La quinta maestra que matamos, se llamaba Mirna Larroque. Era grandota, melenuda y mandona. Mirna fue nuestra profesora (es un decir) de Lengua y Literatura. La observancia de su cargo era muy floja, acomodaticia. Creo que no le gustaban los libros; lo suyo era la ingesta intensiva de tecitos con limón y la continua referencia indirecta al psicologismo pansexual. Su ramillete de vicios parecía inmarcesible. Fanática de la estrechez más empalagosa, nos martirizaba con los sutiles rigores del sujeto y el predicado. Un par de años aguantamos su presencia en la susodicha materia. Para ella, repito, lo imprescindible era infligir un tedio mortífero con las boleadoras de la oración bimembre. Vano es acordarme que jamás explicó los pingües beneficios de una gramática bien aprendida. Con todo, yo tengo para mí que deseaba con fervor la posibilidad de que alguna vez conociéramos su máximo fetiche transexual: el verboide. Pero, como estábamos en una casa de estudios que apenas rebasaba los confines del analfabetismo, su inconsciente anhelo era un real disparate. La verdad es que leíamos poquísimo. En tercer año sufrimos un acercamiento a las fastidiosas andaduras del Lazarillo de Tormes. En cuarto, nos encajó inaguantables fárragos empalagosos de un novelista peruano, amigo de cacofonías. Juro que no tuvimos noticia ni recomendaciones librescas. Una vez, por casualidad, arrimó la fotocopia de un cuento ” maldito” que nos pareció extraordinario. Pletóricos de felicidades de orden sintáctico, cada párrafo estaba cincelado con rectitud, hermosura y brillantez. La adjetivación, en aquel cuento, era única, magistral. Recuerdo lo mismo de su trama. Sin embargo, ese irrepetible acicate no funcionó: la mayoría de la clase, excepto nosotros, apenas dominaba la lectura en voz alta. Infame culpabilidad que recaía tanto en Mirna Larroque como sus predecesoras: lograron hacer de la literatura un mundo incomodo, gris, envenenado. Eso, para mí, fue un error imperdonable. Vamos, pocas cosas hay en la vida (quizás ninguna) más gratas que la dulzura de un libro abierto. Es un deleite incomparable. La posibilidad de conocer lo mejor de los mejores. La única manera de burlarse de la cronología y conversar con maestros y amigos ignotos. Cuando leemos, el tiempo parece anularse; es algo prodigioso. De acuerdo, toda explicación acerca de los beneficios que representa el goce de las letras resulta inmoral, paupérrima. La lectura, lejos de lo que puedan promover las mediocres pedagogas contemporáneas, la lectura es una de las formas de la felicidad. Sin libros la vida sería un error. ¡Tantos mentores! ¡Tantos genios negados por la estulticia de un sistema perverso e injusto! ¡Tanto Poder! Deplorablemente, Doña Mirna Larroque creyó saludable que practicáramos ayuno literario. ¡Nosotros pusimos fin a esa iniquidad! Y así, luego de agonizar diez noches en el hospital, esa vieja inservible abandonó de una vez por todas la pedagogía: el último tecito con limón, además de limón, llevaba sulfato de Talio. De acuerdo, es imposible describir el merecido sufrimiento de Doña Mirna Larroque. La cual padeció una irreparable y triste caída de cabello, y diarrea y náuseas y un soberbio destrozo neuronal. Ya absuelto de la tentación de abandonarme al detalle un tanto desagradable pero aleccionador, cabe recordar que las extraordinarias propiedades del Talio son conocidas incluso por lectores de Agatha Cristie, fabricadora de novelas de misteriosa calidad.
La Letra Con Sangre Entra - (5 parte)
La quinta maestra que matamos, se llamaba Mirna Larroque. Era grandota, melenuda y mandona. Mirna fue nuestra profesora (es un decir) de Lengua y Literatura. La observancia de su cargo era muy floja, acomodaticia. Creo que no le gustaban los libros; lo suyo era la ingesta intensiva de tecitos con limón y la continua referencia indirecta al psicologismo pansexual. Su ramillete de vicios parecía inmarcesible. Fanática de la estrechez más empalagosa, nos martirizaba con los sutiles rigores del sujeto y el predicado. Un par de años aguantamos su presencia en la susodicha materia. Para ella, repito, lo imprescindible era infligir un tedio mortífero con las boleadoras de la oración bimembre. Vano es acordarme que jamás explicó los pingües beneficios de una gramática bien aprendida. Con todo, yo tengo para mí que deseaba con fervor la posibilidad de que alguna vez conociéramos su máximo fetiche transexual: el verboide. Pero, como estábamos en una casa de estudios que apenas rebasaba los confines del analfabetismo, su inconsciente anhelo era un real disparate. La verdad es que leíamos poquísimo. En tercer año sufrimos un acercamiento a las fastidiosas andaduras del Lazarillo de Tormes. En cuarto, nos encajó inaguantables fárragos empalagosos de un novelista peruano, amigo de cacofonías. Juro que no tuvimos noticia ni recomendaciones librescas. Una vez, por casualidad, arrimó la fotocopia de un cuento ” maldito” que nos pareció extraordinario. Pletóricos de felicidades de orden sintáctico, cada párrafo estaba cincelado con rectitud, hermosura y brillantez. La adjetivación, en aquel cuento, era única, magistral. Recuerdo lo mismo de su trama. Sin embargo, ese irrepetible acicate no funcionó: la mayoría de la clase, excepto nosotros, apenas dominaba la lectura en voz alta. Infame culpabilidad que recaía tanto en Mirna Larroque como sus predecesoras: lograron hacer de la literatura un mundo incomodo, gris, envenenado. Eso, para mí, fue un error imperdonable. Vamos, pocas cosas hay en la vida (quizás ninguna) más gratas que la dulzura de un libro abierto. Es un deleite incomparable. La posibilidad de conocer lo mejor de los mejores. La única manera de burlarse de la cronología y conversar con maestros y amigos ignotos. Cuando leemos, el tiempo parece anularse; es algo prodigioso. De acuerdo, toda explicación acerca de los beneficios que representa el goce de las letras resulta inmoral, paupérrima. La lectura, lejos de lo que puedan promover las mediocres pedagogas contemporáneas, la lectura es una de las formas de la felicidad. Sin libros la vida sería un error. ¡Tantos mentores! ¡Tantos genios negados por la estulticia de un sistema perverso e injusto! ¡Tanto Poder! Deplorablemente, Doña Mirna Larroque creyó saludable que practicáramos ayuno literario. ¡Nosotros pusimos fin a esa iniquidad! Y así, luego de agonizar diez noches en el hospital, esa vieja inservible abandonó de una vez por todas la pedagogía: el último tecito con limón, además de limón, llevaba sulfato de Talio. De acuerdo, es imposible describir el merecido sufrimiento de Doña Mirna Larroque. La cual padeció una irreparable y triste caída de cabello, y diarrea y náuseas y un soberbio destrozo neuronal. Ya absuelto de la tentación de abandonarme al detalle un tanto desagradable pero aleccionador, cabe recordar que las extraordinarias propiedades del Talio son conocidas incluso por lectores de Agatha Cristie, fabricadora de novelas de misteriosa calidad.
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