Maldito empedernido, mito del underground, creador del “realismo sucio” que liberó las furias de los márgenes para desatar la lucidez, Bukowski murió el 9 de marzo de 1994 a la edad de 73 años. Sigue siendo uno de los escritores estadounidenses más influyentes del mundo. Su obra insiste: “No hay derrota posible en la escritura”.
"Creo que para ser artista o escritor en el mundo moderno hace falta una fuerte dosis de alienación. Si eres muy equilibrado, no tienes nada interesante que decir”. Es así, aseguró el genial Robert Crumb cuando decidió ilustrar los relatos de Bukowski.[/b]
Ahora que tenemos en español la edición de“Tráeme tu amor” (Libros del Zorro Rojo, 2011), sus inéditas historias de perdedores ácidos, obsesionados por el sexo y la botella, se cruzan otra vez con los trazos de Crumb, el fundador del movimiento comic, que ilustró además el diario personal de Bukowski: esa náusea textual que se publicó poco después de la muerte como “El capitán salió a comer y los marineros tomaron el barco”.
Tenía razón: no hay línea en esa obra que no sea alienada e interesante. No hay página que no escupa sobre la mentira del sueño americano.
Las tres historias de “Tráeme tu amor” dan en el blanco de esa mentira y la atraviesan. Un matrimonio deshecho por la aparente demencia de la esposa, un cómico que ha perdido toda la gracia y unos jovencitos que miran, tentados, entre las piernas de coristas viejas y decadentes.
El ambiente de una Norteamérica podrida se palpa, sobre todo, en la mujer que se pega en la mandíbula o en el hombre sentado entre cuatro paredes, que no enciende la radio por miedo a la factura de la luz.[/b]
La alienación -se sabe- es el precio de despertar. El tema, cómo tragarse cada día otra rebanada de absurdo y vivir en una sociedad sobredomesticada. Bukowski ardía como el primer punk.
“¿Qué hace? ¿Qué piensa? Todos vamos a morir, todos nosotros, ¡menudo circo! Debería bastar con eso para que nos amáramos unos a otros, pero no es así. Nos aterrorizan y aplastan las trivialidades”.
Para sentirse mejor se encerraba en su primer piso a teclear la Macintosh como poseso, con Malher al máximo. Se rodeaba de gatos. Leía al poeta chino Li Po mientras comía galletitas Ritz. O gritaba de risa con el humor de James Thurber.
“La primera palabra que aprendí de bebé fue licor”. Su esposa Linda recordó esa frase, justo cuando lo estaban enterrando (el 9 de marzo de 1994) en medio de un cortejo de monjes budistas, antes de colocar la lápida que eligió: “Don´t try”.
Ni lo intentes
Lejos de todo clan literario, se convirtió en el mejor mito del underground del XX e influenció a escritores en el mundo entero.
“Lo que yo quise hacer es incorporar el punto de vista de los obreros sobre la vida... los gritos de sus esposas que los esperan cuando vuelven del trabajo. Las realidades básicas de la existencia del hombre común... algo que pocas veces se menciona en la poesía desde hace siglos. Mejor, que quede registrado que dije que la poesía es una mierda desde hace siglos. Y una vergüenza”, explicó en una entrevista famosa que le dio a Sean Penn.
Antes de que el corazón se le frenara en su casa de San Pedro, California, escribió: “He llevado una vida extraña y confusa, de total y espantosa servidumbre, en su mayor parte. Pero creo que la diferencia estaba en la manera en que me abría paso entre la mierda”.
Genet y Sartre habían coincidido en que era “el mejor poeta de los Estados Unidos”. Sus amigos lo llamaban Hank.
Como perro vagabundo
Charles Bukowski nació en Andernach, Alemania, en 1920. Nació tras la devastación de la Primera Guerra y, a los tres años, llegó a los Estados Unidos a upa de una alemana resignada y un soldado estadounidense que, muy pronto, descargó en él sus frustraciones. A los 7 años vio por primera vez a su abuelo beodo, Leonard.
“Como luces azules observándome”, escribiría 55 años más tarde en “La senda del perdedor”, retrato de su infancia rabiosa, una de sus mejores novelas: “Al acercarme, pude sentir el olor fuerte de su aliento. Pero él era el hombre más hermoso que había visto, y yo no tenía miedo”.
