Lo conozco desde 1922, y lo deduzco, más que lo comprendo, como se percibe el azogue, resbalándose, como el paso del tiempo en las tinieblas, porque la personalidad de
Pablo
Neruda, actor e histrión, persona de careta con angustia, y de coturno, parece que estuviese forjada con la goma lluviosa de las carroñas, y está, por eso, hinchado.
Neruda ni es un vertebrado, ni es un renacuajo, es un molusco con la técnica del boomerang, y su expresión, el caracol, lo torna redondo y hacia adentro, (elefantiásico albatros de espanto, que invadió y profanó los nidos ajenos), por debajo, subterráneo, mojado, royendo y mordiendo vestiglos, entre los humos de la tierra preñada de gusanos y libertad, como un muerto con poncho llovido, y siempre echado, agazapado, abajo, acumulado, inflado, pujando en todo lo hondo del Mapu, al acecho en lo húmedo y plúmbeo de los cielos cóncavos del Sur, porque él no es marino, vertical, oceánico, sino dramáticamente logrado para el pantano. Neruda no actúa, resbala, no es la voluntad que restalla como palanca y da lo heroico civil, Neruda no pronuncia el verbo, avanza y aguanta. Corazón de hipopótamo, sumergido e inhibido, es temiblemente presente, porque la personalidad no esplende, sanguínea, e ingenua, enarbolada en su figura, como el mástil de oro de los héroes, no, está botada, enrollada, encadenada, como culebra, a la potencia del ser inerte, avizorando, a la espera de la presa del pulpo, a la cual envenena con premeditación, y atraviesa de pus, antes de chuparle las entrañas. Y he ahí, ahora, como lo mágico del ojo con sangre, neutro, y la idea fija, atrae al débil a su órbita. Porque este hombre gangoso y tronchado, sin acometida varonil, con pelo gomoso, pegajoso, estropajoso y mano sudada y fría de ofidio, es tan peligrosísimo, como la frágil y débil víbora, pues, precisamente, lo rodea la indiferencia oscura, premeditada y el “shock” volcado en la caída feroz del introvertido, que engulle con el rencor carnívoro, atroz, de los descalcificados feroces, que actúan por presencia. Pablo Neruda es sujeto de invierno y de retraimiento, al cual la vanidad, cuando lo azotó en la opinión pública, le desgarró el espinazo, pero le triplicó el apetito de fantasma. Y de pitecantropo vegetariano, encanecido en las lagunas o en los charcos usados a los que bajaron sus antepasados, cuando degeneraron buscando los sagrados barros originarios, se convirtió en bebedor y gustador de vinos y guisos capitosísimos y en el administrador ruidoso del enorme fraude de su poesía.
Neruda ni es un vertebrado, ni es un renacuajo, es un molusco con la técnica del boomerang, y su expresión, el caracol, lo torna redondo y hacia adentro, (elefantiásico albatros de espanto, que invadió y profanó los nidos ajenos), por debajo, subterráneo, mojado, royendo y mordiendo vestiglos, entre los humos de la tierra preñada de gusanos y libertad, como un muerto con poncho llovido, y siempre echado, agazapado, abajo, acumulado, inflado, pujando en todo lo hondo del Mapu, al acecho en lo húmedo y plúmbeo de los cielos cóncavos del Sur, porque él no es marino, vertical, oceánico, sino dramáticamente logrado para el pantano. Neruda no actúa, resbala, no es la voluntad que restalla como palanca y da lo heroico civil, Neruda no pronuncia el verbo, avanza y aguanta. Corazón de hipopótamo, sumergido e inhibido, es temiblemente presente, porque la personalidad no esplende, sanguínea, e ingenua, enarbolada en su figura, como el mástil de oro de los héroes, no, está botada, enrollada, encadenada, como culebra, a la potencia del ser inerte, avizorando, a la espera de la presa del pulpo, a la cual envenena con premeditación, y atraviesa de pus, antes de chuparle las entrañas. Y he ahí, ahora, como lo mágico del ojo con sangre, neutro, y la idea fija, atrae al débil a su órbita. Porque este hombre gangoso y tronchado, sin acometida varonil, con pelo gomoso, pegajoso, estropajoso y mano sudada y fría de ofidio, es tan peligrosísimo, como la frágil y débil víbora, pues, precisamente, lo rodea la indiferencia oscura, premeditada y el “shock” volcado en la caída feroz del introvertido, que engulle con el rencor carnívoro, atroz, de los descalcificados feroces, que actúan por presencia. Pablo Neruda es sujeto de invierno y de retraimiento, al cual la vanidad, cuando lo azotó en la opinión pública, le desgarró el espinazo, pero le triplicó el apetito de fantasma. Y de pitecantropo vegetariano, encanecido en las lagunas o en los charcos usados a los que bajaron sus antepasados, cuando degeneraron buscando los sagrados barros originarios, se convirtió en bebedor y gustador de vinos y guisos capitosísimos y en el administrador ruidoso del enorme fraude de su poesía.
