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Vida y muerte de Dios

Arte•2/12/2016
[ 1 ] DURANTE LA PRIMAVERA y el verano de 1980 comenzó a circular por el mundo un extraordinario rumor. Limitado al principio a los círculos gubernamentales y científicos de Washington, Londres y Moscú, pronto se extendió a África, a Sudamérica y al Lejano Oriente, y entre gente de todos los oficios, desde ganaderos australianos hasta anfitrionas de clubes nocturnos y corredores de la Bolsa de París. Era raro el día en que el rumor no aparecía en la primera plana de por lo menos una docena de periódicos a lo largo y a lo ancho del mundo .

[ 2 ] En unos cuantos países, Canadá y Brasil especialmente, la persistencia del rumor provocó un peligroso descenso de los precios de los productos, y los gobiernos del momento desmintieron con firmeza la noticia. En la sede central de las Naciones Unidas en Nueva York, el Secretario General designó un comité de prominentes científicos, teólogos e importantes hombres de negocios con el único propósito de contener la excitación que hacia fines de la primavera comenzaba a generar el rumor. Esto, desde luego, terminó de convencer a todo el mundo de que algo de trascendencia universal sería pronto revelado.


[ 3 ] Por una vez, los gobiernos de Occidente fueron ayudados por la actitud comprensiva de la Unión Soviética y de países como Cuba, Libia y Corea del Norte, que en el pasado se habrían aprovechado de la menor ventaja que les ofreciese el rumor. Pero ni siquiera esto logró impedir serios estallidos de malestar industrial y de ventas provocadas por el pánico: millones de libras fueron retiradas de la Bolsa de Londres tras el anuncio de que el Arzobispo de Canterbury visitaría la Tierra San ta. Una plaga de absentismo recorrió el mundo , al amparo del rumor. En zonas tan alejadas entre sí como las plantas automotoras de Detroit y las fundiciones de acero del Ruhr, poblaciones completas de obreros perdieron todo interés en sus trabajos y salieron por las puertas de las fábricas mirando afablemente hacia el cielo despejado.

[ 4 ] Por fortuna, los efectos del rumor eran casi siempre pacíficos y no violentos. En el Oriente Medio y en Asia, donde confirmó creencias ya arraigadas durante siglos, la noticia apenas despertó interés, y sólo en los círculos gubernamentales y científicos más sofisticados produjo una cierta conmoción. Sin duda, donde más sensación causó la noticia fue en Europa Occidental y en Norteamérica. Irónicamente, donde más circuló fue en esos dos países, Estados Unidos y Gran Bretaña, que durante siglos habían alegado basar sus
respectivas sociedades en los ideales expresados por el rumor.

[ 5 ] Durante ese período sólo una institución se mantuvo alejada de todas las especulaciones: las Iglesias y las confesiones religiosas del mundo . Esto no significa de ningún modo que fuesen hostiles o indiferentes, pero su actitud indicaba una cierta cautela, si no una clara ambivalencia. Aunque mal podían negar el rumor, sacerdotes y clérigos de todas partes recomendaban una debida prudencia en las mentes de sus fieles, el rechazo de conclusiones demasiado apresuradas.
Sin embargo, pronto tuvo lugar un notable e inesperado acontecimiento. En una declaración solemne, representantes de las creencias religiosas más importantes del mundo , reunidos simultáneamente en Roma, La Meca y Jerusalén declararon que por fin habían decidido abandonar sus rivalidades y diferencias. Ahora se unirían en una Iglesia nueva y más grande que se llamaría Asamblea de las Religiones Unidas, de carácter internacional e intersectario, que contendría los elementos esenciales de todos los credos en una sola fe unificada.


[ 6 ] La noticia de ese extraordinario acontecimiento obligó al fin a los gobiernos del mundo a tomar una decisión. El 28 de agosto se celebró una reunión plenaria de las Naciones Unidas. Tras una fanfarria publicitaria que excedió incluso todo lo conocido por esa organización, hubo una asistencia sin precedentes de delegados de todas las naciones miembros.
Mientras los comentaristas de un centenar de canales de televisión describían la escena a todo el mundo , un numeroso grupo de científicos, estadistas y eruditos, precedidos por representantes de la Asamblea de las Religiones Unidas, entraron en el edificio de las Naciones Unidas y ocuparon sus asientos.


