Cuentos de mi Tía Panchita
abía una vez un rey que tenía tres hijos. Y el rey estaba desconsolado con sus hijos, porque los encontraba algo mamitas y él deseaba que fueran atrevidos y valientes. Se puso a idear cómo haría para sacarlos de entre las enaguas de la reina, quien los tenía consentidos como a criaturas recién nacidas y no deseaba ni que les diera el viento.
Un día los llamó y les dijo -Muchachos, ¿por qué no se van a rodar tierras? Le ofrezco el trono a aquel que venga casado con la princesa más hábil y bonita. Y lo mejor será que no digan nada a su mama, porque ¿quién la quiere ver, si ustedes chistan algo de lo que les he propuesto?
Y dicho y hecho: a escondidas de la reina los príncipes alistaron su viaje. Para no dar malicia, no salieron todos el mismo día: primero salió el mayor, un lunes; después el de en medio, el miércoles; y el menor, el sábado.
El mayor cogió la carretera y anda y anda, llegó al anochecer a pedir posada a una casita aislada entre un potrero. Cuando se acercó, oyó unos gritos dolorosos, se asomó por una hendija y vió a una vieja que estaba dando de latigazos a una pobre miquita que lloraba y se quejaba como un cristiano, encaramada en un palo suspendido por mecates de la solera. El príncipe llamó: ¡Upe! ña María...
La vieja se asomó alumbrando con la candela.
Era una vieja más fea que un susto en ayunas: tuerta, con un solo diente abajo, que se le movía al hablar, hecha la cara un arruguero y con un lunar de pelos en la barba.
El joven pidió posada y la vieja le contestó de mal modo que su casa no era hotel, que si quería se quedara en el corredor y se acostara en la banca.
El príncipe aceptó, porque estaba muy rendido. Desensilló la bestia, la amarró de un horcón y él se echó en la banca y se privó.
Allá muy a deshoras de la noche, se levantó asustado porque alguien le tiraba de una manga. Sobre él, colgando del rabo, estaba la mica, que se había salido quién sabe por dónde.
Iba a gritar el príncipe, pero ella le puso su manecita peluda en la boca y le dijo: No grités, porque entonces va y me pillan aquí y me dan otra cuereada. Mirá, vengo a proponerte matrimonio y me sacás de esta casa.
Al muchacho le cogieron grandes ganas de reir, y no fue cuento, sino que reventó en una carcajada.
--Vos sos tonta-- le contestó--. ¿Cómo me voy yo a casar con una mica? Si querés te llevo conmigo, pero para divertirme.
La pobre animalita se echó a llorar. --Así no, entonces no; yo sólo casada puedo salir de aquí. Y se puso a contar los malos tratos que le daba la vieja y a querer que le tocara su cuerpo y viera como lo tenía de llagado de los golpes. Pero el príncipe no la veía, porque se había vuelto a dejar caer y estaba dormido. Otro día muy de mañana se levantó y oyó otra vez a la vieja dando de escobazoz a la mica. No tuvo lástima y siguió su camino.
Eso mismo le pasó al hijo segundo, quien siguió por la misma carretera. Este tampoco quiso cargar con la mica.
El tercero tomó también la carretera y al anochecer llegó a la casita del potrero. Y la misma cosa: la vieja dando de palos a la mica. Pero éste tenía el corazón derretido y no podía con la crueldad. Abrío la puerta, le quitó el palo a la vieja y la amenazó con darle con él si no dejaba a aquel pobre animal.
La vieja se puso como un toro guaco de brava y no quería dar posada al príncipe, pero él dijo que se quedaría en la banca del corredor y que allí pasaría la noche, aunque se enojara el Padre Eterno.
Y de veras, allí pasó la noche.
Allá en la madrugada lo despertaron unos jalonazos que le daban. Despertó azorado, restregándose los ojos. Una manita peluda le tapó la boca. Como ya comenzaban las claras del día, distinguió a la mica que se mecía sobre él, agarrada del techo por el rabo. Y la miquita se puso a llorar y a contarle su martirio. Luego le propuso matrimonio. Al principio el joven le llevó el corriente y quiso tomarlo a broma: le ofreció llevarla consigo y tratarla con mucho cariño, pero la mica comenzó a sollozar con una gran tristeza y por su carita peluda corrían las lágrimas.
--Así no-- contestó-- es imposible. Esta mujer es bruja y sólo si hallo quien se case conmigo, podré salir de entre sus manos.
Este príncipe, que siempre había sido de ímpetus, se decidió de repente a casarse con la mica. Donde dijo que sí, retumbó la casa y entre un humarasco apareció la bruja que gritaba: --¡Y ahora cargá con tu mica para toda tu vida!
El sintió de veras como si una cadena atara a su vida la de aquel animal. El príncipe montó a caballo y se puso la mica en el hombro. Conforme caminaban reflexionaba en su acción, y comprendía que había hecho una gran tontería.
A cada rato inclinaba más su cabeza. ¿Qué iba a decir su padre cuando le fuera a salir con que se había casado con una mona? ¡Y su madre, que no encontraba buena para sus hijos ni a la Virgen María! ¡Cómo se iban a burlar sus hermanos y toda la gente! La mica, que parecía que le iba leyendo el pensamiento, le dijo: --Mire, esposo mío. No vayamos a ninguna ciudad... metámonos entre esa montaña que se ve a su derecha y en ella encontraremos una casita que será nuestra vivienda.
El otro obedeció y a poco de internarse, dieron con una casa de madera que no tenía más que sala y cocina, con muebles pobres, pero todo que daba gusto de limpio. Al frente estaba una huerta y atrás un maizal y un frijolar, chayotera y matas de ayote que ya no tenían por donde echar ayotes.
La mica pidió al príncipe que fuera a buscar leña; ella cogió la tinaja y salió a juntar agua a un ojo de agua que asomaba allí no más. Un rato después, por el techo salía una columnita de humo y por la puerta, el olor de la comida que preparaba la mica y que abría el apetito.
Y así fue pasando el tiempo.
Los tres prícipes habían quedado en encontrarse al cabo de un año en cierto lugar.
El marido de la mica siempre estaba muy triste y pensaba no acudir a la cita. Pero ella, cuando se iba acercando el día señalado, le dijo: --Esposo mío, mañana váyase para que el sábado esté en el lugar en que encontrará sus hermanos.
El le preguntó: --¿Cómo sabés vos?
Pero ella guardó silencio.
De veras, otro día partió. La mica tenía los ojos llenos de agua al decirle adiós y a él le dió mucha lástima.
Cuando llegó al lugar, ya estaban allí sus hermanos, muy alegres. Le contaron que se habían casado con unas princesas lindísimas, que tenían unas manos que sabían hacer milagros.
El pobre no masticaba palabra y al oirlos, sentía ganas de que se lo tragara la tierra.
--Y vos, hombre, contanos cómo es tu mujer-- le preguntaron.
No se atrevió a confesar la verdad y les metió una mentira: --Es una niña tan bella que se para el sol a verla, y sabe convertir los copos de algodón en oro que hila en un hilo más fino que el de una telaraña.
Y sus hermanos al escucharlo, sintieron envidia. Cuando llegaron donde sus padres, fueron recibidos con gran alegría. Cada uno se puso a poner a su esposa por las nubes.
--Bueno-- les dijo el rey-- quiero antes que nada ver los prodigios que saben hacer. Cada una va a hilar y a tejer una camisa para mí y otra para la reina, tan finamente, que un muchachito de pocos meses las pueda guardar en su mano. A ver cuál queda mejor. Les doy un mes de plazo.
Volvieron los príncipes donde sus mujeres y les explicaron el deseo del rey.
Inmediatamente las princesas encargaron seda finísima y se pusieron a hilar. La mica no hizo nada, ni volvió a mentar la camisa. El marido la llamaba al orden, pero se hacía como si no fuera con ella y el príncipe se ponía cada vez más triste. El día de ir al palacio, lo despertó la mica muy de mañana; ya le tenía el caballo ensillado.
--¿Para qué me has ensillado mi bestia? No pienso ir adonde mis padres, porque no puedo llevarles lo que me pidieron.
Entonces ella le entregó dos semillas de tacaco.
--Aquí están las camisas-- le dijo.
El muchacho no quería creer, pro la mica le dijo que si al abrirlas ante su padre no tenía lo que deseaba, él quedaría libre de ella.
Partió el príncipe y en el camino encontró a sus hermanos, que en cajas de oro, llevaban las camisas de un tejido de seda muy fino. Las costuras apenas si se veían y los botones eran de oro. Cuando el menor enseño sus semillas de tacaco, los mayores le hicieron burla. Al llegar ante el rey, se regocijó éste del trabajo de las dos nueras y se puso furioso cuando el otro le dió las semillas de tacaco. Como las cogió con cólera, las destripó y entonces de cada una salió una camisa de tela tan fina que una hoja de rosa se veía ordinaria a la par, y de una blancura tal, que parecía tejida con hebras hiladas del copo de la luna. Los botones eran piedras preciosas y las costuras no se podían ver ni buscándolas con lente. El rey y la reina casi se van de bruces y los hermanos salieron avergonzados y envidiosos.
Bueno--dijo el rey--. Estoy muy satisfecho del trabajo de vuestras esposas. Ahora que cada una me envíae un plato. Quiero ver cuál cocina mejor. Les doy una quincena de plazo.
El menor volvió muy contento donde su mica y le contó el nuevo capricho de su padre. La mica no volvió a mencionar el asunto, pero el príncipe esta vez esparó pacientemente. Eso sí, se sintió algo intranquilo cuando llegado el día, la vió coger para el cerco y volver con un gran ayote que echó a cocinar en la olla.
--Me le va a llevar esto a su tata-- le dijo sacándolo y echándolo en un canasto.
El no hallaba como ir llegando con aquello. Pero los ojillos de la mica estaban nadando en malicia. Entonces se decidió, cogió su canasta y echó a andar. En el camino encontró a sus hermanos que venían seguidos de criados cargados de bandejas de oro y plata, con manjares exquisitos preparados por sus esposas.
Cuando lo vieron a él con su ayote entre un canasto, se burlaron y le hicieron chacota.
Se sentaron a la mesa y comenzaron a servir los platos y el rey y la reina hasta que se chupaban los dedos. Pero cuando fueron entrando con el ayote entre el canasto, el rey se enfureció como un patán y lo cogió y lo reventó contra una pared. Y al reventarse, salió volando de él una bandada de palomitas blancas, unas con canastillas de oro en el pico, llenas de manjares tan deliciosos como los que se deben de comer en el cielo en la mesa de Nuestro Señor; otras con flores que dejaban caer sobre todos los presentes. ¡Ave María! ¡Aquello si que fue algazara y media!
El rey les dijo: --Bueno, ahora quiero que me traigan una vaquita que ojalá se pueda ordeñar en la mesa, a la hora de las comidas. Les dió ocho días de plazo.
Los príncipes se fueron renegando de su padre tan antojado. Llegaron de chicha a contar cada uno a su esposa el antojo del rey. Sólo el menor no dijo nada, porque la cosa le parecía imposible.
A los ocho días fue entrando la mica con un cañuto de caña de bambú y lo entregó a su esposo: --Tome, hijo, y vaya al palacio. Tenga confianza y verá que le va bien. No lo abra hasta que llegue.
El muchacho cogió el cañuto y partió. En el patio encontró a sus hermanos con una vaquitas enanas del tamaño de un ternero recién nacido y llenas de cintas. Al verlo entrar sin nada, se pusieron a codearse y a reír.
A la hora del almuerzo fueron entrando con sus vacas y se empeñaron en que se subieran a la mesa, pero allí los animales dejaron una quebrazón de loza y una hasta una gracia hizo en el mantel. El rey y la reina se enojaron mucho y se levantaron de la mesa sin atravesar bocado.
A la comida, el rey preguntó a su hijo menor por su vaquita. El sacó el cañuto de caña de bambú, lo abrió y va saliendo una vaquita alazana con una campanita de plata en el pescuezo y los cachitos y los casquitos de oro. Las teticas parecían botoncitos de rosa miniatura. Se fue a colocar muy mancita frente al rey sobre su taza, como para que la ordeñara. El rey lo hizo y llenó la taza de una leche amarillita y espesa. Después se colocó ante la reina e hizo lo mismo, y así fue haciendo en cada uno de los que estaban sentados. Todos tenían un bigote de espuma sobre la boca.
Por supuesto que ustedes imaginarán cómo estaban los reyes con su hijo menor. ¡Ni para qué decir nada de esto!
Los otros, que se veían perdidos, salieron con el rabo entre las piernas.
--Ahora-- dijo el rey-- quiero que me traigan a sus esposas el domingo entrante.
--¡Aquí sí que me llevó la trampa! --pensó el hijo menor. Por un si acaso, se fue a las tiendas y compró un corte de seda, un sombrero, guantes, zapatillas, ropa interior, polvos, perfume y qué sé yo.
Y llegó con sus regalos adonde su esposa y le contó lo que deseaba su padre. La mica se hizo la sorda y en toda la semana trabajó nada más que en sus labores de costumbre: barrer, limpiar, hacer la comida y lavar.
Cada rato el marido le decía: --Hija, ¿por qué no saca el corte que le traje y hace un vestido?
Pero ella lo que hacía era encaramarse en su trapecio que estaba suspendido de la solera y hacer maroma colgada del rabo.
Cuando la veía en estas piruetas al príncipe se le fruncía la boca del estómago de la verguenza... ¡Si su esposa no era sino una pobre mica!
El sábado pidió a su marido que fuera a conseguir una carreta y que la pidiera con manteado para ir así a conocer a sus suegros. El quiso persuadirla de que era muy feo ir en carreta, menos adonde el rey; que se iban a reir de ellos; que la gente de la ciudad era rematada y que por aquí y por allá. Pero la mica metió cabeza y dijo que si no iba en carreta, no iría.
El príncipe pensaba que eso sería lo mejor, y a ratos intentó no volver a poner los pies en el palacio, pero el caso es que fue a buscar y contratar la carreta.
El domingo quiso que su esposa se arreglara y adornara, que se envolviera siquiera en la seda que él había traído, porque deseaba que no le vieran el rabo. La mica, que era cabezona como ella sola, no quiso hacer caso y le contestó:
--Mire, hijo, para el santo que es con un repique basta--. Y se pasó la lenguilla rosada por el pelo.
Lo mandó que se fuera adelante y ella se metió entre la carreta.
El príncipe encontró de camino a sus hermanos que iban en sendas carrozas de cuatro caballos, cada uno con su esposa llena de encajes y plumas que pegan al techo del coche. Eran hermosotas, no se podía negar, y el joven volvió la cabeza y pegó un gran suspiro cuando allá vió venir la carreta pesada y despaciosa.
--¿Y tu mujer? --preguntaron los hermanos.
-- Allá viene en aquella carreta.
Las señoras se asomaron y se taparon la boca con el pañuelo para que su cuñado no las viera reir. Los príncipes se pusieron como chiles, al pensar lo que podrían imaginar sus mujeres al ver que su cuñada venía entre una carreta cubierta con un manteado como una campiruza cualquiera.
Llegaron a la puerta del palacio. El rey y la reina salieron a recibir a sus hijos. Las dos nueras al inclinarse les metieron los plumajes por la nariz. En esto la carreta quiso entrar en el patio, pero los guardias lo impidieron.
--¿Y tu esposa? --preguntó el rey al menor de sus hijos, que andaba para adentro y para afuera haciendo pinino.
