Por aquella calle de adoquines, de veredas bien arboladas y tenue iluminación, vivía nuestro personaje el pete, Petete originalmente; el apodo se lo puso su primera barra de amigos en el barrio nuevo. Recientemente mudado, observaba por la ventana a otros niños jugando a la pelota, allá abajo, en medio de una calle nada transitada.
-Ve a jugar con ellos
Le dijo la madre y él no se lo pensó mucho; bajó corriendo los dos pisos por escalera integrándose al grupo. No era muy habilidoso con la pelota, pero ponía garra, tripa y corazón. Cuando terminó el partido, de cuyo resultado no quiero acordarme, uno de sus nuevos amigos le encontró algún parecido con el Libro Gordo de Petete, y para siempre ese fue su apodo. A mitad de cuadra estaba la casona abandonada, cuyo portón de garaje era el arco ideal, y la cochera de enfrente, la otra golera; pobres los ocupantes de aquella casa, les rompimos, recuerdo, varios vidrios y abollado todo el protón pero… ¿qué podían hacer?, después de todo “la calle es publica” y además, su dos hijos varones, también pertenecían a la pandilla; la pandilla de la casita en el árbol. La construimos pidiendo tablones en todas las obras del barrio, al igual los clavos; el martillo lo puse yo, eso lo recuerdo bien porque luego lo perdí y mi mamá me retó.
En la esquina del barrio, el infaltable medio tanque que por las noches vendía choripan y vino suelto en vaso. Una inolvidable tarde, aconteció que el asador, no tenía leña para prender el fuego; dos amigos y yo jugábamos a la bolita en el jardín de un vecino cuando se acerco y nos propuso:
-Uso las maderas de su casita, y les doy un chorizo y una coca a cada uno, ¿les parece?
Los tres nos miramos extrañados y… creo fui yo, quien dijo “Sí.” Esa noche, el medio tanque de la esquina acabó con nuestra casita… y nosotros con el choripan. Cuando quise acordar los años pasaron, y el viento del norte, trajo un shoping donde había una cárcel, un Mac Donald donde había un bar… y los comercios del barrio florecieron; incluso el medio tanque, que ahora ocupa toda la casa de dos plantas en esa misma esquina, y ya no cambia madera por choripan, ni yo hago casitas en los árboles, y aunque los adoquines quedan, ya no la casa abandonada.
By: Cuentista
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