StreetHassle
Usuario (Argentina)
En los sueños empiezan las responsabilidades Delmore Schwartz 1 Creo que es el año de 1909. Me siento como si estuviera en una sala de cine, el largo brazo de luz cruza la oscuridad y gira, mis ojos fijos sobre la pantalla. Se trata de una película muda, semejante a las viejas películas documentales, donde los actores visten ropas anticuadas hasta lo ridículo y donde un instante sucede a otro con saltos repentinos. También los actores parecen avanzar a saltos y caminan demasiado rápido. Las imágenes están surcadas por marcas y rayas, como si estuviera lloviendo cuando la película se tomó. La luz es mala. Es una tarde de domingo, es el 12 de junio de 1909, y mi padre desciende por las calles tranquilas de Brooklyn. Va a visitar a mi madre. Sus ropas están recién planchadas y tiene la corbata firme en el cuello largo. Juega con las monedas en sus bolsillos, piensa en las cosas ingeniosas que dirá. Por lo pronto me siento totalmente relajado en la oscuridad acogedora del cine; el organillero acompaña musicalmente las emociones obvias e inmediatas que envuelven al público sin que este lo note. Soy un espectador anónimo y me he olvidado de mí mismo. Siempre es así cuando uno va al cine; es, como dicen, una droga. Mi padre camina de una calle a otra entre árboles, prados y casas, de vez en cuando llega a una avenida donde un tranvía se desliza y se amarra, avanzando despacio. El conductor, que tiene un bigote de cantinero, ayuda a subir al tranvía a una joven señora que lleva un sombrero de plumas. La mujer se levanta las enaguas ligeramente mientras sube la escalerilla. Con toda calma, el conductor se dispone a arrancar y toca su campanilla. Obviamente es domingo; todos llevan ropa de domingo y los ruidos del tranvía enfatizan la calma del día libre. ¿Acaso no es Brooklyn la Ciudad de las Iglesias? Las tiendas están cerradas y tienen las cortinas caídas, a excepción de alguna papelería o de una farmacia con grandes globos verdes en la ventana. Mi padre ha escogido hacer este rodeo porque le gusta caminar y pensar. Se imagina a sí mismo en el futuro y de este modo llega al lugar de su visita en un estado de suave exaltación. No se fija en las casas que deja atrás, donde hay gente comiendo, ni en los árboles que vigilan las calles, acercándose ya a su pleno reverdecimiento y al tiempo en que la sombra fresca de su follaje ocupará toda la calle. De vez en cuando pasa una carroza, los cascos de los caballos suenan como piedras que cayeran en la tarde tranquila, y de vez en cuando un automóvil resuena y sigue de largo, con la apariencia de un sofá enorme y tapizado. Mi padre piensa en mi madre, piensa en lo agradable que sería presentarla a su familia. Pero todavía no está muy seguro de que quiera casarse con ella, y a veces le aterra la posibilidad de que el lazo fuera ya indisoluble. Recobra la confianza pensando en los grandes hombres que admira y que están casados: William Randolph Hearst, y William Howard Taft, que acaba de ser electo presidente de los Estados Unidos. Mi padre llega a casa de mi madre. Llegó muy temprano y este hecho lo desconcierta repentinamente. Mi tía, la hermana de mi madre, sale a contestar el timbre ruidoso con la servilleta en la mano, porque la familia está aún comiendo. Mientras entra mi padre, mi abuelo se levanta de la mesa y le estrecha la mano. Mi madre ha subido corriendo las escaleras para arreglarse. Mi abuela le pregunta a mi padre si ya comió, y le dice que Rose bajará enseguida. Mi abuelo inicia la conversación con un comentario sobre el plácido clima de junio. Mi padre se sienta incómodamente cerca de la mesa, sosteniendo su sombrero en la mano. Mi abuela le dice a mi tía que se encargue del sombrero de mi padre. Mi tío, de doce años de edad, entra corriendo en la casa, despeinado. Saluda a mi padre con un grito –mi padre tiene la costumbre de darle siempre un níquel—y luego sube corriendo las escaleras. Es evidente que el trato de respeto que se le da a mi padre en esta familia va suavizado por una dosis considerable de buen humor. Mi padre causa una buena impresión, y sin embargo está muy apenado. 