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Mi aventura en micro (parte 1)

Arte7/8/2013
Buenas este es mi segundo post y quería compartir con ustedes una especie de cuento que he escrito. Gracias por leer.


Salí de mi casa como todos los días, la mañana era nublosa y la lluvia parecía terminar mientras el sol asomaba sus rayos e iluminaba un poco la densa madrugada, yo llevaba un casaca gruesa y una chompa debido a que el frio era insoportable además llevaba conmigo un cuaderno, un libro, que estaba leyendo, y un cigarro, que acababa de encender al salir de mi casa. Camine directo al paradero que se encontraba a una cuadra de donde yo vivía, espere a que el carro pasara mientras pensaba en cómo iba a ser mi día, mientras planificaba paso a paso como llegaría a la universidad y como saldría de ella, a la vez también pensaba en cómo hablar con ella y en como atraer su atención.

El carro se acercaba al paradero, con el llegaban todos mis planes recién pensados para que mi día fuera perfecto, se acercaba y parecía que estaba dispuesto a llevarme a donde me plazca, se acercaba y con el traía esa sensación de “hoy es mi día, hoy le hablare”. El carro se detuvo y el chofer me miro como diciendo “sube rápido que estoy tarde”, no hice caso de la mirada así que subí y pague mi pasaje; siempre me sentaba al fondo, no me gustaba sentarme adelante porque, la verdad, no quería ceder asiento ya que sabía que siempre cavia la probabilidad de que algún abuelo o abuela, una mujer con niño en brazos o embarazada subiera e intempestivamente tuviera que levantarme para ceder el asiento y así quedar a merced de la muchedumbre que día a día luchaba por subir al micro ─ llámenme estúpido o insensible si desean pero no era mi labor andar por ahí cediendo asientos.
Una vez en mi asiento saque mis audífonos, coloque una canción en el reproductor del celular y me dispuse a leer mi libro esperando solo que el paradero se acercara y de ese modo pudiera descender y seguir mi camino a mi centro de estudios, pero algo no salió como lo esperaba. Al inicio todo iba bien, leía y miraba por la ventana mientras las personas pujaban por tener un mejor lugar en el micro, pero en un instante, sin darme cuenta, mis ojos se cerraron como si la noche anterior no hubiese dormido nada, como si llevase siglos sin descansar, mis ojos se cerraron como se cierran las puertas vaivén, mis ojos se cerraron y quede dormido en el más profundo sueño. Solo me levante por los acalorados gritos de una mujer ya mayor, era obesa y con cara de pocos amigos, que le gritaba al chofer debido a que este no reducía la velocidad ─ algo típico en mi ciudad los choferes tienen complejo de meteoro.

Mis ojos se abrieron y el reproductor seguía funcionando, yo me levantaba pensando que todo estaba bien hasta que escuche que alguien dijo “baja en la esquina” y fue cuando mire por la ventana y me di cuenta de que no reconocía el lugar. En aquel momento mi mente se puso en blanco, la sensación de desorientación recorría mi cuerpo cual escalofrió, no sabía qué hacer y solo tome el primer impulso el cual me embarco en un carrera por bajar lo antes posible del vehículo.


Al descender, me quede parado en una esquina y en mi mente solo se repetían dos preguntas “¿Dónde estoy?” “¿Cómo regreso?”; desorientado, intente buscar un letrero y solo pude encontrar uno que decía “calle Miguel cervantes” ─ por un momento el rostro del escritor se vino a mi mente.

Sin saber cómo regresar seguí caminando mientras pensaba en que mi día no estaba saliendo como lo esperaba, mientras pensaba que tal vez ella ya estaba conversando con alguien más, mientras pensaba que mis planes para dar inicio a una conversación, la cual nos llevaría a encostrarnos cada vez mas atraídos, se iban por un tubo ya que lo más seguro es que ya alguien se habría sentado en mi lugar, se habría sentado junto a ella y probablemente, debido a su inexplicable hermosura y su extremadamente amable carácter, el ya estaría pidiéndole que lo acompañe al cine el sábado o tal vez a una reunión, yo que sé.
Luego de un par de cuadras encontré un quiosco, ahí compre un cigarro y a la vez pregunte sobre que carro podría tomar que me llevase hasta la molina o que al menos me dejara cerca a ella, el que atendía me dijo que era sencillo, me dijo que solo debía cruzar la avenida grande y en el paradero de al frente tomar un carro grande azul al que le decían “el chino”; el nombre o apodo del carro me pareció extraño, por un momento pensé que le decían así debido a que tal vez los choferes o al menos su mayoría eran chinos. Con mi cigarro en la mano y con el consejo en mi mente emprendí mi camino, cruce la pista grande y me pare en el paradero a esperar a esa línea de carros que tenía aquel peculiar nombre, el cual seguía despertando en mi una gran curiosidad; mientras estaba en el paradero vi mi reloj, no eran más de las 7 de la mañana pero ni la hora ni “el chino” podrían anunciar lo que acto seguido sucedió.

Estaba solo en el paradero, por alguna razón no me sentía muy seguro pero supuse que se debía a que era una zona que no conocía y que eso era todo, cuando de pronto un chiquillo, que no debería tener más de 17 años, se me acerco y me dijo: “tío, una chinita pe”, al recordar aquel momento me doy cuenta que esa frase fue un aviso que no tome en cuenta. Cuando me dijo eso no supe que decir y solo atine a decirle que no tenia, cuando de pronto sentí como un brazo se apareció de la nada en mi rostro y acto seguido se entrelazo en mi garganta, todo esto mientras apretaba con fuerza y me tiraba al suelo sin que yo no pudiera hacer más que mirar como mi vista iba cambiando de escenario, primero la calle y el chiquillo para luego trasladar mi vista al cielo, en mi desesperación por no dejarme robar ─ si en aquel momento recién entendí que me estaban robando ─ grite “suéltame carajo” y empecé a intentar golpearlo mientras él seguía aferrando cada vez más su brazo a mi cuello y ese fue el momento cuando sentí como iban bolsiqueándome y, para mi mala suerte, no solo era el chiquillo quien lo hacía si no que unos cuantos chiquillo más se habían sumado a la hazaña; en aquel momento intente moverme y de no dejarme robar, hasta que una certera patada me callo en la boca del estomago dejándome sin aire y dejándome a merced de aquella sarta de chiquillos, de aquel enjambre de ladrones, de aquellos asaltantes que decidieron que ese momento era el perfecto para robar y que yo era la victima perfecta para asaltar.
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