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Tercer capítulo de Ronin. En esta novela se intercalan dos sagas: Ronin y Crónicas de Ronin.
El primer capítulo fue Ronin #01: Que no parezca un accidente, que pueden leer clickeando .
Acabo de subir a la aplicación el tercer capítulo: Ronin #02: La venganza es un plato que se come con mucho ketchup.
A continuación les dejo el segundo capítulo:
Crónicas de Ronin #01: Cómo me convertí en un monstruo
No luches
contra monstruos,
conviértete
en monstruo,
si miras
al abismo,
el abismo
te devuelve
la mirada.
-Friedrich Wilhelm Nietzsche
"Estaba trabajando en la redacción del diario, cerrando una nota sobre tribus urbanas, exprimiendo hasta el último minuto para que pudiera salir publicada al día siguiente. Silvia me llamó al celular. Como estaba ocupado, decidí no atender. Sin embargo, volvió a llamar y luego llamó otra vez hasta que me decidí a contestar el teléfono. Se la notaba nerviosa y también malhumorada, cada vez que perdía su eje empezaba a sentir que el mundo era ineficiente o se complotaba para joderle la vida. Por otra parte, tenía una marcada tendencia (casi diaria) a perder el eje y a preocuparse de más por las cosas, principalmente cuando se trataba de algo relacionado con nuestra hija.
- No puedo ubicar a Catalina -intentó serenarse, pero no le salió-. Tendría que haber llegado a casa hace más de tres horas -no quería ponerse a llorar-. Primero el celular sonaba y no atendía, ahora me salta directamente el contestador. Las amigas no saben nada, Javier -se largó a llorar-. Tengo un mal presentimiento -siempre tenía malos presentimientos, sin embargo en ese momento yo también sentí que algo no andaba bien-.
- Bueno, tranquilicémonos primero -yo estaba algo nervioso, pero tenía que serenarme para que la situación no se pusiera border-. Ya salgo para casa, por el camino voy pasando por los lugares donde suele estar Cata, ¿te parece bien?
Silvia se tranquilizó un poco, suspiró.
- Por las dudas voy llamando a la policía, Javier. Vení rápido.
Mandé a publicación el artículo sobre las tribus urbanas sin corregir, sin los cambios que quería hacerle, así nomás. El Buitre Magnus seguramente se iba a enojar, pero me importaba muchísimo más Catalina. Además, la situación en el diario ya era insostenible. Mientras mi padre fue director general, yo hice lo que quise. Eran mis primeros años como periodista. El diario me pagó posgrados alrededor del mundo y notas que me permitían viajar a lugares increíbles. Mi viejo murió seis años atrás de un ACV. El puesto de director editorial fue ocupado por el mismísimo dueño del diario, Lord Carlos Magnus. Muerto mi viejo, El Buitre sintió que había saldado su deuda con mi familia y me sacó todos los privilegios ¿Qué deuda? La vida de mi abuelo. Mi abuelo era el dueño del diario, pero El Buitre lo hizo desaparecer en el ´76 para quedarse con la empresa. Le salió más barato pagarle a los milicos que comprar un diario o instalarse uno propio y, de paso, respetar los artículos de mi abuelo. Mi viejo le caía bien, jamás protestó por la desaparición de su padre. No sé si por inocencia o idiotez, jamás sospechó nada. Yo, en cambio, intenté investigar a fondo y reclamar ante la ley y mi entorno mediático por el paradero de mi abuelo. Al principio, entré al diario para saber la verdad sobre su secuestro, luego me fueron calmando a los telefonazos, amenazando a mi familia.
Al instante siguiente de que se murió mi viejo, El Buitre me sacó viajes, privilegios y me asignó artículos sobre idioteces como las tribus urbanas. Yo no diría que mi viejo era un tonto, a fin de cuentas, yo también aceptaba y acepto trabajar en el diario. Mi abuelo me mostró a mí lo que a él le negó. Tal vez, conociendo la forma de ser de su hijo, no quiso involucrarlo en cosas que estaban más allá de su coraje. Mi padre nunca supo nada, a tal punto que jamás conoció el bunker que había debajo de su propia casa.
Durante la gloriosa década peronista, el diario de mi abuelo estaba en la cima de las ventas y el prestigio. Perón le tenía tanta confianza y eran tan buenos amigos que montaron un bunker debajo de la casa de mi abuelo, la misma que luego habitó mi padre y que ahora habito yo. No era un refugio ni nada parecido sino tan sólo un simple bar secreto donde podían tomar algo sin tener que andar tirándoles bananas a los gorilas. Así como hay bares secretos en Buenos Aires o en New York, mi abuelo construyó un bunker que funcionó como bar secreto para reuniones y copetines de jerarcas peronistas.
