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Cuento corto; ¿Un sueño?

Arte5/5/2014
¿UN SUEÑO? (PARTE I)

Cuento corto; ¿Un sueño?

Escucho sonar el celular y pensando que era ella salí de la cama de un salto hasta la mesa de luz, donde lo había dejado cargando. Lo abrupto del movimiento me generó una leve taquicardia que hacía entonces ya más de cinco minutos que tenía, así que decido irme a acostar de nuevo para ver si se iba sola.

Al acostarme a la taquicardia se le sumó un cosquilleo en la parte izquierda del cuerpo, empezando por la pierna y terminando en la cara, al toque recordé que una vez en algún lado había visto, leído o escuchado que si sentías un cosquilleo en medio de una taquicardia significa que estás cerca de un infarto.

Es increíble, la mente tiene esas cosas. Todos somos un poco hipocondríacos por esa persecución de nuestro cerebro que siempre espera lo peor, es un pesimista de mierda, en vez de acordarse de que eso me pasó mil veces antes se acuerda de la noticia esa que ni siquiera sé si es noticia médica o algo que dijo mi abuela en algún almuerzo familiar, perdiendo entonces todo peso y careciendo de esta manera de cualquier dosis de fundamento científico.

En fin, la taquicardia seguía y el cosquilleo parecía no querer irse, igualmente tengo que admitir que un poco lo disfrutaba, no sé el porque pero a uno le gusta que se le duerman las extremidades, es linda la sensación. Como la taquicardia me seguía jodiendo pensé en hacer un pensamiento evasivo que siempre funciona, el cual consiste básicamente en desconcentrar a la cabeza de la situación por la que está pasando nuestro cuerpo, una especie de 7 que se lleve la marca mientras el 10 se la entrega al 9 que tiene la posta para definir. Comencé entonces a hacer un repaso de mi vida, a menudo lo hago cuando me voy a acostar y no consigo conciliar el sueño, el resultado es siempre el mismo; duermo como un bebé.

Me fui bien lejos en el tiempo, recordé las charlas con el uruguayo bicicletero que siempre nos verseaba con algo, el tipo mientras te emparchaba una rueda buscaba dar enseñanzas de vida que con el tiempo te das cuenta que no sirvieron para nada. Ningún conocimiento que nos haya ofrecido lo aplicamos alguna vez en nuestras vidas para algo por más insignificante que sea esa aplicación. El uruguayo era idéntico al remisero de la vuelta, tanto que a este último le decíamos ancho falso, siendo el bicicletero el de espadas sólo por conocimiento previo de su persona y no por mérito.

-¿Dónde estoy?. ¿Y esas luces?. –mis palabras no se dirigían a nadie en particular, porque nadie me estaba acompañando al parecer. Anoche estaba en mi casa y hoy en una sala de hospital.

-Quedate tranquilo que todavía estás bajo los efectos del sedante. –era una señora de cincuenta y pico de años, vestía como enfermera. –Esperame acostado, voy a buscar al doctor.

La señora tenía razón, me sentía muy lento y algo mareado, seguramente se debía a estar sedado.

-Hola Tomás. –respondo a su saludo mientras siguió explicándome la situación. –yo soy el médico que te atendió anoche, me llamo Horacio Rodríguez.

-¿Qué hago acá?, ¿quién me trajo?, ¿qué me pasó? –me sentía muy confundido y todo lo que estaba pasando era demasiado extraño. Necesitaba respuestas.

-Te trajo tu primo. Después te explico el resto, tratá de descansar. –concluyó.

Mientras me hablaba inyectó algo en mi brazo y no pude permanecer despierto mucho más, me dormí con mil preguntas en la cabeza, por empezar quería saber de que primo me hablaba, ya que no tengo primos.

Al despertar ya me sentía un poco mejor pero estaba incómodo, no sé a ciencia cierta cuanto tiempo estuve acostado en esa cama, empecé a estirarme y ví algo que me desesperó, comencé a gritar como nunca antes en mi vida, arranqué en todos los cables que tenía conectados a mi cuerpo y puteé a todo el mundo interrumpiendo mis palabras sólo por la furia de mi llanto.

-Tomás tranquilizate por favor –el médico se hizo presente en la habitación. –sufriste un paro cardiorrespiratorio por obstrucción arterial. Corrió riesgo de tu vida, te pudimos estabilizar, estás mejor.

-Mi pierna! Hijo de puta, mi pierna!. –de no sentirme tan débil le hubiese pegado sin parar hasta verlo muerto tirado en el suelo.
-Estabas verdaderamente grave, de no amputarla hubieses muerto. Entiendo que sea muy difícil para vos pero necesito también que comprendas la gravedad de tu estado.