[ 7 ] Al comenzar la reunión, el secretario de las Naciones Unidas invitó a hablar a una serie de prominentes científicos, encabezados por el director del radiotelescopio de Jodrell Bank, en Gran Bretaña. Luego de un preámbulo en el que recordó la búsqueda científica del principio unificador que explicaría las incertidumbres y los caprichos de la naturaleza, describió los notables trabajos de investigación llevados a cabo en años recientes con los telescopios de Jodrell Bank y de Arecibo, en Puerto Rico. Como en el caso del 
descubrimiento de la radiactividad, fundado en el conocimiento de que había partículas aún más pequeñas dentro del aparentemente indivisible átomo, esos dos gigantescos telescopios habían revelado que todas las radiaciones electromagnéticas contenían en realidad un sistema de vibraciones infinitamente más pequeñas. 


[ 8 ] Esas «ultramicroondas», como las llamaban, estaban presentes en toda la materia y en todo el espacio.
No obstante, continuó diciendo el orador, se había hecho un descubrimiento mucho más importante cuando se analizó la estructura de esas microondas con un ordenador. Ese intangible sistema electromagnético presentaba una inconfundible estructura matemática, compleja y siempre cambiante, con todos los atributos de la inteligencia. Para dar un solo ejemplo, reaccionaba según la conducta del observador, y era incluso sensible a pensamientos no expresados. Estudios exhaustivos del fenómeno confirmaron sin lugar a dudas que ese ser consciente, como se lo debía llamar, estaba presente en todo el universo. Más exactamente, era el auténtico sustrato del universo. El propio aire que respiraban en la sala de sesiones en ese momento, las mentes y los cuerpos de todos, estaban formados por ese ser inteligente de dimensiones infinitas.


[ 9 ] Tras esa declaración, un profundo silencio recorrió la Asamblea General, y luego el mundo . En ciudades y pueblos de toda la Tierra las calles se vaciaron de tráfico, pues la gente estaba en sus casas, sentada en silencio ante el televisor. El secretario de las Naciones Unidas se levantó entonces y leyó la declaración firmada por trescientos científicos y sacerdotes. Luego de dos años de las más rigurosas pruebas, la existencia de una divinidad suprema había sido demostrada sin la menor duda. La milenaria fe de la humanidad en un principio divino había sido finalmente confirmada por la ciencia, y con eso se abriría una nueva época en la historia del hombre.


[ 10 ] Al día siguiente, los diarios del mundo ensayaron un centenar de variantes del mismo titular:
"DIOS EXISTE - Ser Supremo Presente en Todo el Universo"

[ 11 ] Durante las semanas posteriores nadie prestó atención a los hechos de la vida corriente. En todo el mundo hubo servicios de acción de gracias, y las procesiones religiosas colmaron innumerables calles. Grupos inmensos de penitentes atestaron las ciudades sagradas y los santuarios del mundo . Moscú, Nueva York, Tokio y Londres parecían ciudades medievales en un apocalíptico día santo. Mirando los cielos, millones de personas se arrodillaban en las calles o andaban en lentas procesiones, sosteniendo cruces y mándalas. Las catedrales de San Pedro, Notre Dame y San Patricio se vieron obligadas a celebrar servicios continuos, tan grandes eran las multitudes que afluían por sus puertas. Las luchas sectarias fueron olvidadas. Los sacerdotes de la Asamblea de las Religiones Unidas intercambiaban las vestimentas y participaban unos en los oficios de otros. Los budistas eran bautizados, los cristianos hacían girar los molinos de oraciones y los judíos se arrodillaban ante las estatuas de Krishna y Zoroastro.