Una red de túneles magnífica permitía el ingreso desde varios puntos de la ciudad. Mi abuelo me contó que a Perón y a Evita les gustaba jugar a las escondidas en el laberinto de túneles, pero siempre ellos dos solos, nunca con nadie más. Él me llevó a recorrer el bunker y los pasajes cuando hacía ya décadas que todo estaba abandonado. Me enseñó a usar las cámaras que estaban conectadas a la casa y a las diferentes entradas. Lo que a mí más me gustaba eran las anécdotas que me contaba.
Muchas veces le pregunté a mi abuelo por qué no lo incluía a mi padre en nuestros encuentros. Él me respondía siempre lo mismo: "Tu padre es de otra cepa". Por eso a mi viejo no lo desesperó la desaparición de mi abuelo, no lo conocía, nunca tuvieron la confianza para entenderse. Algo habría hecho. Jamás sospechó de Carlos Magnus, al contrario, siempre se identificó con sus ideas de dirección. Las únicas excentricidades que cometía mi padre tenían que ver con mis ideas repentinas o proyectos ambiciosos. Y tengo que reconocer que, más allá de su cabeza chata, el viejo siempre me apoyó, me bancó económicamente tanto como mi abuelo me bancó ideológicamente.
Cuando mi papá falleció, Catalina tenía diez años. El Buitre modificó completamente mi situación laboral en el diario, sacándome todos los privilegios y hostigándome durante cada día, ordenando que me destinaran las investigaciones más intrascendentes posibles. Yo no protesté, me la aguanté. Incluso, lo tomé por el lado bueno: dejar de viajar me iba a permitir estar mucho más tiempo con Silvia y Catalina. Ante las presiones del Buitre, cedí mis libertades y me coloqué bajo su ojo, intenté respetar al pie de la letra sus dictámenes. Mi juvenil rebeldía igualmente se mantuvo latente; a veces; cada vez más cada tanto. Se manifestaba a través de algún plan secreto bastante dañino, como cambiar los titulares o las fotos de la tapa justo en el momento de la publicación y hacer escraches anónimos a impunes criminales de la dictadura que se llevó a mi abuelo.
Cuando Silvia me llamó tan preocupada, no me importaron las potenciales quejas de Magnus, mandé todo así nomás y bajé prácticamente corriendo hasta el estacionamiento. Me subí a mi Ford Focus 2011, tiré el morral y el saco así nomás en el asiento del acompañante. Contra mis hábitos obsesivos compulsivos cotidianos, todo quedó desordenado, incluso, la solapa del morral se había desprendido un poco por el impacto contra el asiento, no se encontraba como debía estar. No me importó. Tracé una ruta rápida en mi cabeza y excedí todos los límites de velocidad, no respeté ningún semáforo.
Primero fui a la escuela. El lugar, vacío, resultaba bastante tétrico. Una portera me interceptó en el patio central. Me dijo que no había nadie, intentó aportar recordando que el curso de mi hija había tenido gimnasia de dos a cuatro de la tarde. Yo ya lo sabía. El complejo donde la escuela daba las clases de gimnasia fue mi segunda opción. Allí tampoco había nadie. Ese campo con canchas deshabitadas y agua de piscina ondulada por el viento era más tétrico que la escuela.
Pasé por las plazas, me crucé con algunos de sus amigos y con sus mejores amigas. No sabían nada de ella desde que terminaron de hacer gimnasia. Edgardo, el supuesto noviecito de la nena, admitió a regañadientes, con un coherente terror hacia mis celos, que le había enviado varios mensajes y ella no le respondió ninguno. Creyó que no tendría crédito o estaría ocupada. Algo preocupado, intentó llamarla, pero instantáneamente le habló la impersonal voz del contestador. Pasé por las calles que frecuentaba Catalina. Por los comercios que solía visitar. Nadie sabía nada.
Silvia me llamaba continuamente por teléfono. Había hablado con la policía y con el 911, los dos le habían respondido lo mismo, había que esperar veinticuatro malditas, larguísimas horas para que la policía interviniera. Insistí, le dije, llamalos continuamente hasta que cedan para que no les sigas hinchando las pelotas.
A mí se me ocurrió llamar a mi ex novia, Natalia Schwartz, la conductora que ahora está obligada por la moda a hablar continuamente de incendios y asesinatos relacionados con la trata de personas. Le conté que la policía no quería ayudarnos y aceptó, más obligada que predispuesta, a destinarle al tema unos minutos de aire.
Cuando entre a mi casa, todas las luces estaban apagadas. Silvia estaba sentada en el sillón, sollozando en la oscuridad. Apenas se veía su silueta iluminada en la noche, convulsionada. Nos abrazamos durante decenas de minutos sin hablar, sin nada para decir. Estábamos tan desesperados que rezamos los dos juntos en voz alta, prometimos y rogamos, imploramos al Señor. Pero el Señor que manejaba los hilos estaba relacionado con la usurpación, no con la creación.
