Juan Bautista, había cumplido su sueño de tener su pedazo de tierra, y su casa. Trabaja la tierra cuando la luna le decía adiós a la noche y cuando el sol le decía adiós al día.
Recién llegado de España huyendo a la dictadura de Franco había conocido a María Elvira, que esta estaba sola con dos críos porque el marido un día le dio la loca de mandarse a mudar solo para la capital. Juan Bautista, solo, y con un paludismo hasta los tuétanos, y un hambre de siete varas se unió en casorio con ella. A los dos años, nació Guillermo, más fuerte que un roble, y a los once meses justo nació Ana María, está sí que dio trabajo no pudo la partera sacarla del vientre de su madre tuvieron que llamar a Fautino, el médico del pueblo. Era pequeñita que cabía en una caja de zapato pero bella con uno ojos tan azules que de susto te daba mirarlos, ya también se le veía unos rizos bien rubios que parecía que se los hubieran pintado de amarillo.
Por esas cosas del sentimiento de los hombres, Juan Bautista, desde que nació no hizo más que amarla más que a todo. Todas las noches la acunaba en sus brazos, y le cantaba canciones que recordaba de su tierra. Todas las noches desde que nació.
Un día de noche prieta, esas noches que meten miedo salir porque no puedes ver nada, y te viene el susto al corazón por las cosas que oyes decir desde niño, esas cosas que las almas que no han subido al Cielo porque deben cosas en la tierra aprovechan a salir, y andan por ahí como animas en pena. Esa noche, como todas las noches, Juan Bautista sentado en su balance dormía a su niña cuando vio a un hombre de traje de lino blanco con sombre de paja de alas anchas caminas por medio del sembradío de papas en dirección a la puerta de su casa. Llamó a María Elvira, y le dijo: -toma la niña que voy a ver quién es ese hombre que viene para acá, metiendo las patas en las papas que acabo de sembrar, -qué hombre, Juan Bautista, yo no lo veo, no te habrás quedado dormido, y lo habrás soñado, -no, mujer, que dormido ni dormido, tengo los ojos más abierto que acabado de levantar. Se paro, y le grito, más solo se oyó el eco
de su voz que se perdía en el aire. Inquieto volvió a pedirle la niña a su mujer. Cuando llevaba quince minutos acunándola volvió a ver al hombre en el mismo lugar.
-María Elvira, tráeme la escopeta, coge la niña que le voy a tirar unos tiros en las patas para que se deje vainas.
-Te has vuelto, loco hombre, yo sigo sin ver nada.
-Te digo que me des la escopeta, y que agarres a la niña.
María Elvira, así lo hizo. Varios disparos retumbaron en la oscuridad de la noche sin que tocara cuerpo alguno.
Juan Bautista con una comezón en el pecho, acostó la niña en la cunita, y vio en esa noche prieta una luz que bañaba el colchón de la cuna. Antes de dar la espalda volvió a ver el hombre, y pensó que se estaba volviendo loco. Esa noche no durmió.
Al despertar lo primero que hizo fue ir a ver a su hijita. Esta ardía en fiebre, y tenía el color de la muerte. Llamaron enseguida a Fautino. Este llegó en el último suspiro de la niña.
Con mano fina, y la mejor madera el mismo hizo una cajita donde iba a poner por última vez a su hijita.
Cuentan que nunca más habló, y que andaba, solo, de noche deambulando la tierra como un fantasma.
Recién llegado de España huyendo a la dictadura de Franco había conocido a María Elvira, que esta estaba sola con dos críos porque el marido un día le dio la loca de mandarse a mudar solo para la capital. Juan Bautista, solo, y con un paludismo hasta los tuétanos, y un hambre de siete varas se unió en casorio con ella. A los dos años, nació Guillermo, más fuerte que un roble, y a los once meses justo nació Ana María, está sí que dio trabajo no pudo la partera sacarla del vientre de su madre tuvieron que llamar a Fautino, el médico del pueblo. Era pequeñita que cabía en una caja de zapato pero bella con uno ojos tan azules que de susto te daba mirarlos, ya también se le veía unos rizos bien rubios que parecía que se los hubieran pintado de amarillo.
Por esas cosas del sentimiento de los hombres, Juan Bautista, desde que nació no hizo más que amarla más que a todo. Todas las noches la acunaba en sus brazos, y le cantaba canciones que recordaba de su tierra. Todas las noches desde que nació.
Un día de noche prieta, esas noches que meten miedo salir porque no puedes ver nada, y te viene el susto al corazón por las cosas que oyes decir desde niño, esas cosas que las almas que no han subido al Cielo porque deben cosas en la tierra aprovechan a salir, y andan por ahí como animas en pena. Esa noche, como todas las noches, Juan Bautista sentado en su balance dormía a su niña cuando vio a un hombre de traje de lino blanco con sombre de paja de alas anchas caminas por medio del sembradío de papas en dirección a la puerta de su casa. Llamó a María Elvira, y le dijo: -toma la niña que voy a ver quién es ese hombre que viene para acá, metiendo las patas en las papas que acabo de sembrar, -qué hombre, Juan Bautista, yo no lo veo, no te habrás quedado dormido, y lo habrás soñado, -no, mujer, que dormido ni dormido, tengo los ojos más abierto que acabado de levantar. Se paro, y le grito, más solo se oyó el eco
de su voz que se perdía en el aire. Inquieto volvió a pedirle la niña a su mujer. Cuando llevaba quince minutos acunándola volvió a ver al hombre en el mismo lugar.
-María Elvira, tráeme la escopeta, coge la niña que le voy a tirar unos tiros en las patas para que se deje vainas.
-Te has vuelto, loco hombre, yo sigo sin ver nada.
-Te digo que me des la escopeta, y que agarres a la niña.
María Elvira, así lo hizo. Varios disparos retumbaron en la oscuridad de la noche sin que tocara cuerpo alguno.
Juan Bautista con una comezón en el pecho, acostó la niña en la cunita, y vio en esa noche prieta una luz que bañaba el colchón de la cuna. Antes de dar la espalda volvió a ver el hombre, y pensó que se estaba volviendo loco. Esa noche no durmió.
Al despertar lo primero que hizo fue ir a ver a su hijita. Esta ardía en fiebre, y tenía el color de la muerte. Llamaron enseguida a Fautino. Este llegó en el último suspiro de la niña.
Con mano fina, y la mejor madera el mismo hizo una cajita donde iba a poner por última vez a su hijita.
Cuentan que nunca más habló, y que andaba, solo, de noche deambulando la tierra como un fantasma.