1
Cuando, como quien no quiere la cosa, la recordaba, el viento traía a sus oídos decenas de palabras por ella escritas. Comparaba -vil estrategia del pensamiento- con la situación actual, con su silencio de cementerio y se le venían a la cabeza las palabras del Flaco, cuando preguntaba a dónde ves ahora algo en mi, que no detestes.
Sólo ese verbo era lo que las unía por esos tiempos, o al menos lo que ella creía, desde una comodidad intelectual que le sentaba muy bien.
No podía no relacionar la cadena de casualidades de la que hablaba Kundera, con aquello que las había puesto frente a frente en el tiempo y espacio compartido, y luego en las causalidades que las habían hecho ver sólo como un par de ilustres desconocidas.
2
La primera vez que compartieron tiempo y espacio, un momento, no pudieron escapar de lo dual que se les presentaba entre lo impuesto, lo que no se podía, y el deseo a flor de piel. Sonaban en sus mentes, en un torbellino sin comienzo las afrentas de sus variopintos entornos.
Carla se sabe desprolija, idealista, desperfecta, libre; Luana se presume correcta, puritana, fuerte, con futuro asegurado.
Intentaba pero no podía explicarse qué le había llevado a ese joven a hablarle sobre el extraño nacimiento de un cachorro de humano con dos cabezas. Presumía, con cierto grado de veracidad, que de seguir así, el pobre pibe no lograría experimentar una vida sexual muy rica, ni en calidad ni en cantidad.
Esto la llevaba a pensar en lo absurdo de todo intento de conversación. Negaba esta posibilidad.
Si como decía el francés, hay goce en la palabra, pero en la propia, y el escuchar la palabra ajena sólo es cuestión de un disciplinamiento del oído; ¿cómo diablos pretendemos hablarnos y oírnos sin negar nuestra libertad?
Para Carla, la libertad era todo; el inicio del todo; y su fin también. Por eso, su militancia en diversas causas, chocaba de bruces cuando se enfrascaba en acaloradas discusiones con los que flameaban banderas y vociferaban consignas.
No hallaba diferencias concretas entre ellos, y el pibe que le habló de las dos cabezas del bebé. Todas las palabras rebotaban en su sinapsis sin lograr conectarse. Todas remitían a una esclavitud del espíritu; unas atándolo a una causa presumiblemente justa, estructurada en una ideología por ella aborrecida; las otras, revolcando el ser en el más mugriento barro del morbo nuestro de cada día.
Por eso sabía ella que no podía haber conversación, y que la eventual fatalidad de compartir idioma generaba una virtual visión de que nos entendemos, que compartimos significaciones, que existe el debate.
El ideologista, para Carla, no soportaba ideologistas de signo opuesto que haga tambalear sus significantes; el morboso tampoco toleraba que alguien haga el intento de que sienta al menos una pizca de culpa o escozor.
Luana, cómoda en su palacete de consumo burgués, se exponía a menudo a conversaciones sobre vacaciones, cosméticos y noticieros de las siete de la tarde.
Carla, aunque dubitativa, seguía al frente con sus teorizaciones sobre la vida; Luana, por más que tranquila, se sabía vacía de algunas cosas, y elegía la secreta poesía de su almohada con lápiz y papel para intentar la búsqueda.
El amor efervesce cuando se conjugan las miradas que antes sólo miraban, sostenía Carla.
Carla y Luana se habían conocido casi al nacer, hijas de familias amigas; amigas entrañables durante sus cortas vidas, de menos de tres décadas. Testigos cada una de las heridas y aventuras de la otra.
Mil veces habían compartido cama antes de la primera noche.
Carla ya desde los albores de su sexuación había descubierto que los hombres no la atraían en lo más mínimo, y que encontraba en algunas profesoras y compañeras del secundario eso que llamamos deseo.
Luana, estaba totalmente segura del camino que le habían inculcado sus padres. Al terminar el secundario iba a estudiar para convertirse en abogada, ya tenía incluso el espacio para su estudio particular, y mientras tanto sería la secretaria de la escribanía de calle Godoy Cruz, que era de un amigo de su papá.
Carla seguía por su tercera carrera, eternamente autodidacta y poco adepta a los regímenes, sobre todo de estudio institucionalizado. Primero fue Filosofía en La Plata, antes de su viaje por el norte del país. Volvió y probó en Bellas Artes, tampoco resultó, y terminó en el Conservatorio de su ciudad, entreverándose en varios instrumentos musicales, y clases de teatro por la noche.
Su vida amorosa, como veremos, era una etérea tempestad no hallando nunca la "persona ideal" con la que tanto soñaba.
Luana, en su ficción de resoluciones, ocultaba a drede una conflictiva relación con Hernán, desde que ambos tenían unos quince años. Gastaba honrosos minutos de sus días en ocultar tras capas y capas de maquillaje las señales de las noches de furia. Hernán ya no era el mismo dulce joven que la enamoró.
La noche que entre lágrimas le pidió refugio a Carla, no tuvo más opción que confesarle lo incontable...
En medio de la nube de humo que inundaba el céntrico monoambiente de avenida Colón, sus ojos se cruzaron infinitas veces en conjuros diversos: auxilio - pena; dolor - compasión; vergüenza - bronca; y así bajaban una tras otra, las bebidas que conformaban un pequeño bar personal, delicia de Carla y sus amantes de una o varias noches.
Continuará