A los 13 ya descubrió su primer medio de evasión. “El alcohol es una liberación porque básicamente yo soy una persona tímida e introvertida, y el alcohol me permite ser este héroe que atraviesa el espacio y el tiempo, haciendo un montón de cosas atrevidas... ”, confesó.
Se crió en la más estricta soledad. Creció sin afecto y con acné. Nunca le fue bien con las mujeres: “Cuando la histeria empieza, se acaba todo. Uno se tiene que ir, ellas no entienden por qué. ‘¿A dónde vas?’, te gritan. ‘¡Me voy a la mierda, nena!’. Piensan que soy un misógino, pero no es verdad. Es puro boca a boca. Escuchan que Bukowski es ‘un cerdo macho chauvinista’, pero no chequean la fuente. Seguro, a veces pinto una mala imagen de las mujeres en mis cuentos, pero con los hombres hago lo mismo. Incluso yo salgo mal parado muchas veces. Si realmente pienso que algo es malo, digo que es malo, sea hombre, mujer, niño o perro”.
Solía decir que se escondía en los bares porque no quería esconderse en las fábricas. “mi vida no ha cambiado, me limito a beber cosas distintas”.
Al cabo de varias borracheras, descubrió la literatura como alimento.
“Llamadle efecto invernadero o lo que sea / pero simplemente ya no llueve / como antes. / Recuerdo particularmente las lluvias de / la era de la depresión. / Mi padre, nunca un buen hombre / en el mejor de los casos, pegaba a mi madre / cuando llovía / y yo me lanzaba / en medio de ellos, / “te mataré”, gritaba yo a mi padre. “Vuelve a pegarle / y te mato”. / “Saca a este niño / hijo de puta de aquí”. Esto es de “No tenemos dinero, tesoro, pero tenemos lluvia”.
En el refugio de la biblioteca conoció a Saroyan, a Sinclair, a Hemingway, a McCullers.
Se fue de casa. Plenos años ‘40: los trabajos no le duraban, viajaba en trenes de carga, dormía en parques, comía pochoclo, y mandaba relatos fantásticos a revistas que no le publicaban.
Era el hombre de la cara marcada. En Filadelfia conoció a una mujer poco común. Se fueron a una pensión con cucarachas. Perdió la virginidad a los 23.
Los años de vagabundeo y alcohol, apenas atenuados por el trabajo de cartero, derivaron en una úlcera sangrante que casi lo sepulta.
Pero vivió. A partir de entonces volvió a escribir poesía. Pronto se convertiría en un apostador serial, se había enviciado con las carreras en el hipódromo.
Es divertido
A fines de los ‘60, mientras estallan las revueltas y la psicodelia impregna la contracultura, Charles intenta suicidarse.
A la vez, se convierte en padre. Así que sigue saliendo a repartir cartas, enviando poemas a las redacciones y bebiéndose todo lo que encuentra en las tabernas de Hollywood Este.
Claramente, era la voz de la escena under del momento. Su poesía circula en fanzines escupida por su Remington negra, su palabra se queda en el cerebro.
Sólo la mala fama le interesa, no el mito. “Yo escribo con las persianas bajadas. Y no puedo con esa imagen mía a lo Bogart o esos que me adoran como a un dios barriobajero de las alcantarillas de Los Ángeles”.
a los 50 años pudo dejar su trabajo de cartero. Un editor llamado John Martin decidió publicar toda su obra en prosa: cien dólares al mes por escribir. Compró una torre de cervezas y se encerró en casa. Contó que 19 días estuvo sin comer. Así terminó su primera nRecién ovela: “Cartero”.
Al final del viaje, en su diario personal, escribió: “Nada impediría a un hombre escribir a menos que ese hombre se lo impida a sí mismo. Si un hombre desea verdaderamente escribir, lo hará. El rechazo y el ridículo no harán más que fortalecerle. Y cuanto más tiempo se le reprima, más fuerte se hará, como una masa de agua que se acumula contra una presa. No hay derrota posible en la escritura; hará que rían los dedos de tus pies mientras duermes; te hará dar zancadas de tigre; te encenderá los ojos y te pondrá cara a cara con la Muerte. Morirás como un luchador, serás honrado en el infierno. La suerte de la palabra. Ve con ella, envíala. Sé el payaso en la Oscuridad. Es divertido. Es divertido”.