2 Mi madre baja finalmente las escaleras, ya lista, y mi padre, que está embarcado en una conversación con mi abuelo, se incomoda, no sabiendo si saludar a mi madre o continuar la conversación. Se levanta de la silla con torpeza y dice “hola”, a secas. Mi abuelo observa, examinando el comportamiento de ambos con un ojo crítico, y mientras tanto se frota la mejilla áspera, barbada, como lo hace siempre que reflexiona. Está preocupado; teme que mi padre no sea un buen esposo para su hija mayor. En este punto algo le sucede a la película, justo cuando mi padre está bromeando con mi madre; vuelvo a ser conciente de mí mismo y de mi infelicidad, precisamente cuando mi interés aumentaba. El público empieza a aplaudir, impaciente. Se arregla la falla pero la película ha sido retrocedida a una parte que ya pasó, y una vez más veo a mi abuelo frotándose la mejilla y examinando el temple de mi padre. Es difícil olvidarme de mí mismo y volver otra vez a la película; cuando mi madre se ríe simplonamente con las palabras de mi padre, la oscuridad empieza a ahogarme. Mis padres salen de la casa, mi padre toma una vez más la mano de mi madre, no sin cierta incomodidad. Yo también me agito incómodamente, arrumbado en la vieja butaca del cine. ¿Dónde está mi tío mayor, el hermano mayor de mi madre? Está estudiando en el cuarto de arriba, estudia para su examen final en el Colegio de Nueva York, al cabo de veintiún años iba a morir de una pulmonía fulminante. Mis padres bajan otra vez por las mismas calles tranquilas. Mi madre va tomada del brazo de mi padre y le cuenta de la novela que ha estado leyendo; mi padre opina sobre los personajes conforme mi madre le revela la trama. Esta es una costumbre que le agrada muchísimo, porque mi padre siente la mayor superioridad y confianza cuando aprueba o condena las conductas de otras personas. A veces se siente empujado a pronunciar un breve “agh” cada vez que la historia se vuelve lo que él llamaría melosa. Este es un tributo a su masculinidad. Mi madre se siente satisfecha por el interés que ha despertado; está mostrándole a mi padre lo inteligente que es, y lo interesante. Llegan a la avenida y el tranvía se acerca lentamente. Esta tarde irán a Coney Island, aunque mi madre considera que tales placeres son inferiores: ha decidido aceptar únicamente una caminata por el entarimado a la orilla y luego una buena cena, evitando las diversiones ruidosas por ser indignas de una pareja tan digna. Mi padre le cuenta a mi madre cuánto dinero ha hecho en la semana anterior, exagerando una cantidad que no necesitaba exagerarse. Pero mi padre siempre ha sentido que, de algún modo, las exactitudes minimizan. De pronto yo empiezo a llorar. La señora que está sentada a mi lado, en el cine, se molesta y me mira resuelta, poniendo una cara de enojo; al ser intimidado, me contengo. Saco mi pañuelo y me seco la cara, sorbiendo una lágrima que cayó cerca de mis labios. En este lapso me perdí de algo, porque ya mi madre y mi padre se están bajando en la siguiente parada, Coney Island. 3 Caminan hacia el entarimado y mi padre le dice a mi madre que aspire el olor imperioso que llega del mar. Los dos respiran profundamente, los dos se ríen mientras lo hacen. Comparten un gran interés por la salud, aunque mi padre es fuerte y corpulento, y mi madre, frágil. Tienen la cabeza llena de teorías sobre lo que es bueno y no es bueno comer, y a veces se enfrascan en discusiones acaloradas sobre el tema, terminando todo cuando mi padre apunta, con jactancia y desdén, que uno, de cualquier modo, se tiene que morir tarde o temprano. Sobre el asta del entarimado, la bandera estadunidense flota con el viento intermitente que llega del mar. Mis padres van al barandal del entarimado y miran hacia abajo, a la playa, donde un grupo considerable de bañistas camina al azar. Unos cuantos juegan en las olas. El silbido del vendedor de cacahuates cruza el aire, en un sonido largo y agradable, y mi padre va a comprar cacahuates. Mi madre sigue en el barandal y mira el océano. El océano le parece divertido; brilla vivamente y las olas se relevan una y otra vez. Mi madre ve a los niños excavando en la arena húmeda y mira los trajes de baño de las muchachas que son de su misma edad. Mi padre regresa con los cacahuates. Arriba la luz del sol golpea de un modo recio, pero ninguno de ellos lo percibe