
Dejando un poco a parte la saga de Diario de una mente enferma, la cual voy a seguir, no os preocupéis, hoy os traigo un nuevo relato. Espero que os guste. Gracias por leer.
Acantilado.
-Estas jodidamente loco.
-Lo sé. -dijo con esa sonrisa que aparecía cuando la adrenalina recorría su cuerpo.
La brisa soplaba con sabor a mar, mientras que el sol se deslizaba hacia la línea del horizonte. El sonido de las olas rompiendo contra los acantilados envolvía el aire.
-¿Estas seguro de lo que vas a hacer? -le pregunté preocupada como siempre.
-Nunca he estado tan seguro en mi vida. Llevo mucho tiempo esperando este momento.
Se puso en pie. La brisa empezó a soplar con algo de más fuerza despeinándolo. Y mirando hacía el horizonte sonrió dispuesto a cometer otra locura.
-Recuerda, -dijo mientras retrocedía para coger impulso.- ¡te amo!
Corrió hacia el acantilado lanzándose al vacío sin miedo a nada.
Rápidamente me asome. Vi su cuerpo tostado volar, como si fuera un pájaro. Sonreía mientras caía. Se estiró como si fuera una flecha directa al mar. Y tras esa caída que duro segundos pero que se me hizo eterna, se zambulló en el agua dejando un rastro burbujeante tras de sí. Desapareció en la espesura del mar durante un instante. Apareció poco después dando una gran bocanada de aire. Y allá abajo, con la cara bañada en felicidad, me hizo gestos haciéndome saber que estaba bien. Luego comenzó a nadar en dirección a la playa.
Yo me monté en el coche, lo arranqué y comencé mi descenso por la carretera para volver a encontrarme con él.
Foto hecha por mi en Mallorca.