Cesar Vallejo: Rusia en 1931
EL CINEMA. - RUSIA INAUGURA UNA NUEVA ERA EN LA PANTALLA
Vladimiro Malakovsky me ha llevado a la genérale de La línea general, de Eisenstein (1). Después de una explicación contradictoria, es decir, debatida, de Sneiderov, operador de la película, la iniciación de ésta sobre la pantalla es recibida por el público —de críticos, artistas y escritores— con una interminable ovación. ¿Ovación clasista al carácter propagandista de la película? ¿Ovación admirativa a Einsenstein? En muy pequeña medida, ovación al gran artista, y casi por entero ovación a la propaganda (2). Es entendido que el plano dominante en Rusia lo constituye hoy el político económico revolucionario. No significa esto —como lo imaginan los celosos profesores y estetas burguesas— que el Soviet crea superiores la economía y la política e inferior el arte. La ordenación marxista de los fenómenos sociales en infraestructuras y superestructuras —economía, política, derecho, moral, religión, filosofía, arte—, no supone ninguna jerarquía entre ellos. Cuando Marx afirma que la base, de la sociedad humana es la economía, no pretende que ésta sea superior a la política, al derecho o al arte. Lo que hace únicamente es constatar un hecho, una realidad. Es como cuando se constata que a la base del cuerpo se hallan los pies; con esto no se pretende afirmar que los pies son superiores o inferiores a la cabeza, al tronco o a los brazos.
¿Es que no goza el plano económico político en otros países de la misma prestancia social que en Rusia? Sí. La economía y la política, en todos los países, tienen prestancia idéntica que en Rusia y la han tenido en toda la historia. La diferencia consiste en que en Rusia las actividades económicas y políticas son dominio de todos y al servicio de todos, mientras que en los países capitalistas o feudales la economía y la política son manejadas y dirigidas por unos cuantos y al servicio de unos cuantos. Aquí es la masa la que produce la riqueza en que se apoyan y se desenvuelven todos los fenómenos sociales, pero sólo unos pocos —los patronos o señores-- se ocupan de orientar esos fenómenos en provecho y bienestar de esos pocos. Así, pues, aparentemente, para la mayoría y a los ojos de ésta, se diría que la economía y la política carecen de prestancia social, desde el momento en que ellas no dependen más que del brujuleo y maniobras de una pequeña capilla de vedettes. ¿Quién se ocupa en Francia de estudiar, encauzar y perfeccionar con su concurso individual los métodos de transporte? ¿Un transeúnte. cualquiera, hombre o mujer? Evidentemente, no. Se ocupa de ello sólo el fabricante de motores, de ruedas o neumáticos, o el empresario de tranvías, o el fabricante de acero, o el concesionario de ferrocarriles. El simple transeúnte cree que eso no le concierne. (En efecto, no le concierne sino a la hora de pagar su billete de tren o el flete de sus bagajes, o a la hora de esperar inútilmente un tranvía problemático). ¿Y quién se ocupa en Inglaterra de mejorar y humanizar el régimen penal? ¿Un transeúnte cualquiera? No. Se ocupa de ello sólo el diputado, el ministro, el lord, el magistrado o el profesor de Cambridge o de Oxford. Esto no concierne al simple transeúnte sino a la hora de entrar en prisión por haber dicho más verdades al equívoco Príncipe de Gales, o por haber condenado públicamente la guerra de las patrias burguesas. Y por este camino, todos los transeúntes del mundo capitalista —que son masa— han llegado a la conclusión de que la economía y la política no pasan de ocupaciones de iniciados, remotas, borrosas, de las que la multitud puede prescindir, sin dificultad. En suma, los fenómenos políticos y económicos burgueses consienten y exigen la intervención popular sólo para hacerla sufrir sus consecuencias y para echar sobre los hombros de las masas el aparato de la producción, base de esos fenómenos, pero de ningún modo para encauzar y dirigir, a éstos. Los profesores y estetas burgueses defienden, consciente o inconscientemente, esta misma realidad.
