HISTORIA DE UNA ETERNIDAD
Al señor Vidal le sucederá lo siguiente: un día, sin tener en claro las razones, se saturará de escribir esas tontas comedias televisivas por las que le pagan un abultado sueldo. Después de mucho cavilar, se dará cuenta de que no puede seguir escribiéndolas porque las odia, y, debido a ellas, de que se odia a sí mismo. De que odia la somnolencia filosófica y literaria provocada por la holgura económica; de que odia ser fotografiado junto a actrices momificadas y galanes cocainómanos; de que odia imaginar, cada martes por la noche, a millones de inodoros binorma desparramando sus excrementos sobre todos los comedores de la república.
Con una depresión más acentuada que la habitual, el señor Vidal dejará de lado las cosas en las que ha basado su existencia (reuniones con amigos íntimos, seminarios culturales, sesiones de ejercicio sin esfuerzo), y comenzará a caer dormido en cualquier sitio y a alimentarse sin importarle vencimientos o procedencias.
En ese estado lo encontrará el señor Lieberman, su productor, cuando vaya a rescatarlo. El señor Lieberman lo convencerá de internarse unas semanas en “El Sosiego”, una especie de retiro espiritual que ha creado en las afueras de Cabo Grande. Allí, sin nadie cerca, le dirá, en la soledad más absoluta, le dirá, volverás a ser el artista talentoso al que siempre he querido, y al que ahora extraño tanto.
Los dos hombres viajarán de inmediato hacia “El Sosiego”, y el señor Lieberman partirá apenas termine de mostrarle las instalaciones de aquel caserón oculto de la ruta por un frondoso bosque de eucaliptos. Los primeros días el señor Vidal se sentirá como un náufrago abandonado en una isla, y se deprimirá aún más al notar que, en lugar de pensar en la desventurada isla de Robinson Crusoe, ha pensado en la hawaiana isla de Gilligan.
Pero su depresión pasará, y una tarde, casi sin querer, hilvanará tres ideas y bosquejará seis personajes. De pronto, al señor Vidal los diálogos y las situaciones se le ocurrirán sin interrupción, y luego de un mes de trabajo frenético grabará una nueva comedia en su computadora de viaje.
El señor Vidal verá que, por lo hablado con el señor Lieberman, aún faltan varias semanas para que culmine su exilio, y tratará de acelerar el lento discurrir del tiempo repitiendo las jugadas de ajedrez impresas en unas antiquísimas revistas rusas halladas en la biblioteca. El no lo sabrá, pero un rey llevado a cuatro torre (que perpetuará a blancas y negras en dos únicos movimientos permanentes) será lo que decida su regreso a la ciudad.
Ya en la ruta, alguien le hará el favor de alcanzarlo hasta su casa, y desde allí intentará comunicarse con su productor, el señor Lieberman. Una empleada le dirá que éste se encuentra en el extranjero, y también le dirá que ignora la fecha de su vuelta al país. Entonces, desesperado, el señor Vidal se dedicará a perfeccionar el guión que ha traído del campo. Un día, sin tener en claro las razones, se dará cuenta de que odia esas tontas comedias televisivas por las que le pagan un abultado sueldo, y con una depresión más acentuada que la habitual comenzará a caer dormido en cualquier sitio y a alimentarse sin importarle vencimientos o procedencias. En ese estado lo encontrará el señor Lieberman, su productor, cuando vaya a rescatarlo y lo convenza de internarse en “El Sosiego”, una especie de retiro espiritual que ha creado en las afueras de Cabo Grande.
Del libro Relatos agónicos
relatosagonicos.blogspot.com
Al señor Vidal le sucederá lo siguiente: un día, sin tener en claro las razones, se saturará de escribir esas tontas comedias televisivas por las que le pagan un abultado sueldo. Después de mucho cavilar, se dará cuenta de que no puede seguir escribiéndolas porque las odia, y, debido a ellas, de que se odia a sí mismo. De que odia la somnolencia filosófica y literaria provocada por la holgura económica; de que odia ser fotografiado junto a actrices momificadas y galanes cocainómanos; de que odia imaginar, cada martes por la noche, a millones de inodoros binorma desparramando sus excrementos sobre todos los comedores de la república.
Con una depresión más acentuada que la habitual, el señor Vidal dejará de lado las cosas en las que ha basado su existencia (reuniones con amigos íntimos, seminarios culturales, sesiones de ejercicio sin esfuerzo), y comenzará a caer dormido en cualquier sitio y a alimentarse sin importarle vencimientos o procedencias.
En ese estado lo encontrará el señor Lieberman, su productor, cuando vaya a rescatarlo. El señor Lieberman lo convencerá de internarse unas semanas en “El Sosiego”, una especie de retiro espiritual que ha creado en las afueras de Cabo Grande. Allí, sin nadie cerca, le dirá, en la soledad más absoluta, le dirá, volverás a ser el artista talentoso al que siempre he querido, y al que ahora extraño tanto.
Los dos hombres viajarán de inmediato hacia “El Sosiego”, y el señor Lieberman partirá apenas termine de mostrarle las instalaciones de aquel caserón oculto de la ruta por un frondoso bosque de eucaliptos. Los primeros días el señor Vidal se sentirá como un náufrago abandonado en una isla, y se deprimirá aún más al notar que, en lugar de pensar en la desventurada isla de Robinson Crusoe, ha pensado en la hawaiana isla de Gilligan.
Pero su depresión pasará, y una tarde, casi sin querer, hilvanará tres ideas y bosquejará seis personajes. De pronto, al señor Vidal los diálogos y las situaciones se le ocurrirán sin interrupción, y luego de un mes de trabajo frenético grabará una nueva comedia en su computadora de viaje.
El señor Vidal verá que, por lo hablado con el señor Lieberman, aún faltan varias semanas para que culmine su exilio, y tratará de acelerar el lento discurrir del tiempo repitiendo las jugadas de ajedrez impresas en unas antiquísimas revistas rusas halladas en la biblioteca. El no lo sabrá, pero un rey llevado a cuatro torre (que perpetuará a blancas y negras en dos únicos movimientos permanentes) será lo que decida su regreso a la ciudad.
Ya en la ruta, alguien le hará el favor de alcanzarlo hasta su casa, y desde allí intentará comunicarse con su productor, el señor Lieberman. Una empleada le dirá que éste se encuentra en el extranjero, y también le dirá que ignora la fecha de su vuelta al país. Entonces, desesperado, el señor Vidal se dedicará a perfeccionar el guión que ha traído del campo. Un día, sin tener en claro las razones, se dará cuenta de que odia esas tontas comedias televisivas por las que le pagan un abultado sueldo, y con una depresión más acentuada que la habitual comenzará a caer dormido en cualquier sitio y a alimentarse sin importarle vencimientos o procedencias. En ese estado lo encontrará el señor Lieberman, su productor, cuando vaya a rescatarlo y lo convenza de internarse en “El Sosiego”, una especie de retiro espiritual que ha creado en las afueras de Cabo Grande.
Del libro Relatos agónicos
relatosagonicos.blogspot.com