en lo más mínimo. El entarimado está lleno de gente que viste ropa de domingo y vaga a su antojo. La marea no llega hasta el entarimado, y si lo hiciera los paseantes no sentirían peligro alguno. Mis padres se recargan en el barandal y miran distraídos al océano. El océano empieza a agitarse; las olas entran pesadamente, estallando con violencia desde atrás. Y ese momento en que se impulsan hacia delante, el momento en que se arquean hermosamente, mostrando las venas verdes y blancas entre la masa líquida y negra: ese momento es intolerable. Las olas rompen finalmente, dirigiendo su acción contra la arena, arrojándose con ferocidad y cayendo implacables sobre ella, saltando hacia arriba y hacia el frente, y disminuyendo al último en un flujo leve que sube hasta la playa para luego volver a retirarse. Mis padres miran distraídos el océano,apenas interesados en su brusquedad. No los altera el sol arriba de sus cabezas. Pero yo miro al sol violento que me desgarra la vista, y al océano adverso, despiadado, impulsivo; me olvido de mis padres. Miro fascinado y al fin, sacudido por la indiferencia de ambos, me suelto llorando otra vez. La señora sentada a mi lado me toca el hombro ligeramente y dice: “Ya cálmese, todo esto no es más que una película, es sólo una película”, pero yo miro de nuevo al sol y al océano aterradores, y siendo incapaz de controlar mis lágrimas, me levanto y voy al baño, tropezando con los pies de otras personas sentadas en mi hilera. 4 Cuando regreso, sintiéndome como si de mañana me hubiera despertado enfermo por la falta de sueño, al parecer todo indica que han pasado varias horas y mis padres están cabalgando en el carrusel. Mi padre está sobre un caballo negro, mi madre sobre uno blanco, y los dos parecen enrolados en un circuito eterno con el único propósito de arrebatar las argollas de metal que están atadas al brazo de uno de los postes. Alguien toca un organillo; la música se adapta a la circulación incesante del carrusel. Por un instante parece que no se bajarán nunca del carrusel porque el carrusel no se detendrá nunca. Siento el vértigo de alguien que mirara hacia abajo, a una avenida, desde el piso cincuenta de un edificio. Pero a la larga acaban por bajarse del carrusel; incluso la música del organillo se ha detenido momentáneamente. Mi padre reunió diez argollas, mi madre sólo dos, aunque era mi madre quien realmente las quería. Caminan a lo largo del entarimado mientras la tarde cae gradual, imperceptiblemente, hacia el violeta increíble del crepúsculo. Todo se desvanece en un resplandor laxo, incluso el murmullo incesante de la playa y las revoluciones del carrusel. Mis padres buscan un lugar para cenar. Mi padre propone el mejor lugar del pasaje y mi madre vacila, de acuerdo a sus principios. Pero entran efectivamente al mejor lugar y piden una mesa cerca de la ventana para poder mirar hacia fuera, hacia el océano en movimiento abajo del entarimado. Mi padre se siente todopoderoso cuando coloca un cuarto de dólar en la mano del mesero y escoge una mesa. El lugar está repleto y aquí también hay música, aunque esta vez proviene de un trío de cuerdas. Mi padre ordena la cena con una familiaridad obsequiosa. Mientras cenan, mi padre cuenta sus planes para el futuro, y mi madre muestra lo interesada y lo impresionada que está, poniendo un rostro elocuente. Mi padre empieza a animarse. Lo inspira el vals que se escucha, y la idea de su propio futuro empieza a embriagarlo. Mi padre le dice a mi madre que va a ampliar su negocio, porque hay una gran cantidad de dinero por hacer. Quiere sentar cabeza. Después de todo, tiene veintinueve años, se ha mantenido él solo desde los trece, está haciendo cada vez más dinero, y envidia a sus amigos casados cuando los visita en la seguridad confortable de sus hogares, rodeados, al parecer, por los apacibles goces domésticos y por hijos encantadores; y en eso, cuando el vals llega al momento en que todas las parejas giran rápidamente, entonces, entonces con un atrevimiento espantoso, entonces mi padre le pide a mi madre que se case con él, instalado en la torpeza y preguntándose confundido, incluso en su exaltación, cómo fue que se atrevió a proponérselo, y ella, empeorándolo todo, comienza a llorar, y