"Creo que para ser artista o escritor en el mundo moderno hace falta una fuerte dosis de alienación. Si eres muy equilibrado, no tienes nada interesante que decir”. Es así, aseguró el genial Robert Crumb cuando decidió ilustrar los relatos de Bukowski.[/b]
Ahora que tenemos en español la edición de“Tráeme tu amor” (Libros del Zorro Rojo, 2011), sus inéditas historias de perdedores ácidos, obsesionados por el sexo y la botella, se cruzan otra vez con los trazos de Crumb, el fundador del movimiento comic, que ilustró además el diario personal de Bukowski: esa náusea textual que se publicó poco después de la muerte como “El capitán salió a comer y los marineros tomaron el barco”.
Tenía razón: no hay línea en esa obra que no sea alienada e interesante. No hay página que no escupa sobre la mentira del sueño americano.
Las tres historias de “Tráeme tu amor” dan en el blanco de esa mentira y la atraviesan. Un matrimonio deshecho por la aparente demencia de la esposa, un cómico que ha perdido toda la gracia y unos jovencitos que miran, tentados, entre las piernas de coristas viejas y decadentes.
El ambiente de una Norteamérica podrida se palpa, sobre todo, en la mujer que se pega en la mandíbula o en el hombre sentado entre cuatro paredes, que no enciende la radio por miedo a la factura de la luz.[/b]
La alienación -se sabe- es el precio de despertar. El tema, cómo tragarse cada día otra rebanada de absurdo y vivir en una sociedad sobredomesticada. Bukowski ardía como el primer punk.
“¿Qué hace? ¿Qué piensa? Todos vamos a morir, todos nosotros, ¡menudo circo! Debería bastar con eso para que nos amáramos unos a otros, pero no es así. Nos aterrorizan y aplastan las trivialidades”.
Para sentirse mejor se encerraba en su primer piso a teclear la Macintosh como poseso, con Malher al máximo. Se rodeaba de gatos. Leía al poeta chino Li Po mientras comía galletitas Ritz. O gritaba de risa con el humor de James Thurber.
“La primera palabra que aprendí de bebé fue licor”. Su esposa Linda recordó esa frase, justo cuando lo estaban enterrando (el 9 de marzo de 1994) en medio de un cortejo de monjes budistas, antes de colocar la lápida que eligió: “Don´t try”.
Ni lo intentes
Lejos de todo clan literario, se convirtió en el mejor mito del underground del XX e influenció a escritores en el mundo entero.
“Lo que yo quise hacer es incorporar el punto de vista de los obreros sobre la vida... los gritos de sus esposas que los esperan cuando vuelven del trabajo. Las realidades básicas de la existencia del hombre común... algo que pocas veces se menciona en la poesía desde hace siglos. Mejor, que quede registrado que dije que la poesía es una mierda desde hace siglos. Y una vergüenza”, explicó en una entrevista famosa que le dio a Sean Penn.
Antes de que el corazón se le frenara en su casa de San Pedro, California, escribió: “He llevado una vida extraña y confusa, de total y espantosa servidumbre, en su mayor parte. Pero creo que la diferencia estaba en la manera en que me abría paso entre la mierda”.
Genet y Sartre habían coincidido en que era “el mejor poeta de los Estados Unidos”. Sus amigos lo llamaban Hank.
Como perro vagabundo
Charles Bukowski nació en Andernach, Alemania, en 1920. Nació tras la devastación de la Primera Guerra y, a los tres años, llegó a los Estados Unidos a upa de una alemana resignada y un soldado estadounidense que, muy pronto, descargó en él sus frustraciones. A los 7 años vio por primera vez a su abuelo beodo, Leonard.
“Como luces azules observándome”, escribiría 55 años más tarde en “La senda del perdedor”, retrato de su infancia rabiosa, una de sus mejores novelas: “Al acercarme, pude sentir el olor fuerte de su aliento. Pero él era el hombre más hermoso que había visto, y yo no tenía miedo”.
