El último proyecto expositivo en el que interviene directamente el gran fotógrafo francés Henri Cartier-Bresson (1908 - 2004) lo constituye la muestra “Henri Cartier-Bresson and Alberto Giacometti – The Eye Decides", con la cual el fotógrafo quería demostrar las coincidencias entre su trabajo y el del escultor suizo Alberto Giacometti (1901 - 1966).
Las relaciones que han unido a estos artistas van mucho más allá del período durante el que se conocen y lo que intenta demostrar la exposición organizada por la Fondation Henri Cartier-Bresson, son los lazos estéticos que se trazan entre estos creadores, determinados por preocupaciones conceptuales. En principio, la naturaleza de sus trabajos se presenta alejada por los formatos que emplean. La carrera de Giacometti a diferencia de la de Cartier-Bresson, por ejemplo, encuentra motivación en gran variedad de estilos que proceden de épocas distantes. Tal es el caso de la atención que presta el artista suizo al arte prehistórico, bizantino, cubista y futurista. Pero fue el surrealismo el movimiento que quizá más sedujo a Giacometti cerca de los años 30. De hecho para aquel momento, su obra se centra en la búsqueda de representaciones simbólicas, violentas y eróticas. Sin embargo, tan relevante es el surrealismo en el trabajo de este artista como el naturalismo, al que se entrega posteriormente y dentro del que se ubican parte importante de sus obras en las siguientes décadas.
Cartier-Bresson por su parte, además de interesarse también por el surrelismo, pero desde la singularidad de la estética de las imágenes que se generan en él, desarrolla un trabajo donde su lente atiende los instantes, los detalles de la vida cotidiana, las situaciones y momentos determinantes que expresan la realidad de la vida. En este sentido, la obra de Cartier-Bresson se acerca a la de Giacometti puesto que, mientras las esculturas de éste revelan una particular preocupación por el individuo y su relación con el espacio, en Cartier-Bresson la figura humana, también como centro fundamental de interés, atiende a la relación con el entorno entendido como contexto. A nivel estético, las principales afinidades entre los dos artistas surgen de la experimentación con el valor de las figuras en el espacio. Ambos creadores ofrecen así, una imagen del individuo en su soledad, que en el caso fotográfico, queda expresada a través de un juego compositivo entre los pocos elementos de la imagen y el personaje principal de ésta. Mientras que en Giacometti, la imagen del individuo traza su expresividad en figuras de un sugerente tratamiento matérico, que afirman su carácter solipsista en posturas de instantes y estados inquietantes.
Alberto Giacometti:
“En la calle, en el café, las gentes me asombran y me atraen más que cualquier pintura o escultura. Un día huí del Louvre por no poder soportar más, no las obras, sino la verdad de los rostros. En todo momento, los hombres se juntan y se separan, y luego se aproximan para intentar reunirse de nuevo. Así, forman y transforman sin cesar vivas composiciones de increíble complejidad. La totalidad de esta vida es lo que quiero captar”.
Hombres que avanzan, hombres que zozobran. Las plazas llenas de soledad afilada, cada sombra con sus pensamientos. Los alambres de las espaldas y de los torsos, la escueta línea de las piernas sin músculos, los pasos casi aéreos. Y sin embargo caen las preocupaciones sobre el bronce, la carga de la existencia en los hombros.
”Antes creía ver a los personajes de tamaño natural. Cuanto más retrocedía para conservarlos enteros, más disminuían. Sólo desde 1946 comencé a percibir esa distancia que hace a los hombres reales y no el tamaño natural. Mi visión se hizo más amplia”.
Cuenta la leyenda que Giacometti, durante los cuarenta años que vivió en el mismo estudio no cambió o movió prácticamente nada. Y durante sus últimos veinte años retomó una y otra vez los mismos cinco o seis temas.
Hombre que avanza, hombre que zozobra. Hombre que atraviesa el estudio con otro hombre en brazos. Hombre que cree avanzar y ve que la zozobra le invade. Hombre que se yergue de nuevo ante la zozobra y que sigue avanzando.
En el fondo, siempre cinco o seis temas.
Henri Cartier-Bresson:
Cada vez que pudo, lo dijo: "la cámara es la "prolongación de los ojos" y también decía que para fotografiar hay que alinear "ojos, cabeza y corazón en el mismo eje". Henri Cartier-Bresson, que de él se trata todo esto, buscaba "El instante decisivo" (así se llamó un libro que publicó en 1952): captar "en una fracción de segundo el significado de un acontecimiento y la justa organización de las formas".
