento; así era como ella había empezado a conocer la magia.
Incluso parecía que el cielo mismo había leído el mensaje, y esa misma noche dibujó el extraño puente sobre el río. Siendo consciente de que no sabía cómo iba a proceder luego de la última aparición del puente, se encargó de que todo fuera tan placentero como mágico. El cielo regaló una noche maravillosa, y no se despegaron un segundo. La magia se respiraba en el aire, ambos podían sentirla.
Al amanecer, el beso fue más largo y les costó soltarse las manos. Ella comenzó a recorrer el puente con lágrimas en los ojos y un fuerte nudo en la garganta. Al llegar a su orilla del río, no volteó. Ya sentía el alma rota, prefería no despedirse.


El chico normal se quedó esperando la despedida normal. De todas formas, la entendía. Sentía que la había empezado a querer, a pesar de las diferencias y el río bipolar que los separaba. Sin embargo, también le preocupaba no llegar a ver nunca la magia en ella como ella la veía en él. No sabía con exactitud qué era lo que sentía, por qué la quería, ni cómo, y eso iba a llevar tiempo. Le costaba entender, a veces, sus propios sentimientos. Le preocupaba perjudicarla, lastimarla sin querer, no quería eso.
De pronto, cayó en cuenta de que ahora sólo podían enviarse cartas a través del viento. Supuso que el paso del tiempo se llevaría los encuentros al cajón de recuerdos y volvería a su vida normal con la magia en la memoria.


A la noche siguiente, ambos tuvieron el mismo sueño. Soñaron que construían un puente. Más bien, cada uno medio puente desde sus respectivas orillas. Soñaron que se encontraban en el medio y el cielo les sonreía. Soñaron con arena y agua del río, con sus manos moldeando la obra y el sol protegiéndola con su color. Soñaron con la magia.

Antes de que amaneciera, la chica rara despertó con euforia y ansiedad, y, sin pensarlo, corrió al río y empezó a construir, llena de entusiasmo. La arena y el agua del río formaban algo como arcilla, fácil de moldear, y tomaba un color dorado, al brillo del sol, que lentamente asomaba. Su esperanza era tan grande que apenas sintió cansancio. El puente fue tomando forma, y, tal como en el sueño, el sol y su luz le daban consistencia. Lo único que, por momentos, la atormentaba con furia incontrolablemente, era la ausencia del chico normal del otro lado del río construyendo con ella. De todas formas, continuó sin dudarlo.

El chico normal amaneció con emociones desencontradas. Por un lado, estaba entusiasmado con la idea de volver a verla. Por otro, se sentía inseguro de haber interpretado correctamente el sueño. A la vez, no estaba seguro de querer armar semejante proyecto, le costaría esfuerzo, tendría que dejar cosas de lado, no eran tan consistentes sus sentimientos. Tenía, también, miedo a herirla si le explicaba su situación, y temor a perder del todo a esa persona tan diferente al resto.
Caminó al río lentamente, sin saber qué iba a pasar ni qué hacer. Al llegar, para su sorpresa, ella llevaba por lo menos medio puente construído y la consistencia y el color de la obra le resultaban imposibles, aunque lo estuviera viendo con sus propios ojos. Ella le sonrió ampliamente por unos instantes, hasta que leyó su expresión. Rapidamente, una fuerte angustia se apoderó de su mirada, y él se sintió mal por haberla generado. Abrió su mochila y tomó un papel verde pálido, como el anterior, y escribió con amargura:

"Todavía no sé si creo en la magia. Perdoname, necesito encontrarla en vos, dame tiempo, por favor. No quiero que esto termine."

La vio, inmóvil en el extremo de su medio puente, y arrojó el papel al aire. Ella lo atrapó cuando lo tuvo a su alcance, leyó y le devolvió la mirada con lágrimas en las mejillas. Ella se esforzó en sonreir y apoyó la mano derecha en su corazón. Volvió a su orilla y, de su bolso, tomó un papel lila, lo dobló con suavidad en forma de avión y lo arrojó en su dirección. Él lo tomó, sin saber qué esperar. Su sonrisa lo había desconcertado. Hubiera esperado de ella cualquier furia repentina o una depresión inmensurable. Eso era lo que hubiera considerado una reacción normal de parte de alguien como ella. Entonces, recordó que ella no era normal. Tomó aire y leyó:

"Te entiendo. Acá voy a esperarte cuanto sea necesario. Te deseo la mayor felicidad y mucha magia. Te quiero mucho. Nunca te olvides de mi. - ∞"

Alzó la vista y la vio sentada en la arena, llorando pero sonriendo. Supuso que ese era su debate interno, no sabía si quererlo u odiarlo por no poder corresponderle todavía. No quería que ella se despidiera del todo, pero sabía que necesitaba ver la magia en ella antes de avanzar, no se confiaba solamente de sueños, del cielo o de un buen momento. Le preocupaban las tormentas que habían pasado por ser tan diferentes y no comprenderse sin horas de debate.
No iba a olvidarse de ella, era imposible olvidarse de lo que había pasado, de los avioncitos de papel, el puente nocturno que les había permitido conocerse y el medio puente dorado que esperaba a su otra mitad. No iba a olvidarse de su sonrisa, de sus abrazos ni de sus emociones cambiantes. No iba a olvidarse de ella porque sus sentimientos hacia él eran puros y transparentes como el agua. Deseaba ver la magia por sí mismo y aprender a quererla, pero no estaba seguro de que pasara. Entrecerró los ojos y caminó a su casa de vuelta, pensativo.
Al entrar en su habitación, los extraños colores del atardecer lo llevaron a la ventana. Se quedó tomando aire, repasando esa extraña mirada debatida entre la tristeza, el enojo.. y el amor. Los últimos rayos de sol iluminaban el medio puente, que parecía tan firme como cualquier otro, excepto por el brillo de la arena protegida por el cielo. Tomó un papel y escribió con prolijidad:

"Yo también te quiero, boba".

Lo arrojó por la ventana. Sabía que le robaría una sonrisa, o al menos eso intentaba.


No pudo evitar reírse. Él siempre lo conseguía. La chica rara se sintió de nuevo esperanzada, y observó al cielo en un intento de pedir ayuda. No para ella, en realidad. Por raro que sonara, esperaba que él fuera feliz todos los días de su vida, con o sin ella a su lado. Estaba pidiendo luz y felicidad para el chico "normal" que hacía magia con su calma, ese don de la tranquilidad. Dejó rodar un par de lágrimas y sonrió a los recuerdos que le tocaron el alma. Observó ese medio puente, hasta que se quedó dormida.

Desde entonces, cada noche, desde cada orilla del río, el chico normal se sentía acompañado por avioncitos de papel, y reflexionaba con la vista en el medio puente, que esperaba con firmeza; y la chica rara buscaba, esperanzada, algún indicio de la otra mitad. Tenía fe en que, un día cualquiera, cuando no lo esperara, lo vería. Al fin y al cabo, mientras llegaran avioncitos de papel verdes, la esperanza seguiría intacta. Tan intacta como la magia.

- LadyCaroline.
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