El cuarteto de cuerdas vagaba en su existencia sonora por todo el salón. Aquí y allá, las parejas se miraban con rostros salpicados de ese resplandor único que brinda el amor, mientras la nieve se agolpaba en las calles de afuera, como pintura y melodía de una mágica noche de abril. El restaurante de La Palacia era el más costoso de la ciudad, y por ende, aquél con más clase. Con su apabullante frontispicio, con sus intimidadores pilares de mármol, con su interior agriamente iluminado de arañas e interminables patrones geométricos. Más hermoso parecía si se lo contrastaba con aquellos pequeños restaurantes en los márgenes de Nonville, si bien es cierto que allí los serviciales empleados hacían sentir al cliente como un verdadero huésped, y lo colmaban de sinceras (o así lo parecían, que quizás era lo más probable) cordialidades, hasta el punto de tener uno esa sensación molesta de abandonar el hogar por una obligación forzosa al marcharse. María Moondrake era sin dudas la más hermosa de todas las señoritas que colmaban el lugar de fuertes perfumes con aromas sintéticamente naturales y ampulosos vestidos de pieles sintéticamente animales. Sonreía desde su mesa, que quedaba justo al lado de la ventana, mientras miraba el bello rostro de su amado, Augusto Marqués, un joven adinerado, de rostro geométrico y de cordialidad impecable. ¡Qué felicidad!, una cena romántica con el hombre perfecto, dentro de un maravilloso restaurante. Precisamente el contraste del que hablábamos antes invadía justo ahora el espíritu de María, pues era la primera vez que asistía a un lugar tan costoso. El mozo, cuya seriedad implacable semejaba sus facciones a una piedra tallada, les acercó el menú, y luego se alejó con arrítmica parsimonia. Su novio la disculpó un momento, y se dirigió al baño. Ella no le quitó los ojos ni por un segundo, como embelesada por su espalda, hasta que su figura se perdió al doblar el pasillo. Descansó luego la vista en el folio que les había alcanzado el mozo, pero no leyó nada. Su corazón latía con excitación, y de a momentos se dibujaba una sonrisa al recordar alguna cosa relacionada con su romance. Volteó el rostro y miró a través de la ventana, y se figuró lo romántico que sería hacer el amor en una noche nevada como esa. Miró cómo los copos de nieve danzaban grácilmente en el aire, descendiendo lentamente, despacio, despacio… tan despacio que parecían no caer nunca. Recordó entonces aquél incidente que tuvo cuando niña en la nieve, el cual estaba en algún lugar profundo del inconsciente, y salía ahora a flote impulsado por la blanca visión. Había salido a jugar junto con su hermana mayor, Justina, al amplio patio de la cabaña donde vivían los inviernos junto con su madre, que quedaba a unos ciento cincuenta metros de los límites del bosque. El territorio estaba completamente blanco, el olor mentolado se sentía en el aire (o así lo recordaba), y el frío enrojecía las pequeñas narices puntiagudas. Jugaban ese juego de a ver quién podría construir un muñeco de nieve con mayor rapidez. María pensó entonces que no había en la vida cosa más divertida que la nieve. Sin embargo, como suele suceder cuando niños orgullosos juegan algún juego competitivo, acabaron discutiendo quién sabe por qué cosa y cada una fue para un rincón del patio. En completa soledad, María creyó que la compañía de su hermana era en realidad muy molesta, y que ella podría vivir allí sola. Se figuró que podía construirse un iglú, como el de los esquimales que había visto en un libro, y que podía vivir allí para siempre, sin hacer otra cosa que jugar y comer manzanas. Durante las noches se recostaría en un colchón blanco de nieve, y desde allí disfrutaría, a través de los bloques curvados de hielo, del magnífico teatro del cielo astral, y aprendería los nombres de todas las estrellas, glaciales y