Para ambientar el post:
Hola buenas noches. En realidad ando algo aburrido, ya acabé mis deberes y el domingo anda con una lentitud insoportable. No pensaba hacer posts ni nada pero bueno, supongo que a alguien le podría gustar leer algo que he escrito hace un tiempo. Pondré un cuento corto, un poema y un trío de minificciones que les llaman (yo les digo minifreakciones). Sin más pues aquí les dejo el post y ojalá sea de su agrado:
La rémora del olvido Tertulio Eustaquio (@reptaraut)
Quemaré mis ojos con aceite hirviendo
Para no tener la tentación de verte
Llenaré mis oídos con la cerilla del desdén,
para que tu eco por fin se despida
Me abrazaré a la saliva
Ostentosa de otros labios
Mas todo será en vano
Sólo reforzaré tu sombría presencia
en el lobby de mi recuerdo
Un burdo anaquel de sonrisas y exequias
Me avalan como tu malsano seguidor
Yazgo bajo el amparo de luz oscura
Y aguardo tu descenso a mi morada
Que profieras magnánimo goce
Al adolecido y vagabundo
Que hoy no halla más manera de acariciarte
Que no sea en palabras o anhelo
Que sofoques todo esto
Que viene a ser la rémora de mi olvido
(ese se lo escribí a una ex novia un día que estaba muy ebrio en un camión en la madrugada camino a mi casa xD)
Minifreakcciones:
1
En el intervalo del negro y el alba
Asoma guarecido en su escondrijo
Paquete de pestañas y ámbar neutro
Vestido de alegoría fantasmagórica
Conozco sus desenfrenos arremolinados
De deseo carnal fulgoroso
Se codea con las estirpes del alcohol
Que usurpan el lugar del beso
Y la emocionan.
No espero que me entiendas
Despreocúpese muchacha
Porque yo tampoco.
Que los cantos gregorianos
Emitidos por aguas oxigenadas
Sean nuestra canción de cuna.
Supuran el rumor de sus deslices
Si me comprendes, explícame.
Somos el kleenex donde el desvelo
Enjuaga sus turbias lágrimas
2
Ella come naftalina y almas
Recolecta secreciones y salivas
Hay veces que derroca el empalago
Y causa miopía
Devora sueños y melancolía
Si le nombras en tripleta
La maldición se conjura
Sus tersas curvas
No conducen mas que a la locura
3 Afasia:
Recuerdo diálogos muteados
Que naufragan
en el limbo de un olvido
Implosiono de ansiedades
Y silencio corrosivo.
He aquí el esfuerzo desdeñable
De palabras imposibles
Un cerebro sataniza
No concibe su lenguaje
Y ahora el cuento corto (lo escribí para un taller de creación literaria) :
Caliginosus Principium (De las Catársis Oníricas) Por Tertulio Eustaquio
"Sólo viviendo absurdamente se podría romper
alguna vez este absurdo infinito". Julio Cortázar.
Las calles resultan especialmente frías cuando son recorridas a altas horas de la madrugada. El efecto se incrementa cuando se está caminando a solas.
Los bolsillos no me pesaban en lo absoluto, lo cual significaba que ya había gastado hasta mi último centavo. Siempre que me he pasado de copas termino apostándole todo el dinero al etílico, y termino caminando de regreso a casa. El viaje era largo.
Esa noche había decidido entrar a un billar y jugar un poco, consumir un par de cervezas y al diablo, pero me encontré con un tipo deseoso de perder su dinero jugando contra mí una partida de billar; aún no encuentro quien me gane. Gracias al señor “juego mejor que tú” es que me puse otra borrachera, y más indirectamente, gracias a él es que voy caminando a las cuatro de la mañana sin un peso, sin un sólo cigarro, sólo acompañado por el eco de mis pasos y un sombrero negro nada llamativo del tipo milonguero.
Un rato me entretuve enormemente pateando una lata de refresco, el sonido de mi pie azotando el pedazo de aluminio tenía un efecto terapéutico en mi atrofiada vida. Todo se lo llevó el carajo cuando el ahínco termino mandando la lata al abismo que presupone el alcantarillado de la ciudad.
Hay algo en mí que repele a las personas, no sé bien el porqué, nunca he tenido muchas intenciones de saberlo, me agradan las cosas como son. Soy una persona más bien solitaria, que conoce tanto de la vida y las mujeres como sabe un otomí de francés, pero nunca me he reprochado lo de las mujeres; lo de la vida, en exceso sí. Muchas veces me he encontrado vagando por las noches más oscuras y tétricas discutiendo acaloradamente con la voz de mi cabeza que me dice imperativamente: ¡Vete de aquí! No te dejes absorber por esta ciudad. Tengo noticias para ti: ésta ciudad se ha llevado cada gramo de mí, le pertenecen, que no quepa duda.
A pesar de que mi boca estaba adormecida y de todos esos síntomas clásicos que denotan cuando alguien está en completo estado de ebriedad, caminaba derecho, casi sin renquear, estaba atento al camino. Algo similar a un presentimiento se me encimaba en el estómago con el alcohol, soy de esas personas que toman muy en serio esta clase de cosas, sólo porque sí. Encontré un cigarro algo sucio, pero definitivamente se podía fumar, imaginé cómo fue a dar al piso, seguramente le pertenecía a alguna persona descuidada porque el cigarro estaba completo, o quizás alguien tiene los bolsillos de su abrigo rotos. Yo al menos sí los tengo rotos.