--Allí viene entre esta carreta-- contestó chillado.
--¡Entre esa carreta! Pero hijo, vos estás loco!
Y el gentío que estaba a la entrada del palacio se puso a silbar y a burlarse, al ver la carreta con su manteado detrás de aquellas carrozas que brillaban como espejos.
El rey gritó que dejaran pasar la carreta.
Y la carreta fue entrando, cararán cararán... Se detuvo frente a la puerta...
¡Al príncipe un sudor se le iba y otro se le venía! Deseaba que la tierra se lo tragara.
Tuvo que sentarse en una grada, porque no se podía sostener. ¡Ya le parecía oir los chiflidos de la gente donde vieran salir de la carreta una mica!
¡Pero fue saliendo una princesa tan bella que se paraba el sol a verla, vestida de oro y brillantes, con una estrella en la frente, riendo y enseñando unos dientes, que parecían pedacitos de cuajada!
Lo primero que hizo fue buscar al menor de los príncipes. Le cogió una mano con mucha gracia y le dijo: --Esposo mío, presénteme a sus padres--. Cuando se los hubo presentado, los reyes se sintieron encantados porque hacía una reverencias y decía unas cosas con tal gracia, como jamás se había visto.
El rey en persona la llevó de bracete al comedor y la sentó a su derecha. Durante la comida, sus concuñas, que no le perdían ojo, vieron que la princesa se echaba entre el seno, con mucho disimulo, cucharadas de arroz, picadillo, pedacitos de pescado y empanadas. Por imitar hicieron lo mismo. Después hubo un gran baile. Cuando empezaron a bailar, la princesa se sacudió el vestido y salieron rodando perlas, rubíes y flores de oro. Las otras creyeron que a ellas les iba a pasar lo mismo y sacudieron sus vestidos, pero lo que salió fueron granos de arroz, el picadillo, los pedazos de carne y las empanadas. Los reyes y sus maridos sintieron que se les asaba la cara de verguenza.
Luego el rey cogió a su hijo menor y a su esposa de la mano y los llevó al trono. --Ustedes serán nuestros sucesores-- les dijo. Pero ella con mucha gracia le contestó: Le damos gracias, pero yo soy la única hija del rey de Francia, que está muy viejito y quiere que mi esposo se haga cargo de la corona.
Al oir que era la hija del rey de Francia, el rey casi se va para atrás, porque el rey de Francia era el más rico de todos los reyes, el rey de los reyes, como quien dice. La princesa habló algunas palabras al oído de su marido, quien dijo a su padre:
--Padre mío, ¿por qué no reparte su reino entre mis dos hermanos? Así estará mejor atendido.
Al rey le pareció muy bien y allí mismo hizo la repartición. Los hermanos quedaron muy agradecidos. Luego se despidieron y se fueron para Francia en una carroza de oro con ocho caballos blancos que tenían la cola y las crines como cataratas espumosas. Esta carroza llegó cuando la carreta que trajo a la princesa iba saliendo del patio del palacio, y cuando estuvieron solos, la niña le contó que una bruja enemiga de su padre, porque éste no había querido casarse con ella, se vengó convirtiéndole a su hija en una mica la que volvería a ser como los cristianos cuando un príncipe quisiera casarse con esa mica.
Y después vivieron muy felices.
Y yo fui
Y todo lo ví
Y todo lo curiosee
Y nada saqué.
ues señor, había una vez una viejita que tenía un hijo galanote e inteligente y además bueno y sumiso con ella, que parecía una hija mujer. La viejita era muy pobre y siempre tenía que andar corre que te alcanzo con el real; lo único que tenía era una casita en las afueras de la ciudad y sus fuerzas, con las que lavaba y aplanchaba, para ayudar a su hijo a quien se le había metido entre ceja y ceja estudiar para médico. Eso sí, que el pobre tenía que pesentarse en la escuela sabe Dios cómo: el vestido hecho un puro remiendo, nada de cuello ni corbata y con la patica en el suelo.
Para ir a la escuela el joven pasaba todos los días frente al palacio del rey, y dió la casualidad que a esa hora se asomaba la hija del rey al balcón. A la princesa le llamó la atención aquel joven tan galán vestido pobremente, pero tan limpio que parecía un ajito, con los pies descalzos tan lavados y blancos, que daba lástima mirarlos caminar entre los barriales. ¿Adónde iría con sus alforjitas al hombro y sus libros bajo el brazo?
Por fin un día no se aguantó y mandó a una de sus criadas a que lo llamara, y cuando lo oyó hablar con tanta sencillez y facilidad, se enamoró perdidamente del joven. Y desde entonces lo esperaba en el jardín para conversar con él.
El joven también se había enamorado de la princesa quien era un primor de bonita: con una cabeza que era como ver el sol de rubia y en la que cada hebra era crespa como un quelite de chayote. Además era buena y noble, que no tenía compañera, y ella tan lo mismo trataba al pobre que al rico. Pero el joven se había guardado con candado su enamoramiento, porque ¿en qué cabeza podría caber que una princesa se casara con un chonete como él, que no se calzaba porque no tenía con qué comprar zapatos?
Pero así es el mundo, y la princesa al ver que el muchacho no tenía trazas de decirle: "Tenés los ojos así y la boca asá", dejó a un lado la pena y un día, sin más ni más, le declaró que estaba enamorada de él. Al principio el joven creyó que era por burlarse, pero al fin acabó por convencerse de que le estaba hablando de deveras.
Entonces le dijo: --Mire, es mejor que no pensemos en esto. Yo soy lo que se llama un arrancado. Es de las cosas que no hay que pensar dos veces, y lo mejor que yo puedo hacer es decirle adiós y no volver ni a pasar por esta calle.
Pero la princesa, que también era muy cabezona, se le prendió como una garrapata y acabó por hacerlo aceptar una bolsa llena de oro para que se fuera a tantear fortuna. Ella le juraba esperarlo. El partió a rodar tierras. Un día se embarcó, naufragó el buque en que iba, y por un milagro de Dios quedó vivo para contar el cuento.
Hecho un ¡ay! de mí, regresó a su país. Su madre lo recibió con gran alegría.
Allá, entre oscuro y claro, se envolvió en un cotón, se puso un gran sombrero, las dos únicas cosas que trajo de su viaje, y fue a pasearse frente al balcón de la princesa, para ver si podía entregarle una carta en la que le contaba sus desgracias y la conveniencia de que no lo esperara y se casara con un príncipe. Los que lo encontraban se decían: --¿Quién será ese cotonudo?-- Consiguió lo que deseaba, pero la niña mandó a buscarlo y lo convenció de que debía recibir otra bolsa de dinero, pero en esta ocasión unos ladrones lo dejaron a buenas noches con cuanto llevaba.
Volvió a su país y otra vez a ponerse el cotón y el gran sombrero y otra vez a buscar a la princesa. Los que lo veían se preguntaban: --¿Quién será este cotonudo?-- Y la criada de la princesa corrió a avisar a su ama que allí estaba "su cotonudo", y la princesa comprendió.
En esta ocasión fue más difícil el convencerlo de que debía recibir otra bolsa de oro, y la pobre niña tuvo que arrodillarse y llorar para que él la recibiera.
Se fue, se embarcó y por lo que se ve era más torcido que un cacho de venado, porque en una tempestad, el mar se tragó el barco en que iba, y a él lo arrojaron las olas a una isla desierta, sin más vestido que aquel con que Nuestro Señor lo echó a este mundo. Cuando volvió en sí, estaba tan desesperado que pensó que lo mejor que podía hacer era ahorcarse, y se puso a buscar unos bejucos resistentes y un palo en donde hacerlo. Halló las dos cosas. El árbol estaba a orillas de un río y antes de subir le dieron ganas de beber agua. Al acercarse vió en el centro de la corriente un joven muy galán sentado en una piedra. Le preguntó qué hacía allí, y el otro le contestó que era un príncipe a quien hacía muchos años tenían encantado. El recién llegado quiso saber si no habría medio de desencantarlo y el otro le dijo que sí, pero que era muy difícil hallar quien se comprometiera a ello, porque se necesitaba una persona muy valiente que fuera a sentarse en la piedra que él ocupaba, dispuesta a hacerle frente sin temblar a cuanto viniera.
Entonces el cotonudo reflexionó que era mejor morir tratando de sacar de apuros a un prójimo, que ahorcado, y le dijo que él estaba dispuesto a probar si era posible librarlo de semejante situación. Y diciendo y haciendo, se metió en la corriente y obligó al príncipe a dejerle el lugar.
Este se sentó en la orilla a aguardar su destino. De pronto se vió venir una creciente que arrastraba piedras enormes y troncos inmensos.
El cotonudo pensó que hasta allí se la había prestado Dios, se santiguó y esperó tranquilamente que la corriente lo arrastrara. Pero con gran asombro suyo, el agua se apaciguó y vino muy sumisa, como un perro, a lamerle los pies e inmediatamente el río se secó. Luego vió venir hacia él, un tigre muy grande que echaba fuego por los ojos y le enseñaba los dientes. --Ahora sí que no me escapo-- se dijo. Volvió a santiguarse y con toda tranquilidad encomendó su alma a Dios.
Pero el tigre se acercó, le lamió los pies como el agua y desapareció entre la montaña. Después fue un toro de aspecto temible, que hubiera hecho temblar al mismo San Miguel Arcángel, quien no le tuvo miedo ni al Diablo. Pero el muchacho pensó que seguramente pasaría como con la creciente y el tigre, y más bien se rió de los aspavientos del toro, que pasó a su lado cual un huracán, sin causarle el menor daño.
Al punto se oyó un gran estruendo, la piedra en que estaba sentado dió una vuelta y se vió la entrada de una cueva. El príncipe se acercó, abrazó a su salvador y se arrodilló ante él llorando y le besó las manos. Luego lo llevó a la cueva que estaba llena de talegos de oro, de cajas llenas de brillantes, rubíes y toda clase de piedras preciosas, de conchas que encerraban perlas que parecían botoncitos de rosa.
--Todo esto es nuestro-- dijo el príncipe. Un enano venía cada semana a darme de latigazos y a mortificarme, y me enseño una vez estos tesoros y burlándose, dijo que serían míos el día que hubiera quien me desencantara. Yo le pregunté por llevarle el corriente, que cómo haría en tal caso para sacarlos, y él me contestó que inmediantamente habría un barco en el puerto, del que yo podría hacer y deshacer.
Se subieron a una altura y desde allí divisaron, efectivamente, un gran barco en el puerto.
Comenzaron a transportar las riquezas y cuando terminaron, se hicieron a la vela. Manos invisibles ejecutaban todos los trabajos que se necesitan en un buque. Así llegaron hasta un puerto del reino del príncipe. Los reyes, sus padres, aún vivían, muy viejitos y siempre pensando en su hijo desaparecido hacía tantos años. El príncipe envió a su amigo a prepararlos... ¿Para qué hablar de la felicidad de los reyes? Lo cierto es que no se quedó campana que no repicó, ni grano de pólvora que no reventó, en señal de alegría por el regreso del príncipe a quien todos creían muerto. Los reyes dieron al pueblo todos sus toros y vacas para que los mataran y los asaran en las plazas públicas y sacaron de sus bodegas todo el vino para que el pueblo comiera y bebiera hasta caer sentado. Tres días duró la parranda.
Al cotonudo lo querían casar con una de las hijas del rey, pero él les contó su compromiso y se despidió. El príncipe le dió un gran barco cargado con las dos terceras partes del tesoro sacado de la isla, y el rey y la reina una caja de oro que debía abrir el día de sus bodas.
Por fin partió con las bendiciones de toda aquella gente y al cabo de unos cuantos días de navegar llegó a su país. Salió del buque de noche para que no lo conocieran. Halló a su madre en la misma casa y hecha en tacaquito la vieja. La pobre ya casi no veía, de tanto llorar por su hijo.
¡Oh felicidad cuando reconoció a su muchacho!
Otro día, entre oscuro y claro, se metió en su cotón, y se puso el gran sombrero (ambas cosas las había dejado guardadas en su casa) y se fue a rondar el palacio. Observó que en las calles había mucho movimiento, que el palacio estaba iluminado como para una fiesta, que a cada instante llegaban coches de los que bajaban señoras y caballeros con vestidos resplandecientes.
Preguntó la causa de todo aquello y le contestaron que esa noche se casaba la hija del rey. Llamó a un criado y le dió cien pesos para que le llamara la viejita que había chineado a la princesa, quien lo quería mucho, y por supuesto el criado nos se hizo mucho de rogar. Vino la sirvienta y al ver al cotonudo se puso en un temblor. Lo llevó a un rincón y le contó que la princesa lo creía muerto, porque habían pasado varios años sin tener noticias suyas y que ahora el rey la obligaba a casarse con un príncipe muy viejo y más feo que un golpe en la espinilla. Le rogó que esperara allí un momento y corrió a avisar a su ama. A pesar de la emoción que le causó esta noticia, la princesa no se atarantó y dijo a su criada que por un pasadizo que sólo ellas conocían, lo llevara a la capilla y lo escondiera detrás de unas cortinas que estaban cerca del altar.
Por fin entraron los novios y los convidados a la capilla. El cotonudo, que no tembló ante la creciente, ni ante el tigre, ni el toro, no se podía sostener al ver a su princesa tan linda, que parecía una luna nueva con su vestido de novia. ¡Y qué feo y qué viejo era el hombre que se la quería quitar!
El señor obispo se acercó a los que se iban a desposar. Cuando preguntó a la niña: ¿Recibe por esposo y marido al príncipe don Fulano de Tal?, ella dió media vuelta, apartó la cortina, sacó a su cotonudo, y con voz muy clara dijo: --No, señor, al que recibo es a éste--. Y el señor obispo se vió obligado a echarles la bendición. Por supuesto, que aquello fue levantar un polvorín: la reina cayó con un ataque y el rey se puso como agua para chocolate, mandó que la cocinera trajera su vestido más tiznado y ordenó a su hija que se lo pusiera. Luego los echó puerta afuera. En ese momento pasaba un carbonero con su borriquito cargado de carbón que iba a vender a la próxima ciudad, porque otro día era el día de mercado. El rey hizo que quitaran al pobre hombre su borrico y sobre los sacos obligó a la princesa que se montara. Hecho esto, se metió en su palacio y les tiró la puerta encima.
El cotonudo, con mucha cachaza, se aguantó todo aquello. Comenzó a arriar la bestia que llevaba a su mujer encima y a abrirse paso como podía entre la gente que los seguía burlándose y poniéndolos como un chuica.
Tomaron el camino del puerto con aquel molote de gente que no los desamparaba y que no se cansaba de gritar: --¡La princesa, se ha vuelto loca! ¡Achará la princesa que se fue a casar con ese cotonudo! ¡Siempre el peor chancho se lleva la mejor mazorca!
El cotonudo se hacía el tonto y como si no fuera con él, trun, trun, arriando el borrico.
Pero, cuál fue la admiración de todos al verlo entrar en el muelle, detenerse frente a aquel hermoso barco, el más grande y hermoso que hasta entonces no llegara a este país y tocar en un pito a cuyo sonido salió toda la tripulación apresuradamente. Bajó el capitán con el sombrero en la mano y saludó al cotonudo de un modo que casi se le quebraba el espinazo. El cotonudo le dijo unas palabras al oído, subió el otro de estampía al barco y formó la tripulación en dos filas; todos los cañones comenzaron a disparar y la banda del barco a tocar la pieza más alegre que sabía. Entonces el cotonudo bajó del burro a su esposa, y sacó de entre su cotón un gran bolsillo lleno de monedas de oro y lo entregó al pobre carbonero que lo había seguido pie a pie, con la cara más triste que un viernes santo. Luego le dió unas palmaditas al burro y lo devolvió a su dueño.