filosas, que surcaban el océano infinito del espacio como barcos de luz. Pero una mueca torció su boquita en un arco cuando pensó que viviendo sola, con manzanas y en un iglú, no había manera de que ella pudiera aprender ese tipo de cosas, pues esas cosas sólo la sabían los adultos y los libros. ¡Qué molestia! Los adultos son innecesarios, pero los libros me agradaban, se dijo para sí. Sin embargo, una sonrisa pícara se dibujó en su rostro cuando encontró solución, que era tan simple como magistral: razonó, con mucho criterio, que sin libros ni adultos no había nada ni nadie que le dijesen que estaba equivocada, y que entonces ella no tenía por qué llamar a las estrellas por sus nombres, que por cierto eran horrendos (¿por qué una estrella querría llamarse “Aldebarán”?), y decidió nombrarlas ella misma a todas con nombres más bonitos. La divertida tarea se prolongó durante el resto de la noche, y le pareció que había patentado cerca de la mitad de todas las estrellas, y se sintió satisfecha de haber contribuido a su felicidad, pues a todas les había puesto nombres preciosos, como Adela o Maribel o Ludmila. Los rayos del sol le acariciaron el rostro con ternura, y de pronto no supo si se había desvelado o si había soñado que nombraba estrellas. Se sentó, estólida, y se frotó los ojos con los dedos. Permaneció sentada unos minutos, cuando vio de nuevo hacía el techo del iglú y nuevamente se sintió cegada por los rayos del sol. Entonces recordó que los iglúes están hechos de hielo, y que el hielo se derrite al sol, y con velocidad corrió hacia afuera antes de ahogarse allí dentro. En el preciso instante en que ella abandonaba la estructura, ésta se hundía como si fuera tragada por la nieve. ¡Qué feo!, pensó, tan estuve cerca ser sepultada por la nieve y tener que vivir allí abajo como un topo de nieve para siempre. Reflexionó en esto último: un topo de nieve. La idea le pareció muy divertida, pero su sonrisa se desvaneció al crujir su estómago. Es tiempo de una manzana, se dijo, pero las manzanas habían sido sepultadas junto con su casa. Inmediatamente se arrojó al suelo y comenzó a hurgar, pero tan sólo encontró una, y estaba toda congelada. Se quedó allí pensando arduamente qué hacer con ella, y resolvió guardarla en el bolsillo de su sobretodo, que, de tan abrigado que era, no tardaría mucho en derretirla. Sin embargo, y a pesar de estas resoluciones, el hambre la acuciaba ahora. Buscó en sus alrededores pero no había alimento en esa explanada infinita de nieve, y supo que para conseguirlo tendría que entrar en el bosque. Caminó durante mucho tiempo, pero en ninguna parte veía nada con aspecto de ser comestible. Los rayos del sol, que en un principio irrumpían con fuerza a través de los enormes pinos, comenzaban a volverse cada vez más escasos y finitos a medida que penetraba en el bosque. Llegado un momento, la oscuridad casi la devora por completo, y sintió algo que por primera vez sentía desde que se había decidido a vivir sola: miedo. Miró el bosque y le pareció horriblemente tenebroso, y más aún cuando recordó a Perrault. En efecto, la abuela le había leído hace mucho tiempo un libro de Perrault, en el que había un cuento de una niña con una caperuza que era devorada por un lobo en el bosque. No bien terminó de procesar este recuerdo, que un lobo enorme y gris y con el rostro hambriento se le apareció en frente, y le preguntó que qué hacía una niña tan pequeña sola en un bosque tan peligroso como ese. Helada, paralizada, pero no de frío, María pensó y pensó para encontrar alguna manera de sobrevivir a ese lobo, pues se negaba a verse devorada por alguien tan feo. Sus pensamientos la llevaron a esa ocasión en que la abuela le había contado el cuento, pues decidió que si había una clave para vencer al lobo, tenía que estar allí, quizás algo que la niña de la caperuza había