¿Porqué hacer caso omiso a esa voz de mi cabeza? Porqué no escuchar a Kukito, mi amigo imaginario, si parece ser un ente tan sabio. Este lugar tiene cosas buenas, pero, ¿y los otros tantos sitios donde puedo apoyar la planta de mis pies? Seguro tienen su magia, probablemente tan adictiva como la de mi ciudad.
No he divisado por ningún lado el nombre de la calle, me intriga no saber dónde me encuentro, así sea algo tan fútil como el nombre de una calle. Se puede decir que la arquitectura del tipo colonial destaca mucho en el diseño de la misma, un par de balcones acaparan mi atención. Soy un amante de los balcones.
Por algún lado he oído que el caminar oxigena el cerebro, proporcionando mejores resultados cavilativos, ésta es una de las razones por las que siempre decido caminar cuando algo no marcha debidamente en mi vida. Asimismo ha traído de manera directamente proporcional descabelladas decisiones a mi vida.
La lata trajo a mí un recuerdo familiar, asociado con una moneda llamada Zahir, de la que leí en una ocasión. Me brindó un alivio desenfadado, dulce, y, sin duda alguna, era mucho más que un simple conjunto de átomos receptáculos de refresco.
El pulso se me aceleraba sin tregua, un escozor se acrecentaba en mi tórax, mis pensamientos se tornaban redundantes. No me cabía la menor duda de que la traducción más propia para los síntomas que me hostigaban era la necesidad de tener la lata en mis manos, jugar con ella, etcétera.
Un poco por la determinación de conseguirla, otro tanto más por la necesidad de aventuras en mi vida (salir de la rutina, pues) y, porqué no decirlo, por la gran cantidad de alcohol paseando por las avenidas intravenosas de mi cuerpo, fue lo que me llevó a la sana idea de meterme al mundo debajo de la ciudad. No tuve mucho tiempo de analizar los riesgos de mi empresa, ya estaba emprendiendo el camino a la alcantarilla enrejada por donde se metió mi querido aluminio. Con mi mano fuerte, la izquierda, levanté la tapa, la pesada tapa del inframundo.
Luché con las ganas de vomitar, dado el hediondo olor que violó salvajemente mis percepciones olfativas. Hiperventilé un poco, me di un par de sopapos y comencé el descenso en busca del Hades. El no saber qué diablo habría de encontrar en mi camino me hacía sentir extrañamente de puta madre, es una de esas cosas inextricables, algo así.
Descendí por unas escaleras que rezumaban de óxido, y no se diga del crujir de mis pasos a cada peldaño que bajaba, efecto que se tornaba maquiavélico dada la encerrada acústica del pasaje. El olor se convertía en una pestilencia insoportable, pero una vez que me fijo un objetivo, no puedo desertar. Nunca me lo habría perdonado, así que me tragué el asco y seguí el camino. Hacia abajo se escuchaba el rumor del agua, imaginé el río tóxico que me esperaba. Mi imaginación no se vio defraudada, eso fue precisamente lo que se postró ante mis ojos una vez terminado el suplicio de las escaleras.
Paredes sucias, mohosas, un pequeño pasillo de apenas tres o cuatro metros de anchura, ratas, cucarachas y otros insectos que sepa Rá su nombre, nunca les había visto. Pero bueno, no esperaba ver un ecosistema conocido en el mundo de las cloacas.
Lo más correcto me pareció seguir la corriente del agua, puesto que el trozo de aluminio debió ser victima de los estragos del alud acuático. El olor, si aun era desagradable, empezaba a ser familiar y mi organismo se habituaba a él.
Así anduve un rato, en ese paraje tan extrañamente atractivo, a la vez tan deplorable. Tiene un caché simpático innegable.
El miedo corroía mis sentidos, el sentimiento se extendía al mundo fisiológico sobremanera, pero aún más miedo me daba no lograr mi empresa, esa lata tenía que estar entre mis manos. La cloaca mantenía un misterio poderoso, me supuse que era la primer persona en pisarlo en mucho tiempo, me sentía único.
El camino se perdía y yo podía hacer nada por recuperarlo, el pasillo se estrechaba cada vez más. Perdí mis pasos en cuanto el suelo se volvió inestable y me mandó a nadar dentro del agua pestilente, llena de orina y tanto desecho de una sociedad a la cual nunca me sentí adaptado. Y ahora nadaba en su basura.
El asco me doblegó, me puse a vomitar, a contribuir alimentando con mis propios desechos el río tóxico. Intenté salir, tenía la sensación de que alguna criatura podría jalarme de las piernas para hacerme parte de su dieta. No sucedió así, todo indica que solo era una sensación producto de mi sugestión. No tenía de dónde asir mis manos para escaparme, iba a completa merced de la voluntad del agua, escuchaba claramente la precipitación del agua en una cascada. Caí en otro nivel del inframundo, junto con toda esa marejada de agua, fue como caer desde una montaña rusa, el impacto fue duro al momento del aterrizaje. En este momento fue cuando perdí para siempre mi apreciado sombrero milonguero. Divisé unas escaleras que indicaban mi ruta de salida del liquido, me tome con fiereza de las barras, luchando contra la fuerza natural de la corriente. Salí avante.
Inmediatamente después de necesitar toda mi concentración en esa lucha fiera con el río, tuve que iniciar una tórrida, encarnizada, pelea por mantenerme de pie, atolondrado, vapuleado, nauseabundo; desconcientizado. Creía desmayar, pero resistí valeroso, ejerciendo un poco de control mental, no soy del todo bueno, pero al menos puedo disuadirme de vez en vez.
