Frente a frente se miraban, sin poder moverse ni hablar. Sus rostros habían quedado sellados en el suelo, sus cuerpos naufragando en el mar. La tierra abrazaba sus cabellos y estos se mezclaban con el agobiante cemento. Sin embargo sus rasgos estaban intactos, se podría decir que ese mismo día habían sido sepultados, que habían dado su último respiro.
Eran una pareja hipócrita, no eran iguales pero se complementaban aunque negaban su amor los delataba su mirada. Se conocieron en el mismo lugar en que están ahora, su plaza favorita, ubicada en el centro de Chascomús. Fotografiando el monumento a San Martín, cómplices se vieron y se dispusieron a hablar, conversaron hasta el anochecer, y poco a poco comenzaron a amarse.
Casi sin querer, habían pautado su próximo encuentro. Con un cálido abrazo se despidieron, sabiendo que en sus sueños ambos iban a habitar. Esa noche sus mentes estuvieron en otra galaxia en donde solo existían ellos dos.
Ella se llamaba Blanca, de pelo rubio y ojos del color de la miel, su cuerpo era esbelto, de tez clara. Él llevaba el nombre de su abuelo, Antonio, joven moreno y de cabellos oscuros, sus ojos azules junto con su perfecta sonrisa resaltaban en su rostro. Ellos, de clase media se habían esforzado por sobresalir y así tener un trabajo digno, a diferencia de sus padres.
En los siguientes encuentros sus bocas no dejaban de pronunciar palabras, sus ojos no paraban de mirarse y sus pensamientos fueron invadidos por un sentimiento de pasión, un fuego interno.
Un día como cualquier otro Antonio le propuso casamiento, un anillo fue colocado en el dedo de Blanca, un beso en su boca selló el compromiso de eterno amor y una mirada rígida indicaba un cambio.
Luego de este suceso el sentimiento de afecto que antes corría por su sangre se esfumó. Sus vidas se vieron transformadas en una gris rutina, sin colores ni alegrías, sin llantos ni sonrisas. Vivían en el teatro de su felicidad, una obra constante en donde lo que ayer había sido un verdad se había convertido en pura actuación.
Por figir amor, cariño y pasión fueron condenados a continuar con aquella mentira, incluso al pasar a la otra vida. Sus cabezas fueron enterradas en la plaza central, en la cual esta farsa había comenzado.
Sus familias amargadas por el cruel final de esta relación quisieron brindarles la libertad que les había sido arrebatada dejando que sus cuerpos naufragaran en el mar. Entre sus rostros trazaron un camino que simbolizaba la separación que debía haber habido entre sus hijos para que esta historia no terminara en tragedia.
Eran una pareja hipócrita, no eran iguales pero se complementaban aunque negaban su amor los delataba su mirada. Se conocieron en el mismo lugar en que están ahora, su plaza favorita, ubicada en el centro de Chascomús. Fotografiando el monumento a San Martín, cómplices se vieron y se dispusieron a hablar, conversaron hasta el anochecer, y poco a poco comenzaron a amarse.
Casi sin querer, habían pautado su próximo encuentro. Con un cálido abrazo se despidieron, sabiendo que en sus sueños ambos iban a habitar. Esa noche sus mentes estuvieron en otra galaxia en donde solo existían ellos dos.
Ella se llamaba Blanca, de pelo rubio y ojos del color de la miel, su cuerpo era esbelto, de tez clara. Él llevaba el nombre de su abuelo, Antonio, joven moreno y de cabellos oscuros, sus ojos azules junto con su perfecta sonrisa resaltaban en su rostro. Ellos, de clase media se habían esforzado por sobresalir y así tener un trabajo digno, a diferencia de sus padres.
En los siguientes encuentros sus bocas no dejaban de pronunciar palabras, sus ojos no paraban de mirarse y sus pensamientos fueron invadidos por un sentimiento de pasión, un fuego interno.
Un día como cualquier otro Antonio le propuso casamiento, un anillo fue colocado en el dedo de Blanca, un beso en su boca selló el compromiso de eterno amor y una mirada rígida indicaba un cambio.
Luego de este suceso el sentimiento de afecto que antes corría por su sangre se esfumó. Sus vidas se vieron transformadas en una gris rutina, sin colores ni alegrías, sin llantos ni sonrisas. Vivían en el teatro de su felicidad, una obra constante en donde lo que ayer había sido un verdad se había convertido en pura actuación.
Por figir amor, cariño y pasión fueron condenados a continuar con aquella mentira, incluso al pasar a la otra vida. Sus cabezas fueron enterradas en la plaza central, en la cual esta farsa había comenzado.
Sus familias amargadas por el cruel final de esta relación quisieron brindarles la libertad que les había sido arrebatada dejando que sus cuerpos naufragaran en el mar. Entre sus rostros trazaron un camino que simbolizaba la separación que debía haber habido entre sus hijos para que esta historia no terminara en tragedia.