Hola taringueros, cómo están? Les dejo un cuento que escribí, puramente creado por mí. Espero les guste
Hasta la próxima!
Hasta la próxima!

Sería un día como cualquier otro, sólo por un detalle que lo marcaría para toda su vida.
Cuando dieron las siete, se levantó al igual que todas las mañana de lunes a viernes con el llamado de su madre desde el umbral de su cueva, como solía llamarla. Se puso lo primero que encontró en la silla de la ropa y fue hasta el baño, después se lavó la cara, y sin más, se sentó a la mesa donde un suculento desayuno lo esperaba. Al terminar la última gota del té con limón, se paró, tomó la mochila, las llaves y con un “hasta después” partió para la escuela. Con el primer paso en la calle, sus oídos escuchaban nada más que su música, y así, al igual que todas las mañanas de lunes a viernes, caminó las cinco cuadras que lo llevaban hasta el colegio, con las manos en los bolsillos, un poco encorvado, y envuelto por sus sonidos. Pasado un rato ya veía los ademanes de todos los días, ademanes de la señora de trajecito aterciopelado, hoy azul porque era jueves, que se señalaba los oídos bruscamente y movía de forma veloz la boca -¡Sáquese eso de una vez, cuántas veces se lo tengo que decir, Ferreyra!- escuchó al fin y al cabo, y sin más remedio tuvo que apagar el mp3 y guardarlo en el bolsillo de la mochila. Y se sucedieron una tras otra las clases, matemática, geografía, lengua y literatura, hora libre porque la profesora de administración había faltado, un rato después vino el preceptor con los cuadernos informando que se retirarían antes. -¡Chau, nos vemos!- y la música ya resonaba en sus oídos…
Y fue entonces que habiendo caminado tres cuadras, se lo cruzó. Delante de él un perrito de tres o cuatro meses nomás estaba debatiéndose entre la vida y la muerte al costado de un árbol, de esos árboles bien grandes que con sus raíces rompen las sólidas baldosas de la vereda. Sin dudarlo, se detuvo, cuando de pronto desde una de las puertas de las casas de esa cuadra (precisamente la puerta que estaba enfrentada al gran árbol) salió un hombre algo rechoncho con un mondadientes que se le asomaba por el lado derecho de su boca – Miralo a éste, todavía sigue acá- le dijo echándole una mirada altiva al perrito-. Decí que no le doy comida desde hace un par de días, ¡sino sabés cómo se te quedan éstos guachos! Mi hija cayó el sábado con el perro, ¡naaa! ¡Me rompió una zapatilla, dejate de joder! Le dije “si lo querés andá a laburar”, pero la piba quiere terminar la escuela y no se que flauta, ¡y bue, loco, al que quiere celeste que le cueste!- chasqueó con la lengua- Bue, chua flaco, no te saco más tiempo-. Repentinamente la música paró, los auriculares abandonaron los oídos y su voz se escuchó -¡Sí, le pido por favor, vaya, vaya, que estábamos por entablar una conversación de verdad! ¿O no?- y miró al perrito. Un portazo de indignación resonó por toda la cuadra, seguido de una pícara risita y de un corto ladrido – Vamos che, vamos a casa- y sin pensarlo de nuevo, él tomó al perrito entre sus brazos y emprendió camino a casa.
-¡Hola ma, llegamos!
-¿Llegamos, con quién viniste? Se te nota de buen humor, Esteban- le contestaba su madre mientras salía de la habitación. Y entonces, los vio- ¿Y ese perro, Esteban?
-Decí “hola Sheik, saludá a mamá”.
-Ja, ja, está bien, está bien, pero compromete a sacarlo a pasear, llevalo al veterinario ¡porque lo veo muy mal! Y le tenés que dar de comer, ¡mirá que un perro demanda tiempo, Esteban, después no quiero andar pidiéndote las cosas, por favor!