pasado por alto. ¿Qué recordaba de aquella ocasión? Cerró los ojos y una imagen se iluminaba, tenue primero, clara después. Se vio a ella misma recostada boca abajo, con el mentón entre sus dos manos, en una alfombra, cómoda como ninguna, mientras veía el juego de luces y sombras que el fuego arrojaba sobre el suelo de madera. Hermosísimas luces danzarinas, hermosísimos esteros fugaces… recordó ese poema que decía en alguna parte “mi libro he cerrado, no leo más, mirando el fuego danzar sobre el suelo” y le pareció que era perfecto. ¿Mi libro he cerrado? Mi libro… ¿no estaba ella allí por algún otro motivo? De ser así, no lo supo. La abuela terminó el cuento y las niñas aplaudieron, aunque sólo una había escuchado la historia con atención. Qué terrible, ¿verdad?, le preguntó Justina a María, mientras la señora iba a buscarles chocolate caliente, pero ésta no tenía ni idea de qué cosa podía ser tan terrible. No tuvo tiempo de meditar, pues al momento regresó la abuela con dos tazas humeantes. ¡Qué delicia! Se sentaron en la mesa. María observó la espuma ocre del chocolate que flotaba lenta y religiosamente, contorneándose como una víbora quisquillosa. Pero lo que más la sorprendió fue, en efecto, el vapor que se desprendía. ¡Qué maravilloso vapor! Nunca había visto uno más bello. Ascendía lentamente y como que desfiguraba toda su visión. Incluso las estrellas que se vislumbraban a través de la ventana le parecieron un tanto distintas. Un vago sentimiento se apoderó de ella al pensar en las estrellas… ¿qué sería? Las miró nuevamente, y no supo por qué, pero reconoció que la que allí estaba era Adela… ¡Adela! ¡Adela y la manzana y el bosque y el lobo! Entonces recordó qué hacía allí, y se lamentó profundamente de no haber escuchado el cuento. Pero entonces miró a Justina, ¡he ahí la respuesta! Ella sí había puesto atención. La tomó del brazo y le dijo en el camino te explico, y la llevó corriendo hacía le bosque, luego de agradecer el chocolate. No supo si el camino era largo o la historia corta, pero para cuando alcanzaron al lobo Justina ya había comprendido toda lo situación y todos sus pormenores con lujo de detalle. Así que tú eres el lobo le dijo, así es respondió éste con su ronca voz. Pues estoy informada de que eres un lobo muy listo, aunque no sé si sea verdad… ¡claro que lo es! Replicó el lobo, que nunca había pensado muy bien en eso, pero que sin dudas le pareció algo bueno. Pues entonces, dijo la niña, sin dudas te gustaría ir a casa de nuestra abuelita, que tiene un parque lleno de ovejas gordas, y allí podrás investigarlas a todas y aumentar aún más tu sabiduría. ¿Ovejas? ¿Gordas? Ambos, María y el lobo, oyeron esto con sorpresa. La niña no sabía de qué ovejas hablaba su hermana, pero por prudencia, o quizás por miedo a quedar en ridículo debido a su ignorancia, permaneció en silencio. En cambio, el lobo se excitó muchísimo con la idea de devorar dos niñas, una vieja y un rebaño entero de ovejas gordas, y exclamó niñita, te pido que me lleves a la casa de tu abuelita para poder devo-, digo, investigar a todas esas dulces ovejitas de las que me hablas, y esgrimió una enorme y aterradora sonrisa. Se dieron a la tarea de pasear, pues así se llama cuando uno no sabe a dónde va, y en efecto, aquí nadie sabía adónde iba. María interrogó a su hermana con un susurro, ¿por aquí se va a la casa de la abuela? Por supuesto que no, respondió la otra. ¿Entonces? Pues lo que vamos a hacer es engañar a ese lobo tonto. ¿Cómo? ¿No recuerdas ese libro de animales, no recuerdas que allí había un oso en una cueva? Sí, lo recuerdo. Pues bien, ese oso era más grande y malo que este lobo. Tan sólo hay que encontrar una cueva y decirle al lobo que esa es la casa de la abuela y que dentro están las ovejas, y entonces el oso se lo devora. ¡Es cierto, bien pensado! ¡Shhh!, no queremos que