Yo tendría once o doce años cuando el Lobo aún ostentaba un equipo que daba pelea a los grandes mano a mano. Y ojo, eran épocas de grandes pesados. Del Diego en Boca, del Enzo en River, de los pibitos como Aimar o Riquelme que empezaban a aparecer de abajo. Transitaban años de grandes batallas en el fútbol argentino, los tiros libres de Chilavert en un Vélez dulce, Ramón Díaz apostándole una camioneta a Macri, por entonces presidente de Boca, desfilando por los programas deportivos de la ya consolidada televisión por cable. Pero, a decir verdad, nosotros veíamos bastante poco de esa historia. Recuerdo esperar ansioso la fecha en que Gimnasia se enfrentaba con Boca o River, no tanto por la envergadura del rival, que bien podría ser un motivo convocante, sino por la posibilidad de ver el partido por televisión. Escuchar los relatos de Araujo errando los nombres de los jugadores triperos acompañado de los comentarios filosos de Macaya Márquez, siempre con una amable inclinación hacia el más débil, es decir, hacia nosotros. Pero verlo por tele no era verlo en casa. Por entonces el cable era un lujo que en mi familia no nos podíamos dar. Verlo por tele, en realidad, era salir con mi viejo y mi hermano por el centro de La Plata buscando un bar en donde esté sintonizado el partido, que haya lugar para sentarse en una posición más o menos favorable y que no esté minado de bosteros o gallinas que festejen a grito pelado nuestros infortunios futbolísticos. Verlo por tele era, esencialmente, una salida. Para nosotros una fiesta. Para mi viejo un gasto, aunque menor que pagar el codificado. Para mi vieja, imagino, un rato de descanso en la casa. Igualmente, con mi hermano teníamos bien sabido cuál era el comportamiento al entrar al bar. Había que llegar diez minutos antes del comienzo del partido, encontrar una ubicación cerca del televisor, y pedir una gaseosa para los tres, que debía durar hasta los treinta minutos del primer tiempo, más o menos, y entonces ahí ya podíamos pedir otra. Esto justificaba nuestra entidad de clientes del lugar y no la categoría de hinchas transeúntes en busca de ver aunque sea una imagen del equipo de sus amores, escapándole a la mirada escrutadora de los mozos del lugar. Otra de las premisas tenía que ver con el comportamiento. Si había muchos hinchas del rival, las protestas al árbitro y los posibles festejos debían ser con reparo, como si estuviéramos en una tribuna compartida, pero a decenas de kilómetros de la cancha. Uno nunca sabe al lado de quién puede estar sentado. Cuando el mango ya no daba para ir a algún bar, había un gusto secundario, no menos disfrutable que el que otorgaba verlo por la tele. Mi viejo sintonizaba la AM en el quinientos noventa del dial y aparecía la voz de Victor Hugo Morales, el relator más popular del momento. El tipo empezaba la transmisión y uno enseguida entendía que era domingo al mediodía y que estaba por jugarse un partido importante. Recuerdo la estática de AM, ese sonido sucio tan particular que se transformaba en una banda sonora irremplazable. A decir verdad, poco se hablaba de Gimnasia en aquellas transmisiones. Generalmente se informaba mucho de los equipos grandes y se iban dando partes del resto de la fecha que se estaba jugando e incluso algunos resultados de otras categorías. Pero nada de eso importaba, porque uno ya estaba hecho con el solo acto de escuchar a su equipo, ese humilde conjunto platense, luchar por sintonía nacional contra uno de los poderosos del fútbol doméstico. En esos casos, la radio se prendía cerca del mediodía, y el sonido latoso de la precaria sintonía inundaba la casa durante toda la tarde. Cuando no había un rival popular enfrente y Gimnasia jugaba, por decir un nombre, contra Mandiyú de Corrientes, debíamos conformarnos con escuchar alguna radio de la ciudad. A lo sumo, Radio Provincia, también con su mística de AM, en los relatos de Daniel Barinaga y los comentarios de Carlos Fanjul. No eran, digamos, Araujo y Macaya con toda su pompa, pero uno los sentía más cercanos, más del lado del triperío. Lo cierto es que, al escucharlo por radio, el partido se transformaba