[ 12 ] Pronto hubo más beneficios prácticos. En todas partes, los médicos anunciaban que había disminuido de modo notable el número de pacientes. Las neurosis y otras enfermedades mentales desaparecieron de un día para otro. El descubrimiento de la existencia de la divinidad había actuado como una terapia instantánea. Las fuerzas policiales fueron disueltas en todo el mundo . Los integrantes de las fuerzas armadas fueron licenciados por tiempo indefinido y luego desmovilizados; se abrieron las fronteras durante muchos años clausuradas. El Muro de Berlín fue demolido. La gente actuaba en todas partes como si acabase de obtener una inmensa victoria contra un enemigo invencible. Aquí y allá, entre rivales particularmente agresivos, como Estados Unidos y Cuba, y Egipto e Israel, fueron firmados duraderos pactos de amistad. Se enviaron aviones y barcos de guerra a depósitos de chatarra, se destruyeron arsenales. (Sin embargo, fueron conservados unos pocos rifles deportivos después de que el espíritu de hermandad universal causó una primera víctima: un ingeniero sueco que en Bengala intentó abrazar a un tigre. Se advirtió entonces públicamente que el conocimiento de la existencia de Dios todavía no se había extendido a los miembros inferiores del reino animal, entre los que la lucha por la vida, de momento, seguía siendo tan despiadada como siempre.)



[ 13 ] En primer lugar, esos episodios pasaban casi inadvertidos dentro de la euforia general. Miles de espectadores se sentaban alrededor de los grandes telescopios de Jodrell Bank y Arecibo, y lo mismo ocurría con un gran número de antenas de la televisión comercial y otras estructuras que vagamente sugerían una torre receptora, esperando con paciencia un mensaje directo del Todopoderoso. Poco a poco la gente fue volviendo al trabajo; o, con más exactitud, lo hicieron todos aquellos que lo consideraban moralmente provechoso. La industria manufacturera consiguió mantenerse en marcha, pero los comercios responsables de vender los productos al público se encontraron en un difícil dilema. Los elementos de exageración y astucia, sobre los que se basaba todo tipo de comercialización, desde las campañas publicitarias en el nivel nacional hasta la venta puerta a puerta ya no eran tolerables en este nuevo esquema pero no había una maquinaria de distribución alternativa.


[ 14 ] La inevitable disminución de las actividades comerciales e industriales no pareció importante en esas primeras semanas. La mayoría de la gente en Europa y Estados Unidos seguía celebrando el nuevo estado del hombre, los comienzos del primer milenio verdadero. Toda la base de la vida privada había cambiado radicalmente, y con ella las actitudes hacia el sexo, la moral y todas las relaciones humanas. Los periódicos y la televisión se habían transformado: la anterior dieta de historias de crímenes y chismes políticos, películas del Oeste y teleteatros había sido sustituida por artículos serios y programas que detallaban las circunstancias que habían conducido al descubrimiento de la divinidad.


[ 15 ] Ese creciente interés por la naturaleza precisa de la divinidad, llevó a un examen más minucioso de su supuesta naturaleza ética. A pesar de las generalizaciones de los científicos y del clero, pronto fue evidente que las dimensiones del ser supremo eran lo suficientemente grandes como para abarcar cualquier interpretación que uno quisiese inventar.


[ 16 ] Aunque era fácil deducir el propósito moral de la divinidad, dada la armonía, la pureza y la simetría formal que revelaban los análisis matemáticos -cualidades más pronunciadas cuando respondían a acciones coherentes y creativas que cuando respondían a acciones fortuitas o destructoras-, esas características no parecían tener más relación con respecto al hombre y su conducta cotidiana que los principios que sustentan la música. Existía sin duda una inteligencia suprema cuyo ser ocupaba toda la trama del universo, y fluía en
innumerables olas a través de sus mentes y cuerpos como un infinito éter moral, pero esta divinidad parecía mucho menos propensa a predicar las instrucciones y exigencias que habían caracterizado sus anteriores encarnaciones.


