Hormigas en la cena
Volví en la noche, con los pies descalzos, oliendo mal y sin haber comido nada. La vi sentada en una mecedora en medio de la sala. Mis piernas temblaron cunado ella me miró. Hubo un gesto de lástima o compasión en sus ojos, pero enseguida su aptitud se tornó agresiva y la ira fue brotando lentamente las facciones de su cara.
Retrocedí y me detuve bajo el marco de la puerta de la entrada, al tiempo que reconocía el brillo de la hebilla del cinturón rojo que empuñaba.
-No me pegue, por favor –dije
Mi madre se puso de pie. Era una mujer alta, media 1 metro con 80, por lo menos: era gruesa, trigueña, de cabello negro y en sus ojos había algo que me recordaba a los míos.
-Mucho miedo y poca vergüenza – sentenció.
-No me pegue –repetí
Mi madre avanzo hacia mí, entonces me quede quieto y espere. De uno de los cuartos laterales salió la abuela, atravesándose como una gran cortina, así, sin avisa, como un viento frio.
-No le pegue –suplico.
-Este hijo de puta, mamá –dijo mi madre, quien sabe dónde estaba y haciendo qué. Me mato todo el día trabajando para que este vergajo estudie, y ni va al colegio ni ayuda en la casa. Ahí están el desayudo y el almuerzo lleno de hormigas. La comida no la regalan –me miro. Te dije que lavaras el baño, ¿lo lavaste?, ¿barriste el patio?, ¿sacaste la basura? A ver, ¡contesta! ¡Contesta!
-No –dije-, no lo hice.
-A ver, dime que piensas. Tú crees que la vida es… Dime que piensas, dime que tienes en esa maldita cabeza.
-No me pegue, no me pegue –decía-, perdóneme mamá, no me pegue.
-Por esta vez no le pegue sugirió la abuela.
-Hazme el favor y entra- Concluyo mi madre.
Entre y vi como el cinturón se deslizaba entre sus manos y caía al piso, mientras ella se dirigía a la mecedora y, un poco acurrucada, guardaba su rostro entre ambas manos: estaba llorando. Llegue hasta la cocina, tome el plato de la cena y fui al patio. Mientras tragaba rápidamente las cucharadas de arroz, apartando las hormigas oía los sollozos de mi madre:
-¿Qué he hecho yo para merecer esto, señor…? ¿Qué he hecho yo?
Estaba sentado en el patio, comiendo. Sentí un golpecito en la espalda. Deje el plato a un lado y gire la cabeza para mirar: era mi madre “demasiado odio para un golpe tan frágil”, pensé. Eso me dio risa. Me reí. Ella me volvió a pegar, hacia demasiada fuerza, me volví a reír.
-¡Ah, te burlas! –exclamo.
Su cara se iba poniendo roja, respiraba de prisa y arrugaba el rostro, pero sus golpes seguían siendo suaves.
Yo reía y corría por todo el patio. Mi madre detrás, me alcanzaba con el cinturón de vez en cuando. De pronto se detuvo.
-¡Ajá!, ahora sabrás de quien te vas a burlar.
No es burla, mamá –dije, mientras me reía.
Estaba parada a unos cinco metros de mí, tomo una escoba y una piedra del suelo. Me tiro la piedra, pero no me dio. No quiso darme. Levanto la escoba y corrió hacia mí. Fui corriendo hacia un ángulo lejano del patio, me quede recostado sobre la paredilla, al fondo.
-Entre más corras peor para ti, más duro te pego.
Entonces, de repente, ya no tuve ganas de reír.
-No me pegue, mamá, no me pegue –volví a suplicar.
Pero la súplica, en se momento, no era lo mío. Mire la paredilla, trepen ella y caí en el patio de la casa de atrás. Escuché que mi madre decía:
-Peor para ti, más duro te pego…a la hora que vengas te pego.
Un perro flaco y pequeño, de orejas caídas empezó a ladrar muy cerca de mí. Guau. “¡Sicario!”, gritaban desde adentro. Guau guau. “¡Cállate, sicario!”. Sicario se calló baje la cabeza y pasé sobre él. Caminé por el patio, entré en la puerta trasera a la casa. Los vecinos veían noticias en la televisión.
-Buenas noches –les dije, mientras atravesaba la sala hacia la terraza, y luego a la calle, y de la calle hasta la esquina, a la carretera.
Camine por allí, sin prisa, de regreso a mi calle. Me asomé con cuidado apoyado sobre la verja. Vi a mi madre con las escoba en la mano, rodeada de muchachos, en mitad de la calle. Escuché que decían:
-Veinte pesos.
Luego alguien gritó:
.Allá está.
Y luego ella dijo:
-Vivo o muerto.
-Allá esta – repetían mientras corrían hacia mí.
Espere unos segundos y luego corrí. Atravesé la carretera, después cruce un puente sobre una pequeña cuneta que separaba dos carreteras. Atravesé la segunda carretera, corrí hacia un terreno baldío que estaba enfrente, donde se había improvisado un estropeado campo de futbol. El suelo estaba lleno de piedras y esquirlas de vidrio, el aire era denso y escuro. No había luna cerca.
Los vidrios y las piedras maltrataban las plantas de mies pies mientras corría, los otros ya me estaban alcanzando, tenían zapatos y tres comidas encima. Estaba a punto de finalizar en campo cuando me agarraron, primero uno, luego los otros seis.
-Les doy cincuenta -le dije.
-Cállate y camina –me respondieron.
Camine de regreso. Me traían agarrado de los brazos, del cuello y de la camisa. Seguí caminando por el campo, pensando una y otra vez como zafarme. Era inútil, pero pensaba. Mientras ellos hablaban, haciendo planes con los veinte pesos, se me ocurrió una idea: en los rincones del campo siempre habían parejas de novios buscando la oscuridad para besarse, recostarlo e incluso llegar más allá. Hombres cansados y vencidos, hombres pobres que querían amar a mujeres lindas distintas a las que tenían en casa. Vi unas siluetas borrosas moviéndose a lo lejos, entonces empezó a gritar:
-¡Busquen cama, busquen cama, malparidos!
Tres tipos respondieron a mis gritos. “Cállate, maricon”. Y amagaron con correr sobre nosotros. La partida de cobardes que me agarraban corrieron, pero no me soltaron. Me llevaban arrastrado, a un ritmo cruel para mis pies descalzos. Cruzamos la carretera, luego el puente y después la otra carretera. Entramos a la calle. Vi a mi madre agitando la escoba, esperándome. Detrás de ella, la abuela se sostenía con ambas manos, la cabeza. Varios vecinos estaban en la calle, en las terrazas y en las ventanas de sus casas para ver el espectáculo. Querían bailar, todos querían bailar y yo era la canción de moda. Estaba bien, de alguna forma lo tenía merecido. Lo que realmente me dolía, lo que me incomodaba, era pensar que aquellos muchachos que me traían agarrado, eran mis únicos amigos.
Íos Fernández