Norma, la vecina de al lado de nuestra casa, pinchadora serial de pelotas del barrio, nos tocó el timbre. Habían dicho en el noticiero que Catalina estaba desaparecida, ella la vio alrededor de las cinco de la tarde en la esquina subiéndose a una camioneta Traffic blanca.
Salí corriendo hacia el noticiero, llevándome a Norma a pesar de que no entendía muy bien el vértigo de la escena. Silvia se quedó en casa haciendo guardia, por si regresaba Catalina o sonaba el teléfono.
En el set de grabación del noticiero pretendí ir directamente hacia Natalia Schwartz para que pasara en vivo el testimonio de Norma y todas las malditas Traffics blancas del mundo fueran interceptadas cuanto antes. No pude llegar hasta la conductora porque me detuvo el productor general del canal de noticias. No quería pasar la nota, decía que ya me habían dado demasiado tiempo, no podía arriesgarse a dejar en ridículo al canal. Mi hija, por lo que a él le constaba y viendo despectivamente mi forma de ser, de pensar y de vestir, podría estar drogándose con algún pibe en una plaza. Echándonos a mí y a Norma con bastante violencia hacia la calle, me despidió malintencionadamente, esperándome al día siguiente. El productor del canal era Ariel Magnus, hijo de mi jefe. Ambos me odiaban con la misma potencia y perseverancia. No era lo único que compartían… tenían una conducta avara y soberbia en común y los excitaba el mismo tipo de noticias morbosas.
Volví desahuciado hacia mi casa. Silvia había llamado nuevamente a la policía y al 911; le dijeron que tomarían nota de la Traffic y que se ocuparían del tema al día siguiente. Mi mujer, que antes estaba nerviosa y desarticulada, comenzó poco a poco a organizarse en el momento más desesperante y solitario. Yo, en cambio, entre en un estado de shock, era un manojo de frustración y preocupaciones, tenía tanta ira que... no podía hacer nada, salvo descargarla. Me fui hasta el patio de la casa y comencé a darle trompadas a la bolsa de boxeo que tenía colgada en un rincón olvidado. Primero di un par de golpes y descansé, luego una trompada muy fuerte. Instantáneamente, otra. Comencé una seguidilla de golpes cortos y no paré. No sé cuántos días después agregué patadas y cabezazos. A las dos semanas, como el saco no me alcanzaba, me la agarré con el inmenso árbol que mi abuela había plantado setenta años atrás.
No se me ocurrió en ningún momento avisar al diario que me tomaría licencia. Juro que jamás se me cruzó por la cabeza nada relacionado con el diario.
Como la policía no se comprometió con la desaparición de nuestra hija y los medios de comunicación no difundieron la noticia, decidimos hacernos cargo de buscarla y rescatarla.
Mi mujer y yo pasamos semanas prácticamente sin comer ni beber, moviéndonos de un lado a otro. Cada vez que volvía a casa, la frustración sólo me motivaba a tirar piñas y trompadas contra los objetos contundentes de mi casa. Silvia estuvo en la calle prácticamente todo el tiempo.
Aceché y perseguí a todas las Traffics blancas de la ciudad. Suponíamos que Catalina había sido secuestrada para ser vendida a algún prostíbulo de la zona. Silvia se hizo pasar por prostituta para buscar a su hija e investigar las llamadas whiskerías desde adentro.
En el living de nuestra casa íbamos pegando papelitos con nombres, direcciones y datos. Armamos un mapa conceptual que desarrollaba el sistema jerárquico de la trata de personas en la ciudad, con funciones y zonas de movimiento detalladas. Un numeroso grupo de policías corruptos coordina la acción, marca a las mujeres y le pasa los datos a las remiserías, que mandan Traffics blancas para que las levanten de la calle y las lleven a galpones, desde donde las trasladan al prostíbulo de La Gran Dama. Esta mujer las mantiene ocultas durante unos días y luego las distribuye en distintos prostíbulos, que, para no llamar la atención, se hacen llamar whiskerías, fingen ser bares de copas con mujeres contratadas simplemente como paisaje hot. Todo es demasiado evidente, se mueven con total impunidad. Que de la misma policía surjan los pedidos de secuestro les asegura a todos los implicados una inmunidad prácticamente irrompible. El organizador de todo es el oficial Charles Reaper, conocido como El Sheriff. El fantasma del monstruoso milico dictador reencarnó en un secuestrador de mujeres. No sabemos si están vivas o muertas. No están. Están desaparecidas.
Durante el Proceso de Reorganización Nacional, en el cual los militares tomaron el poder argentino desde el 24 de marzo de 1976 al 10 de diciembre de 1983, hubo un genocidio sostenido por la extrema patologización del odio que masticó la oligarquía contra las clases populares. Ahora hay una sistematización comercial de lo patológico. Se crearon lugares y cadenas de mando, roles, todo un sistema pensado para desaparecer mujeres a cambio, ya no de poder, sino simplemente de dinero.