[ 17 ] Por fortuna, ese dios no era celoso ni vengativo. Ningún rayo cayó del cielo. Los primeros miedos de un día del juicio final, de paisajes oscuros cubiertos de horcas, se fueron borrando poco a poco. Las pesadillas de El Bosco y de Bruegel no se materializaban. Y por primera vez, la humanidad no necesitaba aguijones para reconducir su conducta. Las infidelidades matrimoniales, la promiscuidad y el divorcio habían casi desaparecido. Curiosamente, también decrecía el número de matrimonios, tal vez a causa de un sentimiento común de que se acercaba algún tipo de reino milenario.
Esa idea, tan difundida, se manifestaba de muchas maneras. Un gran número de obreros industriales de Europa y de Norteamérica habían perdido todo interés en sus trabajos, y pasaban el día sentados en las puertas con los vecinos, mirando el cielo y escuchando los boletines de la radio. Al final del verano los campesinos recogieron las cosechas, pero no mostraron mucho interés en preparar los campos para la siguiente estación. El torrente de declaraciones, y las primeras y discutidas interpretaciones ofrecidas por los comités de sacerdotes y científicos que todavía investigaban el fenómeno de la divinidad, sugerían que quizás fuese imprudente hacer planes demasiado detallados para un futuro indefinido.


[ 18 ] A los dos meses de la confirmación del rumor universal de la existencia de Dios, se tuvieron los primeros indicios de que sus consecuencias empezaban a preocupar a los gobiernos. La industria y la agricultura ya habían sido afectadas, aunque menos que el comercio, la política y la publicidad. En todas partes se hacían evidentes los resultados de esa moral nueva, de las virtudes de la verdad y de la caridad. Una legión de capataces, cronometradores e inspectores descubrieron de repente que nadie los necesitaba. Agencias de publicidad con muchos años en el mercado quebraron de repente. Aceptando la exigencia pública de honradez total, y temerosos de ese cliente supremo que estaba en el cielo, la mayoría de los avisos de televisión terminaban ahora con una exhortación a no comprar sus productos.


[ 19 ] En cuanto al mundo de la política, toda su raison d'étre -esfuerzos por perpetuarse, intrigas y nepotismo- había sido destruida. Una docena de parlamentos, desde el Congreso norteamericano hasta la Cámara de Diputados rusa y la Cámara de los Comunes británica, se vieron privados de la propia maquinaria de su existencia.


[ 20 ] La Asamblea de las Religiones Unidas enfrentaba problemas parecidos. Aunque la gente seguía asistiendo a sus lugares de culto en cantidades mayores que nunca, lo hacía en las horas en que no se celebraban los servicios formales; preferían comulgar directamente con el Todopoderoso antes que representar el papel secundario de legos en un ritual donde el sacerdote oficiaba de mediador.


[ 21 ] Estos acontecimientos perturbaron, desde luego, a los ex integrantes cristianos de la Asamblea de las Religiones Unidas, que recordaban la Reforma y la rebelión de Martín Lutero contra un clero que pretendía tener un acceso privilegiado al ser supremo. Les costaba aceptar las descripciones matemáticas de la divinidad ofrecidas por los científicos del  mundo , pero nada tenían para ofrecer a cambio, y por el momento estaban a la defensiva. Los físicos, a la inversa, se apresuraron a recordar al clero que sus largamente reverenciados símbolos -la cruz, la trinidad y el mandala- se basaban más en la fantasía que en la realidad científica que ellos habían descubierto. El viejo temor de todas las religiones -que la revelación de Dios se originase en el conocimiento antes que en la fe-, se había finalmente justificado.


[ 22 ] El cambio continuo en la calidad de vida a ambos lados del Atlántico comenzó a preocupar a importantes miembros de los gobiernos y de la industria. Las condiciones en Estados Unidos y en Europa del Norte empezaban a parecerse a las de la India y el Lejano Oriente, donde legiones de amistosos mendigos vagaban por las calles sin pensar en el futuro. El Reino de Dios estaba quizás al alcance de la mano, pero esa mano estaba vacía.

