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Robert Lowell, la poesía como diario

Arte5/20/2013
Robert Lowell, la poesía como diario

Por Guillermo Saccomanno

En una foto, donde debe rondar los cuarenta, a Robert Lowell se lo ve como a un Clark Kent poseído, con una mirada que radiografía, capaz de hurgar a fondo en sí mismo y en los demás, tan a fondo que inspira temor. Nadie como él supo que era otro, que todos somos otro, y ese otro no es precisamente un superhombre. Nada aconsejable para la salud mental mirar así. Alcohólico perdido, sufrió más de veinte internaciones en distintos manicomios. Cuando de una universidad lo invitaban como escritor residente pedía, además de una casa, un psiquiatra mínimamente competente.

Lowell había nacido en Boston en 1917. Su familia era patricia y calvinista. En el árbol genealógico se destacaban algunos poetas. Muy joven, Lowell se convirtió al catolicismo. Y al escribir sus primeros versos sus referencias fueron tanto los testamentos como los griegos. Sus obsesiones serían, para siempre, la culpa, el castigo, el suicidio. Al estallar la Segunda Guerra se alistó en el ejército, pero al conocerse los bombardeos aliados a poblaciones civiles se hizo objetor de conciencia. “¿Cómo puede/ la guerra cambiar en mí/ el hombre antiguo en uno nuevo?”, escribió. Y citando a Melville: “Todas las guerras son de muchachos”. La resistencia a combatir le acarreó una condena a un año y un día de prisión. Muchos atribuyeron su locura a este período de encierro.

(...) Tuvo discípulas como Sylvia Plath y Anne Sexton, tanto o más temibles que él. Ninguna sería más afortunada que el maestro. Una mañana, después de llevarle el desayuno a sus hijos, Plath metió la cabeza en el horno de la cocina. A Sexton, bellísima y borracha, con sus cócteles de psicofármacos, no le iría mejor. Las dos siguieron sus pisadas: la poesía como escritura autobiográfica. Life Studies puede considerarse un manifiesto íntimo. En sus poemas, auténticos estudios existenciales de un obsesivo, Lowell no se expone sólo a sí mismo. También eviscera a quienes lo rodean: sus padres, sus cónyuges, sus hijos. En un poema acusa a su madre por su frivolidad, los chismes que provocaba y los estropicios pasionales que deterioraron a su padre. También la responsabiliza por haberle creído a un psiquiatra de la familia el diagnóstico de locura que hizo de su hijo. El psiquiatra convenció además al pequeño Lowell de que era un hijo no deseado. Más tarde el hijo se enteraría de que su madre, además de socia en los negocios del psiquiatra, era su amante. “Mi madre era bastante más idiota/ de lo que fueron todas mis mujeres”, escribió. Aunque insistió en casarse tres veces, Lowell comparaba el matrimonio con la nada.
En su poesía no se salva siquiera Harriet, su hija adolescente. Adrienne Rich y Wystan Auden no le perdonaron el extremismo confesional. Seguramente a Auden lo irritaba que Lowell compusiera la poesía que él hubiera querido escribir. Lowell no les llevaba el apunte a sus detractores. Estaba demasiado solo y metido en su trabajo. Sin negar a Whitman y a Pound, su poesía se distancia del primitivismo de Robert Frost y los aullidos contestatarios de Allen Ginsberg. Refinado y a la vez impiadoso, Lowell alterna la cita culta con la cotidiana. “Se comienza a espesar la nevada de Boston/ como si se tratase de una venda/quirúrgica, amarilla/ ¡Lo puta que es la vida!

Poemas como instantáneas, autorretratos cada vez menos autocomplacientes. Lowell no les escapa ni al mito ni a la tragedia íntima, sabe conectar la cuestión social con el infierno privado. Estas claves explican por qué su poesía sigue conmoviendo. En la actualidad ostenta el rango de un clásico, pero incómodo. “Circe y Ulises”, el poema que abre Día a día, apela al mito homérico. Utiliza a su mujer y a su hijo, Sheridan, presente en la lectura pública del poema. Lo más recóndito de lo doméstico, después de Lowell, no volvería a ser lo mismo en la poesía estadounidense. Su sombra habría de sobrevolar la poesía descarnada de Raymond Carver.