Lo que no logramos descubrir con Silvia es qué más hay detrás, sólo pudimos ver la superficie, lo evidente. Pero las mujeres no sólo son trasladadas a prostíbulos, también las llevan a algún otro lugar. Por esto no pudimos encontrar a Catalina, tiene que estar en manos de otras personas.
¿Quién es el jefe del Sheriff? ¿Qué hacen? ¿A dónde llevan a las mujeres cuando no las venden a las whiskerías?
Redactamos un informe denunciando lo que habíamos descubierto y las sospechas que teníamos sobre el paradero de Catalina. Denunciamos todo, se lo mandamos por mail a Carlos Magnus y a mis editores. Por un breve momento estuvimos ilusionados, creyendo que nuestra fatalidad iba a comenzar a terminar.
Pasaron dos días y no recibimos ninguna respuesta ni hubo un mísero recuadro publicado en el diario ni unos segundos de mención en la tv.
Decidimos enviar la investigación al resto de los diarios y a todos los canales de noticias. Además, publicamos todo en varios blogs y lo promocionamos a través de las redes sociales. No quisimos mencionar directamente que al Buitre no le interesaba el secuestro de mujeres, pero lo dimos muy bien a entender.
Perico, el esbirro que cumple la función de patovica de mi jefe, tocó el timbre de nuestra casa muy temprano al día siguiente de la difusión de nuestra investigación. El Buitre me mandaba a llamar, quería verme en su despacho. Fui así nomás, Perico no me dejó asearme ni cambiarme de ropa. Llevaba la misma vestimenta que tenía puesta el día que Catalina desapareció, jamás me la había cambiado. Estaba barbudo y tenía el pelo enmarañado. La mayoría de mis compañeros de la redacción y casi todos los trabajadores del diario me dedicaron un gesto de preocupación y condescendencia. Muchos me tocaron el hombro y me dijeron frases hechas. Vi a varios sonreír.
Entré al despacho del Buitre. Me recibió con esa capacidad única de manifestar su desidia posicionando de diferentes maneras su nariz aguileña, dándole a su ajado rostro un sutil tinte siniestro esa vez. Me sugirió que no investigara nada más sobre la trata de personas. Dijo que me estaba llenando de mierda, denunciando a gente prestigiosa o con contactos que podrían tomar muy duras represalias. Me retiré del despacho de Carlos Magnus prometiendo no investigar más sobre el tema. Perico me acompañó hasta la salida, presionando con mucha fuerza mi hombro izquierdo.
Cuando regresé a mi casa, mi mujer no estaba. Su celular estaba apagado… ni sus padres ni sus amigas sabían nada de ella.
Silvia no volvió a aparecer.
Cuando fui a la comisaría para denunciar la desaparición de mi mujer, los policías, impunemente, se rieron en mi cara. "Eso les pasa por meterse donde no deben", dijo Ramírez, uno que patrulla solo y, según lo que investigó mi mujer, es el que organiza la distribución callejera de paco y anfetaminas.
Volví de la comisaría derrotado, me acosté a dormir tirándome en la cama, desplomándome hasta la medianoche. Bajé al viejo bunker peronista en el que estás encerrado ahora y me puse por primera vez esta máscara que para vos será un simple pasamontañas con lentes espejadas.
Yo fui doblemente derrotado, no pude rescatar a mi hija ni proteger a mi mujer. Perdí mi misión y mi destino. Camino por la calle de la deshonra en la ciudad de la derrota. Lo único que me queda es una deuda vencida y elijo aferrarme a esa migaja. Soy un guerrero solitario, errante como una ola en el mar. Con la máscara me convierto en Ronin y recojo el guante que la justicia y los medios de comunicación no quisieron tener en cuenta. Ronin se hará cargo de la denuncia de la familia Heredia.
El primer día que salí, hace una semana, liquidé al Rey David y prendí fuego su whiskería, dejando a seis mujeres sin trabajo, rescatando a siete chicas que fueron devueltas a sus respectivas familias. No podría decir sanas y salvas, lamentablemente, ya que jamás se podrá volver a decir eso de ellas.
Hasta ahora, la investigación que realizamos no se equivocó. Todos están metidos, todos confiesan y delatan. Y varias miradas se dirigen a vos, aunque no figurás en mi investigación preliminar. Mi única duda aún es qué pregunta te voy a hacer antes de sacarte la mordaza y decidir si sobrevivís a mí o no."
El gordo intentó moverse en la silla sin lograr ningún cambio. Una incómoda silla de madera es difícil de vencer con el cuerpo inmovilizado. Estaba sentado frente a las cámaras que enfocan diversas partes de los túneles y ciertos lugares de la ciudad. También tenía una tv encendida en el canal de noticias que le pertenece al Buitre.
Amanecía en la ciudad. Subí a la casa y me preparé un café. Esbocé un plan de mis próximos movimientos y me fui a dormir varias horas, hasta que los policías golpearon la puerta de mi casa.