mi padre mira a su alrededor nerviosmante, sin saber qué hacer ahora, y mi madre dice: “Es todo lo que he querido desde el primer momento en que te vi”, sollozando, y para mi padre todo esto es muy difícil, porque está muy lejos de lo que hubiera querido, muy lejos de cómo había pensado que sería en sus largas caminatas sobre el puente de Brooklyn, extasiado en el trance de un puro fino; y en ese momento me levanté en el cine y me puse a gritar: “No lo hagan. Todavía pueden cambiar de opinión, los dos. No va a salir nada bueno de eso, sólo remordimiento, odio, escándalo, y dos hijos de temperamentos horribles”. Todo el público se volteó a verme, irritado; el acomodador bajó rápidamente por el pasillo apuntando con su linterna, y la señora sentada a mi lado me jaló a mi asiento, diciendo: “Estése quieto. Lo van a sacar y pagó usted treintainueve centavos de dólar por la entrada”. De modo que cerré los ojos porque no podía soportar lo que estaba ocurriendo enfrente. Me quedé sentado ahí, inmóvil. 5 Pero al cabo de un rato empiezo a lanzar ojeadas breves, y a la larga estoy ya mirando de nuevo con un interés ansioso, como un niño que se obstina en su capricho aunque le ofrezcan el soborno de un dulce. Ahora mis padres se están retratando en la cabina de un fotógrafo ubicada junto al pasaje. El lugar está oscurecido por la luz violeta, mortecina, que al parecer resulta necesaria. La cámara está colocada a un lado, sobre un tripié, y parece un marciano. El fotógrafo da instrucciones a mis padres sobre cómo posar. Mi padre tiene el brazo echado sobre el hombro de mi madre, y los dos sonríen con énfasis. El fotógrafo le trae a mi madre un ramo de flores para que lo sostenga en la mano pero ella lo sostiene en el ángulo equivocado. Entonces el fotógrafo se mete bajo el trapo negro que cubre a la cámara y todo lo que uno puede ver de él es su brazo al aire y su mano sosteniendo la pera de goma que apretará al último cuando tome la fotografía. Pero no está satisfecho con el aspecto de mis padres. Tiene la certeza de que hay algo erróneo en esa pose. Una y otra vez sale de su escondite para repartir nuevas instrucciones. Cada sugerencia no hace sino empeorar la cuestión. Mi padre se impacienta. Hacen el intento de posar sentados. El fotógrafo explica que él tiene su orgullo, que no sólo le interesa el dinero, que quiere hacer fotografías espléndidas. Mi padre dice “Apúrese, ¿sí o no? No tenemos toda la noche”. Pero el fotógrafo sólo se escurre dando disculpas y hace nuevas sugerencias. Estoy con el fotógrafo. Lo apruebo con todo el corazón, porque sé con exactitud cómo se siente, y mientras critica cada una de las poses, corrigiéndolas según alguna ignorada idea de perfección, me siento esperanzado. Pero entonces mi padre dice, furioso: “Ya, esto ya es demasiado tiempo, no vamos a seguir esperando”. Y el fotógrafo, suspirando de infelicidad, levanta la mano, dice: “Uno, dos, tres, ya”, y toma la foto, con la sonrisa de mi padre vuelta una mueca, y la de mi madre surgiendo radiante y falsa. El revelado de la fotografía se lleva unos minutos y mientras mis padres esperan sentados, envueltos por la extraña luz, empiezan a deprimirse muchísimo. 6 Pasan por la cabina de una pitonisa, y mi madre quiere entrar pero mi padre no. Empiezan a discutir. Mi madre se enterca, mi padre vuelve a impacientarse, y empiezan a pelear, y lo que mi padre quisiera hacer es largarse y dejar ahí a mi madre, pero sabe que no sería lo apropiado. Mi madre se niega a moverse. Está a punto de llorar, pero siente un deseo incontrolable de oir lo que dirá la adivina cuando le lea la mano. Mi padre acepta con disgusto y los dos entran a una cabina que en cierto modo es como la cabina del fotógrafo, según la cubre una tela negra y su luz es mortuoria. El lugar es demasiado caluroso y mi padre sigue diciendo que todo eso es una tontería, señalando la bola de cristal sobre la mesa. La adivina, una mujer gorda y pequeña, envuelta en lo que se supone deben ser ropas orientales, entra al cuarto por la parte de atrás y los saluda, hablando con acento extranjero. Mi padre siente de pronto que todo esto es intolerable; jala a mi madre del brazo, pero mi madre no desiste. Entonces en un ataque terrible de rabia, mi padre