Lucía Fernández es una chica que, entre lo apelotonado de la urbe, no se destaca demasiado. Ella usa ropa de moda, a veces, y otras no, solo gastada; también usa de las dos, combinadas. El hecho es que a Lucía todo le queda bien; será porque es hermosísima (según el influenciable narrador), o bien porque tiene un “no sé qué” que se le sale de adentro e ilumina lo que se quiera poner. De manera similar sucede con el pelo: raras veces se lo peina Lucía, sin embargo da ganas de acariciarlo con la punta de la nariz...
Lucía Fernández no es la chica más llamativa del lugar, sino una de sus amigas; una de las que, cuando tenga edad suficiente, la van a dejar. Para ella nadie importa -mucho menos yo-, porque su ego no le permite ver bien. Pero es justamente su desdén lo que la hace exquisita, una flor difícil de conseguir.
Se pasea bajo el sol y en la plaza suele sentarse a leer. Da placer solo verla y oírla haría enloquecer. Es una de las tantas sirenas que pierden a los hombres, despiadada dama fatal que condensa mal y salud; revitaliza con sus descargas de inquietud y su mirada de luz. Es una llama que dudo se vaya a apagar mientras recuerde volverla a nombrar.
Lucía Fernández es la mujer ideal, una que se ve pero no se puede tocar. Ella es casi una idea, una idea que del hastío rescatarnos podría, si quisiera; una idea que entierre el alma en un barro sin fin, en una deliciosa perdición; es un infierno encantador.
Hoy ha venido a mi hogar y ha acampado para verme despertar. Al abrir los ojos la vi nacer, entre un fondo gris, exterior, tomando el lugar del sol. Me sonrió cómplicemente y se fue, a caminar para salir... y nunca más volver.
Lucía Fernández tiene casi todo lo que necesita una perfecta mujer, juntó partes de historia en su ser y las unió de forma fantástica e increíble. Ella podría ser quien yo creí esperar si no fuera porque acá, en esta fría habitación, acabara de nacer.
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