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Tercer capítulo de Ronin. En esta novela se intercalan dos sagas: Ronin y Crónicas de Ronin.
El primer capítulo fue Ronin #01: Que no parezca un accidente, que pueden leer clickeando .
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A continuación les dejo el segundo capítulo:
Crónicas de Ronin #01: Cómo me convertí en un monstruo
No luches
contra monstruos,
conviértete
en monstruo,
si miras
al abismo,
el abismo
te devuelve
la mirada.
-Friedrich Wilhelm Nietzsche
"Estaba trabajando en la redacción del diario, cerrando una nota sobre tribus urbanas, exprimiendo hasta el último minuto para que pudiera salir publicada al día siguiente. Silvia me llamó al celular. Como estaba ocupado, decidí no atender. Sin embargo, volvió a llamar y luego llamó otra vez hasta que me decidí a contestar el teléfono. Se la notaba nerviosa y también malhumorada, cada vez que perdía su eje empezaba a sentir que el mundo era ineficiente o se complotaba para joderle la vida. Por otra parte, tenía una marcada tendencia (casi diaria) a perder el eje y a preocuparse de más por las cosas, principalmente cuando se trataba de algo relacionado con nuestra hija.
- No puedo ubicar a Catalina -intentó serenarse, pero no le salió-. Tendría que haber llegado a casa hace más de tres horas -no quería ponerse a llorar-. Primero el celular sonaba y no atendía, ahora me salta directamente el contestador. Las amigas no saben nada, Javier -se largó a llorar-. Tengo un mal presentimiento -siempre tenía malos presentimientos, sin embargo en ese momento yo también sentí que algo no andaba bien-.
- Bueno, tranquilicémonos primero -yo estaba algo nervioso, pero tenía que serenarme para que la situación no se pusiera border-. Ya salgo para casa, por el camino voy pasando por los lugares donde suele estar Cata, ¿te parece bien?
Silvia se tranquilizó un poco, suspiró.
- Por las dudas voy llamando a la policía, Javier. Vení rápido.
Mandé a publicación el artículo sobre las tribus urbanas sin corregir, sin los cambios que quería hacerle, así nomás. El Buitre Magnus seguramente se iba a enojar, pero me importaba muchísimo más Catalina. Además, la situación en el diario ya era insostenible. Mientras mi padre fue director general, yo hice lo que quise. Eran mis primeros años como periodista. El diario me pagó posgrados alrededor del mundo y notas que me permitían viajar a lugares increíbles. Mi viejo murió seis años atrás de un ACV. El puesto de director editorial fue ocupado por el mismísimo dueño del diario, Lord Carlos Magnus. Muerto mi viejo, El Buitre sintió que había saldado su deuda con mi familia y me sacó todos los privilegios ¿Qué deuda? La vida de mi abuelo. Mi abuelo era el dueño del diario, pero El Buitre lo hizo desaparecer en el ´76 para quedarse con la empresa. Le salió más barato pagarle a los milicos que comprar un diario o instalarse uno propio y, de paso, respetar los artículos de mi abuelo. Mi viejo le caía bien, jamás protestó por la desaparición de su padre. No sé si por inocencia o idiotez, jamás sospechó nada. Yo, en cambio, intenté investigar a fondo y reclamar ante la ley y mi entorno mediático por el paradero de mi abuelo. Al principio, entré al diario para saber la verdad sobre su secuestro, luego me fueron calmando a los telefonazos, amenazando a mi familia.
Al instante siguiente de que se murió mi viejo, El Buitre me sacó viajes, privilegios y me asignó artículos sobre idioteces como las tribus urbanas. Yo no diría que mi viejo era un tonto, a fin de cuentas, yo también aceptaba y acepto trabajar en el diario. Mi abuelo me mostró a mí lo que a él le negó. Tal vez, conociendo la forma de ser de su hijo, no quiso involucrarlo en cosas que estaban más allá de su coraje. Mi padre nunca supo nada, a tal punto que jamás conoció el bunker que había debajo de su propia casa.
Durante la gloriosa década peronista, el diario de mi abuelo estaba en la cima de las ventas y el prestigio. Perón le tenía tanta confianza y eran tan buenos amigos que montaron un bunker debajo de la casa de mi abuelo, la misma que luego habitó mi padre y que ahora habito yo. No era un refugio ni nada parecido sino tan sólo un simple bar secreto donde podían tomar algo sin tener que andar tirándoles bananas a los gorilas. Así como hay bares secretos en Buenos Aires o en New York, mi abuelo construyó un bunker que funcionó como bar secreto para reuniones y copetines de jerarcas peronistas.