Pasados un par de minutos de peregrinaje, de esos que no tienen rumbo fijo, en que se sigue mas a la intuición que a una idea precisa, me pude percatar de la música que se escuchaba en decibeles muy bajos, provenía del corazón del inframundo. Acto reflejo al escuchar algo inusual, como supone escuchar música en una alcantarilla, me puse a seguir el ruido hasta reconocer la pieza que sonaba, ya de manera estridente, era la obra maestra del señor Wagner: El Holandés Errante. La noble melodía lograba quitarme lo vapuleado del cuerpo, ya no me sentía ebrio.
El camino abrió paso a un cuarto que sólo podría describirse como una cámara, noté varios símbolos y escritos en las paredes. Era latín. Sorprendido como me encontraba por el reciente descubrimiento, mi conmoción dio paso a la estupefacción de ver una silueta masculina que se comportaba como el maestro de orquesta de alguna sinfónica demoniaca; no se percataba de mi presencia. Me escondí de sus ojos, refugiado en la oscuridad.
Me resulta imposible dar un retrato adecuado de la persona que estaba enfrente mío, un aura divino rodeaba su ser. Poseía una barba larguísima, al igual que un bigote que ruborizaría a Nietzsche, un cabello igualmente largo y grasiento, propio de las personas que no se bañan de manera constante. Su piel reflejaba que había pasado mucho tiempo desde que la toco el Sol por última vez, su complexión era delgada y tenía una altura de aproximadamente un metro ochenta.
La pieza terminó, y con ella mi posición de observador pasivo.
-Se que estás aquí ¿porqué no te muestras? No te haré ningún daño- Su timbre de voz era el de una persona diplomática y educada, inmediatamente tuve que obedecer, sus palabras resonaban en eco por todo el lugar.
- No puedo creer que haya una persona en este lugar, ¿vives aquí?
- Soy toda la densidad demográfica de este sitio, este es mi hogar. ¿A qué has venido?
- Creo que ni yo mismo lo sé, he venido en respuesta a un impulso que me dio cuando caminaba por la calle, posiblemente no lo entendería.
- Te equivocas, lo entiendo bastante bien. Una sensación similar fue la que me trajo a mí hace ya más de veinte años.
- Eso es mucho tiempo, ¿cómo ha logrado mantener la cordura con tanta soledad?
- Te darás cuenta de que este lugar es mágico, aquí tengo todo lo que necesito: Solamente a mí mismo- Un misterio embargaba sus palabras, asimismo la sinceridad se desbordaba por cada poro de su ser.
- Disculpa, pero no veo gran magia en el lugar, ni siquiera hay cosas que puedas comer.
- Vivo gracias a los bienes que he encontrado aquí, antes de mí hubo alguien que también hizo de este lugar su casa. Encontré una fuente de energía que hace posible que tenga algo de música, sin ella sí perdería esa cordura de la que me hablas. Es rarísimo que haya un socket eléctrico por aquí, sin embargo ahí está- Seguí su dedo índice que señalaba el emplazamiento de la susodicha fuente de energía, a un par de metros de ella, un tocadiscos, grande y antiguo, empolvado; adornado por un par de ratas curiosas que se hallaban en la cima del aparato.
- ¿Bienes? ¿Qué bienes? La verdad todo esto me parece muy raro, yo sólo venía…
- Por una lata- Repuso antes de que pudiera terminar de hablar.
Un escalofrío se paseó por todo mi cuerpo, nunca he creído en los videntes, pero si este sujeto no era uno, no tengo manera de explicar cómo supo a que me había introducido a su querido hogar. Cuando algo me incomoda suelo cambiar el tema velozmente, así hice:
-Pero ¿cómo es que nunca te han encontrado? Es una alcantarilla, ¡pero alguien debe venir a asomar su cabeza, haciendo reparaciones de tuberías o algo!
- Te sorprendería lo fácil que es no ser encontrado cuando no se quiere serlo- Este tipo no paraba de dar las respuestas adecuadas- Vivo alimentándome de desechos recientes, mi estómago ha desarrollado milagrosamente un ácido que hace imposible que me afecten las bacterias, esto se lo debo a este lugar.
Comprendía nada de lo que me decía, estaba anonadado completamente. Sin embargo ni un sólo argumento que pudiera refutar su historia cruzaba en mi cabeza. Tenía que ser cierto; quería creer que era cierto.
Ignoró un poco mi presencia y de nuevo se abalanzó al tocadiscos, apretó una serie de botones y las páginas de discos cambiaban y cambiaban.
Rompió el silencio, ese hermoso silencio que me estaba fascinando.
- Te gusta la música clásica, ¿cierto? Quiero poner a Strauss.
- Si, es mi música favorita, incluso de mis compositores preferidos.
- Cierto
Comenzó para deleite de ambos una preciosa obra de Strauss.
- A todo esto, ¿cómo te llamas?- Pregunté en cuánto recordé no saber el nombre del misterioso sujeto
- Dame un par de minutos- Me pidió mi anfitrión, siempre con un énfasis cortés en su hablar. Evadía la pregunta de la manera más decente que he visto. No dejaba lugar a refutaciones. -Por supuesto- le dije.
Tomé asiento en una esquina, me empecé a relajar, el aire fluía armonioso entre los poros de mi mente. Paz. De alguna manera sabía que esa persona no me haría ningún daño
Pasados el par de minutos que me pidió, regresó con el objeto de mi empresa entre sus brazos, acariciaba la lata con un amor enfermizo. En vez de lata, era como si sostuviera un gato, una devoción sobrenatural.