en pura imaginación. La cancha se nos dibujaba en la mente gracias a las coordenadas que dictaba el relato, aunque pocas veces tenía semejanza con la realidad del partido. En estos casos, el lujo llegaba a la noche. La única imagen posible de ver era la que pasaban a las diez, en Fútbol de Primera, que salía por Canal Trece. Allí se hacían compactos de todos los partidos de la Primera División y uno podía ver el encuentro de su equipo. Ver el partido es un decir. En nuestro caso veíamos, con suerte, los goles y alguna que otra jugada de riesgo. Y si salía cero a cero la desdicha era mayor. Treinta segundos duraba el compacto del Lobo. Sí, treinta segundos en dos horas de programa, y para peor, nunca se sabía cuando iba a aparecer en pantalla la casaca tripera. Imagino que los editores eran maestros del recorte como para comprimir noventa minutos en tan pocos segundos. Recuerdo que nos pasábamos las noches de domingo dos horas delante del televisor, viendo los compactos de Boca y River, algunos pantallazos de Independiente y Racing, por treinta segundos de Gimnasia. Quizás un tiro en el travesaño, alguna atajada más o menos lucida del arquero, pero no más que eso. Treinta segundos que, sino te agarraban desprevenido o lejos de la tele, se te escurrían como arena entre los dedos con una velocidad inusitada. Era ver al Lobo y a la cama, para al otro día ir a la escuela bien temprano. A decir verdad, se tornaba media densa la cosa, pero no dejaba de ser gratificante aquel momento en donde la camiseta azul y blanca dominaba la pantalla de gran cantidad de hogares argentinos, aunque mal no fuese por una derrota o un empate en cero. Una noche de domingo recuerdo que ocurrió la mayor de las desgracias. Estábamos en casa esperando con mi viejo y mi hermano nuestro momento en el programa. Ya habíamos visto el compacto de Boca, que a decir verdad nos interesaba bastante poco, y también el clásico entre San Lorenzo y River, que nos pareció una pesadilla, aunque haya habido tres goles. Ya la mesa estaba levantada y mi vieja en su habitación mirando alguna película. Yo empezaba a cabecear del sueño y mi hermano se distraía jugando con el perro. Entonces llegó el momento de ir a la última pausa, justo cuando la voz de Araujo emergió de la pantalla con su famoso “lo que viene, lo que viene”. Entre los partidos que se anunciaban después de la publicidad estaba el nuestro. Esa tarde habíamos empatado cero a cero con Gimnasia y Esgrima de Jujuy, en la Tacita de Plata, la cancha del equipo norteño. Según los trascendidos hubo un penal que no nos cobraron y desató un gran escándalo en pleno partido. Necesitábamos verlo, necesitábamos comprobar el ilícito del árbitro, la injusticia otra vez contra nosotros. Necesitábamos que todo el país viera tal perjuicio. Pasó el partido de Central donde los canallas le ganaron bien tres a cero a Lanús, pasó el de Ñuls, un aburrido uno a uno en cancha de Belgrano, y venía nuestro turno. Pero no llegaron, o al menos eso dijo el demonio de corbata, personificado esa vez por la figura de Marcelo Araujo, que nos condenó al infierno con breves y frías palabras. No llegaron, no les daba el tiempo, dijo, y se despidió de los televidentes. Creo que cerró pidiendo unas disculpas y diciendo una frase que decía algo así como que el tiempo de la tele es tirano o alguna pavada de esas, pero no llegué a escucharlo del todo por el grito enardecido de mi viejo ante el televisor. No habían podido siquiera a pasar esos míseros treinta segundos que esperamos durante horas para ver aquella polémica, y con suerte alguna que otra jugada más. Ni treinta segundos nos dieron, a nosotros y a todos los triperos agazapados frente al televisor, esperando ver una imagen al menos que nos convenza de la injusticia que nos perseguía. Y así nos quedamos, los tres parados en el living de casa, insultando a todo aquel que trabajara en el programa, también al árbitro, por supuesto, por la injusticia que seguramente había cometido. Como si estuviéramos en el medio de la tribuna, pero a decenas de kilómetros de la cancha.
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