Una red de túneles magnífica permitía el ingreso desde varios puntos de la ciudad. Mi abuelo me contó que a Perón y a Evita les gustaba jugar a las escondidas en el laberinto de túneles, pero siempre ellos dos solos, nunca con nadie más. Él me llevó a recorrer el bunker y los pasajes cuando hacía ya décadas que todo estaba abandonado. Me enseñó a usar las cámaras que estaban conectadas a la casa y a las diferentes entradas. Lo que a mí más me gustaba eran las anécdotas que me contaba.
Muchas veces le pregunté a mi abuelo por qué no lo incluía a mi padre en nuestros encuentros. Él me respondía siempre lo mismo: "Tu padre es de otra cepa". Por eso a mi viejo no lo desesperó la desaparición de mi abuelo, no lo conocía, nunca tuvieron la confianza para entenderse. Algo habría hecho. Jamás sospechó de Carlos Magnus, al contrario, siempre se identificó con sus ideas de dirección. Las únicas excentricidades que cometía mi padre tenían que ver con mis ideas repentinas o proyectos ambiciosos. Y tengo que reconocer que, más allá de su cabeza chata, el viejo siempre me apoyó, me bancó económicamente tanto como mi abuelo me bancó ideológicamente.
Cuando mi papá falleció, Catalina tenía diez años. El Buitre modificó completamente mi situación laboral en el diario, sacándome todos los privilegios y hostigándome durante cada día, ordenando que me destinaran las investigaciones más intrascendentes posibles. Yo no protesté, me la aguanté. Incluso, lo tomé por el lado bueno: dejar de viajar me iba a permitir estar mucho más tiempo con Silvia y Catalina. Ante las presiones del Buitre, cedí mis libertades y me coloqué bajo su ojo, intenté respetar al pie de la letra sus dictámenes. Mi juvenil rebeldía igualmente se mantuvo latente; a veces; cada vez más cada tanto. Se manifestaba a través de algún plan secreto bastante dañino, como cambiar los titulares o las fotos de la tapa justo en el momento de la publicación y hacer escraches anónimos a impunes criminales de la dictadura que se llevó a mi abuelo.
Cuando Silvia me llamó tan preocupada, no me importaron las potenciales quejas de Magnus, mandé todo así nomás y bajé prácticamente corriendo hasta el estacionamiento. Me subí a mi Ford Focus 2011, tiré el morral y el saco así nomás en el asiento del acompañante. Contra mis hábitos obsesivos compulsivos cotidianos, todo quedó desordenado, incluso, la solapa del morral se había desprendido un poco por el impacto contra el asiento, no se encontraba como debía estar. No me importó. Tracé una ruta rápida en mi cabeza y excedí todos los límites de velocidad, no respeté ningún semáforo.
Primero fui a la escuela. El lugar, vacío, resultaba bastante tétrico. Una portera me interceptó en el patio central. Me dijo que no había nadie, intentó aportar recordando que el curso de mi hija había tenido gimnasia de dos a cuatro de la tarde. Yo ya lo sabía. El complejo donde la escuela daba las clases de gimnasia fue mi segunda opción. Allí tampoco había nadie. Ese campo con canchas deshabitadas y agua de piscina ondulada por el viento era más tétrico que la escuela.
Pasé por las plazas, me crucé con algunos de sus amigos y con sus mejores amigas. No sabían nada de ella desde que terminaron de hacer gimnasia. Edgardo, el supuesto noviecito de la nena, admitió a regañadientes, con un coherente terror hacia mis celos, que le había enviado varios mensajes y ella no le respondió ninguno. Creyó que no tendría crédito o estaría ocupada. Algo preocupado, intentó llamarla, pero instantáneamente le habló la impersonal voz del contestador. Pasé por las calles que frecuentaba Catalina. Por los comercios que solía visitar. Nadie sabía nada.
Silvia me llamaba continuamente por teléfono. Había hablado con la policía y con el 911, los dos le habían respondido lo mismo, había que esperar veinticuatro malditas, larguísimas horas para que la policía interviniera. Insistí, le dije, llamalos continuamente hasta que cedan para que no les sigas hinchando las pelotas.
A mí se me ocurrió llamar a mi ex novia, Natalia Schwartz, la conductora que ahora está obligada por la moda a hablar continuamente de incendios y asesinatos relacionados con la trata de personas. Le conté que la policía no quería ayudarnos y aceptó, más obligada que predispuesta, a destinarle al tema unos minutos de aire.
Cuando entre a mi casa, todas las luces estaban apagadas. Silvia estaba sentada en el sillón, sollozando en la oscuridad. Apenas se veía su silueta iluminada en la noche, convulsionada. Nos abrazamos durante decenas de minutos sin hablar, sin nada para decir. Estábamos tan desesperados que rezamos los dos juntos en voz alta, prometimos y rogamos, imploramos al Señor. Pero el Señor que manejaba los hilos estaba relacionado con la usurpación, no con la creación.
