Mujer, ¡cómo te extraña esta cama! Nunca te vio pero, ¡igual te llama!
Te vio descender de nubes, donde eras estampa, bordeada de fragancia, codiciada.
Y ahora grita alocada, desgarrada, asesinada de falta.
Ahora no se avizora punto final para la absurda pasión -final para la estúpida canción (la que habla de vos, que te me estás yendo de acá, donde quisiera te quedaras, donde deberías estar)-; fundida con mi estupidez general, mi hambre de azar: motivo del futuro castigo (en lugar del placer que sí: no se va).
Estás incrustada en mi boca, como una llaga que ayer ardió. Sin permiso, sutil persistir, aroma de vivir, avanza y crece tu espacio como la cercanía del morir.
¿Por qué te habré dejado ir? Seguramente por un mañana, por no enfrentar un antojadizo porvenir. Aunque siempre fui cobarde... de respirar asmático, de caminar paralítico, de tocar manco... bozal cerrado, liberto castrado.
Y estoy, soy... tan contento y triste, tan grave y trivial, tan vigía y ebriedad, tan “te extraño” y tan “no te vayas más”, tan “que rica que estabas”, tan “quisiera probarte unas veces más”... hasta hartarme, hasta no volverte a necesitar, hasta que se vaya la aridez de la sal que en mi lengua hoy está.
Andate como llegaste, te lo pido para adentro -por favor-, porque hacia afuera no te puedo echar. Andate vos, porque hoy, yo, no puedo más que decirte: quiero te quieras quedar.
Gracias por leer y comentar