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La Dictadura de la Afliccion - Stig Dagerman

Arte•6/29/2012

Stig Dagerman (1923-1954) nace en Álvkarleby (Suecia). Milita en las juventudes anarco-sindicalistas y en 1943 entra en la redacción de Arbetaren (El Trabajador), el periódico de la Federación anarco-sindicalista sueca, del que ya no se separará hasta su temprana muerte. Desde 1946 es redactor de la revista 40-tal, en torno a la cual se agrupa la nueva generación de escritores suecos marcados por la guerra. Entre 1945 y 1949, entre sus 21 y sus 26 años escribe toda su obra: cuatro novelas, cuatro obras de teatro, cuentos, ensayos y poemas.



La Dictadura de la Afliccion


Escrito en ocasión del duelo nacional a raiz de la muerte del rey Gustavo V, este artículo constituía la editorial del Arbetaren, periódico de la Federación anarcosindicalista sueca, del 4 de noviembre de 1950.

Esta última ha sido una semana muy larga para el pueblo sueco. Es normal que la aflicción haga que el tiempo transcurra despacio. Pero la que surge de manera espontánea, comparada con la aflicción organizada, no tarda en traducirse en tarea. Esta semana ha sido rica en enseñanzas en la medida en que, por primera vez, ha permitido que nos diéramos cuenta en nuestro propio país de las enormes fuerzas que se desencadenan cuando, en una sociedad moderna, todos los medios informativos se ponen al servicio de un solo objetivo: organizar la aflicción, construir un mito.

Lo que acabamos de vivir no es otra cosa que el espectáculo de una dictadura en funcionamiento. Primero ha aparecido el aspecto periodístico de la dictadura, con ello ya hemos tenido bastante. Ha sido mas que suficiente. Para un demócrata, el espectáculo de una democracia que reniega de uno de sus rasgos fundamentales es más desolador que el propio duelo nacional. En ninguna circunstancia es admisible convertir el conformismo en sistema, pero lo es menos tratándose de convencionalismos. Incluso después de la muerte de un soberano debe prevalecer un respeto que favorezca el recogimiento: es el de la democracia.

Pero, ¿quién puede decir que no se ha atacado este respeto cuando hemos visto los periódicos de distintas tendencias olvidar conscientemente, en un momento tan trascendental, sus habituales funciones democráticas para lanzarse plenamente a una campaña condicionada, en la que el recogimiento se hallaba mezclado íntimamente con la mentira pública? No se trata en absoluto de cuestionar el dolor espontáneo que, al igual que cualquier otro sentimiento, es plenamente respetable. Lo que realmente es detestable es la aflicción organizada porque en el fondo es falsa, fría y voraz. La última semana nos ha mostrado de qué manera la aflicción puede ser utilizada como noticia sensacionalista, como soporte publicitario y como medio de disfrute. Nos ha enseñado igualmente que, incluso una prensa democrática que pretende ser la voz del pueblo no hace otra cosa que agredir los sentimientos de este mismo pueblo. En este contexto debe pasar a la posteridad el espectáculo de Bang, el editorialista del “Dagens Nyheter” presentando al nuevo monarca a la historia, en nombre del pueblo unánime, desde lo alto de una farola del puente del Norte.

Pero la dictadura de la aflicción no ha dominado exclusivamente a la prensa. Se ha extendido a muchas administraciones cuyos locales se han cubierto de negro, en los que la hipocresía vestida de negro ha triunfado sobre las buenas costumbres. Esta hipocresía la hemos visto paseando por las calles comerciales, viendo como, con la ayuda de retratos, crespones, banderas y velas, las tiendas se transformaban en capillas ávidas de negocio. La hemos oído en la radio cuando se nos comunicó durante la emisión de música grabada, que el fox-trot previsto seria sustituido por “Oh país bendecido por los dioses”. Ni el federalismo mundial ha escapado a ello. La posteridad debe saber que la velada del Movimiento para el federalismo mundial empezó el día 2 de noviembre con un discurso fúnebre en el que la memoria del símbolo supremo de la nación ¡fue aclamada por los representantes del internacionalismo!

Puede afirmarse que todo esto carece de importancia, pero es un detalle muy significativo porque nos demuestra que la dictadura de la aflicción es igualmente estúpida cuando se presenta como espectáculo en una democracia. Nadie puede afirmar que el difunto fuera partidario del federalismo mundial. Entonces, ¿por qué se actúa como si su muerte representara una pérdida para el movimiento federalista? Nadie puede tampoco afirmar que detestara el fox-trot. Entonces, ¿por qué reemplazarlo por “Oh país bendecido por los dioses?” Por una sola y sencilla razón: porque lo exige la dictadura de la aflicción. Y porque el respeto que se merece la democracia parece ser de inferior rango al que se merece la monarquía.

Los republicanos del pasado podrán decir que no existe ninguna contradicción entre la democracia de “la casa del pueblo” y la monarquía del “castillo del pueblo”. Esto quizás sería cierto si por democracia se entendiera solamente una técnica del ejercicio del poder o una máquina gubernamental. Pero antes, la democracia significaba algo más. Poseía una dimensión espiritual. Designaba un sentimiento y una manera de vivir, un estilo y una dignidad. Era la expresión del carácter sagrado del individuo.

Si todavía existe alguien dispuesto a otorgarle este sentido debemos decirle que la semana que ha finalizado ha aportado pocas expectativas para la democracia y es muy fácil describir en qué consisten estas expectativas. Residen en el hecho de que un solo ser humano ha sido glorificado a expensas del resto, en parte debido a sus méritos pero principalmente debido a méritos que no le pertenecen. El ciudadano sueco medio ha conocido la humillación de sentirse abandonado por todos aquellos que normalmente se aprovechan de poder hablar en su nombre. La mayoría de oradores han rivalizado en esfuerzos para inculcarle la idea que lo que acababa de acontecer era una desgracia sin precedentes. Se le ha transmitido el sentimiento de que si le sucedía cualquier cosa, nadie dispondría de tiempo, lagrimas o espacio en los periódicos para consolarle. Las fuerzas que hubieran tenido que restablecer una proporción equilibrada entre la verdadera contribución del difunto y la que le atribuye esta psicosis han resultado ser muy débiles.

Esta larga semana debe darnos miedo por lo que nos ha hecho aprender. Por una lado ha confirmado lo que ya se sospechaba desde hacía tiempo, a saber, que nuestra democracia sueca no posee ningún sentimiento del profundo sentido de la democracia. Por otro lado, ha mostrado que el principio de la monarquía es tan incompatible como lo era antes con la dignidad del hombre. En resumen, nos ha demostrado que en la mayor parte de los que crean la opinión democrática de este país no existe más instinto democrático del que hay en el bordillo de la acera del patio del palacio real.
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