Foto: @chrisgunner Hoy amanecí en Buenos aires, en las afueras del Luna Park. Lo primero que hice fue mirar la cartelera, descubriendo que Las pastillas del abuelo se presentarán en una semana más. Siempre quise ver a Las pastillas en persona. Justo hace dos días atrás, en Killarney, estuve viendo un vídeo de una presentación en vivo de la banda, donde el Piti tomaba birra y cantaba. "Un genio" pensé. Pero de nada me servía comprar la entrada, porque no tengo ni la más mínima idea acerca de dónde estaré en una semana más. Quizás el día de la presentación despierte en Montpellier o en la Antártica o en Múnich..., no lo puedo saber ahora. Cuando ya mi resignación se consumó de manera definitiva, caminé hasta Puerto Madero (está al ladito del Luna). Ahora, disfrutando de la brisa invernal porteña, les cuento mi historia: Resulta que todas las noches, a las 23:45 clavaditas, muero. Al principio era toda una fatalidad, pero ya me lo tomo con humor. Los días siguientes a mi primeras muertes intentaba esconderme para evitarlo, pero no había caso: una cuchilla aparecía de la nada y se enterraba en mi cráneo, o un payaso de circo barato entraba a mi cuarto con una ametralladora y me perforaba con un par de tiros. Una ocasión, se me ocurrió esperar las 23:45 en un sitio llano y extenso, donde ningún objeto me pudiese hacer daño: Fue en Koani, y recuerdo que sentí una seguridad total. Pero poco antes de la hora habitual comenzaron a llover camiones, reduciéndome a polvo con puntualidad. Así, muero irremediablemente todos los días, pero despierto también cada mañana a las 11:45 en un punto geográfico al azar. Despierto sin ninguna cicatriz física, pero con todos los recuerdos intactos. Todo esto que les cuento ha provocado que a veces conozca grandes amigos y que no los pueda volver a ver. También he vivido idilios amorosos que se terminan el mismo día en que nacen. Cuando falta poco para la hora de la muerte, me despido de la gente que me rodea, y me voy -cual felino agonizante- a morir solo en algún lugar. En Río me hice amigo de una muchacha simpática e inteligente, pero me tuve que despedir de ella antes de las once, sino nos moríamos los dos: Porque al que está conmigo a la hora de mi muerte, le llega también su hora. Ya lo viví con un amigo que se negó a creer mi condición y decidió acompañarme. Estábamos en un balcón a la hora mortal, cuando la gravedad se volvió re loca y nos elevamos a varios metros de altura, cayendo más tarde con vehemencia en el cemento. En Tigre viví un día lleno de alegría con una hermosa muchacha, que en la noche me dijo con una sonrisa gigante: "Te veo mañana, che" y me guiñó el ojo de una manera más tierna que pícara (Amor, por donde se le mire). Se me hizo un nudo en la garganta y le respondí: "Hasta mañana". Después me fui a llorar a la costa, y ni me enteré cómo morí. Fue rápido. Quizás me mató un francotirador desde algún buque. Nunca lo sabré. Argentina es el país en el que más he despertado, y es donde he descubierto mucho más acerca de mis cualidades: Por ejemplo, de la inmortalidad temporal que gozo entre las 11:45 y las 23:44. Una noche estaba fumando un pucho en la plaza San Martín, de Córdoba. Me quedaba poco más de una hora de vida, cuando un asaltante se me acercó y me dijo: _Pasame toda la guita que tengás. Revisé mi bolsillo. Tenía 25 centavos. _Tengo sólo 25 centavos _Pasamelos. ¡Rápido, gil! _Pero tenía pensado comprarme un Flin paff de uva -le dije con cara de angustia. _Pelotudo... ¡chau! -me gritó y acto seguido me apuñaló la panza. Pero no sentí dolor. Me saqué el cuchillo, lo tiré al suelo y ambos vimos cómo mi herida cicatrizaba aceleradamente. _Bueno, me fui a comprar el Flin paff. ¡Nos vemos! -le dije al tiempo que me iba sonriendo en busca de mi capricho. Me costó encontrar un almacén, pero finalmente