Norma, la vecina de al lado de nuestra casa, pinchadora serial de pelotas del barrio, nos tocó el timbre. Habían dicho en el noticiero que Catalina estaba desaparecida, ella la vio alrededor de las cinco de la tarde en la esquina subiéndose a una camioneta Traffic blanca.
Salí corriendo hacia el noticiero, llevándome a Norma a pesar de que no entendía muy bien el vértigo de la escena. Silvia se quedó en casa haciendo guardia, por si regresaba Catalina o sonaba el teléfono.
En el set de grabación del noticiero pretendí ir directamente hacia Natalia Schwartz para que pasara en vivo el testimonio de Norma y todas las malditas Traffics blancas del mundo fueran interceptadas cuanto antes. No pude llegar hasta la conductora porque me detuvo el productor general del canal de noticias. No quería pasar la nota, decía que ya me habían dado demasiado tiempo, no podía arriesgarse a dejar en ridículo al canal. Mi hija, por lo que a él le constaba y viendo despectivamente mi forma de ser, de pensar y de vestir, podría estar drogándose con algún pibe en una plaza. Echándonos a mí y a Norma con bastante violencia hacia la calle, me despidió malintencionadamente, esperándome al día siguiente. El productor del canal era Ariel Magnus, hijo de mi jefe. Ambos me odiaban con la misma potencia y perseverancia. No era lo único que compartían… tenían una conducta avara y soberbia en común y los excitaba el mismo tipo de noticias morbosas.
Volví desahuciado hacia mi casa. Silvia había llamado nuevamente a la policía y al 911; le dijeron que tomarían nota de la Traffic y que se ocuparían del tema al día siguiente. Mi mujer, que antes estaba nerviosa y desarticulada, comenzó poco a poco a organizarse en el momento más desesperante y solitario. Yo, en cambio, entre en un estado de shock, era un manojo de frustración y preocupaciones, tenía tanta ira que... no podía hacer nada, salvo descargarla. Me fui hasta el patio de la casa y comencé a darle trompadas a la bolsa de boxeo que tenía colgada en un rincón olvidado. Primero di un par de golpes y descansé, luego una trompada muy fuerte. Instantáneamente, otra. Comencé una seguidilla de golpes cortos y no paré. No sé cuántos días después agregué patadas y cabezazos. A las dos semanas, como el saco no me alcanzaba, me la agarré con el inmenso árbol que mi abuela había plantado setenta años atrás.
No se me ocurrió en ningún momento avisar al diario que me tomaría licencia. Juro que jamás se me cruzó por la cabeza nada relacionado con el diario.
Como la policía no se comprometió con la desaparición de nuestra hija y los medios de comunicación no difundieron la noticia, decidimos hacernos cargo de buscarla y rescatarla.
Mi mujer y yo pasamos semanas prácticamente sin comer ni beber, moviéndonos de un lado a otro. Cada vez que volvía a casa, la frustración sólo me motivaba a tirar piñas y trompadas contra los objetos contundentes de mi casa. Silvia estuvo en la calle prácticamente todo el tiempo.
Aceché y perseguí a todas las Traffics blancas de la ciudad. Suponíamos que Catalina había sido secuestrada para ser vendida a algún prostíbulo de la zona. Silvia se hizo pasar por prostituta para buscar a su hija e investigar las llamadas whiskerías desde adentro.
En el living de nuestra casa íbamos pegando papelitos con nombres, direcciones y datos. Armamos un mapa conceptual que desarrollaba el sistema jerárquico de la trata de personas en la ciudad, con funciones y zonas de movimiento detalladas. Un numeroso grupo de policías corruptos coordina la acción, marca a las mujeres y le pasa los datos a las remiserías, que mandan Traffics blancas para que las levanten de la calle y las lleven a galpones, desde donde las trasladan al prostíbulo de La Gran Dama. Esta mujer las mantiene ocultas durante unos días y luego las distribuye en distintos prostíbulos, que, para no llamar la atención, se hacen llamar whiskerías, fingen ser bares de copas con mujeres contratadas simplemente como paisaje hot. Todo es demasiado evidente, se mueven con total impunidad. Que de la misma policía surjan los pedidos de secuestro les asegura a todos los implicados una inmunidad prácticamente irrompible. El organizador de todo es el oficial Charles Reaper, conocido como El Sheriff. El fantasma del monstruoso milico dictador reencarnó en un secuestrador de mujeres. No sabemos si están vivas o muertas. No están. Están desaparecidas.
Durante el Proceso de Reorganización Nacional, en el cual los militares tomaron el poder argentino desde el 24 de marzo de 1976 al 10 de diciembre de 1983, hubo un genocidio sostenido por la extrema patologización del odio que masticó la oligarquía contra las clases populares. Ahora hay una sistematización comercial de lo patológico. Se crearon lugares y cadenas de mando, roles, todo un sistema pensado para desaparecer mujeres a cambio, ya no de poder, sino simplemente de dinero.
