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Así van las encuestas(Encuesta sobre el copyright y el arte




Una nueva economía cultural

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El festival Ars Electrónica de este año llevaba como título “Una nueva economía cultural” y como subtítulo “Los límites de la propiedad intelectual” (la versión alemana era aún más explícita: “cuando la propiedad llega a sus límites”). En cualquier caso, estas ideas, que enmarcaron algunos seminarios y conferencias, conceden total protagonismo a dos de los temas más discutidos durante los últimos meses tanto en ámbitos culturales como en otros puramente monetarios. Por un lado, cuál es la mejor forma para defender los derechos de los creadores sin limitar la creatividad. Por otro, cómo debe ser la industria de la cultura para que dé los mayores beneficios sin convertir la cultura en un objeto de consumo -de lujo- más.

Thomas Macho, en su ponencia “La autopista que todos seguimos; robo: una historia exitosa aún en marcha” (“The Highroad which Everyone Follows. Theft: An Ongoing Sucess Story“), quiso aclarar que los derechos de propiedad intelectual se crearon no sólo para defender al autor económicamente, sino también artísticamente. Dicho de otra manera: de la industria, no del público. De hecho, abundan los ejemplos en la historia del arte y de la literatura en la que no podemos estar seguros de si las obras que nos han llegado son realmente las que crearon sus autores. Los más abundantes son quizás los de libros a partir del uso de la imprenta, existiendo obras con múltiples versiones con variaciones que dependían generalmente de los intereses del editor. Sin embargo, casos similares llegan prácticamente a nuestros días y el cine ha sido una de las víctimas más frecuentes. Al fin y al cabo, no hay nada más fácil que cortar algunas escenas… El propio Hitchcock, que después se afanaría por defender su autoría hasta donde la situación del momento le permitía (el famoso “Hitchcock presenta…” que introduce sus obras), relataba cómo un productor de la RKO mandó cortar tantas escenas de la película Suspicion (1941) que el metraje se quedó en 55 minutos y todo porque cronsideraba que daban a Cary Grant imagen de asesino.

Sean quienes sean los enemigos a combatir de quien crea una obra de arte, de lo que creo que no cabe ninguna duda es de quién es su mayor aliado: la libertad creativa. Acabo de comentar que la falta de derechos de los autores provoca que haya varias versiones de libros de autores clásicos como Cervantes y que sea difícil determinar qué salió exactamente de la pluma del escritor. Es decir, tenemos varias versiones de las mismas obras. Además, el propio Cervantes, por seguir con el ejemplo, solía tomarse la libertad de copiar fragmentos de otras obras y textos como El Quijote se pueden interpretar, como todas las obras de la época, como un refrito, en este caso muy bien elaborado. Esto se debe en buena parte a cómo se entendía entonces la creatividad: siempre partiendo de modelos y con el concepto mágico de la “reelaboración”. Ningún creador de entonces se avergonzaría de haberse inspirado en otras obras, sino más bien al contrario. La clave estaba en elegir bien a los maestros y en ser capaces de aprender (imitar) sus técnicas.

En otra de las ponencias del AE (“Agorafobia cultural”), James Boyle afirma que el Internet no existiría si se tuviera que desarrollar ahora o, lo que es lo mismo, no se hubiera desarrollado nunca si los gobiernos hubieran sabido anticipar la liberta que conllevaba. Quizá se pueda decir lo mismo en el plano artístico: ninguna de las obras clásicas podrían realizarse en la actualidad, por lo menos no sin terminar en los juzgados. La libertad creativa se ve coartada por las limitaciones que impone la rentabilización de las obras.

No me extraña en absoluto que Michael Tienmann eligiera la música en su ponencia “Música, Software y cultura sostenible” para proponer un paradigma de la propiedad y del arte diferente que tenga en cuenta que el arte necesita poder utilizar los materiales existentes para evolucionar. Y digo que no me extraña porque creo que, en realidad y le pese a quien le pese, este nuevo paradigma lleva ya años en práctica. Tienmann realiza una bonito símil a partir de la relación entre las palabras cult-ura y cult-ivo, de origen evidentemente compartido. Lo que se cultiva es la tierra y la tierra tiene un dueño… Por lo que parece evidente la necesidad del concepto de propiedad. Sin embargo, también incorpora otro concepto de la agricultura: la sostenibilidad. Si sólo se recogen cosechas sin sembrar, la tierra muere. La tierra muerta se puede disfrazar con productos químicos, pero el sabor y demás cualidades de sus frutos traicionarán su auténtico estado.

Michael Tienmann se fija en el mundo de la informática y de Internet para evitar que la tierra de la música muera. Más concretamente, en el software libre, en el open source y en las licencias Creative Commons. El nacimiento de nuevas creaciones no puede ser un obstáculo para las creaciones futuras. Hasta el año 1909 (desde el 1790), el derecho de copyright sobre una obra en los Estados Unidos duraba 14 años; hasta el 1976, eran 28 años; hasta el 1998, 75 años o 50 años a partir de la muerte del/a autor/a; a partir de entonces y hasta ahora, 95 o 120 años (dependiendo del estado) o 70 años tras la muerte del/a autor/a. Ahora un músico estrena una creación y lo único que importa es si fue el primero en usar uno de los versos.

Tenemos que decidir si queremos que las creaciones del presente sean abono o jaulas para lxs futurxs artistas, pero quizá antes se debería concretar si preferimos que esa decisión la tomemos quienes creamos o quienes manejan nuestras cuentas bancarias.


a raíz de algunas ponencias en el último Ars Electronica, el posible nacimiento -o la posible necesidad- de una nueva economía cultual. Soy consciente de que el tema es complicado y admite multitud de matices, lo que no quita para que sea una cuestión crucial para el actual y futuro desarrollo del mundo artístico. Por este motivo, he pensado que puede ser interesante que conozcamos lo que opinamos cada unx sobre ello de forma que nos podamos hacer una idea de cual es el sentir general. Lo he intentado resumir en tan sólo una pregunta y cuatro posibilidades:
¿Tiene sentido el copyright en el arte?

1: No, debería ser sustituido por licencias abiertas tipo "open source" o "creative commons".
2: No, propiedad intelectual y arte son incompatibles.
3: Sí, pero debería ser más flexible.
4: Sí, cumple su función.


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