Tomó mis manos y puso la lata delicadamente a mi cuidado.
Intenté irme presto a la civilización.
No hace falta decir que si era vidente sabría de antemano mi propósito de terminar con mi estancia en ese inframundo. Todo indica que sí era vidente.
- ¿En realidad te quieres ir? ¿No reconoces tu hogar cuando lo tienes frente tus ojos?
Yo estaba dándole la espalda, con la lata resguardada en la bolsa de mi chaqueta.
- Mira amigo, no sé que descabellada cosa te hizo querer quedarte aquí, pero este lugar no es para mi, tengo una vida armada fuera de aquí.
- ¿En realidad la tienes?
- Por supuesto, tengo un trabajo, escuela, familia, novia, adicciones, proyectos, infinidad de cosas que cumplir.
- Entre ellas buscar tu hogar. Felicidades, lo hallaste, nunca te has sentido como si tuvieras una casa, ¿cierto?
Este tipo parecía conocerme bastante bien.
- No dejaría mi vida por quedarme en este chiquero- No pude decir más.
- En sí, la vida es acerca de sacrificios, siempre se tienen dos opciones. Dejamos de lado muchas cosas por obtener a cambio otras, así siempre será. Deja tus bienes materiales y verás lo lleno y tranquilo que te sentirás estando aquí.
Muy a pesar de que tenía razón en sus argumentos, no podía quedarme en ese sitio, no imaginaba mi vida estando ahí. Soy un misántropo, pero nunca he creído que la solución a mi vida esté en convertirme en un ermitaño. Salvo una ocasión en que soñé que vivía en una cueva, en una montaña, donde cada mañana me levantaba temprano a cazar peces y aves, con no más compañía que la brisa, el frío alpino del ecosistema; y de música, toda la naturaleza en sinfonía, clamando por la vida.
Es irrefutable el hecho de que el lugar contenía un poder inefable, eso sin mencionar el hecho de que sus palabras resonaban por cada pared de mi cabeza. Tenía razón, no había vida para mí ahí afuera, sólo cosas sin sentido, de esas a las que las personas nos aferramos con tal de no caernos por el tremendo precipicio del sinsabor.
Mis uñas se aferraban salvajemente de la liana insegura que supone el no saber a dónde dirigir la vida, no me quejo, ha sido una de las cosas que le ha dado un ritmo divertido a mi vida.
-Aún no me dices cómo te llamas. Empieza a incomodarme no saber con quién estoy hablando.
--Jaja, pero si yo supondría que tenías idea de quien soy. Eres despistado, Ergo- Bueno, tenía razón, soy despistado, pero… de dónde podría conocerlo, de alguna otra coladera quizá.
-Basta de darle vueltas y vueltas, no muy misterioso, mejor vayamos hablando claro. ¿Quién diablo eres?
Hubo un silencio sobrenatural, un silencio fascinante, de nuevo sentí pena al momento que este tipo lo rompió para decirme su nombre.
-Soy….Ergo. Soy tú, dentro de veinte años. ¿Recuerdas el evento de magnitudes similares que te conté que me trajo aquí? Fue precisamente esa latita que te acabo de dar, la he cuidado tanto estos años, es mi posesión material más preciada. Tienes que quedarte aquí. Esto ha sucedido por algo, en realidad es un lugar mágico.
Anonadado como me encontraba, logré hilar un par de palabras:
-Es….es….imposible, me vas a decir que aquí se puede viajar por el tiempo…
Patrañas, yo no creo en eso- No terminaba de dar crédito a sus afirmaciones, pero nunca he conocido alguien que pueda irradiar tanta sinceridad en su hablar. Tenía que ser cierto.
- No seas estúpido, esto no es una serie de ciencia ficción. Te hablo a través de un sueño. ¿Recuerdas haberte desmayado? Jaja, pero qué digo, si aún ni siquiera te levantas. Aquí seguimos, en las profundidades de tu inconsciente.
- Eso me suena más plausible, ya decía yo que el viaje en el tiempo era algo imposible.
- ¿Quieres dejar de pensar en los viajes en el tiempo? Te estoy tratando de hacer ver que has llegado aquí por algo. Algo mucho más grande que una lata, siéntete afortunado, has dado con el lugar que te va a dar todo lo que tú necesitas. Muchas personas pasan buscando un sitio que puedan llamar hogar, y las búsquedas pocas veces son satisfactorias. Todos terminan siendo entes de miles de sitios en los que nunca encajarán. Tú ahora tienes el lugar perfecto para ti y sólo para ti postrado ante tus ojos. No lo dejes ir…- Y su voz se hizo lejana.
El despertar fue abrupto, como todos mis amaneceres. Nunca he podido terminar un sueño, amanezco frustrado y más cuando me despierta algo que no sea mi mismo reloj biológico. Pero algo distinto había en este abrir de ojos, algo con un ligero sabor tan a un café y cigarro por las mañanas, a una paleta de caramelo y un abrazo de la persona amada; a una coqueta satisfacción, a sonrisas pícaras; a un largo, prolongado estirar del cuerpo. Un bostezo y levantarse, con la diferencia, la maravillosa diferencia, de saber qué hacer con mi vida. Por vez primera, saber qué hacer después de despertar y salir del amable refugio de los sueños. Ya tenía un hogar, lo demás venía importando poco.
Si alguien se tomó la molestia de leer el post, gracias. (aquí te dejo una morra por leer el post)
Al que no, también gracias.
Buena vibra para todos. Chau!