A los 13 ya descubrió su primer medio de evasión. “El alcohol es una liberación porque básicamente yo soy una persona tímida e introvertida, y el alcohol me permite ser este héroe que atraviesa el espacio y el tiempo, haciendo un montón de cosas atrevidas... ”, confesó.
Se crió en la más estricta soledad. Creció sin afecto y con acné. Nunca le fue bien con las mujeres: “Cuando la histeria empieza, se acaba todo. Uno se tiene que ir, ellas no entienden por qué. ‘¿A dónde vas?’, te gritan. ‘¡Me voy a la mierda, nena!’. Piensan que soy un misógino, pero no es verdad. Es puro boca a boca. Escuchan que Bukowski es ‘un cerdo macho chauvinista’, pero no chequean la fuente. Seguro, a veces pinto una mala imagen de las mujeres en mis cuentos, pero con los hombres hago lo mismo. Incluso yo salgo mal parado muchas veces. Si realmente pienso que algo es malo, digo que es malo, sea hombre, mujer, niño o perro”.
Solía decir que se escondía en los bares porque no quería esconderse en las fábricas. “mi vida no ha cambiado, me limito a beber cosas distintas”.
Al cabo de varias borracheras, descubrió la literatura como alimento.
“Llamadle efecto invernadero o lo que sea / pero simplemente ya no llueve / como antes. / Recuerdo particularmente las lluvias de / la era de la depresión. / Mi padre, nunca un buen hombre / en el mejor de los casos, pegaba a mi madre / cuando llovía / y yo me lanzaba / en medio de ellos, / “te mataré”, gritaba yo a mi padre. “Vuelve a pegarle / y te mato”. / “Saca a este niño / hijo de puta de aquí”. Esto es de “No tenemos dinero, tesoro, pero tenemos lluvia”.
En el refugio de la biblioteca conoció a Saroyan, a Sinclair, a Hemingway, a McCullers.
Se fue de casa. Plenos años ‘40: los trabajos no le duraban, viajaba en trenes de carga, dormía en parques, comía pochoclo, y mandaba relatos fantásticos a revistas que no le publicaban.
Era el hombre de la cara marcada. En Filadelfia conoció a una mujer poco común. Se fueron a una pensión con cucarachas. Perdió la virginidad a los 23.
Los años de vagabundeo y alcohol, apenas atenuados por el trabajo de cartero, derivaron en una úlcera sangrante que casi lo sepulta.
Pero vivió. A partir de entonces volvió a escribir poesía. Pronto se convertiría en un apostador serial, se había enviciado con las carreras en el hipódromo.
Es divertido
A fines de los ‘60, mientras estallan las revueltas y la psicodelia impregna la contracultura, Charles intenta suicidarse.
A la vez, se convierte en padre. Así que sigue saliendo a repartir cartas, enviando poemas a las redacciones y bebiéndose todo lo que encuentra en las tabernas de Hollywood Este.
Claramente, era la voz de la escena under del momento. Su poesía circula en fanzines escupida por su Remington negra, su palabra se queda en el cerebro.
Sólo la mala fama le interesa, no el mito. “Yo escribo con las persianas bajadas. Y no puedo con esa imagen mía a lo Bogart o esos que me adoran como a un dios barriobajero de las alcantarillas de Los Ángeles”.
a los 50 años pudo dejar su trabajo de cartero. Un editor llamado John Martin decidió publicar toda su obra en prosa: cien dólares al mes por escribir. Compró una torre de cervezas y se encerró en casa. Contó que 19 días estuvo sin comer. Así terminó su primera nRecién ovela: “Cartero”.
Al final del viaje, en su diario personal, escribió: “Nada impediría a un hombre escribir a menos que ese hombre se lo impida a sí mismo. Si un hombre desea verdaderamente escribir, lo hará. El rechazo y el ridículo no harán más que fortalecerle. Y cuanto más tiempo se le reprima, más fuerte se hará, como una masa de agua que se acumula contra una presa. No hay derrota posible en la escritura; hará que rían los dedos de tus pies mientras duermes; te hará dar zancadas de tigre; te encenderá los ojos y te pondrá cara a cara con la Muerte. Morirás como un luchador, serás honrado en el infierno. La suerte de la palabra. Ve con ella, envíala. Sé el payaso en la Oscuridad. Es divertido. Es divertido”.