A los sesenta años, Lowell admitió: “Después de los cincuenta no hay reloj que se pare”. En “Muerte de un crítico” apuntó: “Tediosos, antipáticos y a punto de extinguirse/ veía yo a los viejos, / blanco preferido de mis burlas,/ hasta que el tiempo, que lo cura todo, me hizo como ellos”. Lowell debía reconocerlo: “He llegado a ser mi propio fugitivo”. En 1977, escapando de las ruinas de su tercer matrimonio, volviendo de un vuelo desde Londres, aterriza en el otoño de Nueva York. Sube a un taxi, le da una dirección: la de su segunda esposa. Cuando el taxi llega, el pasajero parece dormido. La mujer baja a la calle. Lowell está muerto. Hacía una semana terminaba de publicar su último libro Day by day.(...)


***

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A THEODORE ROETHKE


Toda la noche te revolcaste en mi sueño,
pero en la mañana estabas perdido
en el cielo de Maine, cercano, frío y gris,
nube humo y nubes color humo.

Como oveja, reptil insociable,
dos patos chillando y salpicando en el agua,
somormujos recayendo en lo monocromo.
Honraron la naturaleza,

Desvalida, elemental criatura.
El negro muñón de tu mano
sólo tocó las aguas bajo la tierra,
y las dejó sensitivas con tu nombre…
Ahora honras la madre,
omnipresente,
ella te hizo inexistente,
ancla del océano, nuestra alta marea.

***


En Yaddo compartiste un baño con el morral
de un pintor de árboles cuyos idiotas saltaban en el estanque,
el estanque de tus blues en el que deseabas sumergir tu cabeza…
Toda la noche amigo mío, no amigo, nadas en mi sueño;
esta mañana estás perdido en el cielo de Maine,
cercano, frío, gris, nube de humo y de color de humo.
Gregario, insociable, ofídico, los cuervos





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SYLVIA PLATH


¿Un talento loco en miniatura? Sylvia Plath,
¿quién limpiará el escupitajo de tu integridad,
alzándose en la silla para azotar en Auschwitz,
la vida rasgando esto o aquello, Yo soy una mujer?

¿Quién dará a la joven graduada en matrimonio,
abeja reina, desnuda, sin reinado, avergonzando su vergüenza?
Cada importante inglés diciendo: “Yo soy Sylvia,
odio el matrimonio, debo odiar los niños”.

Incluso los hombres sienten horror de la maternidad,
niños tamaño madre cortándonos en dos,
sesenta mil infantes norteamericanos por año,
M. I. I., Muertes Infantiles Inexplicadas,
nacidos físicamente sanos y robustos, rehusan vivir,
Sylvia… el expandido torrente de tu ataque.




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JUGANDO PELOTA CON EL CRITICO


Para Richard Blackmur

Se puede enseñar a los escritores a devolver la pelota
a la policía, sonreír e incluso gustar de eso;
gusta a los críticos, sonríen, devuelven la pelota con una patada.
Nuestros adolorados músculos engatilladosfuncionan como testículos;

¿aprenderemos lentamente a agacharnos y bloquear el golpe?
¿Es una forma de intensidad o de sentir por la forma?
Tu visión lacera tu sintaxis.
La lógica es fanatismo… En tu primer y mejor libro,

no te distancias de las peculiaridades de la vida…
Desearía poder recorrer las herbosas calles de la vieja Nueva York,
convirtiéndome en cada objeto que mirara,

deteniéndome por el que no tiene prisa, oír al viejo Walt Whitman:
“Si tu me prestas un dólar, ayudarás
a adormecer la inmortalidad”.




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CHE GUEVARA
(CENTRAL PARK)


Semana del Che Guevara, cazado, herido,
hecho prisionero un día perdido, luego abatido como un gángster
por oro, por justicia (la violencia restallando en la violencia,
la piedra en la piedra, el cuerpo de nuestro último profeta armado
expuesto en la bañera de una barraca, bañado por las linternas…
Las hojas se encienden, todavía verdes, esta tarde,
y arden en rojos fragmentos; nuestro árbol, podado
para seguir viviendo, se hincha de rústico bocio,
bajo los idénticos dieciséis pisos de apartamentos del Park…
los pobres latinos demasiado nuevos para nuestro nuevo mundo,
Manhattan, donde nuestras cerradas, ilícitas manos,
pulsan, detiene el latir de mi sangre como si yo hubiera tocado piedra…
Descanso al proscrito… los reyes una vez se ocultaban en árboles
con precios sobre sus cabezas, y esperaban la caza.




