¡LA NADA, LA NADA!
(DEL ARTE)
(DEL ARTE)
¡Ah, Arte, cumbre y altar más allá de lo entendible!
La vida es tormento, caos, dolor, borrasca, suplicio, sufrimiento… mas tan sólo el arte y su sublimidad es la cura de esta injusta y terrible aflicción; ¡así sea por un momento, así sea por un instante! Aunque, ¿qué es la vida? El suspiro perfumado de un abrumado, de un dios-hombre extraviado en los espejismos de sus propios designios…
El hombre es un monstruo enfermo, una imagen reflejada en un lago turbio, es un ideal deformado por el temor a la vida y el horror a la muerte, es un tesoro mancillado y execrado por el lacerante látigo del entorno, del mundo.
¡Y un artista es el peor de los engendros! Es una gota amarga de sublimidad atrapada en una jaula de sombra y gelidez… ¡Monstruo! ¡Disoluto! ¡Pobre infeliz! ¡Triste Romántico!
Pero este anhelo deformado engendra en su templo sagrado otro anhelo, otra ilusión, otra utopía, otra tristeza.
Y empieza el artista a desbaratarse, a fulminarse, a reducirse a polvo; y de cuando en cuando, prueba de su propia carne y se envenena con su propia aflicción y llena de injurias al hombre, advirtiendo así su gran amor hacía él; y la atrocidad se va tornando cada vez más diminuta, cada vez más traslúcida, hasta que no queda vestigio humano, vestigio de lo finito, vestigio del dolor…
¡La Verdad! ¡El anhelo hallado, desatado y empozado en las sombras de un delirio! ¡La Nada! ¡Sí! Tan sólo permanece la nada, pernoctando en la noche incierta, y la nada es el Todo, es decir, la utopía, alzada cual pilar insigne, el sueño y el trasmundo ante el alma del soñador, ¡La Libertad!: el remedio del espíritu abrumado, su pócima, su brebaje febrífugo. Vive la Liberté! El sacrificio de un perdido en pro de alcanzar y compartir lo divino, ¡la nada!, ¡la nada!...
l. e. torres