Entretanto, la gente estaba como en misa y todos no hacían más que abrir los ojos lo más que podían.
La princesa estaba también sin saber qué pensar. Su marido la cogió de una mano y subió al barco entre las dos filas de marineros, que tenían la cabeza inclinada como si fuera pasando Nuestro Amo. Cuando estuvieron arriba, todos tiraron sus gorras por los aires y gritaron: --¡Que vivan el Cotonudo y su esposa!
El cotonudo llevó a su mujer a un salón tan lujoso, que la princesa, con ser princesa, nunca ni se lo había imaginado. Allí estaba la caja de oro que los reyes, padres de su amigo, le habían dado para que la abriera el día de sus bodas. La abrieron y dentro de ella había dos vestidos como para un rey y una reina, pero tan maravillosos, que la princesa abrió su boquita de par en par y no dijo ni tus ni mus.
Así que se vestieron, salieron para montar en una carroza de oro y plata que habían sacado del barco, tirada por ocho caballos a cual más copetón.
Las gentes, al verlos, gritaban: ¡Son el sol y la luna! La princesa se ha casado con el rey más hermoso de la tierra! ¡Hizo bien la princesa en no casarse con aquel viejo que no es más que el cascarón! ¡Este sí que es ñeque!
Montaron en la carroza y fueron por la viejicita madre del cotonudo, que estaba en la vela esperando a su hijo. Cuando vió todo aquello, creyó que se había quedado dormida en la silla y que soñaba. ¿Cómo iba a ser que este hermoso señor vestido de oro, y casado con la hija del rey, fuera su hijo, quien salió temprano de la noche, envuelto en su cotón?
--¡Las cosas que sueña uno!, se decía. Y se metía pellizquitos ella misma y se preguntaba:
--¿A qué hora voy a despertar?
Volvieron al barco y a poco llegaron unos amigos del rey que ya había tenido noticias de las maravillas que estaban ocurriendo. El cotonudo envió a sus suegros un cofrecillo lleno de joyas tan bellas y ricas, que el rey también tuvo que abrir la boca y volver de su ataque, y sin esperar razones, se fueron para el barco, y así que hubieron visto y metido las manos entre todos los tesoros que contenía, agarraron a su yerno a abrazos y besos y desde ese día andaban con él santo, ¿dónde te pondré?
Entre tanto la princesa no hacía más que consentir a la viejecita su suegra, la que se imaginaba que mientras dormía había muerto, que hora estaba en el cielo y que un ángel la ciudaba.
Después los recién casados, mientras les construían un palacio, fueron en su barco a visitar a los reyes amigos.
Y fueron muy felices y tuvieron muchos hijos y yo fuí y vine y no me dieron nada.
abía una vez una Cucarachita Mandinga que estaba barriendo las gradas de la puerta de su casita, y se encontró un cinco.
Se puso a pensar en qué emplearía el cinco.
--¿Si compro un cinco de colorete? --No, porque no me luche.(luce)
¿Si compro un sombrero? --No, porque no me luche. ¿Si compro unos aretes? --No, porque no me luche. ¿Si compro un cinco de cintas? --Sí, porque sí me luchen.
Y se fue para las tiendas y compró un cinco de cintas; vino y se bañó, se empolvó, se peinó de pelo suelto, se puso un lazo en la cabeza y se fue a pasear a la Calle de la Estación. Allí buscó asiento.
Pasó un toro y viéndola tan compuesta, le dijo: --Cucarachita Mandinga, ¿te querés casar conmigo?
La Cucarachita le contestó: -- ¿Y cómo hacés de noche?
--¡Mu....mu........!
La Cucarachita se tapó los oídos:
--No, porque me chutás.(asustás)
Pasó un perro e hizo la misma proposición.
--Y cómo hacés de noche? --le preguntó la Cucarachita.
--¡Guau....guau....!
--No, porque me chutás.
Pasó un gallo: --Cucarachita Mandinga, ¿te querés casar conmigo?
--¿Y cómo hacés de noche?
--¡Qui qui ri quí!....
--No, porque me chutás.
Por fin pasó el Ratón Pérez.
A la Cucarachita se le fueron los ojos al verlo:
Parecía un figurín, porque andaba de leva, tirolé y bastón.
Se acercó a la Cucarachita y le dijo con mil monadas:
--Cucarachita Mandinga, ¿te querés casar conmigo?
--¿Y cómo hacés de noche?
--¡I, i, iii...!
A la Cucarachita le agradó aquel ruidito, se levantó de su asiento y se fueron de bracete.
Se casaron y hubo una gran parranda.
Al día siguiente la Cucarachita, que era muy mujer de su casa, estaba arriba desde que comenzaron las claras del día poniéndolo todo en su lugar.
Después de almuerzo puso al fuego una gran olla de arroz con leche, cogió dos tinajas que colocó una sobre la cabeza y otra en el cuadril, y se fue por agua.
Antes de salir dijo a su marido: --Véame el fuego y cuidadito con golosear en esa olla de arroz con leche.
Pero apenas hubo salido su esposa, el Ratón Pérez le pasó el picaporte a la puerta y se fue a curiosear en la olla. Metió una manita y le sacó al punto: --¡Carachas! ¡Que me quemo!
--Metió la otra: ¡Carachas! ¡Que me quemo! --Metió una pata: --¡Carachas! ¡Que me quemo! --Metió la otra pata y salió bailando de dolor: --¡Demontres de arroz con leche, para estar pelando! --Pero como eran muchas las ganas de golosear, acercó un banco al fuego y se subió a él para mirar dentro de la olla...!
El arroz estaba hierve que hierve, y como la Cucarachita le había puesto queso en polvo y unas astillitas de canela, salía un olor que convidaba.
Ratón pérez no pudo resistir y se inclinó para meter las narices entre aquel vaho que olía a gloria. Pero el pobre se resbaló.... y cayó dentro de la olla.
Volvió la Cucarachita y se encontró con la puerta atrancada. Tuvo que ir a hablarle a un carpintero para que viniera a abrirla. Cuando entró, el corazón le avisaba que había pasado una desgracia. Se puso a buscar a su marido por todos los rincones. Le dieron ganas de asomarse a la olla de arroz con leche.... y ¡Va viendo! ... a su esposo bailando en aquel caldo.
La pobre se puso como loca y daba unos gritos que se oían en toda la cuadra. Los vecinos la consideraban, sobre todo al pensar que estaba tan recién casada. Mandó a traer un buen ataúd, metió dentro de él al difunto y lo colocó en media sala. Ella se sentó a llorar en el quicio de la puerta.
Pasó una palomita que le preguntó:
--Cucarachita Mandinga
¿por qué estás tan triste?
La Cucarachita le respondió:
--Porque Ratón Pérez
se cayó entre la olla,
y la Cucarachita Mandinga
lo gime y lo llora.
La palomita le dijo:
--Pues yo por ser palomita
me cortaré una alita.
Llegó la palomita al palomar que al verla sin una alita , le preguntó: --Palomita, ¿por qué te cortaste una alita?
--Porque Ratón Pérez
se cayó entre la olla,
y la Cucarachita Mandinga
lo gime y lo llora ...
Y yo por ser palomita
me corté una alita.
Entonces el palomar dijo:
--Pues yo por ser palomar
me quitaré el alar.
Pasó la reina y le preguntó:
--Palomar, ¿por qué te quitaste el alar?
--Porque Ratón Pérez
se cayó entre la olla,
Y la Cucarachita Mandinga
lo gime y lo llora ...
Y la palomita se cortó una alita ...
Y yo por ser palomar
me quité mi alar.
La reina dijo:
--Pues yo por ser reina,
Me cortaré una pierna.
Llegó la reina renqueando donde el rey, que le preguntó:
--Reina, ¿por qué te cortaste una pierna?
--Porque Ratón Pérez
se cayó entre la olla,
y la Cucarachita Mandinga
lo gime y lo llora ...
Y la palomita
se cortó una alita,
el palomar
se quitó su alar,
y yo por ser reina,
me corté una pierna.
El rey dijo:
--Pues yo por ser rey,
me quitaré mi corona.
Pasó el rey sin corona por donde el río, que le preguntó:
--Rey, ¿por qué vas sin corona?
--Porque Ratón Pérez
se cayó entre la olla,
y la Cucarachita Mandinga
lo gime y lo llora ...
Y la palomita
se cortó una alita,
el palomar
se quitó su alar,
la reina
se cortó una pierna,
y yo por ser rey,
me quité la corona.
El río dijo:
--Pues yo por ser río,
me tiraré a secar.
Llegaron unas negras al río a llenar sus cántaros y al verlo seco, le preguntaron:
--Río, ¿por qué estás seco?
--Porque Ratón Pérez
se cayó en la olla,
y la Cucarachita Mandinga
lo gime y lo llora...
Y la palomita
se cortó una alita,
el palomar
se quitó su alar,
la reina
se cortó una pierna,
el rey
se quitó su corona
y yo por ser río,
me tiré a secar...
--Pues nosotras por ser negras, quebramos los cántaros.
Pasaba un viejito, quien al ver a las negras quebrar sus cántaros, les preguntó:
--¿Por qué quebráis los cántaros?
--Porque Ratón Pérez
se cayó entre la olla,
y la Cucarachita Mandinga
lo gime y lo llora...
Y la palomita
se cortó una alita,
el palomar
se quitó su alar,
la reina
se cortó una pierna,
el rey
se quitó la corona,
el río
se tiró a secar
y nosotras por ser negras,
quebramos los cántaros.
El viejito dijo:
--Pues yo por ser viejito,
me degollaré.
Y se degolló.
Entre tanto llegó la hora del entierro.
La Cucarachita quiso que fuera bien rumboso e hizo venir músicos que iban detrás del ataúd tocando. Los violines y los violones decían:
--¡Por jartón, por jartón,
por jartón
se cayó entre la olla!
Y me meto por un huequito y me salgo por otro para que ustedes me cuenten otro.
abía una vez una viuda de buen pasar, que tenía una hija. La muchacha era hermosa y la madre quería casarla con un hombre bien rico. Se presentaron algunos pretendientes, todos hombres honrados, trabajadores y acomodados, pero la viuda los despedía con su música a otra parte porque no eran riquísimos.
Una tarde se asomó la muchacha a la ventana, bien compuesta y de pelo suelto. (Por cierto que el pelo le llegaba a las corvas y lo tenía muy arrepentido). No hacía mucho rato que estaba allí, cuando pasó un señor a caballo. Era un hombre muy galán, muy bien vestido, con un sombrero de pita finísimo, moreno, de ojos negros y unos grandes bigotes con las puntas para arriba. El caballo era un hermoso animal con los cascos de plata y los arneses de oro y plata. Saludó con una gran reverencia a la niña, y le echó un perico. La niña advirtió que el caballero tenía todos los dientes de oro. El caballo al pasar se volvió una pura pirueta. Desde la esquina, el jinete volvió a saludar a la muchacha, que se metió corriendo a contar a su madre la ocurrido.
A la tarde siguiente, madre e hija bien alicoreadas, se situaron en la ventana. Volvió a pasar el caballero en otro caballo negro, más negro que un pecado mortal, con los cascos de oro, frenos de oro, riendas de seda y oro y la montura sembrada de clavitos de oro. La viuda advirtió que en la pechera, en la cadena del reloj y en el dedito chiquito de la mano izquierda, le chispeaban brillantes. Se convenció de que era cierto que tenía toda la dentadura de oro. Las dos mujeres se volvieron una miel para contestar el saludo del caballero.
Al día siguiente, desde buena tarde, estaban a la ventana, vestidas con las ropas de coger misa, volando ojo para la esquina. Al cabo de un rato, apareció el desconocido en un caballo que tenía la piel tan negra como si la hubieran cortado en una noche de octubre; las herraduras eran de oro y los arneses de oro, sembrados de rubíes, brillantes y esmeraldas.
Las dos se quedaron en el otro mundo cuando lo vieron detenerse ante ellas y desmontar.
Las saludó con grandes ceremonias. Lo mandaron pasar adelante, y la vieja que era muy saca la jícara cuando le convenía, llamó al concertado para que ciudara del caballo.
El desconocido dijo que se llamaba don Fulano de Tal, presentó recomendaciones de grandes personas, habló de sus riquezas, las invitó a visitar sus fincas y por último, pidió a la niña por esposa. No había terminado de hacer la propuesta, cuando ya estaba la madre contestándole que con mucho gusto y llamándolo hjo mío.
Desde ese día las dos mujeres se volvieron turumba; cada día visitaban una finca del caballero, cada noche bailes y cenas; no volvieron a caminar a pie, solo en coche, y regalos van y regalos vienen.
Por fin llegó el día de la boda. El caballero no quiso que fuera en la iglesia sino en la casa y nadie se fijó en que al entrar el padre el novio tuvo intenciones de salir corriendo.
Los recién casados se fueron a vivir a otra ciudad en donde el marido tenía sus negocios.
Desde el primer día que estuvieron solos, el marido dijo a la esposa a la hora del almuerzo que él sabía hacer pruebas que dejaban a todo el mundo con la boca abierta y que las iba a repetir para entretenerla; y diciendo y haciendo se puso a caminar por las paredes y cielos con la facilidad de una mosca; se hacía del tamaño de una hormiga, se metía dentro de las botellas vacías y desde allí hacía morisquetas a su mujer; luego salía y su cuerpo se estiraba para alcanzar el techo. Y esto se repetía todos los días al almuerzo y a la comida. En una ocasión vino la viuda a ver a su hija y ésta le contó las gracias de su marido. Cuando se sentaron a la mesa, la suegra pidió a su yerno que hiciera las pruebas de que le había hablado su hija. Este no se hizo de rogar y comenzó a pasearse por el cielo y paredes y a repetir cuantas curiosidades sabía hacer. La vieja se quedó con el credo en la boca y desde aquel momento no las tuvo todas consigo.
A los pocos días volvió a hacer otra visita a sus hijos, trajo consigo una botijuela de hierro, con una tapadera que pesaba una barbaridad. A la hora del almuerzo rogó a su yerno que las divirtiera con sus maromas. Después que éste se dió gusto con sus paseos boca abajo por el techo, le preguntó la tobijuela y le dijo. --¿Apostemos a que aquí no entra Ud?
El otro de un brinco se tiró de arriba y se metió en la botijuela como Pedro por su casa.
La suegra hizo señas a unos hombres que tenían listos con la tapadera, tras una cortina y éstos se precipitaron y taparon la botijuela. El yerno se puso a dar gritos desaforados y a hacer esfuerzos por salir. La esposa quiso intervenir para que le abrieran, pero la madre le dijo: --¿pues no ves que es el mismo Pisuicas? Desde la otra vez que estuve, eché de ver que tu marido no era como todos los cristianos. Le consulté a un sacerdote, quien me acabó de convencer de que mi yerno no era sino el Malo. Dale infinitas gracias a Nuestro Señor de que a mí se me ocurriera este medio de salir de él.
Luego se fue en persona para la montaña, seguida de los hombres que cargaban la botijuela. Se hizo un hoyo profundo y allí dejó enterrada la botijuela con su yerno dentro. Este se quedó bramando de rabia y diciendo pestes contra su suegra.