se entere. Ups, lo siento. Todo sucedió como lo habían planeado. Hallaron la cueva, el lobo entró saboreando ovejas y un oso terminó saboreando lobo. Problema resuelto. Sin embargo, apenas hubo el lobo dado su último alarido y las niñas chocado sus manos y mostrando una sonrisa triunfante, el estómago de ambas crujió en un estruendo. No habían alcanzado a probar un sorbo del chocolate, y estaban hambrientas. María recordó entonces la manzana, y con una sonrisa pícara, como para compensar su previa inutilidad, pues ahora ella iba a ser útil, dijo, yo tengo una manzana, si quieres la puedo compartir, y sacó del bolsillo una manzana relucientemente rojiza… quizás demasiado reluciente. Una luz rojanaranjadamarilla palpitaba del interior, y las niñas miraban el fenómeno con inusitado asombro. Eso no es normal, dijo una. No, no creo que sea normal, dijo la otra. Entonces oyeron un quejido que no era del lobo, y se acercaron al arbusto de donde venía el lamento. Era una flor, una hermosísima flor púrpura que lloraba gotas cristalinas de rocío, y dos pequeñas aureolas pintadas como el aro iris colgaban de sus pétalos. Al verlas, la flor se contrajo diciendo, ¡Oh no, lindas niñas! ¡Yo he visto a las lindas niñas antes! Una linda niña de caperuza roja pasó una vez por aquí y masacró a toda mi familia, de suerte que mi amigo el lobo pasaba cerca y me salvó de tan linda niña. Pero yo no he de perecer como las otras, ¡yo no cederé ante las suelas de un hombre distraído ni ante las tiernas manos de una linda niña! Las hermanas se consternaron al oír a la flor, pues a primera vista ambas habían sentido un fuerte impulso de arrancarla y jugar con ella, impulso que habían tenido a bien contener una vez oída la historia. Hermoso flor, exclamó Justina, te prometo en nombre mío y de mi hermana que no te tocaremos en tanto nos digas cuál era el motivo previo de tu lamento, dinos, ¿era acaso por el infortunio de tu amigo el lobo? Oh, ciertamente que no, incluso antes de oír sus gritos yo lloraba con amargura, aunque claro que el suceso no hizo sino aumentar mi pena. El motivo original de mi llanto es que al rey del bosque, hundido en el tedio, le ha dado en bien deforestar toda la región, pues ya no le place la melancólica vista de árboles raquíticos de otoño, ni tampoco de sombríos pinos perennes. Pensó que en un principio que si los dejaba crecer, hundirían sus estacas verdes en las nubes, y darían paso al sol, pero tal cosa no ha sucedido aún y su paciencia se ha agotado. María se sorprendió al oír esto, pues ella misma había sido testigo del calor del sol, y a punto estaba por decir esto cuando miro hacia arriba y en un hueco que dejaban los árboles vio que el cielo era gris y macizo. Qué extraño, pensó. La flor continuó, yo, que soy una pequeña manifestación de la Belleza, no puedo complacer a un rey tan aburrido. Cierto es que antes frecuentaba estas tierras y sonreía al contemplarme y llenaba sus pulmones con mi dulce fragancia, pero de eso hace ya mucho tiempo. ¡Oh, si tan sólo alguien poseyera el secreto de la felicidad, si tan sólo alguien tuviera el Corazón Manzana! ¿Corazón Manzana?, el corazón de una manzana, dirás, le corrigió Justina. No, he dicho Corazón Manzana linda niña, el genuino Corazón Manzana, aquél cuya magia encandila y entibia los corazones más sombríos. Las niñas meditaron, con sus pálidos rostros serios, sobre lo dicho por la flor. Casi al mismo tiempo se miraron con los ojos bien abiertos, ¡la manzana! Dinos, bellísima flor, ¿es este el Corazón Manzana?, exclamó María, al tiempo que sacaba de su bolsillo la luminosa fruta. ¡Qué dicha, qué júbilo me invade ante tan fortuita aparición! Ese, sin dudas, es el Corazón Manzana. Las niñas sonrieron y saltaron y danzaron alrededor de la flor, que las miraba con alegría, mientras intentaba imitar sus movimientos desde su