De pilas y varitas
El otro día, mientras limpiaba el piso, se escuchó que un hombre viejo, barbudo y débil, pero con una voz muy clara y potente; pregonando a viva voz: “El príncipe brindará una fiesta, y todas las personas deben ir sí o sí con su mejor vestido. Será una noche de gala. No se lo pierda. Si se lo pierde, la sociedad inglesa no lo respetará más en toda su vida. Venga. Este sábado a las diez y media hasta que cante el gallo, en Complejo Carolina”.
Entonces me propuse ir para ser reconocida por todos. Sabía que era difícil, pero debía ir. Mi belleza estaba pasando desapercibida porque no salía de ese casorio horrendo, salvo para encontrarme con otra persona. Una a la vez, y cada muerte de obispo.
Fui con mi madrastra y le pedí permiso para que fuese a la fiesta del príncipe, pero me dijo que era muy impresentable, fea y gorda para ir, y me ordenó que siguiera limpiando el piso.
Oficialmente, estaba perdida. Una vez más, me perdería de la genial fiesta del príncipe Sapo gracias a la maldad de mi madrastra. Decidí entonces, recurrir a alguna de mis hermanastras para que convencieran a mi madrastra, pero las muy malvadas no quisieron ayudarme. “Vos sos una persona que no merece diversión. Sos una tonta. Andá a trabajar”, me contestaron ambas.
Me largué a llorar de la bronca. Me sentía sola, excluida, discriminada, odiada. Pensé en todas esas personas que lograrían conseguir dos horas de diversión, mientras yo limpiaba como una tarada el piso de la casa.
Llegado el sábado, veía a mis hermanastras vestirse bien y peinarse mal. Solté una carcajada involuntaria, pues la imagen de mis hermanastras mal peinadas y bien vestidas me causaba una gracia extraña. Pero lo importante de ese momento fue que reí por primera vez luego de veinte años. Veinte años inundada en la tristeza, en la soledad, en la amargura, por fin se habían esfumado en dos segundos de risa. Me sentí plena, sosegada, totalmente calmada. Sentí que mi estómago se soltaba, mis músculos de la espalda se iban relajando de a poco y noté que mi postura erguida, originada por la tensión, se volvía una postura agachada, y solté un suspiro que dio cuenta a mis hermanas de que estaba espiándolas.
--¿Qué estás haciendo? –replicó mi hermanastra mayor, Andrea.
--Nada –le contesté. Y pensé en quedarme con esa respuesta, pero la risa me devolvió el ánimo de contestar ante las injusticias. –Simplemente me río de sus horribles peinados.
--Más respeto a quienes te pueden matar con la mirada –dijo mi hermanastra menor, Giuliana.
--Matame, entonces.
No dijeron nada. Dejaron de tocarse el pelo y se reunieron con mi madrastra en la puerta de la casa. Estaban por partir. “Inútil”, me dijo mi madrastra, pero no le hice caso. Se fueron y las vi desaparecer por el horizonte.
Al principio sentí que la tristeza volvía, pero recordé sin querer el peinado de mis hermanas y comencé a reírme otra vez.
La risa tenía un sabor totalmente recomendable. Me hizo pensar que no todo pudiera estar perdido. Pensé y pensé. Y al fin di con la respuesta. Necesitaba magia, necesitaba el poder de una varita mágica para vestirme de gala, peinarme perfectamente, maquillarme como nunca y oler como flores. “Necesito un hada madrina”, dije. Pero luego recordé que yo misma lo era. Busqué mi varita mágica entre mis ropajes sucios y le encontré. Tenía un año de no ser usada, pero las pilas eran nuevitas, nuevitas. La activé y me convertí en una auténtica princesa. Peinado con rodete, mejillas rosadas, ojos verdes como selvas, noventa-sesenta-noventa en un vestido rosado y zapatos de cartulina.
Allí descubrí que algo andaba mal. “¿Zapatos de cartulina?, me pregunté a mí misma. “No puede ser”. Pero así era. No importa, voy mejor de alpargatas. Entonces me puse las alpargatas. Eran las siete de la tarde y el baile comenzaría a las diez y media. Me di cuenta de que era demasiado temprano y me puse a leer.
De repente sonó mi celular (que también lo conseguí con magia). Era Cenicienta. Llamaba para pedirme que la ayudara, pues su madrastra no la dejaba ir a la fiesta del príncipe.
--Convertime en algo y mandame a la fiesta en un carruaje hecho de calabaza –me dijo.
--Bueno, ya voy para tu casa.
Ya en la casucha de Cenicienta, la encontré barriendo el piso. Por supuesto que ambas estábamos vestidas como sirvientas para lograr que la gente se sorprendiera cuando nos viese. Volví a reír porque nos veíamos como dos viejas chismosas hablando de temas que no importan.
--Necesito que me vuelvas bella, y que me vistas hermosa, y que me peines divina y…
--¡Bueno! –interrumpí-. Tranquila.
La convertí en una mujer hermosa, pero por supuesto que no iba a permitir que me opacara, y le convertí una calabaza en un carruaje.
--Pero los zapatos no son de cristal, son de cartulina –me dijo-.
--Es que a mí también me pasó lo mismo. No sé lo que pasa.
De repente, el vestido comenzó a desaparecer de a poco, pero intervine antes de que pasara a mayores. Esta vez, aparecieron zapatos de cristal.
--Eso no tiene pilas –me dijo Cenicienta.
--Son nuevas las pilas.
--Está bien. Pero si pasa algo, te juro que te tiro pilas nuevas por la cabeza.
--No olvides volver antes de las cinco de la mañana. Sino, te convertirás en lo que eres en realidad.
Recibiendo esa amenaza, me fui a mi casa para prepararme otra vez. Llegué cuando faltaba media hora para las diez y media y tenía que volver a vestirme. Apunté la varita hacia mí y conjuré, pero no pasó nada. “Cenicienta tenía razón, ya no hay pilas”, me convencí.
Comencé a revolver por toda la casa para buscar pilas. Encontré casi dos mil quinientas noventa y nueve pilas AA y me dispuse a cambiarlas. ¡Casi ninguna andaba! Era imposible, casi inútil. Perdí dos horas tratando de cambiar las pilas pero no pasó nada. Me resigné y me hundí en el sillón.
Las horas pasaban y yo estaba allí, sentada. Amanecí allí, esperando algo que sabía que era nada, y que la nada no iba a llegar.
Exactamente a las tres de la tarde, Cenicienta entró sin permiso a mi casa. Estaba vestida como sirvienta, con un solo zapato de cristal, despeinada y oliendo a perros mojados.
--¡Rata de Cloaca! ¡Comprá pilas de vez en cuando! –Me dijo. Entonces me tiró con las pilas por la cabeza. Cerró la puerta y se fue. Y yo quedé allí, llorando de bronca, pero riendo a la vez por el peinado de Cenicienta: Era igual al de mis hermanastras.
Facundo Gonzalo Gallego