En efecto, aquél era el Diablo y desde el día en que la vieja lo enterró, nadie volvió a cometer un pecado mortal, sólo pecados veniales, aconsejados por los diablillos chiquillos. Y toda la gente parecía muy buena, pero sólo Dios sabía cómo andaba el frijol.
Pasaron los años y pasaron los años en aquella bienaventuranza, y el podre Pisuicas enterrado, inventando a cada minuto una mal palabra contra su suegra. Un día pasó por aquel lugar un podre leñador que tenía por único bien una marimba de chiquillos, y tan arrancado que no tenía segundos calzones que ponerse. Le pareció oir bajo sus pies algo así como retumbos; se detuvo y puso el oído. Una voz que salía de muy adentro decía: --¡Quien quiera que seas, sacame de aquí...! El hombre se puso a cavar en el sitio de donde salía la voz. Al cabo de unas cuantas horas de trabajar, dió con la botijuela. De ella salía la voz que ahora decía: --Ñor hombre, sacame de aquí y te tiene cuenta.
El preguntó: --¿Qué persona, por más pequeña que sea, puede caber dentro de esta botijuela?
El que estaba en ella contestó: --Sacame y verás. Soy alguien que puede hacerte inmensamente rico.
Esto era encontrarse con la Tentación y el pobre al oír lo de las riquezas, hizo un esfuerzo tan grande que levantó solo la tapadera. Cierto es que por dentro el Diablo empujaba a su vez con todas sus fuerzas. La tapadera saltó, con tal ímpetu, que desapareció en los aires; el Demonio salió envuelto en llamas y la montaña se llenó de un humo hediondo a azufre. El pobre leñador cayó al suelo más muerto que vivo. Cuando fue volviendo en sí, se le acercó el Diablo y le contó la historia de su entierro.
--Para pagarte tu favor-- le dijo-- nos vamos a ir a la ciudad. Yo me voy a ir metiendo en diferentes personas, de las más ricas y sonadas, para que se pongan locas. Vos aparecerás en la ciudad como médico y ofrecerás curarlas. No tenés más que acercarte al oído del enfermo y decirme: "Yo soy el que te sacó de la botijuela", --y al punto saldré del cuerpo. Eso sí, cuando te acerqués y yo te diga que no, es mejor que no insistás porque será inútil. Ya te lo advierto.
Y así fue. Partieron para la ciudad, el leñador se hizo anunciar como médico y a los pocos días cátate que un gran conde se puso más loco que la misma locura. Lo vieron los más famosos médicos del reino, y nada. De pronto se puso que un médico recién llegado ofrecía devolverle la salud. Llegó donde el enfermo y para disimular, se puso a darle cada hora una cucharada de lo que traía en una botella y que no era otra cosa que agua del tubo con anilina. A las tres cucharadas se acercó al oído del conde y dijo: --"Soy el que te sacó de la botijuela"--.
Inmediatamente salió el Diablo y el conde quedó como si tal enfermedad no hubiera tenido. Toda la familia estaba agradecidísima, no hallaban donde poner al médico y lo dejaron bien pistudo.
Siguieron presentándose casos de locura de diferentes aspectos y casi todos eran en el duque don Fulano de Tal, en la duquesa doña Mengana, en el marqués don Perencejo. Y todos fueron curados por el médico, que ya no tenía donde guardar el oro que ganaba. Por fin se puso mala la reina y ¡El señor me dé paciencia! Aquello sí que fue el juicio. La reina no tenía sosiego un minuto y ya el rey iba a coger el cielo con las manos y últimamente tuvieron que amarrarla porque ya no se aguantaba. Aconsejaron al rey que llamara al famoso médico y cuando llegó, le ofreció hacerlo su médico de cabecera y darle muchas riquezas si sanaba a su esposa. El otro, por rajón, le contestó que ya podía hacerse de cuentas de que la reina estaba curada y que si no sucedía así, le cortara la cabeza.
Se acercó con su botella de agua y le dió las tres cucharadas. A la tercera le dijo al oído de la enferma: --"Soy yo, el que te sacó de la botijuela".
El diablo respondió: --¡No!
Al oír esto, el hombre se achucuyó. ¿Y ahora qué iba a hacer? Se acercó otra vez al oído de la enferma a suplicarle: -- ¡Salí por lo que más querrás! ¡Mirá que si no acaban conmigo! Por vida tuyita ...
Pero de nada le servían las súplicas: el otro seguía emperrado en que no y en que no.
Estaba, por lo que se veía, muy a gusto entre los sesos de la reina.
Pidió al rey tres días de término y entre tanto, no hizo otra cosa que suplicar al Diablo que saliera, dar cucharadas de agua con anilina a la pobre reina y sobarse las manos. Cuando estaba para terminarse el plazo, se le ocurrió una idea: pidió al rey que hiciera traer la banda, que comprara triquitraques y cohetes, que a cada persona del palacio le diera una lata o algún trasto de cobre y la armara de un palo y que a una señal suya, la banda rompiera con una tocata bien parrandera, todos gritaran y golpearan en sus latas y se diera fuego a la pólvora.
Y así se hizo. En este momento se acercó el leñador al oído de la reina y suplicó al Diablo: --¡Salí por vida tuyita...!
En vez de contestar, el Diablo preguntó: --Hombre, ¿qué es ese alboroto? El otro respondió: --Aguardate, voy a ver qué es.
>Inmediatamente volvió y dijo: --¡Que Dios te ayude! Es tu suegra que ha averiguado que estás aquí y ha venido con la botijuela para meterte en ella de nuevo.
--¿Quién le iría con la cavilosada a la vieja de mi suegra? --dijo el Diablo. ¿Y patas para qué las quiero? Salió corriendo y no paró sino en el infierno. La reina se puso buena y el leñador, que ya era don Fulano y muy rico, mandó por su mujer y su chapulinada y todos fueron a vivir a un palacio, regalo del rey. Desde entonces la pasaron muy a gusto.
abía una vez unos chacalincitos que quedaron huérfanos de padre y madre y sin nadie quien les dijera ni ¿qué hacen allí?
Era la pareja: la mujercita, la mayor y la que había quedado de cabeza de casa. Eran muy pobres y un día no les amaneció ni una burusca con qué encender el fuego. Entonces decidieron irse a rodar tierras. Atrancaron la puerta y agarraron montaña adentro. Allá al mucho andar, se sintieron cansados; entonces se subieron a un palo para pasar la noche y se acomodaron en una horqueta. Así que anocheció, vieron allá muy largo una lucecita. No se atrevieron a bajar por miedo que se los fuera a comer algún animal, pero se fijaron bien en la dirección en donde quedaba.
Apenas comenzó a amanecer, bajaron y anduvieron en dirección de la lucecita. Anda y anda, anda y anda, salieron al medio día a un potrero. A la orilla de la montaña había una casita; por el techo salía un mechoncito de humo y por la puerta y la ventana un olor como a miel hirviendo.
Poquito a poco se fueron acercando y vieron en la ventana una cazuela con torrejas. Como estaban hilando de hambre, y el olor convidaba, no pudieron contenerse y se arrimaron a la ventana. La muchachita estiró la mano y se cachó una torreja. Del interior una voz ronca gritó: "¡Piscurum, gato, no me robés mis torrejas!"
Los chiquitos se escondieron entre el monte y allí se repartieron su torreja, que lo que hizo fue alborotarles la gana de comer.
Otra vez se fueron acercando y pescaron otra torreja. Y otra vez la voz que gritaba: "¡Piscurum, gato, no me robés mis torrejas!"
Los muchachos se escondieron, se comieron las torrejas y quisieron volver por más, pero da la desgracia que por querer salir a la carrera, lo hicieron muy ateperetadamente y la cazuela se volcó. A la bulla, se asomó la vieja, la dueña de la casa, que era una bruja más mala que el mismo Patas. Vió por donde cogieron las criaturas, se les puso atrás y al poco rato las agarró por las orejas y las trajo arrastrando hasta la casa.
Como estaban tan flacos que parecían fideos, la bruja les dijo que no se los comería,pero que los iba a engordar como a unos chanchitos, para darse cuatro gustos con ellos.
Los encerró entre una jaba y cada día les echaba los desperdicios, y como los pobres no tenían otra cosa, no les quedaba más que convenir y tragárselos.
Bueno, allá a los ocho días llegó la vieja y les dijo: --Saquen por esta rendija el dedito chiquito.
A la niña se le ocurrió que era para ver como andaban de gordura y entonces sacó dos veces un rabito de ratón que se había hallado en un rincón de la jaba. Como la vieja era algo pipiriciega, no echó de ver el engaño, y se fue más brava que un Solimán, al sentir aquellos deditos tan requeteflacos.
Y así fue por espacio de casi tres meses. Lo cierto del caso es que los chiquillos, quieras que no, no habían engordado con los desperdicios.
Pero dió el tuerce que un día, la niña no agarró bien el rabito de ratón al ponérselo a la bruja para que tocara, y se le quedó a ésta en la mano. Se fue a la luz a mirar bien y al convencerse que los chiquillos la habían estado cogiendo de mona, se puso muy caliente: abrió la jaba y los sacó. Al verlos tan cachetoncitos, se le bajó la cólera.
--Bueno-- les dijo-- ahora voy a ver si hago una buena fritanga con ustedes. Vayan a traerme agua a aquella quebrada para ponerlos a sancochar--. Por supuesto, que al oírla a los infelices se les atrevesó en la garganta un gran torozón. A cada uno le dió una tinaja para que la hinchera y ella se puso a cuidarlos desde la puerta.
Cuando llegaron a la quebrada, les salió de detrás de un palo, un viejito que era tatica Dios, y les dijo: --No se aflijan, mis muchachitos, que para todo hay remedio. Miren, van a hacer una cosa: ahora van a llegar con el agua y se van a mostrar muy sumisos con la vieja. Y hasta procuren quedar bien: aticen el fuego, bárranle la cocina, friéguenle los trastos. Ella ha de poner una gran olla sobre los tinamastes y una tabla enjabonada que llegue a la orilla de la olla y apoyada en la pared. Les ha de decir que echen una bailadita sobre la tabla, pero es, que sin que ustedes se den cuenta, va a inclinar la tabla y ustedes se van a resbalar y van a ir a dar entre la olla; así la bruja no tendrá que molestarse oyéndolos gritar y hacer esfuerzos por escaparse.
Y así que les aconsejó lo que debían hacer, el viejicito se metió en la montaña.
Volvieron los chiquitos e hicieron lo que tatica Dios les aconsejara: barrieron, atizaron el fuego, y echaron muchos viajes a la quebrada con las tinajas, para llenar la gran olla en que los iba a sancochar.
La vieja se puso muy complaciente con ellos, al verlos tan obedientes y tan afanosos. Por fin puso la tabla enajabonada y les dijo: --vengan mis muchitos y echen una bailadita en esta tabla.
La niña se hizo la inocente, y dijo para sus adentros:
--Callate pájara, que ya conozco tus cábulas.
Hicieron que se ponían a ensayar en el suelo y que no podían.
Si es que no sabemos. ¿Por qué no sube usted y nos dice cómo quiere?
Y la vieja les creyó, y va subiéndose a la tabla. Y apenas volvió la cara para hacer la primera pirueta, los chiquillos inclinaron la tabla y la vieja fue a dar, ¡chupulún! a la olla de agua hirviendo.
Después la sacaron y la enterraron. Registraron la casa y encontraron un gran cuarto lleno de barriles hasta el copete de monedas de oro.
Por supuesto que todo le tocó a ellos.
http://www.guiascostarica.com/alicia/abc/cape.gifn un país muy lejos de aquí, había una vez un rey ciego que tenía tres hijos. Lo habían visto los médicos de todo el mundo, pero ninguno pudo devoverle la vista.
Un día pidió que lo sentaran a la puerta de su palacio a que le diera el sol. El sintió que pasaba un hombre apoyado en un bordón, quien se detuvo y le dijo:
--Señor rey, si Ud. quiere curarse, lávese los ojos con el agua en donde se haya puesto la Flor del Olivar.
El rey quiso pedirle explicaciones, pero el hombre se alejó, y cuando acudieron los criados a las voces de su amo y buscaron, no había nadie en la calle ni en las vecindades.
El rey repitió a sus hijos la receta, y ofreció que su corona sería de aquel que le trajera la Flor del Olivar. El mayor dijo que a él le correspondía partir primero. Buscó el mejor caballo del palacio, hizo que le prepararan bastimento para un mes y partió con los bolsillos llenos de dinero.
Anda y anda y anda hasta que llegó a un río. A la orilla había una mujer lavando, que parecía una pordiosera y cerca de ella, un chiquito, flaquito como un pijije y que lloraba que daba conpasión oirlo. La mujer dijo al principe: --Señor, por amor de Dios deme algo de lo que lleva en sus alforjas; mi hijo está llorando de necesidad.
--¡Que coma rayos, que coma centellas ese lloretas! Todo lo que va en las alforjas es para mí--. Y continuó su camino. Pero nadie le dió razón de la Flor del Olivar. Se devolvió y en una villa que había antes de llegar a la ciudad de su padre, se metió a una casa de juego y allí jugó hasta los calzones.
Al ver que pasaban los días y no regresaba el príncipe, partió el segundo hijo, bien provisto de todo. Le ocurrió lo que al hermano: vió la mujer lavando, con un niño esmorecido a su lado; le pidió de comer, y éste que era tan mal corazón como el otro, le respondió:--¡Que coma rayos, que coma centellas! Yo no ando alimentando hambrientos --. Tuvo que devolverse porque en ninguna parte le daban noticias de la Flor del Olivar. Se encontró con su hermano que lo entotorotó a que se quedara jugando su dinero.
Por fin, el último hijo del rey, que era casi un niño, salió a buscar la Flor del Olivar.
Tomó el mismo camino que sus hermanos y al llegar al río encontró a la mujer que lavaba y al niño que lloraba.
Preguntó por qué lloraba el muchachito y la mujer le contestó que de hambre. Entonces el principe bajo de su caballo y busco de lo mejor que había en sus alforjas y se lo dió a la pordiosera. En su tacita de plata vació la leche que traía en una botella, con sus propias manos demigó uno de los panes que su madre la reina había amasado, puso al niño en su regazo y le dió con mucho cariño las sopas preparadas; luego lo durmió, lo envolvió en su capa y lo acosto bajo un árbol.
La mujer, que no era otra que la Virgen, le preguntó en que andanes andaba, y él le contó el motivo de su viaje.
-- Si no es más que eso, no tiene Ud. Que dar otro paso --le dijo la Virgen--. Levante esa piedra que está al lado de mi hijito, y ahí hallará la Flor del Olivar.
Así lo hizo el principe y en una cuevita que había bajo la piedra, estaba la Flor, que parecía una estrella. La cortó, beso al niño, se despidió de la mujer, montó a caballo y partió.
Al pasar por donde estaban sus hermanos, les enseño la Flor. Ellos le llamaron y le recibieron con mucha labia. Lo convidaron a comer y mientras fue a desensillar su caballo, ellos se aconsejaron. En la comida le hicieron beber tanto vino que se embriagó.
Cuando estubo dormido, se lo llevaron al campo, lo mataron, le quitaron la Flor y lo enterraron. Sin querer le dejaron los deditos de la mano derecha fuera de la tierra.
Los principes volvieron donde su padre con la Flor, que fue puesta en agua en la que se lavo el rey sus ojos, que al punto vieron. Entonces dijo sus hijos que al mor
LA MICA


abía una vez un rey que tenía tres hijos. Y el rey estaba desconsolado con sus hijos, porque los encontraba algo mamitas y él deseaba que fueran atrevidos y valientes. Se puso a idear cómo haría para sacarlos de entre las enaguas de la reina, quien los tenía consentidos como a criaturas recién nacidas y no deseaba ni que les diera el viento.Un día los llamó y les dijo -Muchachos, ¿por qué no se van a rodar tierras? Le ofrezco el trono a aquel que venga casado con la princesa más hábil y bonita. Y lo mejor será que no digan nada a su mama, porque ¿quién la quiere ver, si ustedes chistan algo de lo que les he propuesto?
Y dicho y hecho: a escondidas de la reina los príncipes alistaron su viaje. Para no dar malicia, no salieron todos el mismo día: primero salió el mayor, un lunes; después el de en medio, el miércoles; y el menor, el sábado.
El mayor cogió la carretera y anda y anda, llegó al anochecer a pedir posada a una casita aislada entre un potrero. Cuando se acercó, oyó unos gritos dolorosos, se asomó por una hendija y vió a una vieja que estaba dando de latigazos a una pobre miquita que lloraba y se quejaba como un cristiano, encaramada en un palo suspendido por mecates de la solera. El príncipe llamó: ¡Upe! ña María...
La vieja se asomó alumbrando con la candela.
Era una vieja más fea que un susto en ayunas: tuerta, con un solo diente abajo, que se le movía al hablar, hecha la cara un arruguero y con un lunar de pelos en la barba.
El joven pidió posada y la vieja le contestó de mal modo que su casa no era hotel, que si quería se quedara en el corredor y se acostara en la banca.
El príncipe aceptó, porque estaba muy rendido. Desensilló la bestia, la amarró de un horcón y él se echó en la banca y se privó.
Allá muy a deshoras de la noche, se levantó asustado porque alguien le tiraba de una manga. Sobre él, colgando del rabo, estaba la mica, que se había salido quién sabe por dónde.
Iba a gritar el príncipe, pero ella le puso su manecita peluda en la boca y le dijo: No grités, porque entonces va y me pillan aquí y me dan otra cuereada. Mirá, vengo a proponerte matrimonio y me sacás de esta casa.
Al muchacho le cogieron grandes ganas de reir, y no fue cuento, sino que reventó en una carcajada.
--Vos sos tonta-- le contestó--. ¿Cómo me voy yo a casar con una mica? Si querés te llevo conmigo, pero para divertirme.
La pobre animalita se echó a llorar. --Así no, entonces no; yo sólo casada puedo salir de aquí. Y se puso a contar los malos tratos que le daba la vieja y a querer que le tocara su cuerpo y viera como lo tenía de llagado de los golpes. Pero el príncipe no la veía, porque se había vuelto a dejar caer y estaba dormido. Otro día muy de mañana se levantó y oyó otra vez a la vieja dando de escobazoz a la mica. No tuvo lástima y siguió su camino.
Eso mismo le pasó al hijo segundo, quien siguió por la misma carretera. Este tampoco quiso cargar con la mica.
El tercero tomó también la carretera y al anochecer llegó a la casita del potrero. Y la misma cosa: la vieja dando de palos a la mica. Pero éste tenía el corazón derretido y no podía con la crueldad. Abrío la puerta, le quitó el palo a la vieja y la amenazó con darle con él si no dejaba a aquel pobre animal.
La vieja se puso como un toro guaco de brava y no quería dar posada al príncipe, pero él dijo que se quedaría en la banca del corredor y que allí pasaría la noche, aunque se enojara el Padre Eterno.
Y de veras, allí pasó la noche.
Allá en la madrugada lo despertaron unos jalonazos que le daban. Despertó azorado, restregándose los ojos. Una manita peluda le tapó la boca. Como ya comenzaban las claras del día, distinguió a la mica que se mecía sobre él, agarrada del techo por el rabo. Y la miquita se puso a llorar y a contarle su martirio. Luego le propuso matrimonio. Al principio el joven le llevó el corriente y quiso tomarlo a broma: le ofreció llevarla consigo y tratarla con mucho cariño, pero la mica comenzó a sollozar con una gran tristeza y por su carita peluda corrían las lágrimas.
--Así no-- contestó-- es imposible. Esta mujer es bruja y sólo si hallo quien se case conmigo, podré salir de entre sus manos.
Este príncipe, que siempre había sido de ímpetus, se decidió de repente a casarse con la mica. Donde dijo que sí, retumbó la casa y entre un humarasco apareció la bruja que gritaba: --¡Y ahora cargá con tu mica para toda tu vida!
El sintió de veras como si una cadena atara a su vida la de aquel animal. El príncipe montó a caballo y se puso la mica en el hombro. Conforme caminaban reflexionaba en su acción, y comprendía que había hecho una gran tontería.
A cada rato inclinaba más su cabeza. ¿Qué iba a decir su padre cuando le fuera a salir con que se había casado con una mona? ¡Y su madre, que no encontraba buena para sus hijos ni a la Virgen María! ¡Cómo se iban a burlar sus hermanos y toda la gente! La mica, que parecía que le iba leyendo el pensamiento, le dijo: --Mire, esposo mío. No vayamos a ninguna ciudad... metámonos entre esa montaña que se ve a su derecha y en ella encontraremos una casita que será nuestra vivienda.
El otro obedeció y a poco de internarse, dieron con una casa de madera que no tenía más que sala y cocina, con muebles pobres, pero todo que daba gusto de limpio. Al frente estaba una huerta y atrás un maizal y un frijolar, chayotera y matas de ayote que ya no tenían por donde echar ayotes.
La mica pidió al príncipe que fuera a buscar leña; ella cogió la tinaja y salió a juntar agua a un ojo de agua que asomaba allí no más. Un rato después, por el techo salía una columnita de humo y por la puerta, el olor de la comida que preparaba la mica y que abría el apetito.
Y así fue pasando el tiempo.
Los tres prícipes habían quedado en encontrarse al cabo de un año en cierto lugar.
El marido de la mica siempre estaba muy triste y pensaba no acudir a la cita. Pero ella, cuando se iba acercando el día señalado, le dijo: --Esposo mío, mañana váyase para que el sábado esté en el lugar en que encontrará sus hermanos.
El le preguntó: --¿Cómo sabés vos?
Pero ella guardó silencio.
De veras, otro día partió. La mica tenía los ojos llenos de agua al decirle adiós y a él le dió mucha lástima.
Cuando llegó al lugar, ya estaban allí sus hermanos, muy alegres. Le contaron que se habían casado con unas princesas lindísimas, que tenían unas manos que sabían hacer milagros.
El pobre no masticaba palabra y al oirlos, sentía ganas de que se lo tragara la tierra.
--Y vos, hombre, contanos cómo es tu mujer-- le preguntaron.
No se atrevió a confesar la verdad y les metió una mentira: --Es una niña tan bella que se para el sol a verla, y sabe convertir los copos de algodón en oro que hila en un hilo más fino que el de una telaraña.
Y sus hermanos al escucharlo, sintieron envidia. Cuando llegaron donde sus padres, fueron recibidos con gran alegría. Cada uno se puso a poner a su esposa por las nubes.
--Bueno-- les dijo el rey-- quiero antes que nada ver los prodigios que saben hacer. Cada una va a hilar y a tejer una camisa para mí y otra para la reina, tan finamente, que un muchachito de pocos meses las pueda guardar en su mano. A ver cuál queda mejor. Les doy un mes de plazo.
Volvieron los príncipes donde sus mujeres y les explicaron el deseo del rey.
Inmediatamente las princesas encargaron seda finísima y se pusieron a hilar. La mica no hizo nada, ni volvió a mentar la camisa. El marido la llamaba al orden, pero se hacía como si no fuera con ella y el príncipe se ponía cada vez más triste. El día de ir al palacio, lo despertó la mica muy de mañana; ya le tenía el caballo ensillado.
--¿Para qué me has ensillado mi bestia? No pienso ir adonde mis padres, porque no puedo llevarles lo que me pidieron.
Entonces ella le entregó dos semillas de tacaco.
--Aquí están las camisas-- le dijo.
El muchacho no quería creer, pro la mica le dijo que si al abrirlas ante su padre no tenía lo que deseaba, él quedaría libre de ella.
Partió el príncipe y en el camino encontró a sus hermanos, que en cajas de oro, llevaban las camisas de un tejido de seda muy fino. Las costuras apenas si se veían y los botones eran de oro. Cuando el menor enseño sus semillas de tacaco, los mayores le hicieron burla. Al llegar ante el rey, se regocijó éste del trabajo de las dos nueras y se puso furioso cuando el otro le dió las semillas de tacaco. Como las cogió con cólera, las destripó y entonces de cada una salió una camisa de tela tan fina que una hoja de rosa se veía ordinaria a la par, y de una blancura tal, que parecía tejida con hebras hiladas del copo de la luna. Los botones eran piedras preciosas y las costuras no se podían ver ni buscándolas con lente. El rey y la reina casi se van de bruces y los hermanos salieron avergonzados y envidiosos.
Bueno--dijo el rey--. Estoy muy satisfecho del trabajo de vuestras esposas. Ahora que cada una me envíae un plato. Quiero ver cuál cocina mejor. Les doy una quincena de plazo.
El menor volvió muy contento donde su mica y le contó el nuevo capricho de su padre. La mica no volvió a mencionar el asunto, pero el príncipe esta vez esparó pacientemente. Eso sí, se sintió algo intranquilo cuando llegado el día, la vió coger para el cerco y volver con un gran ayote que echó a cocinar en la olla.
--Me le va a llevar esto a su tata-- le dijo sacándolo y echándolo en un canasto.
El no hallaba como ir llegando con aquello. Pero los ojillos de la mica estaban nadando en malicia. Entonces se decidió, cogió su canasta y echó a andar. En el camino encontró a sus hermanos que venían seguidos de criados cargados de bandejas de oro y plata, con manjares exquisitos preparados por sus esposas.
Cuando lo vieron a él con su ayote entre un canasto, se burlaron y le hicieron chacota.
Se sentaron a la mesa y comenzaron a servir los platos y el rey y la reina hasta que se chupaban los dedos. Pero cuando fueron entrando con el ayote entre el canasto, el rey se enfureció como un patán y lo cogió y lo reventó contra una pared. Y al reventarse, salió volando de él una bandada de palomitas blancas, unas con canastillas de oro en el pico, llenas de manjares tan deliciosos como los que se deben de comer en el cielo en la mesa de Nuestro Señor; otras con flores que dejaban caer sobre todos los presentes. ¡Ave María! ¡Aquello si que fue algazara y media!
El rey les dijo: --Bueno, ahora quiero que me traigan una vaquita que ojalá se pueda ordeñar en la mesa, a la hora de las comidas. Les dió ocho días de plazo.
Los príncipes se fueron renegando de su padre tan antojado. Llegaron de chicha a contar cada uno a su esposa el antojo del rey. Sólo el menor no dijo nada, porque la cosa le parecía imposible.
A los ocho días fue entrando la mica con un cañuto de caña de bambú y lo entregó a su esposo: --Tome, hijo, y vaya al palacio. Tenga confianza y verá que le va bien. No lo abra hasta que llegue.
El muchacho cogió el cañuto y partió. En el patio encontró a sus hermanos con una vaquitas enanas del tamaño de un ternero recién nacido y llenas de cintas. Al verlo entrar sin nada, se pusieron a codearse y a reír.
A la hora del almuerzo fueron entrando con sus vacas y se empeñaron en que se subieran a la mesa, pero allí los animales dejaron una quebrazón de loza y una hasta una gracia hizo en el mantel. El rey y la reina se enojaron mucho y se levantaron de la mesa sin atravesar bocado.
A la comida, el rey preguntó a su hijo menor por su vaquita. El sacó el cañuto de caña de bambú, lo abrió y va saliendo una vaquita alazana con una campanita de plata en el pescuezo y los cachitos y los casquitos de oro. Las teticas parecían botoncitos de rosa miniatura. Se fue a colocar muy mancita frente al rey sobre su taza, como para que la ordeñara. El rey lo hizo y llenó la taza de una leche amarillita y espesa. Después se colocó ante la reina e hizo lo mismo, y así fue haciendo en cada uno de los que estaban sentados. Todos tenían un bigote de espuma sobre la boca.
Por supuesto que ustedes imaginarán cómo estaban los reyes con su hijo menor. ¡Ni para qué decir nada de esto!
Los otros, que se veían perdidos, salieron con el rabo entre las piernas.
--Ahora-- dijo el rey-- quiero que me traigan a sus esposas el domingo entrante.
--¡Aquí sí que me llevó la trampa! --pensó el hijo menor. Por un si acaso, se fue a las tiendas y compró un corte de seda, un sombrero, guantes, zapatillas, ropa interior, polvos, perfume y qué sé yo.
Y llegó con sus regalos adonde su esposa y le contó lo que deseaba su padre. La mica se hizo la sorda y en toda la semana trabajó nada más que en sus labores de costumbre: barrer, limpiar, hacer la comida y lavar.
Cada rato el marido le decía: --Hija, ¿por qué no saca el corte que le traje y hace un vestido?
Pero ella lo que hacía era encaramarse en su trapecio que estaba suspendido de la solera y hacer maroma colgada del rabo.
Cuando la veía en estas piruetas al príncipe se le fruncía la boca del estómago de la verguenza... ¡Si su esposa no era sino una pobre mica!
El sábado pidió a su marido que fuera a conseguir una carreta y que la pidiera con manteado para ir así a conocer a sus suegros. El quiso persuadirla de que era muy feo ir en carreta, menos adonde el rey; que se iban a reir de ellos; que la gente de la ciudad era rematada y que por aquí y por allá. Pero la mica metió cabeza y dijo que si no iba en carreta, no iría.
El príncipe pensaba que eso sería lo mejor, y a ratos intentó no volver a poner los pies en el palacio, pero el caso es que fue a buscar y contratar la carreta.
El domingo quiso que su esposa se arreglara y adornara, que se envolviera siquiera en la seda que él había traído, porque deseaba que no le vieran el rabo. La mica, que era cabezona como ella sola, no quiso hacer caso y le contestó:
--Mire, hijo, para el santo que es con un repique basta--. Y se pasó la lenguilla rosada por el pelo.
Lo mandó que se fuera adelante y ella se metió entre la carreta.
El príncipe encontró de camino a sus hermanos que iban en sendas carrozas de cuatro caballos, cada uno con su esposa llena de encajes y plumas que pegan al techo del coche. Eran hermosotas, no se podía negar, y el joven volvió la cabeza y pegó un gran suspiro cuando allá vió venir la carreta pesada y despaciosa.
--¿Y tu mujer? --preguntaron los hermanos.
-- Allá viene en aquella carreta.
Las señoras se asomaron y se taparon la boca con el pañuelo para que su cuñado no las viera reir. Los príncipes se pusieron como chiles, al pensar lo que podrían imaginar sus mujeres al ver que su cuñada venía entre una carreta cubierta con un manteado como una campiruza cualquiera.
Llegaron a la puerta del palacio. El rey y la reina salieron a recibir a sus hijos. Las dos nueras al inclinarse les metieron los plumajes por la nariz. En esto la carreta quiso entrar en el patio, pero los guardias lo impidieron.
--¿Y tu esposa? --preguntó el rey al menor de sus hijos, que andaba para adentro y para afuera haciendo pinino.
--Allí viene entre esta carreta-- contestó chillado.
--¡Entre esa carreta! Pero hijo, vos estás loco!
Y el gentío que estaba a la entrada del palacio se puso a silbar y a burlarse, al ver la carreta con su manteado detrás de aquellas carrozas que brillaban como espejos.
El rey gritó que dejaran pasar la carreta.
Y la carreta fue entrando, cararán cararán... Se detuvo frente a la puerta...
¡Al príncipe un sudor se le iba y otro se le venía! Deseaba que la tierra se lo tragara.
Tuvo que sentarse en una grada, porque no se podía sostener. ¡Ya le parecía oir los chiflidos de la gente donde vieran salir de la carreta una mica!
¡Pero fue saliendo una princesa tan bella que se paraba el sol a verla, vestida de oro y brillantes, con una estrella en la frente, riendo y enseñando unos dientes, que parecían pedacitos de cuajada!
Lo primero que hizo fue buscar al menor de los príncipes. Le cogió una mano con mucha gracia y le dijo: --Esposo mío, presénteme a sus padres--. Cuando se los hubo presentado, los reyes se sintieron encantados porque hacía una reverencias y decía unas cosas con tal gracia, como jamás se había visto.
El rey en persona la llevó de bracete al comedor y la sentó a su derecha. Durante la comida, sus concuñas, que no le perdían ojo, vieron que la princesa se echaba entre el seno, con mucho disimulo, cucharadas de arroz, picadillo, pedacitos de pescado y empanadas. Por imitar hicieron lo mismo. Después hubo un gran baile. Cuando empezaron a bailar, la princesa se sacudió el vestido y salieron rodando perlas, rubíes y flores de oro. Las otras creyeron que a ellas les iba a pasar lo mismo y sacudieron sus vestidos, pero lo que salió fueron granos de arroz, el picadillo, los pedazos de carne y las empanadas. Los reyes y sus maridos sintieron que se les asaba la cara de verguenza.
Luego el rey cogió a su hijo menor y a su esposa de la mano y los llevó al trono. --Ustedes serán nuestros sucesores-- les dijo. Pero ella con mucha gracia le contestó: Le damos gracias, pero yo soy la única hija del rey de Francia, que está muy viejito y quiere que mi esposo se haga cargo de la corona.
Al oir que era la hija del rey de Francia, el rey casi se va para atrás, porque el rey de Francia era el más rico de todos los reyes, el rey de los reyes, como quien dice. La princesa habló algunas palabras al oído de su marido, quien dijo a su padre:
--Padre mío, ¿por qué no reparte su reino entre mis dos hermanos? Así estará mejor atendido.
Al rey le pareció muy bien y allí mismo hizo la repartición. Los hermanos quedaron muy agradecidos. Luego se despidieron y se fueron para Francia en una carroza de oro con ocho caballos blancos que tenían la cola y las crines como cataratas espumosas. Esta carroza llegó cuando la carreta que trajo a la princesa iba saliendo del patio del palacio, y cuando estuvieron solos, la niña le contó que una bruja enemiga de su padre, porque éste no había querido casarse con ella, se vengó convirtiéndole a su hija en una mica la que volvería a ser como los cristianos cuando un príncipe quisiera casarse con esa mica.
Y después vivieron muy felices.
Y yo fui
Y todo lo ví
Y todo lo curiosee
Y nada saqué.
EL COTONUDO
ues señor, había una vez una viejita que tenía un hijo galanote e inteligente y además bueno y sumiso con ella, que parecía una hija mujer. La viejita era muy pobre y siempre tenía que andar corre que te alcanzo con el real; lo único que tenía era una casita en las afueras de la ciudad y sus fuerzas, con las que lavaba y aplanchaba, para ayudar a su hijo a quien se le había metido entre ceja y ceja estudiar para médico. Eso sí, que el pobre tenía que pesentarse en la escuela sabe Dios cómo: el vestido hecho un puro remiendo, nada de cuello ni corbata y con la patica en el suelo.Para ir a la escuela el joven pasaba todos los días frente al palacio del rey, y dió la casualidad que a esa hora se asomaba la hija del rey al balcón. A la princesa le llamó la atención aquel joven tan galán vestido pobremente, pero tan limpio que parecía un ajito, con los pies descalzos tan lavados y blancos, que daba lástima mirarlos caminar entre los barriales. ¿Adónde iría con sus alforjitas al hombro y sus libros bajo el brazo?
Por fin un día no se aguantó y mandó a una de sus criadas a que lo llamara, y cuando lo oyó hablar con tanta sencillez y facilidad, se enamoró perdidamente del joven. Y desde entonces lo esperaba en el jardín para conversar con él.
El joven también se había enamorado de la princesa quien era un primor de bonita: con una cabeza que era como ver el sol de rubia y en la que cada hebra era crespa como un quelite de chayote. Además era buena y noble, que no tenía compañera, y ella tan lo mismo trataba al pobre que al rico. Pero el joven se había guardado con candado su enamoramiento, porque ¿en qué cabeza podría caber que una princesa se casara con un chonete como él, que no se calzaba porque no tenía con qué comprar zapatos?
Pero así es el mundo, y la princesa al ver que el muchacho no tenía trazas de decirle: "Tenés los ojos así y la boca asá", dejó a un lado la pena y un día, sin más ni más, le declaró que estaba enamorada de él. Al principio el joven creyó que era por burlarse, pero al fin acabó por convencerse de que le estaba hablando de deveras.
Entonces le dijo: --Mire, es mejor que no pensemos en esto. Yo soy lo que se llama un arrancado. Es de las cosas que no hay que pensar dos veces, y lo mejor que yo puedo hacer es decirle adiós y no volver ni a pasar por esta calle.
Pero la princesa, que también era muy cabezona, se le prendió como una garrapata y acabó por hacerlo aceptar una bolsa llena de oro para que se fuera a tantear fortuna. Ella le juraba esperarlo. El partió a rodar tierras. Un día se embarcó, naufragó el buque en que iba, y por un milagro de Dios quedó vivo para contar el cuento.
Hecho un ¡ay! de mí, regresó a su país. Su madre lo recibió con gran alegría.
Allá, entre oscuro y claro, se envolvió en un cotón, se puso un gran sombrero, las dos únicas cosas que trajo de su viaje, y fue a pasearse frente al balcón de la princesa, para ver si podía entregarle una carta en la que le contaba sus desgracias y la conveniencia de que no lo esperara y se casara con un príncipe. Los que lo encontraban se decían: --¿Quién será ese cotonudo?-- Consiguió lo que deseaba, pero la niña mandó a buscarlo y lo convenció de que debía recibir otra bolsa de dinero, pero en esta ocasión unos ladrones lo dejaron a buenas noches con cuanto llevaba.
Volvió a su país y otra vez a ponerse el cotón y el gran sombrero y otra vez a buscar a la princesa. Los que lo veían se preguntaban: --¿Quién será este cotonudo?-- Y la criada de la princesa corrió a avisar a su ama que allí estaba "su cotonudo", y la princesa comprendió.
En esta ocasión fue más difícil el convencerlo de que debía recibir otra bolsa de oro, y la pobre niña tuvo que arrodillarse y llorar para que él la recibiera.
Se fue, se embarcó y por lo que se ve era más torcido que un cacho de venado, porque en una tempestad, el mar se tragó el barco en que iba, y a él lo arrojaron las olas a una isla desierta, sin más vestido que aquel con que Nuestro Señor lo echó a este mundo. Cuando volvió en sí, estaba tan desesperado que pensó que lo mejor que podía hacer era ahorcarse, y se puso a buscar unos bejucos resistentes y un palo en donde hacerlo. Halló las dos cosas. El árbol estaba a orillas de un río y antes de subir le dieron ganas de beber agua. Al acercarse vió en el centro de la corriente un joven muy galán sentado en una piedra. Le preguntó qué hacía allí, y el otro le contestó que era un príncipe a quien hacía muchos años tenían encantado. El recién llegado quiso saber si no habría medio de desencantarlo y el otro le dijo que sí, pero que era muy difícil hallar quien se comprometiera a ello, porque se necesitaba una persona muy valiente que fuera a sentarse en la piedra que él ocupaba, dispuesta a hacerle frente sin temblar a cuanto viniera.
Entonces el cotonudo reflexionó que era mejor morir tratando de sacar de apuros a un prójimo, que ahorcado, y le dijo que él estaba dispuesto a probar si era posible librarlo de semejante situación. Y diciendo y haciendo, se metió en la corriente y obligó al príncipe a dejerle el lugar.
Este se sentó en la orilla a aguardar su destino. De pronto se vió venir una creciente que arrastraba piedras enormes y troncos inmensos.
El cotonudo pensó que hasta allí se la había prestado Dios, se santiguó y esperó tranquilamente que la corriente lo arrastrara. Pero con gran asombro suyo, el agua se apaciguó y vino muy sumisa, como un perro, a lamerle los pies e inmediatamente el río se secó. Luego vió venir hacia él, un tigre muy grande que echaba fuego por los ojos y le enseñaba los dientes. --Ahora sí que no me escapo-- se dijo. Volvió a santiguarse y con toda tranquilidad encomendó su alma a Dios.
Pero el tigre se acercó, le lamió los pies como el agua y desapareció entre la montaña. Después fue un toro de aspecto temible, que hubiera hecho temblar al mismo San Miguel Arcángel, quien no le tuvo miedo ni al Diablo. Pero el muchacho pensó que seguramente pasaría como con la creciente y el tigre, y más bien se rió de los aspavientos del toro, que pasó a su lado cual un huracán, sin causarle el menor daño.
Al punto se oyó un gran estruendo, la piedra en que estaba sentado dió una vuelta y se vió la entrada de una cueva. El príncipe se acercó, abrazó a su salvador y se arrodilló ante él llorando y le besó las manos. Luego lo llevó a la cueva que estaba llena de talegos de oro, de cajas llenas de brillantes, rubíes y toda clase de piedras preciosas, de conchas que encerraban perlas que parecían botoncitos de rosa.
--Todo esto es nuestro-- dijo el príncipe. Un enano venía cada semana a darme de latigazos y a mortificarme, y me enseño una vez estos tesoros y burlándose, dijo que serían míos el día que hubiera quien me desencantara. Yo le pregunté por llevarle el corriente, que cómo haría en tal caso para sacarlos, y él me contestó que inmediantamente habría un barco en el puerto, del que yo podría hacer y deshacer.
Se subieron a una altura y desde allí divisaron, efectivamente, un gran barco en el puerto.
Comenzaron a transportar las riquezas y cuando terminaron, se hicieron a la vela. Manos invisibles ejecutaban todos los trabajos que se necesitan en un buque. Así llegaron hasta un puerto del reino del príncipe. Los reyes, sus padres, aún vivían, muy viejitos y siempre pensando en su hijo desaparecido hacía tantos años. El príncipe envió a su amigo a prepararlos... ¿Para qué hablar de la felicidad de los reyes? Lo cierto es que no se quedó campana que no repicó, ni grano de pólvora que no reventó, en señal de alegría por el regreso del príncipe a quien todos creían muerto. Los reyes dieron al pueblo todos sus toros y vacas para que los mataran y los asaran en las plazas públicas y sacaron de sus bodegas todo el vino para que el pueblo comiera y bebiera hasta caer sentado. Tres días duró la parranda.
Al cotonudo lo querían casar con una de las hijas del rey, pero él les contó su compromiso y se despidió. El príncipe le dió un gran barco cargado con las dos terceras partes del tesoro sacado de la isla, y el rey y la reina una caja de oro que debía abrir el día de sus bodas.
Por fin partió con las bendiciones de toda aquella gente y al cabo de unos cuantos días de navegar llegó a su país. Salió del buque de noche para que no lo conocieran. Halló a su madre en la misma casa y hecha en tacaquito la vieja. La pobre ya casi no veía, de tanto llorar por su hijo.
¡Oh felicidad cuando reconoció a su muchacho!
Otro día, entre oscuro y claro, se metió en su cotón, y se puso el gran sombrero (ambas cosas las había dejado guardadas en su casa) y se fue a rondar el palacio. Observó que en las calles había mucho movimiento, que el palacio estaba iluminado como para una fiesta, que a cada instante llegaban coches de los que bajaban señoras y caballeros con vestidos resplandecientes.
Preguntó la causa de todo aquello y le contestaron que esa noche se casaba la hija del rey. Llamó a un criado y le dió cien pesos para que le llamara la viejita que había chineado a la princesa, quien lo quería mucho, y por supuesto el criado nos se hizo mucho de rogar. Vino la sirvienta y al ver al cotonudo se puso en un temblor. Lo llevó a un rincón y le contó que la princesa lo creía muerto, porque habían pasado varios años sin tener noticias suyas y que ahora el rey la obligaba a casarse con un príncipe muy viejo y más feo que un golpe en la espinilla. Le rogó que esperara allí un momento y corrió a avisar a su ama. A pesar de la emoción que le causó esta noticia, la princesa no se atarantó y dijo a su criada que por un pasadizo que sólo ellas conocían, lo llevara a la capilla y lo escondiera detrás de unas cortinas que estaban cerca del altar.
Por fin entraron los novios y los convidados a la capilla. El cotonudo, que no tembló ante la creciente, ni ante el tigre, ni el toro, no se podía sostener al ver a su princesa tan linda, que parecía una luna nueva con su vestido de novia. ¡Y qué feo y qué viejo era el hombre que se la quería quitar!
El señor obispo se acercó a los que se iban a desposar. Cuando preguntó a la niña: ¿Recibe por esposo y marido al príncipe don Fulano de Tal?, ella dió media vuelta, apartó la cortina, sacó a su cotonudo, y con voz muy clara dijo: --No, señor, al que recibo es a éste--. Y el señor obispo se vió obligado a echarles la bendición. Por supuesto, que aquello fue levantar un polvorín: la reina cayó con un ataque y el rey se puso como agua para chocolate, mandó que la cocinera trajera su vestido más tiznado y ordenó a su hija que se lo pusiera. Luego los echó puerta afuera. En ese momento pasaba un carbonero con su borriquito cargado de carbón que iba a vender a la próxima ciudad, porque otro día era el día de mercado. El rey hizo que quitaran al pobre hombre su borrico y sobre los sacos obligó a la princesa que se montara. Hecho esto, se metió en su palacio y les tiró la puerta encima.
El cotonudo, con mucha cachaza, se aguantó todo aquello. Comenzó a arriar la bestia que llevaba a su mujer encima y a abrirse paso como podía entre la gente que los seguía burlándose y poniéndolos como un chuica.
Tomaron el camino del puerto con aquel molote de gente que no los desamparaba y que no se cansaba de gritar: --¡La princesa, se ha vuelto loca! ¡Achará la princesa que se fue a casar con ese cotonudo! ¡Siempre el peor chancho se lleva la mejor mazorca!
El cotonudo se hacía el tonto y como si no fuera con él, trun, trun, arriando el borrico.
Pero, cuál fue la admiración de todos al verlo entrar en el muelle, detenerse frente a aquel hermoso barco, el más grande y hermoso que hasta entonces no llegara a este país y tocar en un pito a cuyo sonido salió toda la tripulación apresuradamente. Bajó el capitán con el sombrero en la mano y saludó al cotonudo de un modo que casi se le quebraba el espinazo. El cotonudo le dijo unas palabras al oído, subió el otro de estampía al barco y formó la tripulación en dos filas; todos los cañones comenzaron a disparar y la banda del barco a tocar la pieza más alegre que sabía. Entonces el cotonudo bajó del burro a su esposa, y sacó de entre su cotón un gran bolsillo lleno de monedas de oro y lo entregó al pobre carbonero que lo había seguido pie a pie, con la cara más triste que un viernes santo. Luego le dió unas palmaditas al burro y lo devolvió a su dueño.
Entretanto, la gente estaba como en misa y todos no hacían más que abrir los ojos lo más que podían.
La princesa estaba también sin saber qué pensar. Su marido la cogió de una mano y subió al barco entre las dos filas de marineros, que tenían la cabeza inclinada como si fuera pasando Nuestro Amo. Cuando estuvieron arriba, todos tiraron sus gorras por los aires y gritaron: --¡Que vivan el Cotonudo y su esposa!
El cotonudo llevó a su mujer a un salón tan lujoso, que la princesa, con ser princesa, nunca ni se lo había imaginado. Allí estaba la caja de oro que los reyes, padres de su amigo, le habían dado para que la abriera el día de sus bodas. La abrieron y dentro de ella había dos vestidos como para un rey y una reina, pero tan maravillosos, que la princesa abrió su boquita de par en par y no dijo ni tus ni mus.
Así que se vestieron, salieron para montar en una carroza de oro y plata que habían sacado del barco, tirada por ocho caballos a cual más copetón.
Las gentes, al verlos, gritaban: ¡Son el sol y la luna! La princesa se ha casado con el rey más hermoso de la tierra! ¡Hizo bien la princesa en no casarse con aquel viejo que no es más que el cascarón! ¡Este sí que es ñeque!
Montaron en la carroza y fueron por la viejicita madre del cotonudo, que estaba en la vela esperando a su hijo. Cuando vió todo aquello, creyó que se había quedado dormida en la silla y que soñaba. ¿Cómo iba a ser que este hermoso señor vestido de oro, y casado con la hija del rey, fuera su hijo, quien salió temprano de la noche, envuelto en su cotón?
--¡Las cosas que sueña uno!, se decía. Y se metía pellizquitos ella misma y se preguntaba:
--¿A qué hora voy a despertar?
Volvieron al barco y a poco llegaron unos amigos del rey que ya había tenido noticias de las maravillas que estaban ocurriendo. El cotonudo envió a sus suegros un cofrecillo lleno de joyas tan bellas y ricas, que el rey también tuvo que abrir la boca y volver de su ataque, y sin esperar razones, se fueron para el barco, y así que hubieron visto y metido las manos entre todos los tesoros que contenía, agarraron a su yerno a abrazos y besos y desde ese día andaban con él santo, ¿dónde te pondré?
Entre tanto la princesa no hacía más que consentir a la viejecita su suegra, la que se imaginaba que mientras dormía había muerto, que hora estaba en el cielo y que un ángel la ciudaba.
Después los recién casados, mientras les construían un palacio, fueron en su barco a visitar a los reyes amigos.
Y fueron muy felices y tuvieron muchos hijos y yo fuí y vine y no me dieron nada.
LA CUCARACHITA MANDINGA


abía una vez una Cucarachita Mandinga que estaba barriendo las gradas de la puerta de su casita, y se encontró un cinco.Se puso a pensar en qué emplearía el cinco.
--¿Si compro un cinco de colorete? --No, porque no me luche.(luce)
¿Si compro un sombrero? --No, porque no me luche. ¿Si compro unos aretes? --No, porque no me luche. ¿Si compro un cinco de cintas? --Sí, porque sí me luchen.
Y se fue para las tiendas y compró un cinco de cintas; vino y se bañó, se empolvó, se peinó de pelo suelto, se puso un lazo en la cabeza y se fue a pasear a la Calle de la Estación. Allí buscó asiento.
Pasó un toro y viéndola tan compuesta, le dijo: --Cucarachita Mandinga, ¿te querés casar conmigo?
La Cucarachita le contestó: -- ¿Y cómo hacés de noche?
--¡Mu....mu........!
La Cucarachita se tapó los oídos:
--No, porque me chutás.(asustás)
Pasó un perro e hizo la misma proposición.
--Y cómo hacés de noche? --le preguntó la Cucarachita.
--¡Guau....guau....!
--No, porque me chutás.
Pasó un gallo: --Cucarachita Mandinga, ¿te querés casar conmigo?
--¿Y cómo hacés de noche?
--¡Qui qui ri quí!....
--No, porque me chutás.
Por fin pasó el Ratón Pérez.
A la Cucarachita se le fueron los ojos al verlo:
Parecía un figurín, porque andaba de leva, tirolé y bastón.
Se acercó a la Cucarachita y le dijo con mil monadas:
--Cucarachita Mandinga, ¿te querés casar conmigo?
--¿Y cómo hacés de noche?
--¡I, i, iii...!
A la Cucarachita le agradó aquel ruidito, se levantó de su asiento y se fueron de bracete.
Se casaron y hubo una gran parranda.
Al día siguiente la Cucarachita, que era muy mujer de su casa, estaba arriba desde que comenzaron las claras del día poniéndolo todo en su lugar.
Después de almuerzo puso al fuego una gran olla de arroz con leche, cogió dos tinajas que colocó una sobre la cabeza y otra en el cuadril, y se fue por agua.
Antes de salir dijo a su marido: --Véame el fuego y cuidadito con golosear en esa olla de arroz con leche.
Pero apenas hubo salido su esposa, el Ratón Pérez le pasó el picaporte a la puerta y se fue a curiosear en la olla. Metió una manita y le sacó al punto: --¡Carachas! ¡Que me quemo!
--Metió la otra: ¡Carachas! ¡Que me quemo! --Metió una pata: --¡Carachas! ¡Que me quemo! --Metió la otra pata y salió bailando de dolor: --¡Demontres de arroz con leche, para estar pelando! --Pero como eran muchas las ganas de golosear, acercó un banco al fuego y se subió a él para mirar dentro de la olla...!
El arroz estaba hierve que hierve, y como la Cucarachita le había puesto queso en polvo y unas astillitas de canela, salía un olor que convidaba.
Ratón pérez no pudo resistir y se inclinó para meter las narices entre aquel vaho que olía a gloria. Pero el pobre se resbaló.... y cayó dentro de la olla.
Volvió la Cucarachita y se encontró con la puerta atrancada. Tuvo que ir a hablarle a un carpintero para que viniera a abrirla. Cuando entró, el corazón le avisaba que había pasado una desgracia. Se puso a buscar a su marido por todos los rincones. Le dieron ganas de asomarse a la olla de arroz con leche.... y ¡Va viendo! ... a su esposo bailando en aquel caldo.
La pobre se puso como loca y daba unos gritos que se oían en toda la cuadra. Los vecinos la consideraban, sobre todo al pensar que estaba tan recién casada. Mandó a traer un buen ataúd, metió dentro de él al difunto y lo colocó en media sala. Ella se sentó a llorar en el quicio de la puerta.
Pasó una palomita que le preguntó:
--Cucarachita Mandinga
¿por qué estás tan triste?
La Cucarachita le respondió:
--Porque Ratón Pérez
se cayó entre la olla,
y la Cucarachita Mandinga
lo gime y lo llora.
La palomita le dijo:
--Pues yo por ser palomita
me cortaré una alita.
Llegó la palomita al palomar que al verla sin una alita , le preguntó: --Palomita, ¿por qué te cortaste una alita?
--Porque Ratón Pérez
se cayó entre la olla,
y la Cucarachita Mandinga
lo gime y lo llora ...
Y yo por ser palomita
me corté una alita.
Entonces el palomar dijo:
--Pues yo por ser palomar
me quitaré el alar.
Pasó la reina y le preguntó:
--Palomar, ¿por qué te quitaste el alar?
--Porque Ratón Pérez
se cayó entre la olla,
Y la Cucarachita Mandinga
lo gime y lo llora ...
Y la palomita se cortó una alita ...
Y yo por ser palomar
me quité mi alar.
La reina dijo:
--Pues yo por ser reina,
Me cortaré una pierna.
Llegó la reina renqueando donde el rey, que le preguntó:
--Reina, ¿por qué te cortaste una pierna?
--Porque Ratón Pérez
se cayó entre la olla,
y la Cucarachita Mandinga
lo gime y lo llora ...
Y la palomita
se cortó una alita,
el palomar
se quitó su alar,
y yo por ser reina,
me corté una pierna.
El rey dijo:
--Pues yo por ser rey,
me quitaré mi corona.
Pasó el rey sin corona por donde el río, que le preguntó:
--Rey, ¿por qué vas sin corona?
--Porque Ratón Pérez
se cayó entre la olla,
y la Cucarachita Mandinga
lo gime y lo llora ...
Y la palomita
se cortó una alita,
el palomar
se quitó su alar,
la reina
se cortó una pierna,
y yo por ser rey,
me quité la corona.
El río dijo:
--Pues yo por ser río,
me tiraré a secar.
Llegaron unas negras al río a llenar sus cántaros y al verlo seco, le preguntaron:
--Río, ¿por qué estás seco?
--Porque Ratón Pérez
se cayó en la olla,
y la Cucarachita Mandinga
lo gime y lo llora...
Y la palomita
se cortó una alita,
el palomar
se quitó su alar,
la reina
se cortó una pierna,
el rey
se quitó su corona
y yo por ser río,
me tiré a secar...
--Pues nosotras por ser negras, quebramos los cántaros.
Pasaba un viejito, quien al ver a las negras quebrar sus cántaros, les preguntó:
--¿Por qué quebráis los cántaros?
--Porque Ratón Pérez
se cayó entre la olla,
y la Cucarachita Mandinga
lo gime y lo llora...
Y la palomita
se cortó una alita,
el palomar
se quitó su alar,
la reina
se cortó una pierna,
el rey
se quitó la corona,
el río
se tiró a secar
y nosotras por ser negras,
quebramos los cántaros.
El viejito dijo:
--Pues yo por ser viejito,
me degollaré.
Y se degolló.
Entre tanto llegó la hora del entierro.
La Cucarachita quiso que fuera bien rumboso e hizo venir músicos que iban detrás del ataúd tocando. Los violines y los violones decían:
--¡Por jartón, por jartón,
por jartón
se cayó entre la olla!
Y me meto por un huequito y me salgo por otro para que ustedes me cuenten otro.
LA SUEGRA DEL DIABLO
abía una vez una viuda de buen pasar, que tenía una hija. La muchacha era hermosa y la madre quería casarla con un hombre bien rico. Se presentaron algunos pretendientes, todos hombres honrados, trabajadores y acomodados, pero la viuda los despedía con su música a otra parte porque no eran riquísimos.Una tarde se asomó la muchacha a la ventana, bien compuesta y de pelo suelto. (Por cierto que el pelo le llegaba a las corvas y lo tenía muy arrepentido). No hacía mucho rato que estaba allí, cuando pasó un señor a caballo. Era un hombre muy galán, muy bien vestido, con un sombrero de pita finísimo, moreno, de ojos negros y unos grandes bigotes con las puntas para arriba. El caballo era un hermoso animal con los cascos de plata y los arneses de oro y plata. Saludó con una gran reverencia a la niña, y le echó un perico. La niña advirtió que el caballero tenía todos los dientes de oro. El caballo al pasar se volvió una pura pirueta. Desde la esquina, el jinete volvió a saludar a la muchacha, que se metió corriendo a contar a su madre la ocurrido.
A la tarde siguiente, madre e hija bien alicoreadas, se situaron en la ventana. Volvió a pasar el caballero en otro caballo negro, más negro que un pecado mortal, con los cascos de oro, frenos de oro, riendas de seda y oro y la montura sembrada de clavitos de oro. La viuda advirtió que en la pechera, en la cadena del reloj y en el dedito chiquito de la mano izquierda, le chispeaban brillantes. Se convenció de que era cierto que tenía toda la dentadura de oro. Las dos mujeres se volvieron una miel para contestar el saludo del caballero.
Al día siguiente, desde buena tarde, estaban a la ventana, vestidas con las ropas de coger misa, volando ojo para la esquina. Al cabo de un rato, apareció el desconocido en un caballo que tenía la piel tan negra como si la hubieran cortado en una noche de octubre; las herraduras eran de oro y los arneses de oro, sembrados de rubíes, brillantes y esmeraldas.
Las dos se quedaron en el otro mundo cuando lo vieron detenerse ante ellas y desmontar.
Las saludó con grandes ceremonias. Lo mandaron pasar adelante, y la vieja que era muy saca la jícara cuando le convenía, llamó al concertado para que ciudara del caballo.
El desconocido dijo que se llamaba don Fulano de Tal, presentó recomendaciones de grandes personas, habló de sus riquezas, las invitó a visitar sus fincas y por último, pidió a la niña por esposa. No había terminado de hacer la propuesta, cuando ya estaba la madre contestándole que con mucho gusto y llamándolo hjo mío.
Desde ese día las dos mujeres se volvieron turumba; cada día visitaban una finca del caballero, cada noche bailes y cenas; no volvieron a caminar a pie, solo en coche, y regalos van y regalos vienen.
Por fin llegó el día de la boda. El caballero no quiso que fuera en la iglesia sino en la casa y nadie se fijó en que al entrar el padre el novio tuvo intenciones de salir corriendo.
Los recién casados se fueron a vivir a otra ciudad en donde el marido tenía sus negocios.
Desde el primer día que estuvieron solos, el marido dijo a la esposa a la hora del almuerzo que él sabía hacer pruebas que dejaban a todo el mundo con la boca abierta y que las iba a repetir para entretenerla; y diciendo y haciendo se puso a caminar por las paredes y cielos con la facilidad de una mosca; se hacía del tamaño de una hormiga, se metía dentro de las botellas vacías y desde allí hacía morisquetas a su mujer; luego salía y su cuerpo se estiraba para alcanzar el techo. Y esto se repetía todos los días al almuerzo y a la comida. En una ocasión vino la viuda a ver a su hija y ésta le contó las gracias de su marido. Cuando se sentaron a la mesa, la suegra pidió a su yerno que hiciera las pruebas de que le había hablado su hija. Este no se hizo de rogar y comenzó a pasearse por el cielo y paredes y a repetir cuantas curiosidades sabía hacer. La vieja se quedó con el credo en la boca y desde aquel momento no las tuvo todas consigo.
A los pocos días volvió a hacer otra visita a sus hijos, trajo consigo una botijuela de hierro, con una tapadera que pesaba una barbaridad. A la hora del almuerzo rogó a su yerno que las divirtiera con sus maromas. Después que éste se dió gusto con sus paseos boca abajo por el techo, le preguntó la tobijuela y le dijo. --¿Apostemos a que aquí no entra Ud?
El otro de un brinco se tiró de arriba y se metió en la botijuela como Pedro por su casa.
La suegra hizo señas a unos hombres que tenían listos con la tapadera, tras una cortina y éstos se precipitaron y taparon la botijuela. El yerno se puso a dar gritos desaforados y a hacer esfuerzos por salir. La esposa quiso intervenir para que le abrieran, pero la madre le dijo: --¿pues no ves que es el mismo Pisuicas? Desde la otra vez que estuve, eché de ver que tu marido no era como todos los cristianos. Le consulté a un sacerdote, quien me acabó de convencer de que mi yerno no era sino el Malo. Dale infinitas gracias a Nuestro Señor de que a mí se me ocurriera este medio de salir de él.
Luego se fue en persona para la montaña, seguida de los hombres que cargaban la botijuela. Se hizo un hoyo profundo y allí dejó enterrada la botijuela con su yerno dentro. Este se quedó bramando de rabia y diciendo pestes contra su suegra.