suelta el brazo de mi madre y se precipita a la salida, dejando a mi madre perpleja. Ella intenta levantarse para ir tras de mi padre, pero la adivina la detiene con firmeza del brazo y le ruega que no se vaya, y en mi butaca yo estoy más impactado de lo que podría decirse, me siento como si estuviera caminando en una cuerda floja a treinta metros de altura sobre el público del circo, y de pronto la cuerda se empezara a romper, y me levanto de mi asiento y otra vez empiezo a gritar lo primero que se me ocurre para referir el miedo espantoso que tengo, y una vez más el acomodador baja de prisa por el pasillo14 alumbrando con su linterna, y la señora de al lado intenta razonar conmigo, y el público se voltea a verme y yo sigo gritando: “¿Qué están haciendo? ¿Qué no saben lo que están haciendo? ¿Por qué mi madre no sale detrás de mi padre? ¿Qué está haciendo? ¿Qué mi padre no sabe lo que hace?”—pero el acomodador me agarra del brazo y me jala hacia fuera, y mientras lo hace, dice: “¿Qué está haciendo usted? ¿Qué no sabe que no puede hacer cualquier cosa que se le ocurra? ¿Cómo es posible que un hombre joven como usted, con toda la vida por delante, se ponga así de histérico? ¿Por qué no piensa lo que está haciendo? ¡Usted no puede comportarse así ni aunque esté solo! ¡Se va a arrepentir si no hace lo que tiene que hacer, no puede seguir así, esto está mal, muy pronto va a ver lo que le digo, cualquier cosa que usted haga puede afectar a los otros!” Dijo eso jalándome por el lobby del cine hacia la luz fría, y yo desperté en la mañana helada de invierno, el día en que iba a cumplir mis veintiún años, con un labio de nieve brillando en el borde de la ventana, y ya entrada la mañana.

Por Guillermo Saccomanno En una foto, donde debe rondar los cuarenta, a Robert Lowell se lo ve como a un Clark Kent poseído, con una mirada que radiografía, capaz de hurgar a fondo en sí mismo y en los demás, tan a fondo que inspira temor. Nadie como él supo que era otro, que todos somos otro, y ese otro no es precisamente un superhombre. Nada aconsejable para la salud mental mirar así. Alcohólico perdido, sufrió más de veinte internaciones en distintos manicomios. Cuando de una universidad lo invitaban como escritor residente pedía, además de una casa, un psiquiatra mínimamente competente. Lowell había nacido en Boston en 1917. Su familia era patricia y calvinista. En el árbol genealógico se destacaban algunos poetas. Muy joven, Lowell se convirtió al catolicismo. Y al escribir sus primeros versos sus referencias fueron tanto los testamentos como los griegos. Sus obsesiones serían, para siempre, la culpa, el castigo, el suicidio. Al estallar la Segunda Guerra se alistó en el ejército, pero al conocerse los bombardeos aliados a poblaciones civiles se hizo objetor de conciencia. “¿Cómo puede/ la guerra cambiar en mí/ el hombre antiguo en uno nuevo?”, escribió. Y citando a Melville: “Todas las guerras son de muchachos”. La resistencia a combatir le acarreó una condena a un año y un día de prisión. Muchos atribuyeron su locura a este período de encierro. (...) Tuvo discípulas como Sylvia Plath y Anne Sexton, tanto o más temibles que él. Ninguna sería más afortunada que el maestro. Una mañana, después de llevarle el desayuno a sus hijos, Plath metió la cabeza en el horno de la cocina. A Sexton, bellísima y borracha, con sus cócteles de psicofármacos, no le iría mejor. Las dos siguieron sus pisadas: la poesía como escritura autobiográfica. Life Studies puede considerarse un manifiesto íntimo. En sus poemas, auténticos estudios existenciales de un obsesivo, Lowell no se expone sólo a sí mismo. También eviscera a quienes lo rodean: sus padres, sus cónyuges, sus hijos. En un poema acusa a su madre por su frivolidad, los chismes que provocaba y los estropicios pasionales que deterioraron a su padre. También la responsabiliza por haberle creído a un psiquiatra de la familia el diagnóstico de locura que hizo de su hijo. El psiquiatra convenció además al pequeño Lowell de que era un hijo no deseado. Más tarde el hijo se enteraría de que su madre, además de socia en los negocios del psiquiatra, era su amante. “Mi madre era bastante más idiota/ de lo que fueron todas mis mujeres”, escribió. Aunque insistió en