InicioArteLas mujeres. Jorgelina.E.Rodriguez.


N pensó que las palabras que había proferido al pájaro fueron dagas.
No siente como tantos que perpetuamente están en una guerra de letras. Que ciertas tácticas, vestidas de verdades, armadas de lenguaje; seducen, constituyen, crean, deforman, destruyen...
N quiere dejar de pensar. ¿Cómo pensar?, ¿cómo dejar de hacerlo?, ¿sin dagas?, ¿sin rosas?
Es necesario un día blanco, postergar lo que no podemos resolver.
Una vez sintió que sólo hay una clase de problemas, los que se resuelven. Los otros son imposibles, terreno de dioses.
Amar imposibles es postergarse, pero también una forma (si las hay) de mantenerse en carrera.
Recordó sin palabras, nuevamente en el más verdadero de los mundos, su historia, tras tomar nuevamente el brebaje que lo hacía levantarse como las olas para quedar en la arena.
N vio una playa de arenas suaves. Su propio ser y una mujer que quería volar. El paisaje se cubría de naranja y azul, se imponía mágico, soñado.
Las olas de un mar furioso golpeaban las piedras moldeadas por la constancia de siglos.
N pensaba que la mujer era únicamente una mirada.
Ni labios, ni senos, ni muslos, ni voz. Ni...
Mirada que cae y hace signo. Aquél que necesitamos cuando el camino no tiene señales que nos digan dónde seguir.
Ojos llenos de lluvia ámbar, de escarabajos de oro, dando luz en noches oscuras, o dardos envenenados que nos hacen gusanos pululando entre cuerpos conocidos o extraños.
La mujer perdió el brillo que N deseaba en sus ojos, y quedó varada en la playa, convertida en piedra.
N y la mujer sabían que no es lo mismo el amor que el sexo.
“Seguimos siendo dualistas -murmuraba- el sexo circunscrito al cuerpo, el amor al alma.
Hay distintas formas de tener sexo y diferentes modos de amar. Pero mi cuerpo es puro alma, ¿O SERÁ ALMA MI CUERPO? De todos modos, no existe uno sin el otro”.
Alicia continúa soñando...

Esa historia vino del pasado de otras mujeres que dejaron huellas.
Cuando estudiaba en la facultad encontró a una mujer de cabellos ondulados.
Descubrió junto a ella el otro cuerpo, distante de la medicina, punto de anclaje y frustración del deseo.
Él teoriza ¿si satisficiéramos nuestro deseo quedaría algo por lo que desear?
N analiza su relación con Paloma; “hice una versión de padre con esta mujer que quería (sin saberlo) explorar otros caminos, esto funcionó mientras se pudo tapar el sol con un dedo. No fue con intención pero ella fue moldeándose a mi forma. Hasta que, sorprendida, se halló sin fe en el padre. Se erigió como deseo de otros hombres y me abandonó. Paloma abrió sus alas...
Podemos cambiar de religión, de sexo, de ideología, de nombre, de ciudad, hacer de nuestras vidas una huida constante (siempre huimos de nosotros mismos), pero no podemos cambiar la única versión de padre que heredamos.
Según sea ésta, reconoceremos o no nuestra sexualidad, el erotismo, el o los objetos de satisfacción del deseo que nunca alcanzan a satisfacer nada. Porque nada es lo que se encuentra”.
Hubo entre los dos un último abrazo y se escuchó: –“Sólo soy medio hombre”.
N, quien está acostumbrado a cargar pesos, no escuchó: –“Sólo soy medio mujer”
A los treinta años se piensa distinto -se dijo- (eso es mentira). Siente igual que a los quince. Mantiene su esencia, a pesar de una promesa de cambio que alguien (su madre), alguna vez, le anticipó.



Buscó (porque ya había encontrado) una mujer que lo hizo padre.
En esos días una luz se apagó. Murió su madre. Las lágrimas no alcanzaron a expulsar el dolor de su ser. Puro llanto N. Vacío existencial que hace más insoportable el estar. La mujer que lo hizo padre deja de existir como mujer, para convertirse únicamente en madre. Andrea..., sustituto finito.


Es por ello, por su lacerante duelo que N no pudo ver más que una mirada en la mujer de la playa. Los sueños que ella tenía se convirtieron en una obsesión. Sus pensamientos quedaron a medio decir. Serpenteó el tiempo, grabando cada instante de su amante/amado, interpretándose roca. También tenía ella, escrito con huellas invisibles a los ojos de otros, un pasado que la obligaba a caminar en círculos. Con su machacada pregunta “¿Por qué, por qué?”
Murió de rabia, acostada en la arena de cara al sol.
Su piel se marcó y reveló su verdadera edad. Sus labios se secaron y aprendió que el agua de mar es salada, como lo son las lágrimas, y en lugar de calmar la sed la aumenta.
¿Será por ello que nos gusta tanto el mar? -se consolaba Alicia- ¿Se puede creer que contiene todas las lágrimas y es pura melancolía?
Comprendió que llorar traía más tristeza y dejó de hacerlo.
Pasaron demasiadas lunas y siguió en la arena. Ahora desnuda.
Pensó en su hombre, que para ella eran todos los hombres del mundo, y que sin quererlo, en una muerte de sol, se marchó en la búsqueda de su falta.
Si falta algo, ¿amamos? ¿O empezamos a entender que nada alcanza?, Alicia se pegunta en su interior.
Ese hombre era todos sus hombres porque fue cierto para ella.
La mujer intuyó que N era un todo homogéneo conformado de partes opuestas.
Posesivo pero desposeído.
Amado y amante.
Tierno y violento.
Valiente y cobarde.
Trozos de cada hombre de esta mujer.
Hacerse un objeto deseable ha sido su ambición.
La mujer para no desaparecer debió ambicionar tener pasiones propias y no apasionarse por las emociones de N.
He aquí su cruel conclusión: El otro ser nunca nos pertenece.
N se incorporó de la arena donde yacía al lado de la roca (mujer en ausencia) y se marchó.
En la noche lágrimas se encadenaron en sus mejillas por tantos yerros, encuentros que culminaron en despedidas y cadenas que vencieron a sus más implacables guerras.
N está convencido que se encuentra en una madeja de anciana vieja que enreda en lugar de ordenar sus lanas. Debo continuar -se dice-, el orden llegará como me lo ha dicho el chamán por su propia voluntad y no a mi antojo. Es necesario que desmantele la historia con las mujeres de mi vida, y ello me es posible a través de los viajes internos.
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