Hola buenas noches. En realidad ando algo aburrido, ya acabé mis deberes y el domingo anda con una lentitud insoportable. No pensaba hacer posts ni nada pero bueno, supongo que a alguien le podría gustar leer algo que he escrito hace un tiempo. Pondré un cuento corto, un poema y un trío de minificciones que les llaman (yo les digo minifreakciones). Sin más pues aquí les dejo el post y ojalá sea de su agrado:
La rémora del olvido Tertulio Eustaquio (@reptaraut)
Quemaré mis ojos con aceite hirviendo
Para no tener la tentación de verte
Llenaré mis oídos con la cerilla del desdén,
para que tu eco por fin se despida
Me abrazaré a la saliva
Ostentosa de otros labios
Mas todo será en vano
Sólo reforzaré tu sombría presencia
en el lobby de mi recuerdo
Un burdo anaquel de sonrisas y exequias
Me avalan como tu malsano seguidor
Yazgo bajo el amparo de luz oscura
Y aguardo tu descenso a mi morada
Que profieras magnánimo goce
Al adolecido y vagabundo
Que hoy no halla más manera de acariciarte
Que no sea en palabras o anhelo
Que sofoques todo esto
Que viene a ser la rémora de mi olvido
(ese se lo escribí a una ex novia un día que estaba muy ebrio en un camión en la madrugada camino a mi casa xD)
Minifreakcciones:
1
En el intervalo del negro y el alba
Asoma guarecido en su escondrijo
Paquete de pestañas y ámbar neutro
Vestido de alegoría fantasmagórica
Conozco sus desenfrenos arremolinados
De deseo carnal fulgoroso
Se codea con las estirpes del alcohol
Que usurpan el lugar del beso
Y la emocionan.
No espero que me entiendas
Despreocúpese muchacha
Porque yo tampoco.
Que los cantos gregorianos
Emitidos por aguas oxigenadas
Sean nuestra canción de cuna.
Supuran el rumor de sus deslices
Si me comprendes, explícame.
Somos el kleenex donde el desvelo
Enjuaga sus turbias lágrimas
2
Ella come naftalina y almas
Recolecta secreciones y salivas
Hay veces que derroca el empalago
Y causa miopía
Devora sueños y melancolía
Si le nombras en tripleta
La maldición se conjura
Sus tersas curvas
No conducen mas que a la locura
3 Afasia:
Recuerdo diálogos muteados
Que naufragan
en el limbo de un olvido
Implosiono de ansiedades
Y silencio corrosivo.
He aquí el esfuerzo desdeñable
De palabras imposibles
Un cerebro sataniza
No concibe su lenguaje
Y ahora el cuento corto (lo escribí para un taller de creación literaria) :
Caliginosus Principium (De las Catársis Oníricas) Por Tertulio Eustaquio
"Sólo viviendo absurdamente se podría romper
alguna vez este absurdo infinito". Julio Cortázar.
Las calles resultan especialmente frías cuando son recorridas a altas horas de la madrugada. El efecto se incrementa cuando se está caminando a solas.
Los bolsillos no me pesaban en lo absoluto, lo cual significaba que ya había gastado hasta mi último centavo. Siempre que me he pasado de copas termino apostándole todo el dinero al etílico, y termino caminando de regreso a casa. El viaje era largo.
Esa noche había decidido entrar a un billar y jugar un poco, consumir un par de cervezas y al diablo, pero me encontré con un tipo deseoso de perder su dinero jugando contra mí una partida de billar; aún no encuentro quien me gane. Gracias al señor “juego mejor que tú” es que me puse otra borrachera, y más indirectamente, gracias a él es que voy caminando a las cuatro de la mañana sin un peso, sin un sólo cigarro, sólo acompañado por el eco de mis pasos y un sombrero negro nada llamativo del tipo milonguero.
Un rato me entretuve enormemente pateando una lata de refresco, el sonido de mi pie azotando el pedazo de aluminio tenía un efecto terapéutico en mi atrofiada vida. Todo se lo llevó el carajo cuando el ahínco termino mandando la lata al abismo que presupone el alcantarillado de la ciudad.
Hay algo en mí que repele a las personas, no sé bien el porqué, nunca he tenido muchas intenciones de saberlo, me agradan las cosas como son. Soy una persona más bien solitaria, que conoce tanto de la vida y las mujeres como sabe un otomí de francés, pero nunca me he reprochado lo de las mujeres; lo de la vida, en exceso sí. Muchas veces me he encontrado vagando por las noches más oscuras y tétricas discutiendo acaloradamente con la voz de mi cabeza que me dice imperativamente: ¡Vete de aquí! No te dejes absorber por esta ciudad. Tengo noticias para ti: ésta ciudad se ha llevado cada gramo de mí, le pertenecen, que no quepa duda.
A pesar de que mi boca estaba adormecida y de todos esos síntomas clásicos que denotan cuando alguien está en completo estado de ebriedad, caminaba derecho, casi sin renquear, estaba atento al camino. Algo similar a un presentimiento se me encimaba en el estómago con el alcohol, soy de esas personas que toman muy en serio esta clase de cosas, sólo porque sí. Encontré un cigarro algo sucio, pero definitivamente se podía fumar, imaginé cómo fue a dar al piso, seguramente le pertenecía a alguna persona descuidada porque el cigarro estaba completo, o quizás alguien tiene los bolsillos de su abrigo rotos. Yo al menos sí los tengo rotos.