lo logré. Me eché el Flin paff a la boca a las 23:43, mientras pensaba en lo maravilloso de mi inmortalidad. Estaba en eso cuando me atoré y morí. La inmortalidad es un excelente show. Así me gano la vida últimamente. Busco a mi alrededor los ojos más curiosos y me acerco diciéndoles: "Pásame 2 dólares y me suicido delante tuyo. Me pagas después que me suicide". La proposición los confunde, pero generalmente terminan cediendo; entonces los llevo a un lugar donde no hay cámaras ni demasiada gente, y me apuñalo a mí mismo, para cobrar los billetitos al instante. Fuera de todo morbo, recuerdo una situación que me apenó mucho. Conocí a una familia sevillana muy simpática, que estaba de paseo en Arnhem. En la tarde, el pequeñuelo contó unos chistes muy inocentes, que me enternecieron, y para hacerle creer que eran divertidos, me reí de manera escandalosa y le dije: "¡Detente, que me vas a matar de la risa!", y a él se le infló el pecho y sintió orgullo de sus facultades humorísticas. A la noche nos fuimos al hotel con toda la familia y él siguió contando chistes en el lobby, y tuvo la mala ocurrencia de contar uno a las 23:45. Me reí y un bicho extraño entró en mi boca, destrozándome el corazón. Me preocupa, porque un niño no entiende esto de las expresiones verbales (apenas las entiendo yo, que soy viejo). Es probable que este niño haya sentido la culpa de haberme asesinado. La cercanía que sentí con él, seguramente fue un desplazamiento del afecto que siento por mi hermano pequeño (el cual, claro está, quedó en mi pueblo). Sumado a la nostalgia natal, siento que me voy llenando de sucesivas nuevas nostalgias, y temo por el peso que irán adquiriendo luego. Le tengo cariño a Liverpool, tanto como al pueblo donde nací. Debe ser porque desperté en Liverpool dos días seguidos y llegué a sentir como mías las calles, la gente y hasta el transporte público. En esta hermosa ciudad amanecí por segunda vez un día domingo, y fui al estadio a ver el clásico Liverpool-Everton, ganando Liverpool con tremendo gol de Agger. Morí en el baño de un bar, y al día siguiente desperté en Cali, lo que fue un bajón, porque ya me había hecho la idea de seguir despertando en Liverpool. Ya es tiempo de repasar algunos sucesos misteriosos que me hicieron dudar de la consistencia de mi realidad. Y claro, me refiero a otros misterios, que ocurrieron encima del gran misterio que ya les he contado a lo largo de la historia: Hubo un par de apariciones y ambientes oníricos, que rompieron con toda lógica espacial. Porque debo aclarar; hasta ese momento, fuera de morir todas las noches y despertar con inmortalidad, todo transcurría perfectamente normal. Pero les cuento: Esto comenzó en York. Desperté y sentí la necesidad de recorrer toda la bella ciudad. Me senté en un trozo de vereda de la calle Shambles a descansar y la gente creyó que yo era un mendigo, y me tiraba dinero. Luego de conseguir una buena suma de monedas, me levanté y adopté una pose más digna: Junté mis manos en mi espalda, y doblé la rodilla izquierda; apoyando mi espalda y la planta del pie en la pared. Igualmente pasó un señor y me tiró una moneda. Mandé al carajo la ilusión de dignidad y me volví a sentar en la vereda. No pasó mucho rato antes de que pasara una curiosa muchacha que me preguntó: _¿No tienes frío ahí tirado? _Para nada _Creo que te conozco... ¿Puede ser? _No lo creo -le dije. Pero mentí. Porque en realidad su cara se me hacía muy familiar. Recordé cuando tenía siete años y solía comer cupcakes con una amiga del colegio. _Bueno, soy Lucía, y vendo empanadas a domicilio -me dijo, para mi sorpresa. Esta amiga de la infancia de la que les hablo, no se llamaba Lucía, pero sí me invitaba siempre a su casa a comer cupcakes. Fue curioso, pero no le presté demasiada atención. Razoné que era una coincidencia