Robert Lowell, la poesía como diario

T. S. ELIOT


Atrapado por las dos corrientes del tráfico, en la tiniebla
del Salón de los Recuerdos y de los caídos en guerra de Harvard… Y él:
“¿No aborreces ser comparado con tus familiares?
Si. Acabo de hallar dos de los míos reseñados por Poe.
Barrió el piso con ellos… Y yo estaba fascinado”.
De seguidas con su paso de alguacil a través del Salón,
hablando de Pound: “Sus fiestas para decir que él solo
pretende ser Ezra… Aunque él es mejor. Este año
ya no piensa reconstruir el templo de Jerusalén.
Si, él es mejor. ‘Habla’, decía, después de haber hablado por dos horas.
Pero entonces yo no tenía absolutamente nada que decir”.
Ah, Tom, una musa, una música, que sea una tu suerte –
¡perdido en la oscura noche de los brillantes habladores,
humor y honor de esa perdurable ganga!




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PARA ELIZABETH BISHOP


III. Carta con poemas para carta con poemas

“Tienes derecho a inquietarte, sólo que por favor NO lo hagas,
aunque yo misma lo esté un poco. De alguna manera
me he topado con la peor situación que jamás
me haya tocado. No puedo vislumbrar la salida.

Cal, ¿alguna vez has atravesado cavernas?
Yo lo hice en México y las odio.
No lo he hecho en la famosa cerca de aquí…
Al final, después de horas de andar tropezándote,

ves la luz del día allá delante, un débil destello azul;
el aire nunca pareció más bello.
Así es como siento lo que espero:

un débil destello de que voy a salir
de algún modo viva de esto. Tu última carta me ayudó,
como si hubieras enviado una linterna o un bastón con punta”.




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EZRA POUND


Echado en un sillón del pabellón
de los locos criminales… Un hombre sin trenzas en los zapatos arañando
la eslora del Seguro Social de tu mesa, y tu diciendo:
“… aquí con un traje negro y un maletín negro; en breve,
una abominación, el homenaje de Possum a Milton”.
Entonces saltó; Rapallo, y la década ida;
y tres años más tarde, muerto Eliot, tu diciendo:
“¿Quién ha quedado vivo y puede entender mis chistes?
Mi viejo Hermano en el arte… además, era un desastre
de poeta”.
Me mostraste tu manchadas y curvas manos diciendo: “Gusanos.
Cuando dije todas esas insensateces sobre los judíos en la radio
romana, Olga sabía que era pura mierda, y sin embargo me amaba”.
Y yo: “¿Quién otro ha estado en el Purgatorio?”.
Tu: “Yo entré con una cabeza enorme y terminé con pies hinchados”.




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LOUIS MACNEICE


Una docena de niños visitaría otra media docena;
allá abajo un niño perdido aporrea un piano,
sacando de nota en nota las que eran saltarinas railties;
las teclas negras parecían aporreadas y se volvían blancas.
Los juegos que el niño oía afuera y se perdía
eran de una densa intensidad y vulgaridad –
no es necesario ser Bach para ser lo que somos…
Louis, mirando a su padre, el obispo, vadeaba
descalzo un arroyo de truchas, enterándose de lo que por primera vez
le agradaba: “¡Qué feos pies¡”. Hasta los treinta temió



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F. O. MATTHIESSEN


Mathiessen saltando del hotel al norte de Boston,
rompiendo su maníaca barrera a la desesperación;
¿un patriota como las antorchas humanas de estudiantes checos?
¿o un homicidio involuntario? Quién sabe a quién hubiera matado,

cayendo escuetamente allí como una concha. Yo temo
pisar esta calle, su calle hasta para nuestra izquierda
en gala antiestalinista 1950 –
Yo no mataría ni me dejaría matar por mi alma,

como Stonewall Jackson chupando el alma de un limón…
Mattie, su broche pirata de Yale en el aparador,
divido entre su terrible amor homosexual

por las formas y su anárquico amor por el hombre…
murió, único como la Unión, yace congelada carne,
los indelebles colores perdidos para la lascivia y la acusación.