¿Porqué hacer caso omiso a esa voz de mi cabeza? Porqué no escuchar a Kukito, mi amigo imaginario, si parece ser un ente tan sabio. Este lugar tiene cosas buenas, pero, ¿y los otros tantos sitios donde puedo apoyar la planta de mis pies? Seguro tienen su magia, probablemente tan adictiva como la de mi ciudad.
No he divisado por ningún lado el nombre de la calle, me intriga no saber dónde me encuentro, así sea algo tan fútil como el nombre de una calle. Se puede decir que la arquitectura del tipo colonial destaca mucho en el diseño de la misma, un par de balcones acaparan mi atención. Soy un amante de los balcones.
Por algún lado he oído que el caminar oxigena el cerebro, proporcionando mejores resultados cavilativos, ésta es una de las razones por las que siempre decido caminar cuando algo no marcha debidamente en mi vida. Asimismo ha traído de manera directamente proporcional descabelladas decisiones a mi vida.
La lata trajo a mí un recuerdo familiar, asociado con una moneda llamada Zahir, de la que leí en una ocasión. Me brindó un alivio desenfadado, dulce, y, sin duda alguna, era mucho más que un simple conjunto de átomos receptáculos de refresco.
El pulso se me aceleraba sin tregua, un escozor se acrecentaba en mi tórax, mis pensamientos se tornaban redundantes. No me cabía la menor duda de que la traducción más propia para los síntomas que me hostigaban era la necesidad de tener la lata en mis manos, jugar con ella, etcétera.
Un poco por la determinación de conseguirla, otro tanto más por la necesidad de aventuras en mi vida (salir de la rutina, pues) y, porqué no decirlo, por la gran cantidad de alcohol paseando por las avenidas intravenosas de mi cuerpo, fue lo que me llevó a la sana idea de meterme al mundo debajo de la ciudad. No tuve mucho tiempo de analizar los riesgos de mi empresa, ya estaba emprendiendo el camino a la alcantarilla enrejada por donde se metió mi querido aluminio. Con mi mano fuerte, la izquierda, levanté la tapa, la pesada tapa del inframundo.
Luché con las ganas de vomitar, dado el hediondo olor que violó salvajemente mis percepciones olfativas. Hiperventilé un poco, me di un par de sopapos y comencé el descenso en busca del Hades. El no saber qué diablo habría de encontrar en mi camino me hacía sentir extrañamente de puta madre, es una de esas cosas inextricables, algo así.
Descendí por unas escaleras que rezumaban de óxido, y no se diga del crujir de mis pasos a cada peldaño que bajaba, efecto que se tornaba maquiavélico dada la encerrada acústica del pasaje. El olor se convertía en una pestilencia insoportable, pero una vez que me fijo un objetivo, no puedo desertar. Nunca me lo habría perdonado, así que me tragué el asco y seguí el camino. Hacia abajo se escuchaba el rumor del agua, imaginé el río tóxico que me esperaba. Mi imaginación no se vio defraudada, eso fue precisamente lo que se postró ante mis ojos una vez terminado el suplicio de las escaleras.
Paredes sucias, mohosas, un pequeño pasillo de apenas tres o cuatro metros de anchura, ratas, cucarachas y otros insectos que sepa Rá su nombre, nunca les había visto. Pero bueno, no esperaba ver un ecosistema conocido en el mundo de las cloacas.
Lo más correcto me pareció seguir la corriente del agua, puesto que el trozo de aluminio debió ser victima de los estragos del alud acuático. El olor, si aun era desagradable, empezaba a ser familiar y mi organismo se habituaba a él.
Así anduve un rato, en ese paraje tan extrañamente atractivo, a la vez tan deplorable. Tiene un caché simpático innegable.
El miedo corroía mis sentidos, el sentimiento se extendía al mundo fisiológico sobremanera, pero aún más miedo me daba no lograr mi empresa, esa lata tenía que estar entre mis manos. La cloaca mantenía un misterio poderoso, me supuse que era la primer persona en pisarlo en mucho tiempo, me sentía único.
El camino se perdía y yo podía hacer nada por recuperarlo, el pasillo se estrechaba cada vez más. Perdí mis pasos en cuanto el suelo se volvió inestable y me mandó a nadar dentro del agua pestilente, llena de orina y tanto desecho de una sociedad a la cual nunca me sentí adaptado. Y ahora nadaba en su basura.
El asco me doblegó, me puse a vomitar, a contribuir alimentando con mis propios desechos el río tóxico. Intenté salir, tenía la sensación de que alguna criatura podría jalarme de las piernas para hacerme parte de su dieta. No sucedió así, todo indica que solo era una sensación producto de mi sugestión. No tenía de dónde asir mis manos para escaparme, iba a completa merced de la voluntad del agua, escuchaba claramente la precipitación del agua en una cascada. Caí en otro nivel del inframundo, junto con toda esa marejada de agua, fue como caer desde una montaña rusa, el impacto fue duro al momento del aterrizaje. En este momento fue cuando perdí para siempre mi apreciado sombrero milonguero. Divisé unas escaleras que indicaban mi ruta de salida del liquido, me tome con fiereza de las barras, luchando contra la fuerza natural de la corriente. Salí avante.
Inmediatamente después de necesitar toda mi concentración en esa lucha fiera con el río, tuve que iniciar una tórrida, encarnizada, pelea por mantenerme de pie, atolondrado, vapuleado, nauseabundo; desconcientizado. Creía desmayar, pero resistí valeroso, ejerciendo un poco de control mental, no soy del todo bueno, pero al menos puedo disuadirme de vez en vez.