nada más. _Lléveme una docena mañana a las 12-le dije, y agregué -Vivo en la calle Cupcake. _Entendido -me dijo y se fue. Luego de hacerle esta broma mecánica a la señorita me planté a dormir en una plaza toda la tarde-noche y morí con un tremendo dolor en el pecho. Al día siguiente no desperté en la Tierra. Nunca supe el nombre de aquel planeta. El ambiente era infantil y colorido. Los habitantes eran unas pelotas moradas sin ojos, sin nariz. Pero con boca. Una boca retorcida, claro está, pero boca al fin y al cabo. Me acerqué a uno de ellos y le dije: _¡Hola! _Bluuix -me respondió, y yo intuí que eso equivalía a un "hola" _¿Me entiendes lo que digo? _Blu bu blux -me respondió, lo que seguramente era un "claro que sí". _A ver, déjame probar... ¡cambia tu forma! - le dije, y él rápidamente se convirtió en un cuadrado. La conversación estaba re linda, hasta que llegó otro de estos seres -pero en moto-, y me entregó una docena de cupcakes. Mi apetito estaba distorsionado: Comí todo mi encargo, a modo de desayuno. El vendedor permaneció a mi lado y cuando finalicé, le salió un brazo desde su boca, y me estiró la mano. _No tengo dinero -le dije. Al escuchar esto, se abalanzó contra mí. Esta pelota morada tenía mucha más fuerza que yo. Metió su mano en mi boca y me hizo vomitar todos los cupcakes en la bandeja donde venían originalmente, para luego subir a la moto y perderse con furia en el horizonte. A pesar de esta tragedia, estuve todo el día conversando animadamente con las pelotas. No anochecía, pero de pronto me explotó un brazo, de la nada. Me retorcí de dolor y miré la hora: 23:44. Me explotó el otro brazo, luego ambas piernas y luego no supe nada. Seguro me explotó el corazón o el cerebro. Foto: Leonardo Rosa Pace ( @tomybad) Al día siguiente desperté con mucho sueño y veía todo difuminado. Quería preguntarle a alguien dónde estaba, pero por algún motivo me sentí aterrado de hablar. Caminé por los alrededores y descansé en algunas esquinas hasta que anocheció. De pronto los objetos de mi alrededor comenzaron a aclararse. Y ahí ocurrió lo grandioso: Distinguí el casino de mi ciudad. Estaba en el centro de mi ciudad. Busqué caras conocidas alrededor, pero no hallé a nadie. Hice detener un bus, temeroso de la hora, pero vi que eran recién las diez de la noche, así que bingo! Estaría en mi hogar en menos de treinta minutos y tendría tiempo de ver a mi familia y explicarles todo, y abrazarlos, sobre todo abrazarlos mucho. Subí al bus, el cual avanzó con rapidez por la avenida principal, pero al doblar, resulta que todo se me hizo desconocido: El paisaje era otro. El bus dobló en una esquina del demonio. Perplejo, fui donde el chofer y le pregunté dónde estábamos, desesperado. Él esbozó una palabra que no entendí. Yo me fui a sentar y me banqué todo el recorrido extraño, en una carretera que jamás había visto en mi vida. Cuando llegó la hora, el bus cayó por un acantilado. A las 11:45 desperté en Dokuchaevka. Desde ese día, todo volvió a su curso normal. He intentado buscar las raíces de mi problemita, pero no hay indicios, no hay pistas de su origen. Antes de mi primera muerte no me había ocurrido nada sobrenatural, ni siquiera en sueños. Así, desde ese día, no volví a ver a mi familia y seguramente creen que estoy muerto. Y efectivamente, estoy muy muerto. Ya he expirado novecientas trece veces hasta hoy. Ya está anocheciendo en este lugar, así que le daré fin a la narración. A veces pienso que expiraré mil veces y despertaré en mi hogar y me dejará de ocurrir esto. Pero este pensamiento equivale a una ilusión sin sentido. Quizás nunca deje de ocurrir. Alexis González
La muerte como asunto cotidiano
Datos archivados del Taringa! original
70puntos
134visitas
0comentarios
Actividad nueva en Posteamelo
0puntos
3visitas
0comentarios
Dar puntos: