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Sobre el hombre que eligió no tener alma, cuento

Arte6/28/2014
Hay una teoría.
Esta expresa que los deseos son impulsos nerviosos generados por nuestras neuronas, las cuales funcionan a través de conexiones eléctricas. De hecho, la electricidad está presente en todo nuestro cuerpo, todo el tiempo, aunque no logremos percibirlo. Nuestro cuerpo está hecho de electricidad, estática.
Más allá del cielo, en la ionosfera, donde nacen los relámpagos y los meteoroides se convierten en estrellas fugaces, donde la luz del sol se transforma, se extiende un campo magnético que puede transmitir cualquier tipo de descarga eléctrica hacia determinado destino sin la necesidad de conductor alguno. Entonces…
… ¿qué es lo que hace que nuestros deseos se cumplan? ¿Quién tiene conocimiento de este fenómeno? ¿Quién puede hacer posible este milagro o accidente de la naturaleza? ¿Quién tiene la posibilidad de usarlo a su placer?
Sea quien sea esa persona, tiene en sus manos su propio destino más que nadie en el mundo, así como también el de quienes se encuentran conectados a esta.




— Sonría —le dice ella—. Solía gustarme mucho verlo sonreír.
Él intenta una mueca y ella se sonríe, con ternura.
Está recostado, exánime, entumecido por el dolor, mientras ella permanece aún a su lado, desde una silla a un costado de la cabecera de la cama; sostiene su mano, repleta de manchas rojas. La madera, las paredes, el aire, todo está lleno de humedad, como el cuerpo de él.
Lleva con sus manos la de él hacia ese pecho encendido por un fuego que nace en sus huesos.
Aprieta su mano, le frota el pecho.
Ese pecho cansado y enfermo.
El silencio envuelve aquella pequeña habitación descolorida.
Las ventanas están cubiertas por mantas. Todo está a oscuras allí.
La luz del sol le provoca espasmos a él; la humedad, impregnada en su cuerpo, lo descompone.
Ella se pone a llorar.
Él ya no siente dolor, aunque siente una angustia muy honda, desconsolada.
Ya no es más que algunos huesos deshechos y carne pudriéndose. Y no le importa en realidad. Pero no quiere verla llorar, quedarse solo o dejarla sola.
Ella no se mueve de su lado desde hace tres días. Estuvo velando por él.
Tal vez por devoción a un pasado más agradable en sus memorias.
— Todo esto es por mí —murmura ella mientras las lágrimas comienzan a deslizarse por las mejillas hacia su boca.
Le suelta la mano y respira hondo. Se seca los ojos. Lame la sal de entre sus labios.
— Todo esto es por mí —repite ahora, erguida—, por su cobardía en realidad.
Hace una pausa. Vuelve a suspirar, todavía con los ojos humedecidos.
— Yo lo único que quería era esto, que estemos juntos. No tenía que terminar así.
Él no puede hablar y, aunque pudiera, ya no sabría qué decir.
La mira, y no comprende. Lo único que sabe con seguridad es que, después de tanto tiempo, aprendió que la ama. Y, al mismo momento, que la odia.
— No lo lamento —sigue diciendo—: después de todo lo que he sufrido.
Se inclina sobre él y le besa la frente, también manchada.
— Pero siento lástima por usted hoy; por nosotros, ahora.

[...]

continúa en el http://paulomanterola.blogspot.com.ar/2014/06/sobre-el-hombre-que-eligio-no-tener-alma.html
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