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La reunión (microrrelato propio)

Arte5/2/2014


Esa mañana se levantó de buen humor, satisfecho de todo, saludado por un amigable sol de mayo, con hambre de hacer. Antes, habían sido la frustración sin nombre y la desorientación, la imposibilidad y un algo estéril y seco, el mismo vacío, la soledad y el frío.

Llegó tarde a la reunión, como acostumbraba, sin embargo fue bien recibido por todos. Fue bueno ver la conversación, el fuego y la cena en proceso. Justo antes de llegar al patio de la casa, había oído las risas despreocupadas de hombres libres del yugo del trabajo, de hombres distendidos en una especie de victoria sobre su condición... y se sintió ansioso de participar.
Un pensamiento tentativo le sugería un pasado no tan amistoso, individualidades, egos pisándose sutilmente... Desunión. Imagen ilusoria o real, el grupo funcionaba como tal, y funcionaba bien.
Se sumó. Tomó un vaso y se propuso no invadir el clima con el derrame de su ansiedad, no quería volver a ser superado por sus expectativas, siempre intrusas; esa noche necesitaba peso, estaba harto del volumen.
Desligados de las tareas, los hombres pueden volverse admirables o idiotas. Quiso Dios que cada célula formara un tejido perfecto rodeando el fuego, abrigándose con él. Y pudieron comprobar ecos milenarios, en un cuadro donde las narraciones y el silencio se alternaban, suficientes.
Rama a rama, tronco a tronco, el fuego se llevó la madera y, sobre ella, viejos rencores callados, revanchas, quizá algún embrión de venganza. Él se imaginaba en una fila, último, con un gran montón de pensamientos entre los brazos, esperando su turno para echarlo al fogón, saboreando el olor dulce de la reconciliación.
Todo parecía perfecto, pero eso alcanzaba. Cuando no hubo madera por quemar, ni comida que comer, ni aún bebidas que predispongan mejor el espíritu, alguien sugirió entrar. Era un momento ideal para retirarse, no hubieran sido necesarias excusas... solo un cordial saludo, y la noche habría estado coronada. Pero nadie quiso. Se pasó adentro, los abrigos descansaron en los respaldares, se echaron suertes y los más afortunados ocuparon los lugares más cercanos a la mesa, donde la fiesta seguiría adornada de naipes.
Las risas, entonces, se multiplicaron, al igual que los chistes, y el temor de herir susceptibilidades, la sombra de cualquier molestia u ofensa terminaron de desintegrarse, diluidos en una estrecha comunión. Todos fueron ganadores.
Se hizo más tarde de lo esperado (el reloj no considera nada ni nadie) y puede decirse que era lo único que podía poner fin al afortunado evento. No importaba, habían quedado estelas de promesas, algunos proyectos, los ánimos engrandecidos y vencida la negatividad maldita, derrotada por un optimismo verosímil, sustentable, sano y poderoso.
Antes de retirarse sonriendo, completo, levantó la vista hacia la puerta y sin intención alguna alcanzó a leer, en una columna: 30 DE ABRIL.
En la cama, tapado hasta la nariz por un frío, al menos, exagerado, pidió que no fuera solo una buena reunión, prometió hacer lo necesario para sostener lo logrado, hacerlo crecer, brindar su aporte y su convicción... Y, elevando estos deseos, volvió a sentir el gusto de lo posible, volvió a creer... y se durmió. La noche sería el umbral, y decidiría si aquello solo habría sido un buen sueño...


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