Pasados un par de minutos de peregrinaje, de esos que no tienen rumbo fijo, en que se sigue mas a la intuición que a una idea precisa, me pude percatar de la música que se escuchaba en decibeles muy bajos, provenía del corazón del inframundo. Acto reflejo al escuchar algo inusual, como supone escuchar música en una alcantarilla, me puse a seguir el ruido hasta reconocer la pieza que sonaba, ya de manera estridente, era la obra maestra del señor Wagner: El Holandés Errante. La noble melodía lograba quitarme lo vapuleado del cuerpo, ya no me sentía ebrio.
El camino abrió paso a un cuarto que sólo podría describirse como una cámara, noté varios símbolos y escritos en las paredes. Era latín. Sorprendido como me encontraba por el reciente descubrimiento, mi conmoción dio paso a la estupefacción de ver una silueta masculina que se comportaba como el maestro de orquesta de alguna sinfónica demoniaca; no se percataba de mi presencia. Me escondí de sus ojos, refugiado en la oscuridad.
Me resulta imposible dar un retrato adecuado de la persona que estaba enfrente mío, un aura divino rodeaba su ser. Poseía una barba larguísima, al igual que un bigote que ruborizaría a Nietzsche, un cabello igualmente largo y grasiento, propio de las personas que no se bañan de manera constante. Su piel reflejaba que había pasado mucho tiempo desde que la toco el Sol por última vez, su complexión era delgada y tenía una altura de aproximadamente un metro ochenta.
La pieza terminó, y con ella mi posición de observador pasivo.
-Se que estás aquí ¿porqué no te muestras? No te haré ningún daño- Su timbre de voz era el de una persona diplomática y educada, inmediatamente tuve que obedecer, sus palabras resonaban en eco por todo el lugar.
- No puedo creer que haya una persona en este lugar, ¿vives aquí?
- Soy toda la densidad demográfica de este sitio, este es mi hogar. ¿A qué has venido?
- Creo que ni yo mismo lo sé, he venido en respuesta a un impulso que me dio cuando caminaba por la calle, posiblemente no lo entendería.
- Te equivocas, lo entiendo bastante bien. Una sensación similar fue la que me trajo a mí hace ya más de veinte años.
- Eso es mucho tiempo, ¿cómo ha logrado mantener la cordura con tanta soledad?
- Te darás cuenta de que este lugar es mágico, aquí tengo todo lo que necesito: Solamente a mí mismo- Un misterio embargaba sus palabras, asimismo la sinceridad se desbordaba por cada poro de su ser.
- Disculpa, pero no veo gran magia en el lugar, ni siquiera hay cosas que puedas comer.
- Vivo gracias a los bienes que he encontrado aquí, antes de mí hubo alguien que también hizo de este lugar su casa. Encontré una fuente de energía que hace posible que tenga algo de música, sin ella sí perdería esa cordura de la que me hablas. Es rarísimo que haya un socket eléctrico por aquí, sin embargo ahí está- Seguí su dedo índice que señalaba el emplazamiento de la susodicha fuente de energía, a un par de metros de ella, un tocadiscos, grande y antiguo, empolvado; adornado por un par de ratas curiosas que se hallaban en la cima del aparato.
- ¿Bienes? ¿Qué bienes? La verdad todo esto me parece muy raro, yo sólo venía…
- Por una lata- Repuso antes de que pudiera terminar de hablar.
Un escalofrío se paseó por todo mi cuerpo, nunca he creído en los videntes, pero si este sujeto no era uno, no tengo manera de explicar cómo supo a que me había introducido a su querido hogar. Cuando algo me incomoda suelo cambiar el tema velozmente, así hice:
-Pero ¿cómo es que nunca te han encontrado? Es una alcantarilla, ¡pero alguien debe venir a asomar su cabeza, haciendo reparaciones de tuberías o algo!
- Te sorprendería lo fácil que es no ser encontrado cuando no se quiere serlo- Este tipo no paraba de dar las respuestas adecuadas- Vivo alimentándome de desechos recientes, mi estómago ha desarrollado milagrosamente un ácido que hace imposible que me afecten las bacterias, esto se lo debo a este lugar.
Comprendía nada de lo que me decía, estaba anonadado completamente. Sin embargo ni un sólo argumento que pudiera refutar su historia cruzaba en mi cabeza. Tenía que ser cierto; quería creer que era cierto.
Ignoró un poco mi presencia y de nuevo se abalanzó al tocadiscos, apretó una serie de botones y las páginas de discos cambiaban y cambiaban.
Rompió el silencio, ese hermoso silencio que me estaba fascinando.
- Te gusta la música clásica, ¿cierto? Quiero poner a Strauss.
- Si, es mi música favorita, incluso de mis compositores preferidos.
- Cierto
Comenzó para deleite de ambos una preciosa obra de Strauss.
- A todo esto, ¿cómo te llamas?- Pregunté en cuánto recordé no saber el nombre del misterioso sujeto
- Dame un par de minutos- Me pidió mi anfitrión, siempre con un énfasis cortés en su hablar. Evadía la pregunta de la manera más decente que he visto. No dejaba lugar a refutaciones. -Por supuesto- le dije.
Tomé asiento en una esquina, me empecé a relajar, el aire fluía armonioso entre los poros de mi mente. Paz. De alguna manera sabía que esa persona no me haría ningún daño
Pasados el par de minutos que me pidió, regresó con el objeto de mi empresa entre sus brazos, acariciaba la lata con un amor enfermizo. En vez de lata, era como si sostuviera un gato, una devoción sobrenatural.
