Pateaste frenética con esa cuchilla de cocina en la mano, la puerta del dormitorio decidida a matar a ese desgraciado pero, te encontraste con la cama vacía y la ventana abierta; tampoco estaba su revolver sobre la mesita de luz. Sólo una nota junto a la radio:
Cariño:
A donde voy no puedo llevarte, cuidá de los niños, vuelvo en seguida
Romeo
Las sabanas estaban tibias, (estoy a tiempo de alcanzarlo pero antes…), piensas y sales corriendo del cuarto, cuchillo en mano ganas la calle y corres atravesando la plaza donde juegan los niños. El gordo policía que estaba en la comisaría de enfrente, vio el brillo de la hoja, tu cara desfigurada, tus ansias de venganza y se apresuró a cruzar la calle con la mano sobre su arma. Llamaste a los niños que corrieron a ti para abrasarte: al primero le entierras el puñal con los ojos abiertos, lo sacas y lo vuelves a hundir mirando fijo a su hermano.
La gente en la plaza ya estaba petrificada, cuando sonó ese disparo, que le partió la frente al otro niño; sí, el policía se apresuró a tirar del gatillo y siguió jalando. El segundo tiro te partió el pecho y caes, de espalda contra el pedregullo sientes el sabor de la sangre que escupes, tu mente comienza a confundirse… los sonidos… las voces:
—Desgraciado hijo de puta… —Le grité yo al policía disparándole y mientras corría hacia ti, vi al gordo caer desplomado, vi a los niños y me arrodillé a tu lado:
—¿Julieta… no… por qué? —Tu vista se nubla, ya no sientes nada, tu mente se apaga. Y Romeo se suicidó.
Cuentista: DCF
http://telocuentoconmusica.blogspot.com
Cariño:
A donde voy no puedo llevarte, cuidá de los niños, vuelvo en seguida
Romeo
Las sabanas estaban tibias, (estoy a tiempo de alcanzarlo pero antes…), piensas y sales corriendo del cuarto, cuchillo en mano ganas la calle y corres atravesando la plaza donde juegan los niños. El gordo policía que estaba en la comisaría de enfrente, vio el brillo de la hoja, tu cara desfigurada, tus ansias de venganza y se apresuró a cruzar la calle con la mano sobre su arma. Llamaste a los niños que corrieron a ti para abrasarte: al primero le entierras el puñal con los ojos abiertos, lo sacas y lo vuelves a hundir mirando fijo a su hermano.
La gente en la plaza ya estaba petrificada, cuando sonó ese disparo, que le partió la frente al otro niño; sí, el policía se apresuró a tirar del gatillo y siguió jalando. El segundo tiro te partió el pecho y caes, de espalda contra el pedregullo sientes el sabor de la sangre que escupes, tu mente comienza a confundirse… los sonidos… las voces:
—Desgraciado hijo de puta… —Le grité yo al policía disparándole y mientras corría hacia ti, vi al gordo caer desplomado, vi a los niños y me arrodillé a tu lado:
—¿Julieta… no… por qué? —Tu vista se nubla, ya no sientes nada, tu mente se apaga. Y Romeo se suicidó.
Cuentista: DCF
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