estática posición. Entonaron una melodía, Justina primero, María después, la flor luego: ¡Qué alegría en el bosque! ¡Cómo brilla el mañana! Pues al rey llevaremos el corazón manzana. Habiendo canturreado y bailado un tiempo considerable, Justina se detuvo ante la flor, y le dijo, dinos bellísima flor, ¿dónde podemos encontrar al rey de este bosque? ¿Pues en qué otro lugar podría ser? ¡Obviamente, en el castillo!, exclamó esta. ¡Claro, que tonta eres Justina! ¿Dónde más podría vivir un rey? María miraba a la flor con complicidad como atenuando la tontez de su hermana, y Justina se puso roja de vergüenza. Les desearía suerte, pero no basta con la suerte para una misión como esa, hace falta la ayuda de Dios. ¿Díganme, tienen ustedes un rosario al cual rezar? Las niñas negaron con la cabeza. No importa, dijo la flor, tomen mis lágrimas de rocío, y con ellas hagan una cadena, esto les servirá. Si servía o no, eso no importaba, ¡era hermosísima! El rocío a modo de cuentas translucía y disparaba luces de colores hacía todos lados. Recuerden visitarme cuando hayan cumplido la misión, les dijo la flor. Caminaron y caminaron y al fin llegaron a un enorme y sombrío castillo, cubierto aquí y allá por enormes enredaderas. Entraron y las recibió un payaso muy triste. Queremos ver al rey, dijo Justina, tenemos la cura de su mal. El payaso, incrédulo, les dijo, realmente dudo que tengan la cura del tedio; yo, que antes era el más feliz de los arlequines y alegraba con mis bufonadas a todas las hadas y a todos los sátiros del bosque, ahora me he resignado a lamentarme en largos suspiros, pues el rey me ha contagiado su triste enfermedad, y lo mismo le sucederá a ustedes, niñas, si no se marchan ahora mismo. María sacó la manzana de su bolsillo, y la mano le temblaba. Ha-a-ace fri-ío, dijo, como para disimular el miedo que tenía. En efecto, ese era su secreto más celosamente guardado, sentía un miedo espantoso hacía los payasos. ¡Ja! Dijo el payaso, y María se sobresaltó. El Corazón Manzana… Dios sabe que han intentado alegrar al rey con artificios similares antes, y que nada resultó. Nuestra amiga la flor nos ha enviado, pues tenemos por misión salvar a ella y al bosque, y no nos iremos hasta darle esta manzana… quiero decir, este Corazón Manzana, al rey. El payaso las examinó más de cerca, y María retrocedió dos pasos. Les propongo algo, les dijo, no puedo permitir que el rey sea molestado así sin más por dos niñas plebeyas, pero si logran sacarme una sonrisa, les permitiré pasar, y yo mismo les indicaré el camino. A las niñas les pareció justo. Danos diez minutos para pensar, le dijo Justina. Concedido, respondió el payaso. Justina meditaba en voz alta, buscando la mejor manera de hacer reír a ese payaso tan deprimente, pero su hermana estaba bloqueada por el miedo. No, esto… quizás… no, tampoco. La respuesta no aparecía. María, con los pequeños labios morados y mirando al suelo, pensó en el origen de su fobia. Era un día soleado y ella caminaba con su madre por la feria. Se detuvieron en la carpa de los payasos, y allí entraron. Desde un comienzo el espectáculo le pareció de mal gusto. El decorado era pésimo, había mal olor, y, sobre todo, los rostros eran de viejos gordos mamarracheados con colores dispares. Para distraerse, hizo algo que rara vez hacía, oyó la conversación de los grandes. Unos jóvenes hablaban distraídamente mientras sonreían. ¿Qué crees que hará reír a un payaso? Le decía uno al otro. Pues un espejo, claro está. Siguieron la conversación sobre cosas de futbol que ella no entendió, y pronto dejó de oír, pues pensó, yo soy una chica grande, no puedo tenerle miedo a un tonto payaso. Se levantó de golpe, y le dijo al payaso ¡Ey, tú, con esa cara no me figuro cómo pudiste ser gracioso alguna vez! (a María le gustaba usar expresiones de adulto, como “me figuro”, y dado que era