casarse tres veces, Lowell comparaba el matrimonio con la nada. En su poesía no se salva siquiera Harriet, su hija adolescente. Adrienne Rich y Wystan Auden no le perdonaron el extremismo confesional. Seguramente a Auden lo irritaba que Lowell compusiera la poesía que él hubiera querido escribir. Lowell no les llevaba el apunte a sus detractores. Estaba demasiado solo y metido en su trabajo. Sin negar a Whitman y a Pound, su poesía se distancia del primitivismo de Robert Frost y los aullidos contestatarios de Allen Ginsberg. Refinado y a la vez impiadoso, Lowell alterna la cita culta con la cotidiana. “Se comienza a espesar la nevada de Boston/ como si se tratase de una venda/quirúrgica, amarilla/ ¡Lo puta que es la vida!” Poemas como instantáneas, autorretratos cada vez menos autocomplacientes. Lowell no les escapa ni al mito ni a la tragedia íntima, sabe conectar la cuestión social con el infierno privado. Estas claves explican por qué su poesía sigue conmoviendo. En la actualidad ostenta el rango de un clásico, pero incómodo. “Circe y Ulises”, el poema que abre Día a día, apela al mito homérico. Utiliza a su mujer y a su hijo, Sheridan, presente en la lectura pública del poema. Lo más recóndito de lo doméstico, después de Lowell, no volvería a ser lo mismo en la poesía estadounidense. Su sombra habría de sobrevolar la poesía descarnada de Raymond Carver. A los sesenta años, Lowell admitió: “Después de los cincuenta no hay reloj que se pare”. En “Muerte de un crítico” apuntó: “Tediosos, antipáticos y a punto de extinguirse/ veía yo a los viejos, / blanco preferido de mis burlas,/ hasta que el tiempo, que lo cura todo, me hizo como ellos”. Lowell debía reconocerlo: “He llegado a ser mi propio fugitivo”. En 1977, escapando de las ruinas de su tercer matrimonio, volviendo de un vuelo desde Londres, aterriza en el otoño de Nueva York. Sube a un taxi, le da una dirección: la de su segunda esposa. Cuando el taxi llega, el pasajero parece dormido. La mujer baja a la calle. Lowell está muerto. Hacía una semana terminaba de publicar su último libro Day by day.(...) *** A THEODORE ROETHKE Toda la noche te revolcaste en mi sueño, pero en la mañana estabas perdido en el cielo de Maine, cercano, frío y gris, nube humo y nubes color humo. Como oveja, reptil insociable, dos patos chillando y salpicando en el agua, somormujos recayendo en lo monocromo. Honraron la naturaleza, Desvalida, elemental criatura. El negro muñón de tu mano sólo tocó las aguas bajo la tierra, y las dejó sensitivas con tu nombre… Ahora honras la madre, omnipresente, ella te hizo inexistente, ancla del océano, nuestra alta marea. *** En Yaddo compartiste un baño con el morral de un pintor de árboles cuyos idiotas saltaban en el estanque, el estanque de tus blues en el que deseabas sumergir tu cabeza… Toda la noche amigo mío, no amigo, nadas en mi sueño; esta mañana estás perdido en el cielo de Maine, cercano, frío, gris, nube de humo y de color de humo. Gregario, insociable, ofídico, los cuervos SYLVIA PLATH ¿Un talento loco en miniatura? Sylvia Plath, ¿quién limpiará el escupitajo de tu integridad, alzándose en la silla para azotar en Auschwitz, la vida rasgando esto o aquello, Yo soy una mujer? ¿Quién dará a la joven graduada en matrimonio, abeja reina, desnuda, sin reinado, avergonzando su vergüenza? Cada importante inglés diciendo: “Yo soy Sylvia, odio el matrimonio, debo odiar los niños”. Incluso los hombres sienten horror de la maternidad, niños tamaño madre cortándonos en dos, sesenta mil infantes norteamericanos por año, M. I. I., Muertes Infantiles Inexplicadas, nacidos físicamente sanos y robustos, rehusan vivir, Sylvia… el expandido torrente de tu ataque. JUGANDO PELOTA CON EL CRITICO Para Richard Blackmur Se puede enseñar a los escritores a devolver la pelota a la policía, sonreír e incluso gustar de eso; gusta a los críticos, sonríen, devuelven la pelota con una patada. Nuestros adolorados músculos engatilladosfuncionan como testículos; ¿aprenderemos lentamente a agacharnos y bloquear el golpe? ¿Es una forma de intensidad o de sentir por la forma? Tu visión lacera tu sintaxis. La lógica es fanatismo… En tu primer y mejor libro, no te distancias de las peculiaridades de la vida… Desearía poder