La alarma del celular me despertó y estaba todo transpirado. Dormitando aún agradecí que mi pierna amputada fuera sólo una pesadilla. Intensa, pero una pesadilla. Decido meterme a bañar ya que por más que anoche me había duchado, la pesadilla me hizo transpirar más que en un partido de fútbol.

A menudo cuando uno sufre de pesadillas tan reales se queda bastante compungido un buen rato y cuesta salir de ese feo momento. Al salir del baño empecé a notar algo raro; no recordaba haberme cambiado, ni siquiera me acuerdo de haber desayunado pero ya estaba manejando rumbo al trabajo, con la particularidad de que el auto que conducía no era el mío, sino uno anterior que yo ya había vendido hacía mucho tiempo atrás.

-Estoy en un sueño otra vez –pensé.

La enfermera me despertó diciéndome que la comida ya estaba lista y que una buena alimentación era fundamental para mi pronta recuperación.

-No puedo creer que esto sea cierto. –dije y volví a llorar. Esta vez no era furioso el llanto sino triste, muy triste. Las dosis de realidad abrupta generan en las personas eso; primero enojo y después aceptación.

-Estas cosas pasan querido, es raro en gente de tu edad, pero pasan. Cuanto antes lo comprendas, mejor será para vos.

-No puede ser que me haya pasado esto, no a mí. Necesito por favor ya mismo hablar con alguien, ¿no vino ningún familiar a verme?.

-¿Y yo quién soy?, ¿acaso ahora no me considerás un familiar? –me dijo la señora con tono risueño.

Pero claro, era la tía Olga. En medio de mi estado de shock mientras me alimentaba, no podía dejar de observarla, algo raro había en todo esto, y para mi fortuna no tardé mucho en recordar que la tía Olga no tenía bigotes. Esto debía ser un sueño de nuevo.

El Sol me estaba pegando muy fuerte en la cara y de un bostezo abro los ojos por un empujón en el brazo.

-Tomá boludo, te compré un pati. Después vemos la guita, no puede ser que te duermas en todos lados, estás hecho un pelotudo. –me dijo Leo. Estábamos en la cancha.

-Boludo no vas a poder creer lo que soñé; estaba en casa y me había dormido con taquicardia, después me levantaba en una clínica con una pierna amputada, y no termina ahí!. Me volvía a despertar en mi casa y manejando el auto…–le contaba mi sueño y me interrumpió:

-Después me contás que ya empieza el segundo tiempo. Tomá,
termina la coca y tirala.

Vaya vueltas de tuerca que tiene nuestra cabeza, somos capaces de una imaginación tremenda a la hora de soñar. La gente empezó a gritar y el segundo tiempo se puso en marcha, todo parecía ir bien pero al cabo de unos minutos me senté a pensar un poco.

-¿Qué hago acá?, ¿cómo salió el primer tiempo?. Nunca vengo a la cancha y menos a la de San Lorenzo, soy hincha de Vélez. La puta madre que me parió, esto es otro sueño.

Lo único que esperaba entonces era despertar en cualquier lado pero no en esa clínica y con la pierna amputada. Esta serie de pesadillas era eterna y parecía nunca acabarse.

Traté de hacer lo posible para salir del escenario mental de la cancha de fútbol pero no podía, los sueños tienen por lo general esa complicidad en la que uno mismo a veces se da cuenta por sí solo que efectivamente es un sueño y entonces se desbarata todo lo soñado y se desmorona la construcción del mismo. Es como si estuviésemos jugando a la escondida y encontramos a alguien, el juego termina. No sucedía lo mismo con esto. No podía irme del sueño este y empecé a creer que quizás esto sí era real.

-¿Qué te pasa pelotudo?, ¿te sentís bien?. –dijo Leo mirándome de reojo mientras veía el partido.

-No se boludo, estoy medio confundido, ¿cómo vinimos hasta acá?.

-¿Me estás cargando?, vinimos en tu auto. A ver si dejás de comer esos hongos de mierda, te están haciendo mal. No es la primera vez que te lo digo.

Leo tenía razón, esos hongos no hacen nada bien. En realidad
siempre Leo tenía razón, yo hacía muy mal en nunca escucharlo, ni a él ni a ninguno de los que me habían advertido varias veces ya sobre el cuidado de mi salud. Pero a mi me gustaban los viajes psíquicos, de hecho no había nada que me gustase más que estar en algunos de esos flashes de locura, porque en ellos la realidad se ve transformada por nuestra propia mente, volviendo al mundo menos ajeno a uno mismo y de esa manera sentirme más cómodo y seguro con la vida en general. El motivo era ese, pero esta vez todo se me fue de las manos.

Hacía mucho calor en la cancha, muchísimo. Termino por decidir ir al baño, y al abrir la puerta y notar que estaba en mi baño percibí nuevamente la señal de que estaba en un sueño.
CONTINUARA...



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