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Mito Sobre La Creación del Mundo - Cuento propio

Arte4/3/2014
Mito Sobre la Creación del Mundo

Cuenta la leyenda que hace miles de años, en los rincones más descerebrados del éter un grupo de Dioses se reunían en ese tipo de reuniones de las que años después relataría Platón, comida, divagues y excesos de todas las naturalezas. Porque los dioses son humanos con cualidades formidables, pero humanos, con las debilidades de los humanos y con las tentaciones de los humanos y eso, con un poder enorme, es peligroso.
El banquete era frondoso, una larga mesa repleta de los más diversos víveres a disposición engalanaban el par de caballetes y el tablón dispuesto para ese fin. Los detalles del nombrado banquete fueron ajustados en su totalidad por Cohglo, quien no privó a nadie de placeres. Los Dioses estaban turbados, nerviosos, fuera de sí mismos, impacientes. Cohglo, dios de lo grosero y lo zanguango (Porque, como los días, en esta mitología hay un dios para todo), fumaba de a seis cigarrillos a la vez, mientras insultaba dejando caer conceptos irreproducibles, dejando escurrir saliva por la cavidad bucal, hidratando el rostro del resto de las deidades. Santo Gujan ofrecía café a los presentes, el cual quedó aguado por culpa de una morisqueta de Rogi, dios de la travesura y la risa, el cual lo distrajo.
Los pasos fuertes de Simbu, dios de la guerra, dieron por finalizada la plática estridente. Todos se abrieron dándole paso al mandamás de este Olimpo, quién ocupó pesadamente su trono de deidad de deidades. Bebió un trago de vino de un cáliz de oro, para aclarar la garganta, y luego si, estaban todas las condiciones dadas.
-Nuestra existencia no es completa ¿Qué somos si no hay nadie en qué recaiga nuestro poder? Nadie que nos alabe, nadie que nos tema ¿Qué somos si no hay a quien llenarlo de crueldad, de brutalidad, de risa o de llanto? ¿Quién temerá nuestra ira?
El dios de la locura hizo oír su voz, luego de levantar la mano y ser autorizado por Simbu a hablar.
-Perdone, pero la locura tiene esa potestad ¿No tendría que encargarme yo de eso? Dentro mío somos un equipo.
Simbu rió, luego retomó.
-Usted es un loco y yo no soy tonto, jamás encargaría semejante tarea a un insano.
-¿Y yo? –Preguntó el dios de las artes.
-No.
-¿Y yo? –Intentó el dios de la belleza.
-No, los seres que creemos deben ser ruines, feos, dueños de una bajeza sin fin, inescrupulosos, desalmados, codiciosos, impiadosos, egoístas, narcisistas, alguien ideal para desatar una guerra. O varias. Hay que poner en ello lo peor de nosotros mismos ¿Alguna objeción?
La puerta de salida se golpeó en medio del silencio, los dioses miraban en esa dirección para ver quien se había retirado, pero eran tantos que era imposible precisarlo.
-¿Alguna objeción? –Insistió Simbu.
El silencio parecía haberse instalado en el lugar, las deidades menores sentadas a la mesa volvieron la mirada hacia el trono, ubicado en la cabecera de la misma. El secretario de la reunión completó el libro de actas con los pormenores del encuentro, el cual firmaron todos, y se dispusieron a celebrar hasta caer borrachos al piso.
En medio de una resaca imponente, algunos dioses pedían una aspirina, otros respondían ¿Qué es una aspirina? Santo Gujan repartía un café reparador, bastante mejor que el del día anterior mientras todos intentaban incorporarse para crear a la humanidad, que aún no se llamaba humanidad, que en realidad no era ni siquiera un boceto. Salió todo de una improvisación macabra, perversa. Siguiendo las indicaciones de Simbu, quien revisó personalmente todo el proceso de creación, fueron aportando cada uno la peor parte de su persona en el pequeño hombrecito hecho de un retazo de una nube de tormenta, que serviría de modelo para proliferarlo por toda la extensión de ese lugar al que otro grupo de dioses (El de las Artes y el de la Belleza entre otros) estaban formando y que pasaría a llamarse mundo a partir que los hombres tuvieran una mínima noción de donde estaban y que eran. Para saber a qué habían venido pasarían siglos y no le encontraron aún respuesta para esa pregunta. Mientras tanto, Kohibin (Dios de la esperanza), se levantó del rincón en el que se encontraba sentado, apartado del resto de sus pares y se dirigió con sigilo a la mesa de trabajo. Sin que nadie se diera cuenta, introdujo una pequeña lágrima de pena que derramó en silencio sobre el pequeño voodoo. Poco después el prototipo de ser humano estaba terminado. Cual demo fue enviado a la tierra, junto a su pareja femenina en la cual no escatimaron atributos de hermosura, pero un despecho que sería tan grande como la esfera de vida en la que estaban insertos cual hamsters en su bola hámster y el cual sería transmitido oralmente de generación en generación hasta el fin de los días. Si bien el modelo terminado fue tal y como lo esperaba Simbu, con el correr de los siglos y en contra de su propia naturaleza el hombre fue descubriendo el sentido de aquella lagrima derramada por Kohibin en el momento de su génesis. Sobre todo en situaciones adversas, como motivación para, a pesar de todo, tener fuerzas para intentar ser felices, aunque sean solo unas pocas veces en la vida y aunque sea tan breve que parezca no valer la pena intentarlo.
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