recorrer las herbosas calles de la vieja Nueva York, convirtiéndome en cada objeto que mirara, deteniéndome por el que no tiene prisa, oír al viejo Walt Whitman: “Si tu me prestas un dólar, ayudarás a adormecer la inmortalidad”. CHE GUEVARA (CENTRAL PARK) Semana del Che Guevara, cazado, herido, hecho prisionero un día perdido, luego abatido como un gángster por oro, por justicia (la violencia restallando en la violencia, la piedra en la piedra, el cuerpo de nuestro último profeta armado expuesto en la bañera de una barraca, bañado por las linternas… Las hojas se encienden, todavía verdes, esta tarde, y arden en rojos fragmentos; nuestro árbol, podado para seguir viviendo, se hincha de rústico bocio, bajo los idénticos dieciséis pisos de apartamentos del Park… los pobres latinos demasiado nuevos para nuestro nuevo mundo, Manhattan, donde nuestras cerradas, ilícitas manos, pulsan, detiene el latir de mi sangre como si yo hubiera tocado piedra… Descanso al proscrito… los reyes una vez se ocultaban en árboles con precios sobre sus cabezas, y esperaban la caza. T. S. ELIOT Atrapado por las dos corrientes del tráfico, en la tiniebla del Salón de los Recuerdos y de los caídos en guerra de Harvard… Y él: “¿No aborreces ser comparado con tus familiares? Si. Acabo de hallar dos de los míos reseñados por Poe. Barrió el piso con ellos… Y yo estaba fascinado”. De seguidas con su paso de alguacil a través del Salón, hablando de Pound: “Sus fiestas para decir que él solo pretende ser Ezra… Aunque él es mejor. Este año ya no piensa reconstruir el templo de Jerusalén. Si, él es mejor. ‘Habla’, decía, después de haber hablado por dos horas. Pero entonces yo no tenía absolutamente nada que decir”. Ah, Tom, una musa, una música, que sea una tu suerte – ¡perdido en la oscura noche de los brillantes habladores, humor y honor de esa perdurable ganga! PARA ELIZABETH BISHOP III. Carta con poemas para carta con poemas “Tienes derecho a inquietarte, sólo que por favor NO lo hagas, aunque yo misma lo esté un poco. De alguna manera me he topado con la peor situación que jamás me haya tocado. No puedo vislumbrar la salida. Cal, ¿alguna vez has atravesado cavernas? Yo lo hice en México y las odio. No lo he hecho en la famosa cerca de aquí… Al final, después de horas de andar tropezándote, ves la luz del día allá delante, un débil destello azul; el aire nunca pareció más bello. Así es como siento lo que espero: un débil destello de que voy a salir de algún modo viva de esto. Tu última carta me ayudó, como si hubieras enviado una linterna o un bastón con punta”. EZRA POUND Echado en un sillón del pabellón de los locos criminales… Un hombre sin trenzas en los zapatos arañando la eslora del Seguro Social de tu mesa, y tu diciendo: “… aquí con un traje negro y un maletín negro; en breve, una abominación, el homenaje de Possum a Milton”. Entonces saltó; Rapallo, y la década ida; y tres años más tarde, muerto Eliot, tu diciendo: “¿Quién ha quedado vivo y puede entender mis chistes? Mi viejo Hermano en el arte… además, era un desastre de poeta”. Me mostraste tu manchadas y curvas manos diciendo: “Gusanos. Cuando dije todas esas insensateces sobre los judíos en la radio romana, Olga sabía que era pura mierda, y sin embargo me amaba”. Y yo: “¿Quién otro ha estado en el Purgatorio?”. Tu: “Yo entré con una cabeza enorme y terminé con pies hinchados”. LOUIS MACNEICE Una docena de niños visitaría otra media docena; allá abajo un niño perdido aporrea un piano, sacando de nota en nota las que eran saltarinas railties; las teclas negras parecían aporreadas y se volvían blancas. Los juegos que el niño oía afuera y se perdía eran de una densa intensidad y vulgaridad – no es necesario ser Bach para ser lo que somos… Louis, mirando a su padre, el obispo, vadeaba descalzo un arroyo de truchas, enterándose de lo que por primera vez le agradaba: “¡Qué feos pies¡”. Hasta los treinta temió F. O. MATTHIESSEN Mathiessen saltando del hotel al norte de Boston, rompiendo su maníaca barrera a la desesperación; ¿un patriota como las antorchas humanas de estudiantes checos? ¿o un homicidio involuntario? Quién sabe a quién hubiera matado, cayendo escuetamente allí como una concha. Yo temo pisar esta calle, su calle hasta para nuestra