En Rusia, la política y la economía se hacen a la luz pública, al aire libre. Dependen de la gestión directa y efectiva de todos. Se han democratizado. Son los problemas de todos y que son resueltos por todos, puesto que sus soluciones y transformaciones redundan en daño o en provecho de todos. La gestión soviética de la cosa pública —por su ancha base electiva, su derecho de revocación y la unión en las manos de las masas de los poderes legislativo y ejecutivo— contiene la entraña democrática más directa y genuina que forma alguna de gobierno haya disfrutado y practicado en la historia. Apenas las repúblicas griegas se le asemejan, aunque tan sólo por respectos formales y externos, mas no por su contenido de masas, realmente democrático y creador. De aquí que la economía y la política tengan en Rusia una prestancia visible y fulminante ante el pueblo.
(1) Tratándose del cinema, tomo, desde luego, como su más puro exponente la obra de Eisenstein. Esta basta para dar una idea fundamental de la pantalla rusa. Sin embargo, existen junto a Eisenstein dos o tres corrientes más diversas de la suya y de mucha envergadura. Me refiero a la de Tsiga Vertov, a la de Pudovkin, a la de Protazanov. En cuanto al cinema hablado, no se le atribuye ninguna importancia en Rusia. "La transformación del cinema —dice a este propósito Eisenstein— no vendrá del sonido. La transformación del cinema vendrá de la intelectualización cinemática del mundo". De otro lado, el mismo Eisenstein ha expresado que la palabra sólo puede ser utilizada para reemplazar a la escritura actual en la pantalla y para resolver metronómicamente dificultades en el "decoupage". Por último, política y tácticamente, el cinema hablado no hace sino' crear dificultades idiomáticas para la difusión, propaganda y compenetración socialista entre las diversas naciones de la Unión Soviética. El cinema hablado crea nuevas fronteras, separa a los pueblos. Es, desde este punto de vista, antisocialista, contrarrevolucionario.
(2) El arte realmente revolucionario persigue, ante todo, el objetivo de la propaganda —pensaba Erwin Piscator al fundar el Teatro del Proletariado de Berlín. Jorge Grosz decía asimismo hace poco: "El artista de nuestros días no puede escocer sino entre el arte de mera técnica y el arte de propaganda por la lucha de clases. Si no quiere ser un fracasado, habrá de optar por lo último"
EL CINEMA. - RUSIA INAUGURA UNA NUEVA ERA EN LA PANTALLA

Vladimiro Malakovsky me ha llevado a la genérale de La línea general, de Eisenstein (1). Después de una explicación contradictoria, es decir, debatida, de Sneiderov, operador de la película, la iniciación de ésta sobre la pantalla es recibida por el público —de críticos, artistas y escritores— con una interminable ovación. ¿Ovación clasista al carácter propagandista de la película? ¿Ovación admirativa a Einsenstein? En muy pequeña medida, ovación al gran artista, y casi por entero ovación a la propaganda (2). Es entendido que el plano dominante en Rusia lo constituye hoy el político económico revolucionario. No significa esto —como lo imaginan los celosos profesores y estetas burguesas— que el Soviet crea superiores la economía y la política e inferior el arte. La ordenación marxista de los fenómenos sociales en infraestructuras y superestructuras —economía, política, derecho, moral, religión, filosofía, arte—, no supone ninguna jerarquía entre ellos. Cuando Marx afirma que la base, de la sociedad humana es la economía, no pretende que ésta sea superior a la política, al derecho o al arte. Lo que hace únicamente es constatar un hecho, una realidad. Es como cuando se constata que a la base del cuerpo se hallan los pies; con esto no se pretende afirmar que los pies son superiores o inferiores a la cabeza, al tronco o a los brazos.