Robert Lowell, la poesía como diario

WILLIAM CARLOS WILLIAMS


¿Quién amó más? William Carlos Williams,
en traje negro colegial, abrigo de gabardina,
y zapatos pulidos como el cedro de los yates,
vagando con pies de plomo por su jardín al borde del pueblo,
hombre y flor inseminados con tres trazos de otoño,
sus ojos marrones, opacos, agrandados por los lentes: los de una hormiga;
su Madre, sorda como una piedra, su rostro un raigón ceniza,
su pelo la quemada ceniza de fresca yerba puertoriqueña;
su negro, ciego, bituminoso, ojo inquisitorial.
‘Mamá”, dice él, ‘¿qué más o menos verías aquí,
a mí o a dos rubias?’ Y más tarde ‘La vieja zorra
pasa los cien, mañana haré un saque’.
El dijo: ‘Ten sesenta y siete y más
atractivo para las niñas que cuando tenía dieciséis’.




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JOHN BERRYMAN


Creo saber por todo lo que has pasado, tu
sabes por todo lo que he pasado – somos palabras;
John, usamos el lenguaje como si lo hubiéramos creado.
La suerte tiró una moneda y la trama la engulló,
monstruo que bosteza por su puerco potaje.
Ah, privacidad, como si hubiéramos preferido subir
a una roca junto a un musgoso arroyo y contar ovejas…
a la fama que renueva el alma pero no el corazón.
La marea que sale abandona maravillas: ríos, linguini,
latas de cerveza, sangre, moluscos; cómo corren alegres
para atrapar la onda – Herbert, Thoreau, Pascal,
nacidos para morir con los dilatados corazones de atleta a los cuarenta-
Abraham procreaba con menos afán,
el cielo su amigo, su paje, la tierra.



(enero, luego de su muerte)

Tu noroeste y mi Nueva Inglaterra son heno y hielo;
el invierno en Inglaterra es todavía un verde fuera de estación,
aquí la noche cae a las cuatro. ¿Cuándo te veré,
John? Centelleante regresas a mi memoria,
una red muy anchamente tejida para atrapar pececillos.
Barba de cerda, los victorianos despertando se te parecían…
la pasada Navidad en Chelsea donde murió Dylan Thomas-
ininterrumpible, vehemente sin impudicia,
del más alegre paño y rudamente torcido.
“Durante la cena estuve pensando que jamás volvería a verte”.
Un año de furia sin beber, tres o cuatro libros…
Estudiante en esencia, mejilla rasurada como Joyce,
forzando tu sitio en la carrera del equipo, sangrando tu trasero –
suicidio, el inalienable derecho del hombre.



A JOHN BERRYMAN



En los últimos años sólo nos veíamos
cuando andabas de un lado para otro
y leías como embriagado
tu Dream demoledor-
audible, sonoro…
en otro mundo entonces como ahora.
yo quería seguir viviendo
para evitarme tu elegía.
Pero en realidad nuestra vida fue la misma,
la habitual
que nuestra generación ofrecía
(Les Maudits- el agasajo
que cada generación de americanos
se hace al llegarle el turno):
primero alumnos, luego profesores,
nuestra galaxia de grands maîtres,
en los cincuenta, becas de estudio
en París, Roma y Florencia,
excombatientes de la Guerra Fría, no de la Guerra-
lo mejor que la vida puede dar…
soñando más tarde en el whisky de las seis,
esperando el fuego con hielo,
hasta el tacto del vaso frío,
como el que aguarda a una muchacha…
si tú hubieras esperado.
Quisimos obsesionarnos escribiendo
y lo hicimos.
¿Te levantas tan aturdido como yo,
y encuentras las gafas olvidadas dentro de un zapato?
Algo me oprime el corazón con fuerza-
allí, aquí todavía, los buenos tiempos
en que nos sentábamos junto a un lago frío en Maine,
hablando del Cuento de Invierno,
los celos de Leontes
en la sintaxis quebrada de Shakespeare.
Tú fuiste el primero el triunfar.
Precisamente el otro día,
di con la diferencia que existe entre nosotros- el humor…
incluso en esta última Dream Song,
riéndote de la escapada sigilosa
de tu hogar y tus clases-
para saltar desde el puente.
Las muchachas no moverán la escarcha de tu tumba.
Para mi asombro, John,
te rezo a ti, no por ti,
pienso en ti, no en mí,
sonrío y me duermo.


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