izquierda en gala antiestalinista 1950 – Yo no mataría ni me dejaría matar por mi alma, como Stonewall Jackson chupando el alma de un limón… Mattie, su broche pirata de Yale en el aparador, divido entre su terrible amor homosexual por las formas y su anárquico amor por el hombre… murió, único como la Unión, yace congelada carne, los indelebles colores perdidos para la lascivia y la acusación. WILLIAM CARLOS WILLIAMS ¿Quién amó más? William Carlos Williams, en traje negro colegial, abrigo de gabardina, y zapatos pulidos como el cedro de los yates, vagando con pies de plomo por su jardín al borde del pueblo, hombre y flor inseminados con tres trazos de otoño, sus ojos marrones, opacos, agrandados por los lentes: los de una hormiga; su Madre, sorda como una piedra, su rostro un raigón ceniza, su pelo la quemada ceniza de fresca yerba puertoriqueña; su negro, ciego, bituminoso, ojo inquisitorial. ‘Mamá”, dice él, ‘¿qué más o menos verías aquí, a mí o a dos rubias?’ Y más tarde ‘La vieja zorra pasa los cien, mañana haré un saque’. El dijo: ‘Ten sesenta y siete y más atractivo para las niñas que cuando tenía dieciséis’. JOHN BERRYMAN Creo saber por todo lo que has pasado, tu sabes por todo lo que he pasado – somos palabras; John, usamos el lenguaje como si lo hubiéramos creado. La suerte tiró una moneda y la trama la engulló, monstruo que bosteza por su puerco potaje. Ah, privacidad, como si hubiéramos preferido subir a una roca junto a un musgoso arroyo y contar ovejas… a la fama que renueva el alma pero no el corazón. La marea que sale abandona maravillas: ríos, linguini, latas de cerveza, sangre, moluscos; cómo corren alegres para atrapar la onda – Herbert, Thoreau, Pascal, nacidos para morir con los dilatados corazones de atleta a los cuarenta- Abraham procreaba con menos afán, el cielo su amigo, su paje, la tierra. (enero, luego de su muerte) Tu noroeste y mi Nueva Inglaterra son heno y hielo; el invierno en Inglaterra es todavía un verde fuera de estación, aquí la noche cae a las cuatro. ¿Cuándo te veré, John? Centelleante regresas a mi memoria, una red muy anchamente tejida para atrapar pececillos. Barba de cerda, los victorianos despertando se te parecían… la pasada Navidad en Chelsea donde murió Dylan Thomas- ininterrumpible, vehemente sin impudicia, del más alegre paño y rudamente torcido. “Durante la cena estuve pensando que jamás volvería a verte”. Un año de furia sin beber, tres o cuatro libros… Estudiante en esencia, mejilla rasurada como Joyce, forzando tu sitio en la carrera del equipo, sangrando tu trasero – suicidio, el inalienable derecho del hombre. A JOHN BERRYMAN En los últimos años sólo nos veíamos cuando andabas de un lado para otro y leías como embriagado tu Dream demoledor- audible, sonoro… en otro mundo entonces como ahora. yo quería seguir viviendo para evitarme tu elegía. Pero en realidad nuestra vida fue la misma, la habitual que nuestra generación ofrecía (Les Maudits- el agasajo que cada generación de americanos se hace al llegarle el turno): primero alumnos, luego profesores, nuestra galaxia de grands maîtres, en los cincuenta, becas de estudio en París, Roma y Florencia, excombatientes de la Guerra Fría, no de la Guerra- lo mejor que la vida puede dar… soñando más tarde en el whisky de las seis, esperando el fuego con hielo, hasta el tacto del vaso frío, como el que aguarda a una muchacha… si tú hubieras esperado. Quisimos obsesionarnos escribiendo y lo hicimos. ¿Te levantas tan aturdido como yo, y encuentras las gafas olvidadas dentro de un zapato? Algo me oprime el corazón con fuerza- allí, aquí todavía, los buenos tiempos en que nos sentábamos junto a un lago frío en Maine, hablando del Cuento de Invierno, los celos de Leontes en la sintaxis quebrada de Shakespeare. Tú fuiste el primero el triunfar. Precisamente el otro día, di con la diferencia que existe entre nosotros- el humor… incluso en esta última Dream Song, riéndote de la escapada sigilosa de tu hogar y tus clases- para saltar desde el puente. Las muchachas no moverán la escarcha de tu tumba. Para mi asombro, John, te rezo a ti, no por ti, pienso en ti, no en mí, sonrío y me duermo. Más poemas de Lowell aquí: http://www.materialdelectura.unam.mx/images/stories/pdf4/robert-lowell.1.pdf