-Joya- y con Sheik entre los brazos salió corriendo sonriente-. Le voy a preparar una cuchita, a ver qué encuentro en el galpón.
El mp3 todavía estaba en su mochila.
Cuando dieron las siete, se levantó al igual que todas las mañana de lunes a viernes con el llamado de su madre desde el umbral de su cueva, como solía llamarla. Se puso lo primero que encontró en la silla de la ropa y fue hasta el baño, después se lavó la cara, y sin más, se sentó a la mesa donde un suculento desayuno lo esperaba. Al terminar la última gota del té con limón, se paró, tomó la mochila, las llaves y con un “hasta después” partió para la escuela. Con el primer paso en la calle, sus oídos escuchaban nada más que su música, y así, al igual que todas las mañanas de lunes a viernes, caminó las cinco cuadras que lo llevaban hasta el colegio, con las manos en los bolsillos, un poco encorvado, y envuelto por sus sonidos. Pasado un rato ya veía los ademanes de todos los días, ademanes de la señora de trajecito aterciopelado, hoy azul porque era jueves, que se señalaba los oídos bruscamente y movía de forma veloz la boca -¡Sáquese eso de una vez, cuántas veces se lo tengo que decir, Ferreyra!- escuchó al fin y al cabo, y sin más remedio tuvo que apagar el mp3 y guardarlo en el bolsillo de la mochila. Y se sucedieron una tras otra las clases, matemática, geografía, lengua y literatura, hora libre porque la profesora de administración había faltado, un rato después vino el preceptor con los cuadernos informando que se retirarían antes. -¡Chau, nos vemos!- y la música ya resonaba en sus oídos…
Y fue entonces que habiendo caminado tres cuadras, se lo cruzó. Delante de él un perrito de tres o cuatro meses nomás estaba debatiéndose entre la vida y la muerte al costado de un árbol, de esos árboles bien grandes que con sus raíces rompen las sólidas baldosas de la vereda. Sin dudarlo, se detuvo, cuando de pronto desde una de las puertas de las casas de esa cuadra (precisamente la puerta que estaba enfrentada al gran árbol) salió un hombre algo rechoncho con un mondadientes que se le asomaba por el lado derecho de su boca – Miralo a éste, todavía sigue acá- le dijo echándole una mirada altiva al perrito-. Decí que no le doy comida desde hace un par de días, ¡sino sabés cómo se te quedan éstos guachos! Mi hija cayó el sábado con el perro, ¡naaa! ¡Me rompió una zapatilla, dejate de joder! Le dije “si lo querés andá a laburar”, pero la piba quiere terminar la escuela y no se que flauta, ¡y bue, loco, al que quiere celeste que le cueste!- chasqueó con la lengua- Bue, chua flaco, no te saco más tiempo-. Repentinamente la música paró, los auriculares abandonaron los oídos y su voz se escuchó -¡Sí, le pido por favor, vaya, vaya, que estábamos por entablar una conversación de verdad! ¿O no?- y miró al perrito. Un portazo de indignación resonó por toda la cuadra, seguido de una pícara risita y de un corto ladrido – Vamos che, vamos a casa- y sin pensarlo de nuevo, él tomó al perrito entre sus brazos y emprendió camino a casa.
-¡Hola ma, llegamos!
-¿Llegamos, con quién viniste? Se te nota de buen humor, Esteban- le contestaba su madre mientras salía de la habitación. Y entonces, los vio- ¿Y ese perro, Esteban?
-Decí “hola Sheik, saludá a mamá”.
-Ja, ja, está bien, está bien, pero compromete a sacarlo a pasear, llevalo al veterinario ¡porque lo veo muy mal! Y le tenés que dar de comer, ¡mirá que un perro demanda tiempo, Esteban, después no quiero andar pidiéndote las cosas, por favor!
-Joya- y con Sheik entre los brazos salió corriendo sonriente-. Le voy a preparar una cuchita, a ver qué encuentro en el galpón.
El mp3 todavía estaba en su mochila.
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