La brisa fría desplazándose lentamente en la agonía matinal: olor a hierros recién cortados. El frío acumulándose en las fosas nasales. Muere, la tarde muere desmembrando un cielo novilunio parecido a agua de jade. El pavimento que recorre kilómetros. La avenida libertad vacía, sin nadie quien la cruce.
El frío sigue acumulándose ahora en los pómulos ya dormidos.
La tarde que muere.
Tiritando me sumergo en el denso andar de neumáticos. Los arboles perpetuos en un eterno follaje trepidan sus ramas alveoladas. Perros de la calle capturan una bolsa de basura con comida con un andar demasiado extatico, se translucen sus imágenes y sus sonidos.
El frío incinera los tímpanos.
La tarde exánime trepana los altos edificios indestructibles.
Los cuerpos caminando en la vereda se funden en la salitre post-meridiana. El 552 otra vez vacío se dirige a las impermeables esquinas del centro junto a otros monstruos flamígeros.
Otro viento se despedaza, cae al suelo.
El frío deshidrata mis nervios.
Afuera el mundo se ha detenido y todos siguen difumigandose como humo en las baldosas se escurren por las grietas del cordón.
Doblo en una calle sin tiempo. La noche aterriza sobre mi, sobre mi bicicleta, sobre mi sombra muerta en los instantes, en los vasos, en las ventanas. Destila la savia de los arboles en un alquitrán pegajoso. Tizna las paredes con sangre coagulada. Quisiera aprender el idioma de los pájaros. Me interrumpe el traqueteo de bolillas engrasadas, el sin fin de una cadena oxidada, la cubierta rozando uno de los laterales de la horquilla, las bocas de tormentas tapadas por hojas y colillas de cigarrillos, rostros de marmol sepultan el fin del horario laboral. Una esquirla se desprende.
Todo sucede a cuenta gotas, en una clepsidra de agua vitral. Mil reflejos me indican diferentes caminos. Todo se rodea de posibles aun ocultos por conciliabulos ucronimos.
Exhalar.
Sentir el choque próximo al impacto.
Inhalar.
El frío incinerandote por dentro.
Un sabor metálico se dibuja en una lagrima que resbala de los parpados. El pavimento se desgrana igual que mi rostro. Siento la imagen viva, ardiendo y sacudiéndose y repitiéndose con tempos disfonicos en diferentes planos. Perderse en un tiempo que malabarea murmullos y miradas absortas. ¿Creer en Dios?
Luego el frío golpeándome el rostro.
Luego el silencio y el silencio,
Luego todo se desploma.
Luego la sangre transcurriendo en la calle hasta encontrar una pendiente.
Luego el silencio siempre el silencio.
Luego un viento.
Luego alguien tratando de revivir a un muerto.
Luego otro viento, después un silencio y ahora el ruido que pobla a oleadas una calle sin nombre y sin tiempo.