ALBÓREO U OLIVOS
A MI MADRE.
QUE MIS SACRAS HERMANAS SE ENCARGUEN DE LLEVARLE ESTE MURRIO RECADO.
Palabras realmente tristes se alzan aquí. ¿Será que esto es una tragedia de Esquilo, de Sófocles, de Eurípides?
¿Pero, qué es más terrible y doloroso para el hijo que el silencio absoluto de su madre? Pues él es un simple hálito que obedece a una tormenta ciertamente célica y devastadora.
La lluvia siempre cae tras las premisas murrias, tras las olas proféticas, tras las saetas poéticas.
Pero cuando el hombre comprende su condición de pirata, de vidente, de profeta, debe aferrarse a su innato discurrir.
¡Ay de mi madre! ¡Ay de mis hermanas! Pues me recuerdan a Antígona y a Ismene, que fueron arrojadas a la devastación por honrar el triste recuerdo de su hermano, Polinices.
¡Ay de mí! ¡Ay de mis letras ignotas! ¡Ay de mis venturas mordaces! Pues la fuente absoluta y perenne comprende que fui un osado, un héroe que, con terrible dolor y pena, ignoro los afables sentimientos de su familia para ejecutar empresas más magnas, más augustas, más sobrehumanas…
¡Ay de mí, por ser un simple hálito de Tifón el ingente devastador! ¡Ay de mí, que nací hombre! ¡Ay de mí, que probé el amor infinito de una madre santa, de una virgen mártir! ¡Qué el tiempo ceda la razón absoluta! ¡Qué los cirios se alcen tras el discurrir de Crono para honrar el acto de los valientes sublimes!
¡Loor a los valientes! ¡Loor a los héroes! ¡Loor a los devastados! Pues, ¿Quién es más devastado que aquel que, para su insondable tragedia y dolor, sobrepasa el amor impoluto de sus queridos con la sublime y célica razón de finiquitar sus designios sobrehumanos?
¡Ay de mí, que no gozo de la compañía de algún sabio que me ilustre ante el error! ¡Ay de mí, que la vorágine de nieve y la tormenta de vino cáustico empañan las verdades de estas hojas más ebrias y hastiadas que mi razón!
¡Comprensión! ¡Comprensión!
¡Y, ay de mí!
¡Poetas lejanos ocultos en las penumbras!
¡Alma indómita! ¡Alma de feroz quimera!
¡Júpiter! ¡Abismos de todos los mares!
¡Ay de mí!
L. ESTEBAN TORRES
A MI MADRE.
QUE MIS SACRAS HERMANAS SE ENCARGUEN DE LLEVARLE ESTE MURRIO RECADO.
Palabras realmente tristes se alzan aquí. ¿Será que esto es una tragedia de Esquilo, de Sófocles, de Eurípides?
¿Pero, qué es más terrible y doloroso para el hijo que el silencio absoluto de su madre? Pues él es un simple hálito que obedece a una tormenta ciertamente célica y devastadora.
La lluvia siempre cae tras las premisas murrias, tras las olas proféticas, tras las saetas poéticas.
Pero cuando el hombre comprende su condición de pirata, de vidente, de profeta, debe aferrarse a su innato discurrir.
¡Ay de mi madre! ¡Ay de mis hermanas! Pues me recuerdan a Antígona y a Ismene, que fueron arrojadas a la devastación por honrar el triste recuerdo de su hermano, Polinices.
¡Ay de mí! ¡Ay de mis letras ignotas! ¡Ay de mis venturas mordaces! Pues la fuente absoluta y perenne comprende que fui un osado, un héroe que, con terrible dolor y pena, ignoro los afables sentimientos de su familia para ejecutar empresas más magnas, más augustas, más sobrehumanas…
¡Ay de mí, por ser un simple hálito de Tifón el ingente devastador! ¡Ay de mí, que nací hombre! ¡Ay de mí, que probé el amor infinito de una madre santa, de una virgen mártir! ¡Qué el tiempo ceda la razón absoluta! ¡Qué los cirios se alcen tras el discurrir de Crono para honrar el acto de los valientes sublimes!
¡Loor a los valientes! ¡Loor a los héroes! ¡Loor a los devastados! Pues, ¿Quién es más devastado que aquel que, para su insondable tragedia y dolor, sobrepasa el amor impoluto de sus queridos con la sublime y célica razón de finiquitar sus designios sobrehumanos?
¡Ay de mí, que no gozo de la compañía de algún sabio que me ilustre ante el error! ¡Ay de mí, que la vorágine de nieve y la tormenta de vino cáustico empañan las verdades de estas hojas más ebrias y hastiadas que mi razón!
¡Comprensión! ¡Comprensión!
¡Y, ay de mí!
¡Poetas lejanos ocultos en las penumbras!
¡Alma indómita! ¡Alma de feroz quimera!
¡Júpiter! ¡Abismos de todos los mares!
¡Ay de mí!
L. ESTEBAN TORRES