La pintura romántica alemana es profundamente introspectiva, mezcla lo religioso
con lo místico y se basa también en valores literarios. Tiene mucho que ver la
teología protestante del pietismo; y por eso hasta algunas de las pinturas de
paisajes, muestran en el fondo un contenido religioso. Caspar David Friedich fue
un pintor bastante solitario, y se refugia en un mundo fantástico creado a su
medida; quizá por eso la mayoría de sus paisajes son imaginados, con un código
esotérico que a veces resulta complicado de interpretar. La Naturaleza entera la
contempla como la glorificación de Dios. El primer plano se suspende en alguno de
sus cuadros, y al espectador le parece que está suspendido en el aire; y en otras
ocasiones se abre un abismo entre el primer plano y el horizonte. Las pocas figuras
humanas que aparecen en sus obras casi siempre las muestra en el primer plano y
dando la espalda al espectador. Una de sus principales obras es La cruz de las
montañas, que pintó sin encargo, aunque luego fue vendido para una capilla privada.
No hay primer plano; y el marco y la presella continúan
la alegoría que se representa en el cuadro. Se
combina la Naturaleza con los símbolos
religiosos, que se repiten incluso tallados en el
marco. También hay obras de fuerte sentimiento
nacionalista, en contra de la ocupación alemana
y defendiendo la idea de todo lo germano. En
este sentido podemos hablar de Sepulcro de los
antiguos héroes. La cueva con
sepulcro o El cazador. En todos ellos intenta por medio del paisaje hacer una
alegoría del sentimiento profundo de nacionalismo germano frente a la invasión de
los franceses. Friedrich fue un hombre comprometido políticamente en la defensa
de los valores germanos en un momento histórico en que Napoleón campaba a sus
anchas por Europa. Entre los años 1806-1815 defiende expresamente lo alemán y
se relaciona intensamente con los fanáticos de la Nueva Alemania
como Ernst Moritz Arndt. El pintor realizó cuadros conmemorativos y de
llamamiento a la lucha contra los franceses, como los tres que antes hemos
mencionado, en los que interpreta los sucesos del año 1813, cuando a raíz de la
batalla de Leipzig se inicia la decadencia de Napoleón. Así, el soldado francés
marcha solitario al encuentro de su destino, ya que el bosque de abetos alemán lo
engullirá y hasta sus huellas desaparecerán en la nieve, porque la primavera de la
libertad está soplando, como parece adivinar el cuervo que está posado en el tocón
de un árbol. La estructura del cuadro muestra un abismo que se abre y que no
permite al cazador otra salida, dando la sensación de que tras el paso del cazador,
el cuadro se cerrará como si se tratase de una trampa. Pero quizá lo más
característico de su pintura es el exagerado apego que muestra a las montañas en
la mayoría de sus obras. En Rocas cretáceas en Rügen presenta un paisaje rocoso
agrietado a través del que vemos el mar. La
estratificación espacial es complicada. Hay dos
espacios representados de forma muy marcada, en
el primer plano, las rocas y, tras ellas, el mar,
resultando el primero muy estrecho, lleno de hierba,
con un árbol a la izquierda y otro a la derecha,
enmarcando el fondo de tal manera que parece ser
la vista desde una ventana. El corte de esta
plataforma conduce la vista hacia el profundo fondo,
desde el que se elevan las rocas desnudas,
ensanchándose a derecha e izquierda, dando la
impresión de continuar más allá de los límites del cuadro. Detrás de este abismo
rocoso se rompe la estructura de la composición, con la extensión del mar hasta el
horizonte, que queda muy alto, formando una superficie sin límites sobre la que
flotan dos barcos. La superficie marina varía de colores, pasando del azul verdoso
al azul rosado, al lado del cielo rojizo, claro que continúa la superficie del mar hasta
el límite superior del cuadro, con una aplicación más ligera de la pintura.
Precisamente lo curioso del lienzo es la precisión del primer plano y la imprecisión
del fondo. Es un cuadro alegre, de ricos contrastes de colorido, con los rojos del
vestido femenino y el cielo, los verdes, azules y blancos, a los que algunos autores
han querido buscar un simbolismo religioso. Así la mujer con vestido rojo,
simbolizaría el amor, el hombre arrodillado en el suelo con la levita azul, la fe, el de
pie, con levita verde, la esperanza, etc. Otros piensan que se trata de una alegoría
del amor del pintor por su esposa. Friedrich no es un pintor que pinte para nadie,
sigue fiel a su manera de entender el arte y la Naturaleza. La composición contiene
cierta brutalidad y corre el peligro de caer en lo patético, con el amontonamiento de
los témpanos de hielo en el centro del cuadro, como una especie de pieza didáctica,
penetrante sobre la caducidad de toda la obra humana y las fuerzas elementales de
la Naturaleza. Hacia 1835 pintó el cuadro Las tres Edades que presenta como
peculiaridad la introducción de más figuras humanas en el paisaje. Aquí son cinco
las representadas, dos niños que levantan la bandera sueca en el extremo de la
lengua de tierra, a su derecha y un poco más cerca del primer plano, la figura de
una muchacha, a la izquierda, más o menos a su altura, un hombre con sombrero
de copa y frac marrón que señala al grupo de niños y mira a la figura más grande
que, viniendo desde el primer plano se aproxima al grupo. Éste último es el hombre
más viejo, con una boina negra de la guerra de la independencia y un abrigo grismarrón
con cuello de piel. Casi parece que cada barco es para cada figura: los dos
botes, para los niños, el gran velero para el hombre de espaldas, para el hombre
joven, el velero que tiene detrás y el que viene de lejos para la muchacha. Si esto
fuese así cada uno de los barcos simbolizaría la edad de las personas. Hay dos
movimientos que predominan en el cuadro, la figura de espaldas que se aleja del
espectador y las de los niños que se acercan al otro hombre, aunque todas las
líneas convergen en la orilla del agua. Se ha querido identificar a las figuras con el
propio pintor y su familia, con lo que redundaría en la interpretación del lienzo
como un regreso al hogar, enfatizado por la bandera sueca, ya que cuando el pintor
nació Pomerania le pertenecía. Otros cuadros suyos son Caminante en un mar de
nubes, Abadía en el robledal, Arcoiris en paisaje de montaña o Monje a la orilla del
mar. uno de los pocos cuadros de interior que pinta es Mujer asomada a la ventana
con lo místico y se basa también en valores literarios. Tiene mucho que ver la
teología protestante del pietismo; y por eso hasta algunas de las pinturas de
paisajes, muestran en el fondo un contenido religioso. Caspar David Friedich fue
un pintor bastante solitario, y se refugia en un mundo fantástico creado a su
medida; quizá por eso la mayoría de sus paisajes son imaginados, con un código
esotérico que a veces resulta complicado de interpretar. La Naturaleza entera la
contempla como la glorificación de Dios. El primer plano se suspende en alguno de
sus cuadros, y al espectador le parece que está suspendido en el aire; y en otras
ocasiones se abre un abismo entre el primer plano y el horizonte. Las pocas figuras
humanas que aparecen en sus obras casi siempre las muestra en el primer plano y
dando la espalda al espectador. Una de sus principales obras es La cruz de las
montañas, que pintó sin encargo, aunque luego fue vendido para una capilla privada.
No hay primer plano; y el marco y la presella continúan
la alegoría que se representa en el cuadro. Se
combina la Naturaleza con los símbolos
religiosos, que se repiten incluso tallados en el
marco. También hay obras de fuerte sentimiento
nacionalista, en contra de la ocupación alemana
y defendiendo la idea de todo lo germano. En
este sentido podemos hablar de Sepulcro de los
antiguos héroes. La cueva con
sepulcro o El cazador. En todos ellos intenta por medio del paisaje hacer una
alegoría del sentimiento profundo de nacionalismo germano frente a la invasión de
los franceses. Friedrich fue un hombre comprometido políticamente en la defensa
de los valores germanos en un momento histórico en que Napoleón campaba a sus
anchas por Europa. Entre los años 1806-1815 defiende expresamente lo alemán y
se relaciona intensamente con los fanáticos de la Nueva Alemania
como Ernst Moritz Arndt. El pintor realizó cuadros conmemorativos y de
llamamiento a la lucha contra los franceses, como los tres que antes hemos
mencionado, en los que interpreta los sucesos del año 1813, cuando a raíz de la
batalla de Leipzig se inicia la decadencia de Napoleón. Así, el soldado francés
marcha solitario al encuentro de su destino, ya que el bosque de abetos alemán lo
engullirá y hasta sus huellas desaparecerán en la nieve, porque la primavera de la
libertad está soplando, como parece adivinar el cuervo que está posado en el tocón
de un árbol. La estructura del cuadro muestra un abismo que se abre y que no
permite al cazador otra salida, dando la sensación de que tras el paso del cazador,
el cuadro se cerrará como si se tratase de una trampa. Pero quizá lo más
característico de su pintura es el exagerado apego que muestra a las montañas en
la mayoría de sus obras. En Rocas cretáceas en Rügen presenta un paisaje rocoso
agrietado a través del que vemos el mar. La
estratificación espacial es complicada. Hay dos
espacios representados de forma muy marcada, en
el primer plano, las rocas y, tras ellas, el mar,
resultando el primero muy estrecho, lleno de hierba,
con un árbol a la izquierda y otro a la derecha,
enmarcando el fondo de tal manera que parece ser
la vista desde una ventana. El corte de esta
plataforma conduce la vista hacia el profundo fondo,
desde el que se elevan las rocas desnudas,
ensanchándose a derecha e izquierda, dando la
impresión de continuar más allá de los límites del cuadro. Detrás de este abismo
rocoso se rompe la estructura de la composición, con la extensión del mar hasta el
horizonte, que queda muy alto, formando una superficie sin límites sobre la que
flotan dos barcos. La superficie marina varía de colores, pasando del azul verdoso
al azul rosado, al lado del cielo rojizo, claro que continúa la superficie del mar hasta
el límite superior del cuadro, con una aplicación más ligera de la pintura.
Precisamente lo curioso del lienzo es la precisión del primer plano y la imprecisión
del fondo. Es un cuadro alegre, de ricos contrastes de colorido, con los rojos del
vestido femenino y el cielo, los verdes, azules y blancos, a los que algunos autores
han querido buscar un simbolismo religioso. Así la mujer con vestido rojo,
simbolizaría el amor, el hombre arrodillado en el suelo con la levita azul, la fe, el de
pie, con levita verde, la esperanza, etc. Otros piensan que se trata de una alegoría
del amor del pintor por su esposa. Friedrich no es un pintor que pinte para nadie,
sigue fiel a su manera de entender el arte y la Naturaleza. La composición contiene
cierta brutalidad y corre el peligro de caer en lo patético, con el amontonamiento de
los témpanos de hielo en el centro del cuadro, como una especie de pieza didáctica,
penetrante sobre la caducidad de toda la obra humana y las fuerzas elementales de
la Naturaleza. Hacia 1835 pintó el cuadro Las tres Edades que presenta como
peculiaridad la introducción de más figuras humanas en el paisaje. Aquí son cinco
las representadas, dos niños que levantan la bandera sueca en el extremo de la
lengua de tierra, a su derecha y un poco más cerca del primer plano, la figura de
una muchacha, a la izquierda, más o menos a su altura, un hombre con sombrero
de copa y frac marrón que señala al grupo de niños y mira a la figura más grande
que, viniendo desde el primer plano se aproxima al grupo. Éste último es el hombre
más viejo, con una boina negra de la guerra de la independencia y un abrigo grismarrón
con cuello de piel. Casi parece que cada barco es para cada figura: los dos
botes, para los niños, el gran velero para el hombre de espaldas, para el hombre
joven, el velero que tiene detrás y el que viene de lejos para la muchacha. Si esto
fuese así cada uno de los barcos simbolizaría la edad de las personas. Hay dos
movimientos que predominan en el cuadro, la figura de espaldas que se aleja del
espectador y las de los niños que se acercan al otro hombre, aunque todas las
líneas convergen en la orilla del agua. Se ha querido identificar a las figuras con el
propio pintor y su familia, con lo que redundaría en la interpretación del lienzo
como un regreso al hogar, enfatizado por la bandera sueca, ya que cuando el pintor
nació Pomerania le pertenecía. Otros cuadros suyos son Caminante en un mar de
nubes, Abadía en el robledal, Arcoiris en paisaje de montaña o Monje a la orilla del
mar. uno de los pocos cuadros de interior que pinta es Mujer asomada a la ventana