Trabajaba agazapado, moviéndose rápido, en puntas de pie, como un "intruso". Y su resistencia a sacarse fotos le valió el calificativo de, al menos, reservado.
Las relaciones que han unido a estos artistas van mucho más allá del período durante el que se conocen y lo que intenta demostrar la exposición organizada por la Fondation Henri Cartier-Bresson, son los lazos estéticos que se trazan entre estos creadores, determinados por preocupaciones conceptuales. En principio, la naturaleza de sus trabajos se presenta alejada por los formatos que emplean. La carrera de Giacometti a diferencia de la de Cartier-Bresson, por ejemplo, encuentra motivación en gran variedad de estilos que proceden de épocas distantes. Tal es el caso de la atención que presta el artista suizo al arte prehistórico, bizantino, cubista y futurista. Pero fue el surrealismo el movimiento que quizá más sedujo a Giacometti cerca de los años 30. De hecho para aquel momento, su obra se centra en la búsqueda de representaciones simbólicas, violentas y eróticas. Sin embargo, tan relevante es el surrealismo en el trabajo de este artista como el naturalismo, al que se entrega posteriormente y dentro del que se ubican parte importante de sus obras en las siguientes décadas.
Cartier-Bresson por su parte, además de interesarse también por el surrelismo, pero desde la singularidad de la estética de las imágenes que se generan en él, desarrolla un trabajo donde su lente atiende los instantes, los detalles de la vida cotidiana, las situaciones y momentos determinantes que expresan la realidad de la vida. En este sentido, la obra de Cartier-Bresson se acerca a la de Giacometti puesto que, mientras las esculturas de éste revelan una particular preocupación por el individuo y su relación con el espacio, en Cartier-Bresson la figura humana, también como centro fundamental de interés, atiende a la relación con el entorno entendido como contexto. A nivel estético, las principales afinidades entre los dos artistas surgen de la experimentación con el valor de las figuras en el espacio. Ambos creadores ofrecen así, una imagen del individuo en su soledad, que en el caso fotográfico, queda expresada a través de un juego compositivo entre los pocos elementos de la imagen y el personaje principal de ésta. Mientras que en Giacometti, la imagen del individuo traza su expresividad en figuras de un sugerente tratamiento matérico, que afirman su carácter solipsista en posturas de instantes y estados inquietantes.
Alberto Giacometti por Henri Cartier-Bresson, 1961.
Alberto Giacometti:
“En la calle, en el café, las gentes me asombran y me atraen más que cualquier pintura o escultura. Un día huí del Louvre por no poder soportar más, no las obras, sino la verdad de los rostros. En todo momento, los hombres se juntan y se separan, y luego se aproximan para intentar reunirse de nuevo. Así, forman y transforman sin cesar vivas composiciones de increíble complejidad. La totalidad de esta vida es lo que quiero captar”.
Hombres que avanzan, hombres que zozobran. Las plazas llenas de soledad afilada, cada sombra con sus pensamientos. Los alambres de las espaldas y de los torsos, la escueta línea de las piernas sin músculos, los pasos casi aéreos. Y sin embargo caen las preocupaciones sobre el bronce, la carga de la existencia en los hombros.
”Antes creía ver a los personajes de tamaño natural. Cuanto más retrocedía para conservarlos enteros, más disminuían. Sólo desde 1946 comencé a percibir esa distancia que hace a los hombres reales y no el tamaño natural. Mi visión se hizo más amplia”.
Cuenta la leyenda que Giacometti, durante los cuarenta años que vivió en el mismo estudio no cambió o movió prácticamente nada. Y durante sus últimos veinte años retomó una y otra vez los mismos cinco o seis temas.
Hombre que avanza, hombre que zozobra. Hombre que atraviesa el estudio con otro hombre en brazos. Hombre que cree avanzar y ve que la zozobra le invade. Hombre que se yergue de nuevo ante la zozobra y que sigue avanzando.
En el fondo, siempre cinco o seis temas.
Henri Cartier-Bresson:
Cada vez que pudo, lo dijo: "la cámara es la "prolongación de los ojos" y también decía que para fotografiar hay que alinear "ojos, cabeza y corazón en el mismo eje". Henri Cartier-Bresson, que de él se trata todo esto, buscaba "El instante decisivo" (así se llamó un libro que publicó en 1952): captar "en una fracción de segundo el significado de un acontecimiento y la justa organización de las formas".
Trabajaba agazapado, moviéndose rápido, en puntas de pie, como un "intruso". Y su resistencia a sacarse fotos le valió el calificativo de, al menos, reservado.