una niña listo, la mitad de las veces las ponía en el contexto adecuado). Por favor, le dijo el payaso, yo solía ser un maestro de la alegría, y te aseguro, que aun con esta cara, mi magia no se ha ido por completo. Lo siento, pero me cuesta creerte, ¿por qué no me enseñas un poco de esa magia? Si bien María hablaba con firmeza, por dentro temblaba de miedo. Niña, te lo demostraré, y verás cómo no aguantas la risa. María le susurró a Justina, rápido, necesitamos un espejo. Justina no comprendía, pero pronto pensó en la manera de hacer un espejo. Tomó su rosario de rocío, y lo entretejió de tal modo que quedó hecho una bellísima lámina especular. Se lo dio a María, y ésta lo puso en frente del payaso mientras hacía sus payasadas. El comediante no pudo contener la risa, y estalló en una carcajada sideral. María, al ver a aquel hombre tan feliz, pensó que alguien así no podía ser tan malo, y luego comenzó a reír, contagiada por el bufón y por su hermana. Pasados unos minutos, el payaso se secaba las lágrimas, y les decía, está bien niñas, ustedes son especiales, las llevaré con el rey. Pasaron varias salas y varios pasillos, todos pintorescos pero sombríos. Finalmente arribaron hacía una galería enorme, con una mesa igual de enorme, y en el fondo, con un monarca igual de enorme, que estiraba largos y profundos bostezos. Mi rey, dijo el payaso, estas niñas han venido con la intensión de curar tu triste enfermedad, y doy fe del ingenio que manejan. El rey, con su rostro malhumorado, arrugó la boca. Que vengan, no creo que puedan hacer mucho de todos modos. Las niñas se acercaron, y Justina habló, su majestad, hemos sabido de su profundo malestar, y le hemos traído, a modo de obsequio y cura, el mismísimo Corazón Manzana. María le mostró el fruto rojo que palpitaba con vida. El rey lo miró con indiferencia. ¡Bah!, y de qué me serviría a mí algo como eso, ¿qué no ven acaso los restos del banquete que hay sobre la mesa? ¿De qué me serviría a mí una mísera manzana, por más corazonsuda que sea? Si no tienen otra cosa para ofrecerme, ahora mismo llamo a los guardias reales para echarlas a ustedes y a ese payaso inútil, que sólo sirve para interrumpirme. Las hermanas se miraron sin saber qué hacer. El estómago de ambas interrumpió la mirada. María tomó un cuchillo de la mesa y cortó la manzana en dos, lo que provocó un gran destello. ¡Qué haces! Le dijo su hermana. No podemos pensar con el estómago vacío, le dijo. Pero la flor nos dijo-, que salváramos el bosque, completó la otra, y no podemos salvarlo si no pensamos en alguna manera de complacer al rey que no sea esta manzana. A Justina le pareció razonable, más por hambre que por otra cosa, y tomó una mitad de la manzana. Ambas mordieron al mismo tiempo, y una luz dorada iluminó sus cuerpos. ¡Qué maravillosa luz! El rey miraba atónito. María y Justina, ambas con los ojos cerrados, disfrutaban de esa manzana tan deseada como nunca antes había disfrutado de otra cosa. Increíble, dijo el payaso, la forma de la manzana muere, pero en cambió… nace la felicidad, dijo el rey, con una sonrisa. Esa era la felicidad, estaba ahora mismo, en ese momento y lugar, en el rostro de dos niñas disfrutando el jugoso placer de saborear una manzana. ¡Eso es, eso es lo que busco! De ahora en adelante, ese rostro buscaré en todos mis súbditos, y así, viendo ese rostro siempre, yo también podré contagiarme de esa felicidad, como ahora me sucede, ¡qué alegría! Las hermanas no prestaron atención, estaban ocupadas dando otro mordisco. A punto estaba María de dar un tercero cuando su novio regresó del baño. ¿Ya sabes qué pedir?, le dijo. Ella miró el menú y leyó las opciones por primera vez. No le apetecía nada de eso.
Datos archivados del Taringa! original
10puntos
13visitas
0comentarios
Actividad nueva en Posteamelo
0puntos
2visitas
0comentarios
Dar puntos: