Espero que les guste esto que encontre revisando mi disco duro y me dieron ganas de compartir con ustedes.
La Cuchara
Había dejado la cuchara embadurnada de dulce sobre el mantel.
Lo entendí cuando vi la cara de Mariana petrificada, con los ojos hacia ese lugar.
Inmediatamente la levanté, y todo prosiguió como si nada hubiese ocurrido. Pero no era así.
La marca del mantel indicaba que después de eso ya nada era lo mismo. Ni siquiera nosotros dos.
A pesar de seguir hablando del tema tratado antes del incidente, no podíamos dejar de pensar en la cuchara y la mancha de dulce sobre el mantel. Esa mancha color rojo oscuro era perfecta, como si hubiese derramado una gota de sangre.
Bebimos 4 tazas de café. Realmente uno de los mejores que había probado hasta entonces. Cuando me di cuenta que sentía un calor anormal en la mano donde tenía la cuchara. No le di importancia.
Mariana continuaba con su monólogo sobre chismes familiares y yo solo escuchaba.
Me gustaba pasar tiempo ahí, era confortable, familiar, hasta podría decirse que casi me sentía bien. Pero solo casi. Eso nunca sucede completamente.
Pidió permiso para levantarse y me dejó solo en la sala.
Inspeccioné la mancha y no parecía tan grotesca como la recordaba.
Continuaba con la cuchara en la mano. La miré y había cambiado de color. O eso me pareció. Si, seguro. Eso debió parecerme. Era imposible que haya cambiado de color solo con el contacto de la humedad y el calor de mi mano.
Empezó a quemarme de nuevo. La arrojé contra la mesa. Pero al parpadear estaba otra vez conmigo.
Hice el segundo intento. La vi caer al el suelo, pero al parpadear volvía a tenerla aferrada a mi mano.
El grito de Mariana me despertó. Me había quedado dormido mientras veía la mancha sobre el mantel.
Le comenté el sueño esperando una carcajada, pero no sonrió.
Me acompañó hasta la puerta y tras el adiós, la trabó con llave y candado.
Muy extraña su actitud. Más que de costumbre.
Al doblar en la esquina, bajo una luz, pude distinguir la marca de la cuchara que hasta el día de hoy me quema cada vez que tomo café o me acuerdo de Mariana.
Ella ya no vive ahí. Regresé al tiempo para mostrarle la marca pero ya no estaba.
Pude entrar por una ventana que se había olvidado apenas abierta, pero lo único que encontré dentro fue, sobre la mesa, el mantel con la cuchara pegada sobre la gota de sangre.
Muchas gracias por su tiempo
La Cuchara
Había dejado la cuchara embadurnada de dulce sobre el mantel.
Lo entendí cuando vi la cara de Mariana petrificada, con los ojos hacia ese lugar.
Inmediatamente la levanté, y todo prosiguió como si nada hubiese ocurrido. Pero no era así.
La marca del mantel indicaba que después de eso ya nada era lo mismo. Ni siquiera nosotros dos.
A pesar de seguir hablando del tema tratado antes del incidente, no podíamos dejar de pensar en la cuchara y la mancha de dulce sobre el mantel. Esa mancha color rojo oscuro era perfecta, como si hubiese derramado una gota de sangre.
Bebimos 4 tazas de café. Realmente uno de los mejores que había probado hasta entonces. Cuando me di cuenta que sentía un calor anormal en la mano donde tenía la cuchara. No le di importancia.
Mariana continuaba con su monólogo sobre chismes familiares y yo solo escuchaba.
Me gustaba pasar tiempo ahí, era confortable, familiar, hasta podría decirse que casi me sentía bien. Pero solo casi. Eso nunca sucede completamente.
Pidió permiso para levantarse y me dejó solo en la sala.
Inspeccioné la mancha y no parecía tan grotesca como la recordaba.
Continuaba con la cuchara en la mano. La miré y había cambiado de color. O eso me pareció. Si, seguro. Eso debió parecerme. Era imposible que haya cambiado de color solo con el contacto de la humedad y el calor de mi mano.
Empezó a quemarme de nuevo. La arrojé contra la mesa. Pero al parpadear estaba otra vez conmigo.
Hice el segundo intento. La vi caer al el suelo, pero al parpadear volvía a tenerla aferrada a mi mano.
El grito de Mariana me despertó. Me había quedado dormido mientras veía la mancha sobre el mantel.
Le comenté el sueño esperando una carcajada, pero no sonrió.
Me acompañó hasta la puerta y tras el adiós, la trabó con llave y candado.
Muy extraña su actitud. Más que de costumbre.
Al doblar en la esquina, bajo una luz, pude distinguir la marca de la cuchara que hasta el día de hoy me quema cada vez que tomo café o me acuerdo de Mariana.
Ella ya no vive ahí. Regresé al tiempo para mostrarle la marca pero ya no estaba.
Pude entrar por una ventana que se había olvidado apenas abierta, pero lo único que encontré dentro fue, sobre la mesa, el mantel con la cuchara pegada sobre la gota de sangre.
Muchas gracias por su tiempo