En efecto, aquél era el Diablo y desde el día en que la vieja lo enterró, nadie volvió a cometer un pecado mortal, sólo pecados veniales, aconsejados por los diablillos chiquillos. Y toda la gente parecía muy buena, pero sólo Dios sabía cómo andaba el frijol.
Pasaron los años y pasaron los años en aquella bienaventuranza, y el podre Pisuicas enterrado, inventando a cada minuto una mal palabra contra su suegra. Un día pasó por aquel lugar un podre leñador que tenía por único bien una marimba de chiquillos, y tan arrancado que no tenía segundos calzones que ponerse. Le pareció oir bajo sus pies algo así como retumbos; se detuvo y puso el oído. Una voz que salía de muy adentro decía: --¡Quien quiera que seas, sacame de aquí...! El hombre se puso a cavar en el sitio de donde salía la voz. Al cabo de unas cuantas horas de trabajar, dió con la botijuela. De ella salía la voz que ahora decía: --Ñor hombre, sacame de aquí y te tiene cuenta.
El preguntó: --¿Qué persona, por más pequeña que sea, puede caber dentro de esta botijuela?
El que estaba en ella contestó: --Sacame y verás. Soy alguien que puede hacerte inmensamente rico.
Esto era encontrarse con la Tentación y el pobre al oír lo de las riquezas, hizo un esfuerzo tan grande que levantó solo la tapadera. Cierto es que por dentro el Diablo empujaba a su vez con todas sus fuerzas. La tapadera saltó, con tal ímpetu, que desapareció en los aires; el Demonio salió envuelto en llamas y la montaña se llenó de un humo hediondo a azufre. El pobre leñador cayó al suelo más muerto que vivo. Cuando fue volviendo en sí, se le acercó el Diablo y le contó la historia de su entierro.
--Para pagarte tu favor-- le dijo-- nos vamos a ir a la ciudad. Yo me voy a ir metiendo en diferentes personas, de las más ricas y sonadas, para que se pongan locas. Vos aparecerás en la ciudad como médico y ofrecerás curarlas. No tenés más que acercarte al oído del enfermo y decirme: "Yo soy el que te sacó de la botijuela", --y al punto saldré del cuerpo. Eso sí, cuando te acerqués y yo te diga que no, es mejor que no insistás porque será inútil. Ya te lo advierto.
Y así fue. Partieron para la ciudad, el leñador se hizo anunciar como médico y a los pocos días cátate que un gran conde se puso más loco que la misma locura. Lo vieron los más famosos médicos del reino, y nada. De pronto se puso que un médico recién llegado ofrecía devolverle la salud. Llegó donde el enfermo y para disimular, se puso a darle cada hora una cucharada de lo que traía en una botella y que no era otra cosa que agua del tubo con anilina. A las tres cucharadas se acercó al oído del conde y dijo: --"Soy el que te sacó de la botijuela"--.
Inmediatamente salió el Diablo y el conde quedó como si tal enfermedad no hubiera tenido. Toda la familia estaba agradecidísima, no hallaban donde poner al médico y lo dejaron bien pistudo.
Siguieron presentándose casos de locura de diferentes aspectos y casi todos eran en el duque don Fulano de Tal, en la duquesa doña Mengana, en el marqués don Perencejo. Y todos fueron curados por el médico, que ya no tenía donde guardar el oro que ganaba. Por fin se puso mala la reina y ¡El señor me dé paciencia! Aquello sí que fue el juicio. La reina no tenía sosiego un minuto y ya el rey iba a coger el cielo con las manos y últimamente tuvieron que amarrarla porque ya no se aguantaba. Aconsejaron al rey que llamara al famoso médico y cuando llegó, le ofreció hacerlo su médico de cabecera y darle muchas riquezas si sanaba a su esposa. El otro, por rajón, le contestó que ya podía hacerse de cuentas de que la reina estaba curada y que si no sucedía así, le cortara la cabeza.
Se acercó con su botella de agua y le dió las tres cucharadas. A la tercera le dijo al oído de la enferma: --"Soy yo, el que te sacó de la botijuela".
El diablo respondió: --¡No!
Al oír esto, el hombre se achucuyó. ¿Y ahora qué iba a hacer? Se acercó otra vez al oído de la enferma a suplicarle: -- ¡Salí por lo que más querrás! ¡Mirá que si no acaban conmigo! Por vida tuyita ...
Pero de nada le servían las súplicas: el otro seguía emperrado en que no y en que no.
Estaba, por lo que se veía, muy a gusto entre los sesos de la reina.
Pidió al rey tres días de término y entre tanto, no hizo otra cosa que suplicar al Diablo que saliera, dar cucharadas de agua con anilina a la pobre reina y sobarse las manos. Cuando estaba para terminarse el plazo, se le ocurrió una idea: pidió al rey que hiciera traer la banda, que comprara triquitraques y cohetes, que a cada persona del palacio le diera una lata o algún trasto de cobre y la armara de un palo y que a una señal suya, la banda rompiera con una tocata bien parrandera, todos gritaran y golpearan en sus latas y se diera fuego a la pólvora.
Y así se hizo. En este momento se acercó el leñador al oído de la reina y suplicó al Diablo: --¡Salí por vida tuyita...!
En vez de contestar, el Diablo preguntó: --Hombre, ¿qué es ese alboroto? El otro respondió: --Aguardate, voy a ver qué es.
>Inmediatamente volvió y dijo: --¡Que Dios te ayude! Es tu suegra que ha averiguado que estás aquí y ha venido con la botijuela para meterte en ella de nuevo.
--¿Quién le iría con la cavilosada a la vieja de mi suegra? --dijo el Diablo. ¿Y patas para qué las quiero? Salió corriendo y no paró sino en el infierno. La reina se puso buena y el leñador, que ya era don Fulano y muy rico, mandó por su mujer y su chapulinada y todos fueron a vivir a un palacio, regalo del rey. Desde entonces la pasaron muy a gusto.
LA CASITA DE LAS TORREJAS


abía una vez unos chacalincitos que quedaron huérfanos de padre y madre y sin nadie quien les dijera ni ¿qué hacen allí?Era la pareja: la mujercita, la mayor y la que había quedado de cabeza de casa. Eran muy pobres y un día no les amaneció ni una burusca con qué encender el fuego. Entonces decidieron irse a rodar tierras. Atrancaron la puerta y agarraron montaña adentro. Allá al mucho andar, se sintieron cansados; entonces se subieron a un palo para pasar la noche y se acomodaron en una horqueta. Así que anocheció, vieron allá muy largo una lucecita. No se atrevieron a bajar por miedo que se los fuera a comer algún animal, pero se fijaron bien en la dirección en donde quedaba.
Apenas comenzó a amanecer, bajaron y anduvieron en dirección de la lucecita. Anda y anda, anda y anda, salieron al medio día a un potrero. A la orilla de la montaña había una casita; por el techo salía un mechoncito de humo y por la puerta y la ventana un olor como a miel hirviendo.
Poquito a poco se fueron acercando y vieron en la ventana una cazuela con torrejas. Como estaban hilando de hambre, y el olor convidaba, no pudieron contenerse y se arrimaron a la ventana. La muchachita estiró la mano y se cachó una torreja. Del interior una voz ronca gritó: "¡Piscurum, gato, no me robés mis torrejas!"
Los chiquitos se escondieron entre el monte y allí se repartieron su torreja, que lo que hizo fue alborotarles la gana de comer.
Otra vez se fueron acercando y pescaron otra torreja. Y otra vez la voz que gritaba: "¡Piscurum, gato, no me robés mis torrejas!"
Los muchachos se escondieron, se comieron las torrejas y quisieron volver por más, pero da la desgracia que por querer salir a la carrera, lo hicieron muy ateperetadamente y la cazuela se volcó. A la bulla, se asomó la vieja, la dueña de la casa, que era una bruja más mala que el mismo Patas. Vió por donde cogieron las criaturas, se les puso atrás y al poco rato las agarró por las orejas y las trajo arrastrando hasta la casa.
Como estaban tan flacos que parecían fideos, la bruja les dijo que no se los comería,pero que los iba a engordar como a unos chanchitos, para darse cuatro gustos con ellos.
Los encerró entre una jaba y cada día les echaba los desperdicios, y como los pobres no tenían otra cosa, no les quedaba más que convenir y tragárselos.
Bueno, allá a los ocho días llegó la vieja y les dijo: --Saquen por esta rendija el dedito chiquito.
A la niña se le ocurrió que era para ver como andaban de gordura y entonces sacó dos veces un rabito de ratón que se había hallado en un rincón de la jaba. Como la vieja era algo pipiriciega, no echó de ver el engaño, y se fue más brava que un Solimán, al sentir aquellos deditos tan requeteflacos.
Y así fue por espacio de casi tres meses. Lo cierto del caso es que los chiquillos, quieras que no, no habían engordado con los desperdicios.
Pero dió el tuerce que un día, la niña no agarró bien el rabito de ratón al ponérselo a la bruja para que tocara, y se le quedó a ésta en la mano. Se fue a la luz a mirar bien y al convencerse que los chiquillos la habían estado cogiendo de mona, se puso muy caliente: abrió la jaba y los sacó. Al verlos tan cachetoncitos, se le bajó la cólera.
--Bueno-- les dijo-- ahora voy a ver si hago una buena fritanga con ustedes. Vayan a traerme agua a aquella quebrada para ponerlos a sancochar--. Por supuesto, que al oírla a los infelices se les atrevesó en la garganta un gran torozón. A cada uno le dió una tinaja para que la hinchera y ella se puso a cuidarlos desde la puerta.
Cuando llegaron a la quebrada, les salió de detrás de un palo, un viejito que era tatica Dios, y les dijo: --No se aflijan, mis muchachitos, que para todo hay remedio. Miren, van a hacer una cosa: ahora van a llegar con el agua y se van a mostrar muy sumisos con la vieja. Y hasta procuren quedar bien: aticen el fuego, bárranle la cocina, friéguenle los trastos. Ella ha de poner una gran olla sobre los tinamastes y una tabla enjabonada que llegue a la orilla de la olla y apoyada en la pared. Les ha de decir que echen una bailadita sobre la tabla, pero es, que sin que ustedes se den cuenta, va a inclinar la tabla y ustedes se van a resbalar y van a ir a dar entre la olla; así la bruja no tendrá que molestarse oyéndolos gritar y hacer esfuerzos por escaparse.
Y así que les aconsejó lo que debían hacer, el viejicito se metió en la montaña.
Volvieron los chiquitos e hicieron lo que tatica Dios les aconsejara: barrieron, atizaron el fuego, y echaron muchos viajes a la quebrada con las tinajas, para llenar la gran olla en que los iba a sancochar.
La vieja se puso muy complaciente con ellos, al verlos tan obedientes y tan afanosos. Por fin puso la tabla enajabonada y les dijo: --vengan mis muchitos y echen una bailadita en esta tabla.
La niña se hizo la inocente, y dijo para sus adentros:
--Callate pájara, que ya conozco tus cábulas.
Hicieron que se ponían a ensayar en el suelo y que no podían.
Si es que no sabemos. ¿Por qué no sube usted y nos dice cómo quiere?
Y la vieja les creyó, y va subiéndose a la tabla. Y apenas volvió la cara para hacer la primera pirueta, los chiquillos inclinaron la tabla y la vieja fue a dar, ¡chupulún! a la olla de agua hirviendo.
Después la sacaron y la enterraron. Registraron la casa y encontraron un gran cuarto lleno de barriles hasta el copete de monedas de oro.
Por supuesto que todo le tocó a ellos.
LA FLOR DEL OLIVAR
http://www.guiascostarica.com/alicia/abc/cape.gifn un país muy lejos de aquí, había una vez un rey ciego que tenía tres hijos. Lo habían visto los médicos de todo el mundo, pero ninguno pudo devoverle la vista.
Un día pidió que lo sentaran a la puerta de su palacio a que le diera el sol. El sintió que pasaba un hombre apoyado en un bordón, quien se detuvo y le dijo:
--Señor rey, si Ud. quiere curarse, lávese los ojos con el agua en donde se haya puesto la Flor del Olivar.
El rey quiso pedirle explicaciones, pero el hombre se alejó, y cuando acudieron los criados a las voces de su amo y buscaron, no había nadie en la calle ni en las vecindades.
El rey repitió a sus hijos la receta, y ofreció que su corona sería de aquel que le trajera la Flor del Olivar. El mayor dijo que a él le correspondía partir primero. Buscó el mejor caballo del palacio, hizo que le prepararan bastimento para un mes y partió con los bolsillos llenos de dinero.
Anda y anda y anda hasta que llegó a un río. A la orilla había una mujer lavando, que parecía una pordiosera y cerca de ella, un chiquito, flaquito como un pijije y que lloraba que daba conpasión oirlo. La mujer dijo al principe: --Señor, por amor de Dios deme algo de lo que lleva en sus alforjas; mi hijo está llorando de necesidad.
--¡Que coma rayos, que coma centellas ese lloretas! Todo lo que va en las alforjas es para mí--. Y continuó su camino. Pero nadie le dió razón de la Flor del Olivar. Se devolvió y en una villa que había antes de llegar a la ciudad de su padre, se metió a una casa de juego y allí jugó hasta los calzones.
Al ver que pasaban los días y no regresaba el príncipe, partió el segundo hijo, bien provisto de todo. Le ocurrió lo que al hermano: vió la mujer lavando, con un niño esmorecido a su lado; le pidió de comer, y éste que era tan mal corazón como el otro, le respondió:--¡Que coma rayos, que coma centellas! Yo no ando alimentando hambrientos --. Tuvo que devolverse porque en ninguna parte le daban noticias de la Flor del Olivar. Se encontró con su hermano que lo entotorotó a que se quedara jugando su dinero.
Por fin, el último hijo del rey, que era casi un niño, salió a buscar la Flor del Olivar.
Tomó el mismo camino que sus hermanos y al llegar al río encontró a la mujer que lavaba y al niño que lloraba.
Preguntó por qué lloraba el muchachito y la mujer le contestó que de hambre. Entonces el principe bajo de su caballo y busco de lo mejor que había en sus alforjas y se lo dió a la pordiosera. En su tacita de plata vació la leche que traía en una botella, con sus propias manos demigó uno de los panes que su madre la reina había amasado, puso al niño en su regazo y le dió con mucho cariño las sopas preparadas; luego lo durmió, lo envolvió en su capa y lo acosto bajo un árbol.
La mujer, que no era otra que la Virgen, le preguntó en que andanes andaba, y él le contó el motivo de su viaje.
-- Si no es más que eso, no tiene Ud. Que dar otro paso --le dijo la Virgen--. Levante esa piedra que está al lado de mi hijito, y ahí hallará la Flor del Olivar.
Así lo hizo el principe y en una cuevita que había bajo la piedra, estaba la Flor, que parecía una estrella. La cortó, beso al niño, se despidió de la mujer, montó a caballo y partió.
Al pasar por donde estaban sus hermanos, les enseño la Flor. Ellos le llamaron y le recibieron con mucha labia. Lo convidaron a comer y mientras fue a desensillar su caballo, ellos se aconsejaron. En la comida le hicieron beber tanto vino que se embriagó.
Cuando estubo dormido, se lo llevaron al campo, lo mataron, le quitaron la Flor y lo enterraron. Sin querer le dejaron los deditos de la mano derecha fuera de la tierra.
Los principes volvieron donde su padre con la Flor, que fue puesta en agua en la que se lavo el rey sus ojos, que al punto vieron. Entonces dijo sus hijos que al mor