
...y se puso el sombrero antes de salir, sabiendo que la lluvia también lo estaría esperando una vez que bajara del ascensor, cerrara su puerta y trascendiera la doble, la mayor, la del edificio entero; custodiada noche y día por ese extraño y cordial anciano que, durante el tiempo comprendido entre los diez o quince pasos que separaban ambos portales, procuraría extirparle el máximo posible de información, invocaría todo el cúmulo de sabiduría que pesaba sobre su arqueada espalda -sin necesidad alguna de recurrir a la bajeza del clima como tema ni a ningún otro accidente universal, frecuentados para iniciar intercambios de lo más heterogéneos-, desplegaría una sonrisa cómplice como preludio, acompañada por una mínima reverencia y por esa presencia concreta, teñida en forma completa por la nostalgia ajena que el hombre poseía sobre el pasado de la Gran Ciudad, por la ignorancia total sobre lo leído acerca de ella y la remota distancia de sus fantasías, que serían destrozadas por el advenimiento de los relatos verídicos, provenientes de la genuina experiencia del viejo, inserta en tiempos de fundaciones tangueras y mucho anteriores a la extinción de los míticos arrabales; en pocas palabras, lo tendría a su merced, ostentaría su descomunal ventaja y él no podría hacer más que contestar las sutiles interrogaciones, ofrecer a cambio su pobreza discursiva, revelar -ocultando lo mejor posible los detalles-, los encuentros en el 5to B que venía co-protagonizando con ella hacía ya más de tres meses, sin intención de reconocer que lo haría aún durante un indeterminable tiempo.
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