Lo que no logramos descubrir con Silvia es qué más hay detrás, sólo pudimos ver la superficie, lo evidente. Pero las mujeres no sólo son trasladadas a prostíbulos, también las llevan a algún otro lugar. Por esto no pudimos encontrar a Catalina, tiene que estar en manos de otras personas.
¿Quién es el jefe del Sheriff? ¿Qué hacen? ¿A dónde llevan a las mujeres cuando no las venden a las whiskerías?
Redactamos un informe denunciando lo que habíamos descubierto y las sospechas que teníamos sobre el paradero de Catalina. Denunciamos todo, se lo mandamos por mail a Carlos Magnus y a mis editores. Por un breve momento estuvimos ilusionados, creyendo que nuestra fatalidad iba a comenzar a terminar.
Pasaron dos días y no recibimos ninguna respuesta ni hubo un mísero recuadro publicado en el diario ni unos segundos de mención en la tv.
Decidimos enviar la investigación al resto de los diarios y a todos los canales de noticias. Además, publicamos todo en varios blogs y lo promocionamos a través de las redes sociales. No quisimos mencionar directamente que al Buitre no le interesaba el secuestro de mujeres, pero lo dimos muy bien a entender.
Perico, el esbirro que cumple la función de patovica de mi jefe, tocó el timbre de nuestra casa muy temprano al día siguiente de la difusión de nuestra investigación. El Buitre me mandaba a llamar, quería verme en su despacho. Fui así nomás, Perico no me dejó asearme ni cambiarme de ropa. Llevaba la misma vestimenta que tenía puesta el día que Catalina desapareció, jamás me la había cambiado. Estaba barbudo y tenía el pelo enmarañado. La mayoría de mis compañeros de la redacción y casi todos los trabajadores del diario me dedicaron un gesto de preocupación y condescendencia. Muchos me tocaron el hombro y me dijeron frases hechas. Vi a varios sonreír.
Entré al despacho del Buitre. Me recibió con esa capacidad única de manifestar su desidia posicionando de diferentes maneras su nariz aguileña, dándole a su ajado rostro un sutil tinte siniestro esa vez. Me sugirió que no investigara nada más sobre la trata de personas. Dijo que me estaba llenando de mierda, denunciando a gente prestigiosa o con contactos que podrían tomar muy duras represalias. Me retiré del despacho de Carlos Magnus prometiendo no investigar más sobre el tema. Perico me acompañó hasta la salida, presionando con mucha fuerza mi hombro izquierdo.
Cuando regresé a mi casa, mi mujer no estaba. Su celular estaba apagado… ni sus padres ni sus amigas sabían nada de ella.
Silvia no volvió a aparecer.
Cuando fui a la comisaría para denunciar la desaparición de mi mujer, los policías, impunemente, se rieron en mi cara. "Eso les pasa por meterse donde no deben", dijo Ramírez, uno que patrulla solo y, según lo que investigó mi mujer, es el que organiza la distribución callejera de paco y anfetaminas.
Volví de la comisaría derrotado, me acosté a dormir tirándome en la cama, desplomándome hasta la medianoche. Bajé al viejo bunker peronista en el que estás encerrado ahora y me puse por primera vez esta máscara que para vos será un simple pasamontañas con lentes espejadas.
Yo fui doblemente derrotado, no pude rescatar a mi hija ni proteger a mi mujer. Perdí mi misión y mi destino. Camino por la calle de la deshonra en la ciudad de la derrota. Lo único que me queda es una deuda vencida y elijo aferrarme a esa migaja. Soy un guerrero solitario, errante como una ola en el mar. Con la máscara me convierto en Ronin y recojo el guante que la justicia y los medios de comunicación no quisieron tener en cuenta. Ronin se hará cargo de la denuncia de la familia Heredia.
El primer día que salí, hace una semana, liquidé al Rey David y prendí fuego su whiskería, dejando a seis mujeres sin trabajo, rescatando a siete chicas que fueron devueltas a sus respectivas familias. No podría decir sanas y salvas, lamentablemente, ya que jamás se podrá volver a decir eso de ellas.
Hasta ahora, la investigación que realizamos no se equivocó. Todos están metidos, todos confiesan y delatan. Y varias miradas se dirigen a vos, aunque no figurás en mi investigación preliminar. Mi única duda aún es qué pregunta te voy a hacer antes de sacarte la mordaza y decidir si sobrevivís a mí o no."
El gordo intentó moverse en la silla sin lograr ningún cambio. Una incómoda silla de madera es difícil de vencer con el cuerpo inmovilizado. Estaba sentado frente a las cámaras que enfocan diversas partes de los túneles y ciertos lugares de la ciudad. También tenía una tv encendida en el canal de noticias que le pertenece al Buitre.
Amanecía en la ciudad. Subí a la casa y me preparé un café. Esbocé un plan de mis próximos movimientos y me fui a dormir varias horas, hasta que los policías golpearon la puerta de mi casa.
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