[ 23 ] Durante octubre ocurrieron pocas cosas visibles, pero a fin de mes la Asamblea de las Religiones Unidas celebró una segunda reunión en Jerusalén. Allí un prominente arzobispo puso públicamente en duda la opinión científica de que la divinidad era un ser de inteligencia vasta y neutral. Sin duda, afirmó el arzobispo, ésa era una manera ingenua y demasiado simple de ver las cosas, fundada en métodos de detección reconocidamente imperfectos. La divinidad, ¿era totalmente pasiva o, como el mar, se revelaba de muchos modos y bajo muchas formas? Señalando que no se avergonzaba de mencionar la herejía maniquea, el arzobispo subrayó la dualidad del bien y el mal que siempre habían existido en el pasado, tanto en el hombre como en la naturaleza, y que continuaría existiendo en el futuro. No quería con eso insinuar que el mal fuese una parte fundamental de la naturaleza humana, o que la redención del hombre fuera una imposibilidad, pero esa contemplación pasiva de un Dios invisible no debería impedirles ver los inevitables antagonismos que llevaban dentro, o sus propios defectos. Los grandes logros de la humanidad, el comercio, el arte y la industria, se habían basado en esa sana comprensión de la naturaleza dual de la raza humana. La actual decadencia de la vida civilizada era un síntoma de esa negativa de la gente a verse como era, una advertencia de los peligros que entrañaba identificarse demasiado estrechamente con el Todopoderoso. Sin capacidad de pecar no había redención.

[ 24 ] Poco después, como respondiendo a las palabras del arzobispo, hubo en el mundo una serie de crímenes espectaculares. En el Medio Oeste de Estados Unidos, los robos y asaltos a bancos rivalizaban con los de la década del 30. En Londres se intentó un asalto armado a las joyas de la corona en la Torre. Siguió una avalancha de depredaciones. No todos esos delitos eran cometidos por razones de lucro. En París, un maniático que enloqueció en el Louvre, acuchilló la Mona Lisa, mientras en Colonia unos vándalos, aparentemente protestando contra la propia existencia de la divinidad, entraron en la catedral y profanaron el altar mayor.


[ 25 ] La Asamblea de las Religiones Unidas reaccionó ante esos crímenes de un modo inesperado. Los saludó con tolerancia y paciencia, como aliviada de volver a ver esos conocidos ejemplos de fragilidad humana. Luego del arresto de un envenenador de mujeres en Alsacia, un sacerdote local declaró que la culpabilidad del hombre era en realidad un testimonio de su inocencia, una señal de su capacidad para una eventual redención.


[ 26 ] Esa tortuosa paradoja recibió una gran publicidad. Algunos políticos menos escrupulosos comenzaron a fomentar ideas parecidas. En California, en una zona muy afectada, donde antes se fabricaban aviones militares, un candidato al Congreso propuso que la noción de una divinidad omnipresente era una afrenta a la libre elección y a la diversidad de la actividad humana. La idea de un mundo cerrado reducía en el hombre los poderes de iniciativa y de independencia, las cualidades sobre las que las democracias de la libre empresa habían edificado su grandeza.


[ 27 ] Poco después de esa declaración vino el discurso de un distinguido metafísico que asistía a un congreso en Zurich. El metafísico habló de la pluralidad del universo, de su infinita fenomenología. Para abarcar todas las posibilidades, la divinidad tendría que contener la posibilidad de su propia inexistencia. En otras palabras, pertenecía a esa clase de estructuras abiertas cuya forma, alcance e identidad resultaban imposibles de definir. La palabra «divinidad» carecía de sentido útil.


[ 28 ] A los científicos de Jodrell Bank y Arecibo que habían identificado al Todopoderoso, se les pidió que reconsideraran sus descubrimientos. Las televisadas audiencias en Washington, en las que equipos de abogados y teólogos acosaban e interrogaban a astrofísicos de ojos cansados, hacían pensar en una nueva Inquisición. En Jodrell Bank y en Arecibo solicitaron la ayuda de tropas para proteger los telescopios de conversos demasiado impacientes.