Tomó mis manos y puso la lata delicadamente a mi cuidado.
Intenté irme presto a la civilización.
No hace falta decir que si era vidente sabría de antemano mi propósito de terminar con mi estancia en ese inframundo. Todo indica que sí era vidente.
- ¿En realidad te quieres ir? ¿No reconoces tu hogar cuando lo tienes frente tus ojos?
Yo estaba dándole la espalda, con la lata resguardada en la bolsa de mi chaqueta.
- Mira amigo, no sé que descabellada cosa te hizo querer quedarte aquí, pero este lugar no es para mi, tengo una vida armada fuera de aquí.
- ¿En realidad la tienes?
- Por supuesto, tengo un trabajo, escuela, familia, novia, adicciones, proyectos, infinidad de cosas que cumplir.
- Entre ellas buscar tu hogar. Felicidades, lo hallaste, nunca te has sentido como si tuvieras una casa, ¿cierto?
Este tipo parecía conocerme bastante bien.
- No dejaría mi vida por quedarme en este chiquero- No pude decir más.
- En sí, la vida es acerca de sacrificios, siempre se tienen dos opciones. Dejamos de lado muchas cosas por obtener a cambio otras, así siempre será. Deja tus bienes materiales y verás lo lleno y tranquilo que te sentirás estando aquí.
Muy a pesar de que tenía razón en sus argumentos, no podía quedarme en ese sitio, no imaginaba mi vida estando ahí. Soy un misántropo, pero nunca he creído que la solución a mi vida esté en convertirme en un ermitaño. Salvo una ocasión en que soñé que vivía en una cueva, en una montaña, donde cada mañana me levantaba temprano a cazar peces y aves, con no más compañía que la brisa, el frío alpino del ecosistema; y de música, toda la naturaleza en sinfonía, clamando por la vida.
Es irrefutable el hecho de que el lugar contenía un poder inefable, eso sin mencionar el hecho de que sus palabras resonaban por cada pared de mi cabeza. Tenía razón, no había vida para mí ahí afuera, sólo cosas sin sentido, de esas a las que las personas nos aferramos con tal de no caernos por el tremendo precipicio del sinsabor.
Mis uñas se aferraban salvajemente de la liana insegura que supone el no saber a dónde dirigir la vida, no me quejo, ha sido una de las cosas que le ha dado un ritmo divertido a mi vida.
-Aún no me dices cómo te llamas. Empieza a incomodarme no saber con quién estoy hablando.
--Jaja, pero si yo supondría que tenías idea de quien soy. Eres despistado, Ergo- Bueno, tenía razón, soy despistado, pero… de dónde podría conocerlo, de alguna otra coladera quizá.
-Basta de darle vueltas y vueltas, no muy misterioso, mejor vayamos hablando claro. ¿Quién diablo eres?
Hubo un silencio sobrenatural, un silencio fascinante, de nuevo sentí pena al momento que este tipo lo rompió para decirme su nombre.
-Soy….Ergo. Soy tú, dentro de veinte años. ¿Recuerdas el evento de magnitudes similares que te conté que me trajo aquí? Fue precisamente esa latita que te acabo de dar, la he cuidado tanto estos años, es mi posesión material más preciada. Tienes que quedarte aquí. Esto ha sucedido por algo, en realidad es un lugar mágico.
Anonadado como me encontraba, logré hilar un par de palabras:
-Es….es….imposible, me vas a decir que aquí se puede viajar por el tiempo…
Patrañas, yo no creo en eso- No terminaba de dar crédito a sus afirmaciones, pero nunca he conocido alguien que pueda irradiar tanta sinceridad en su hablar. Tenía que ser cierto.
- No seas estúpido, esto no es una serie de ciencia ficción. Te hablo a través de un sueño. ¿Recuerdas haberte desmayado? Jaja, pero qué digo, si aún ni siquiera te levantas. Aquí seguimos, en las profundidades de tu inconsciente.
- Eso me suena más plausible, ya decía yo que el viaje en el tiempo era algo imposible.
- ¿Quieres dejar de pensar en los viajes en el tiempo? Te estoy tratando de hacer ver que has llegado aquí por algo. Algo mucho más grande que una lata, siéntete afortunado, has dado con el lugar que te va a dar todo lo que tú necesitas. Muchas personas pasan buscando un sitio que puedan llamar hogar, y las búsquedas pocas veces son satisfactorias. Todos terminan siendo entes de miles de sitios en los que nunca encajarán. Tú ahora tienes el lugar perfecto para ti y sólo para ti postrado ante tus ojos. No lo dejes ir…- Y su voz se hizo lejana.
El despertar fue abrupto, como todos mis amaneceres. Nunca he podido terminar un sueño, amanezco frustrado y más cuando me despierta algo que no sea mi mismo reloj biológico. Pero algo distinto había en este abrir de ojos, algo con un ligero sabor tan a un café y cigarro por las mañanas, a una paleta de caramelo y un abrazo de la persona amada; a una coqueta satisfacción, a sonrisas pícaras; a un largo, prolongado estirar del cuerpo. Un bostezo y levantarse, con la diferencia, la maravillosa diferencia, de saber qué hacer con mi vida. Por vez primera, saber qué hacer después de despertar y salir del amable refugio de los sueños. Ya tenía un hogar, lo demás venía importando poco.
Si alguien se tomó la molestia de leer el post, gracias. (aquí te dejo una morra por leer el post)
Al que no, también gracias.
Buena vibra para todos. Chau!