¿Es que no goza el plano económico político en otros países de la misma prestancia social que en Rusia? Sí. La economía y la política, en todos los países, tienen prestancia idéntica que en Rusia y la han tenido en toda la historia. La diferencia consiste en que en Rusia las actividades económicas y políticas son dominio de todos y al servicio de todos, mientras que en los países capitalistas o feudales la economía y la política son manejadas y dirigidas por unos cuantos y al servicio de unos cuantos. Aquí es la masa la que produce la riqueza en que se apoyan y se desenvuelven todos los fenómenos sociales, pero sólo unos pocos —los patronos o señores-- se ocupan de orientar esos fenómenos en provecho y bienestar de esos pocos. Así, pues, aparentemente, para la mayoría y a los ojos de ésta, se diría que la economía y la política carecen de prestancia social, desde el momento en que ellas no dependen más que del brujuleo y maniobras de una pequeña capilla de vedettes. ¿Quién se ocupa en Francia de estudiar, encauzar y perfeccionar con su concurso individual los métodos de transporte? ¿Un transeúnte. cualquiera, hombre o mujer? Evidentemente, no. Se ocupa de ello sólo el fabricante de motores, de ruedas o neumáticos, o el empresario de tranvías, o el fabricante de acero, o el concesionario de ferrocarriles. El simple transeúnte cree que eso no le concierne. (En efecto, no le concierne sino a la hora de pagar su billete de tren o el flete de sus bagajes, o a la hora de esperar inútilmente un tranvía problemático). ¿Y quién se ocupa en Inglaterra de mejorar y humanizar el régimen penal? ¿Un transeúnte cualquiera? No. Se ocupa de ello sólo el diputado, el ministro, el lord, el magistrado o el profesor de Cambridge o de Oxford. Esto no concierne al simple transeúnte sino a la hora de entrar en prisión por haber dicho más verdades al equívoco Príncipe de Gales, o por haber condenado públicamente la guerra de las patrias burguesas. Y por este camino, todos los transeúntes del mundo capitalista —que son masa— han llegado a la conclusión de que la economía y la política no pasan de ocupaciones de iniciados, remotas, borrosas, de las que la multitud puede prescindir, sin dificultad. En suma, los fenómenos políticos y económicos burgueses consienten y exigen la intervención popular sólo para hacerla sufrir sus consecuencias y para echar sobre los hombros de las masas el aparato de la producción, base de esos fenómenos, pero de ningún modo para encauzar y dirigir, a éstos. Los profesores y estetas burgueses defienden, consciente o inconscientemente, esta misma realidad.
En Rusia, la política y la economía se hacen a la luz pública, al aire libre. Dependen de la gestión directa y efectiva de todos. Se han democratizado. Son los problemas de todos y que son resueltos por todos, puesto que sus soluciones y transformaciones redundan en daño o en provecho de todos. La gestión soviética de la cosa pública —por su ancha base electiva, su derecho de revocación y la unión en las manos de las masas de los poderes legislativo y ejecutivo— contiene la entraña democrática más directa y genuina que forma alguna de gobierno haya disfrutado y practicado en la historia. Apenas las repúblicas griegas se le asemejan, aunque tan sólo por respectos formales y externos, mas no por su contenido de masas, realmente democrático y creador. De aquí que la economía y la política tengan en Rusia una prestancia visible y fulminante ante el pueblo.
(1) Tratándose del cinema, tomo, desde luego, como su más puro exponente la obra de Eisenstein. Esta basta para dar una idea fundamental de la pantalla rusa. Sin embargo, existen junto a Eisenstein dos o tres corrientes más diversas de la suya y de mucha envergadura. Me refiero a la de Tsiga Vertov, a la de Pudovkin, a la de Protazanov. En cuanto al cinema hablado, no se le atribuye ninguna importancia en Rusia. "La transformación del cinema —dice a este propósito Eisenstein— no vendrá del sonido. La transformación del cinema vendrá de la intelectualización cinemática del mundo". De otro lado, el mismo Eisenstein ha expresado que la palabra sólo puede ser utilizada para reemplazar a la escritura actual en la pantalla y para resolver metronómicamente dificultades en el "decoupage". Por último, política y tácticamente, el cinema hablado no hace sino' crear dificultades idiomáticas para la difusión, propaganda y compenetración socialista entre las diversas naciones de la Unión Soviética. El cinema hablado crea nuevas fronteras, separa a los pueblos. Es, desde este punto de vista, antisocialista, contrarrevolucionario.
(2) El arte realmente revolucionario persigue, ante todo, el objetivo de la propaganda —pensaba Erwin Piscator al fundar el Teatro del Proletariado de Berlín. Jorge Grosz decía asimismo hace poco: "El artista de nuestros días no puede escocer sino entre el arte de mera técnica y el arte de propaganda por la lucha de clases. Si no quiere ser un fracasado, habrá de optar por lo último"