[ 29 ] El público observó con atención los feroces debates que siguieron. A esas alturas, los primeros días de diciembre, estaba en marcha la temporada navideña, pero sin el acostumbrado entusiasmo. En primer lugar, pocos comercios y tiendas tenían algo que vender. Además, había muy poco dinero para gastar. Se había dispuesto el racionamiento de algunos artículos básicos. En muchos sentidos, la vida se estaba volviendo intolerable. Los hoteles y los restaurantes carecían de servicio. Los coches se estropeaban todo el tiempo.


[ 30 ] En todas partes, mientras el debate continuaba, la gente esperaba algo de la Asamblea de las Religiones Unidas. Pero, misteriosamente, casi todos los templos estaban clausurados: mezquitas y sinagogas e iglesias y capillas permanecían cerradas a las inquietas muchedumbres. Los miembros de las congregaciones eran ahora elegidos con el mismo rigor que los socios de los clubes más exclusivos, y sólo se admitía a los aspirantes si éstos estaban dispuestos a aceptar la guía de la Iglesia en todos los temas espirituales, su absoluta autoridad en todos los asuntos religiosos. Comenzó a circular el rumor de que pronto se difundiría un anuncio de importancia universal, pero que esta vez sólo se transmitiría a los fieles.


[ 31 ] Las noticias de varios desastres naturales distrajeron durante unos cuantos días la creciente atmósfera de incertidumbre e intranquilidad. Un derrumbe en el norte de Perú inmoló a un millar de aldeanos. En Yugoslavia un terremoto destrozó una capital de provincia. Unos icebergs hundieron a un superpetrolero en el Atlántico. La pregunta tímidamente formulada por un periódico neoyorquino, DIOS ¿EXISTE? - La Asamblea de las Religiones expone sus dudas sobre la existencia de la Divinidad, fue relegada a la última página.


[ 32 ] Tres semanas antes de la Navidad estalló la guerra entre Israel y Egipto. Los chinos invadieron Nepal, reclamando un territorio que acababan de ceder bajo el hechizo de lo que llamaron intriga «neocolonialista». Una semana más tarde una revolución en Italia, apoyada por la Iglesia y las fuerzas armadas, desalojó al anterior régimen liberal. La producción industrial empezó a renacer en Estados Unidos y en Europa. Submarinos rusos, armados con misiles, fueron detectados haciendo maniobras en el Atlántico Norte. El día de Nochebuena, todos los sismógrafos del mundo registraron una gigantesca explosión en la zona del Desierto de Gobi, y Radio Pekín anunció que se había probado con éxito una bomba de hidrógeno de 100 megatones. Las decoraciones navideñas habían aparecido por fin en las calles, y las conocidas figuras de Santa Claus y el trineo adornaban miles de tiendas. Se celebraban festivales de villancicos en un centenar de catedrales, ante fieles de todas las confesiones.


[ 33 ] En toda esa atmósfera de festividad, poca gente reparó en la publicación de lo que un portavoz de la Asamblea de las Religiones Unidas describió como una de las declaraciones religiosas más trascendentales y revolucionarias que se habían hecho jamás, la encíclica navideña titulada Dios ha muerto…
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JAMES GRAHAM BALLARD (Shanghái, China, 1930 - Londres, Reino Unido, 2009). Escritor británico de ciencia ficción. Un gran número de sus escritos describen distopías. Durante la Segunda Guerra Mundial fue encerrado junto con su familia en un campo de concentración japonés, experiencia que relataría en su obra El imperio del sol.

En 1946 su familia se traslada a Gran Bretaña e inicia estudios de medicina en la Universidad de Cambridge, aunque no los completará. A continuación, trabaja como redactor en un periódico técnico y como portero del Covent Garden, antes de incorporarse a la RAF en Canadá, como piloto. Una vez licenciado, trabaja durante seis años como adjunto a la dirección de una revista científica, para pasar más tarde a dedicarse por completo a la literatura.

Falleció el 19 de abril de 2009
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"Cualquier tipo de ficción imaginativa lleva a la gente a darse cuenta de que hay otra manera de hacer las cosas y otras formas de ser. No hay sólo una civilización la cual 'es buena y así debe ser'. La ficción es ejercicio para la imaginación." Ursula K. Le Guin
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